Un par de chicles y una chincheta

Supongo que casi todo el mundo se ha dado cuenta de ello, pero desconozco cuántos se han parado a pensar en ello. Es una observación que me apetece hacer esta semana.

Hay mucho “MacGyver” por el mundo que parece tener la solución para todo, pero en realidad, una vez que lo piensas, les escuchas con atención, te das cuenta que pretenden resolver los problemas con “un par de chicles y una chincheta”.

Según lo describe la Wikipedia:

MacGyver es una serie de televisión estadounidense cuyo protagonista es el personaje homónimo interpretado por Richard Dean Anderson, un curioso personaje al servicio de la “Fundación Phoenix” que siempre trata de ayudar a los buenos y acabar con los malos sólo usando su inteligencia.

La fama de MacGyver viene de su habilidad para improvisar cualquier artilugio con elementos simples y de lo más variados:chicles, clips, mecheros, neumáticos, etc, su inseparable navaja suiza multiusos y su Jeep descapotable.

Un par de chicles y una chincheta

Por supuesto no pongo en duda la buena intención, los conocimientos y la experiencia y profesionalidad de la gente. Mi reflexión tan solo deja constancia de una observación, siendo el primero en reconocer que tal vez haya pisado demasiadas chinchetas y chicles en los momentos más inoportunos e inesperados, aunque desde hace algún tiempo también me he dado cuenta de que ya no es tan fácil encontrarse un chicle pegado y abandonado en cualquier parte. En ese sentido supongo que se ha aprendido un poco de urbanidad.

Por lo que he tenido ocasión de informarme sobre el síndrome de Asperger, parece ser que lo más característico, no es nuestra capacidad de inteligencia o nivel de socialización, donde cada cual es un mundo y las obsesiones son tan dispares como las personas. Lo que de verdad es típico es el hecho de que se tarde mucho tiempo en encontrar un diagnóstico claro al respecto, ya sea porque éste es un síndrome definido desde hace poco tiempo o porque tiene algunas dificultades añadidas.

En mi caso, comencé esta aventura de saber qué me pasaba cuando ya estaba en el instituto, después de haber pasado por mi época del colegio, con más penas que glorias, aquello tan solo eran cosas de niños. Mi manera de ser, de comportarme, parecía tener su explicación lógica en otras causas, que si era un niño un poco retraído y solitario; que si era poco deportista y ello me diferenciaba de los demás; que sí hoy eres el primero de la clase y mañana no das pie con bola; que si había compañeros listos por naturaleza y yo no era más que uno del montón que aprobaba las diferentes asignaturas cómo podía.

Llegó un momento en mi vida, durante mis años de instituto, en el que los aparentes poco relevantes problemas del colegio, en estos años se acentuaron, más retraído en mucho aspecto y en otros me dejaba arrastrar por el grupo; unas habilidades deportivas que dejaban mucho que desear y unas asignaturas en las que no destacaba por ser más listo que el resto y en consecuencia ni tan siquiera entraba entre los alumnos mediocres, aunque recuerdo que los profesores sí se daban cuenta que mis puntos fuertes, pero éstos no destacaban cuando de verdad debían.

Como he leído y sabido de muchos aspies, inicié mi largo y no siempre fructuoso peregrinaje por las consultas de los psicólogos, donde al final te dabas cuenta de que ninguno daba con el diagnóstico correcto, pero sí se percataban de la existencia del problema: que si “problemas familiares“, que si “la influencia de unos amigos y los ambientes en los que me movía“, que “si falta de motivación para los estudios“, que si… “nada“. Porque a mí me han llegado a decir que no me pasa nada, que lo que tengo lo superaría con los años porque allí ya no me podían ayudar o que lo tenía “todo” y que por mucho que me dijesen no veían ningún progreso por mi parte y se me daba por imposible.

Por suerte, hubo quien dijo las palabras mágicas, lo que reconozco, al principio me sonó a chino, otro de tantos diagnósticos sin fundamento. La primera vez no hice caso y como mi madre no dejó que perdiera el interés, tuve que volver a la consulta y que prestase un poco más de atención, porque aquello empezaba a tener un poco más de sentido: “síndrome de Asperger”, “Ábrete, sésamo”.

De pronto todo empezó a tener sentido: esto es por esto, esto es por esto y si te fijas bien, esto es por esto.

Por suerte para mis familiares, amigos y conocidos no son responsables de nada, todo lo más víctimas pacientes e inocentes de lo que fue mi vida hasta aquel momento y lo ha sido después. Por fortuna, para la mayoría esas palabras también y han tenido una repercusión positiva en sus vidas porque la mía empezaba a encauzarse y tener un sentido que ya saben va a un ritmo diferente. Tan solo hay que saber verlo.

La respuesta correcta

Por suerte, también he tenido la inmensa fortuna de tropezarme con gente que tal vez sin conocer las palabras mágicas han logrado entenderme, han:  (Explicado de manera metafórica):

  • construido una rampa donde antes hubo un escalón con el que he tropezado hasta hacerme daño
  • puesto una doble barandilla en mis escaleras de cada día para que tenga donde agarrarme
  • puesto suelo antideslizante allí donde me resbalaba y mi trasero ha dejado marcas
  • ensanchado las puertas que se quedaban estrechas porque los marcos están arañados por el roce

A toda esa buena gente, más o menos conocida y cercana, les estaré siempre agradecido. No hay palabras para expresar lo mucho que se agradece, sobre todo porque es posible que en más de una ocasión me haya olvidado de ese “gracias”.

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