¡Ni en tus peores pesadillas!

¿Cómo se le dan calabazas a un chico para que se entere?

(Silencio en sus labios. 1) Diciembre/Navidad 2002

Ana

Cuando regresé a casa, tras una ducha, cogí un par de folios con intención de que Manuel supiera lo que pensaba y no se obsesionase conmigo, por si con la primera carta no hubiera bastado. Reconozco que estaba algo nerviosa y de nuevo me sentía perjudicada por toda aquella historia. Tampoco es que fueran palabras de desesperación ni de desahogo. Intenté ser seria, pero firme a la vez, darle mil y una razones para que me olvidase sin que ello implicase que ninguno se distanciara del Movimiento, pero no me quería sentir culpable por ello, ni que él lo fuera por mí causa. Además, le planteé todas las objeciones posibles a ese hipotético noviazgo entre nosotros, sin que hubiera en esa historia nada que lo hiciera viable, ya que por supuesto no habría un cambio de parecer ni de sentimientos por mi parte. Si mi historia con Carlos se había terminado, a pesar de que no vivíamos tan lejos el uno del otro, en su caso las distancias eran mayores.

Manuel

Pocos días después me llegó una carta de Ana, dos folios escritos de su puño y letra por ambas caras reafirmándose en lo dicho en la carta anterior por si aquello no hubiera quedado suficientemente claro, aunque en esa ocasión se mostrase algo menos conciliadora, como si la hubiera escrito por impulso y sin pensar demasiado en ello, hasta el punto de aludir a Carlos para dejarme claro que no quería nada conmigo porque apenas nos conocíamos y, por mucho que quisiera, vivíamos lo bastante lejos el uno del otro como para descartar que se planteara algo en serio. Había casi dos horas de coche entre su casa y la mía. Es decir que llevábamos vidas tan distintas que no podíamos dejar, por tonterías como aquella, lo bueno que tenía la pertenencia al mismo Movimiento, dado que a ella le incomodaba toda aquella situación y prefería que no le afectara hasta el punto de tener que renunciar a ello por no cruzarse conmigo. Lamentaba tener que ser tan directa, pero no sabía cómo hacerlo de otra manera.

La carta

¿Qué diría la carta? ¿Cómo sería?

Según se dice en la novela:

dos folios escritos de su puño y letra por ambas caras” resumidos en un párrafo, como si el hecho en sí no tuviera la suficiente relevancia y pretendiera pasarlo por alto.

Intenté ser seria, pero firme a la vez, darle mil y una razones para que me olvidase”. Todo se concretada en el inconveniente de la distancia y sentimientos no correspondidos. Pero, como bien se da a entender, es una carta de desahogo, de reiteración, una mezcla entre una explosión de impotencia y la moderación para no causar más daño o, en todo caso, que el receptor de dicha misiva entendiera sin más palabras ni reiteración el mensaje y la trascendencia de aquel ruego. Se entiende que fue una manera amable de mandar a Manuel a freír espárragos, a hacer puñetas, “¡Déjame en paz de una vez,…!” “¡Me tienes hasta las narices con esta historia!” y otra sarta de sandeces por el estilo, que, sin embargo, se expresan de una manera comedida. Se evita la humillación porque se sobreentiende que, en tal situación, no está para que de su cabeza salgan muchos halagos hacia mi personaje.

Lo importante y relevante del caso es que Ana está harta de toda esta historia, tiene la sensación de que los últimos acontecimientos han acabado con su paciencia. Su mundo se ha terminado de hundir de la manera más tonta, por culpa de un chico que no parece tener más de dos dedos de frente; alguien que se ha colado en su vida como la peor de las garrapatas y justo allí donde ella ha ido en busca de paz y tranquilidad. Se sobreentiende que Ana acude a Toledo a descansar, a desconectar de todo y de todos. Sin embargo, sin que lo haya buscado, se ve envuelta en un asunto que se escapa de su control, una historia que no tiene ni pies ni cabeza, pero que le condiciona hasta el punto de plantearse muy en serio su futuro y relación con los amigos. ¡Está hasta las mismísimas narices de todo! Basta con que le rocen para que estalle.

¿Es mi personaje responsable de aquella pesadilla? ¿Si? ¿No? ¿Es por lo que dice, hace o calla? ¿Acaso no es también víctima de los acontecimientos? ¿Se merece ser receptor de esa misiva? Es cierto que se ha pasado tanto de listo como de “ligón de turno”, pero también que a su manera hace el esfuerzo de enmendarse, aunque no con el éxito que se esperaría. Pasarse de frío es la manera más estúpida de lograr que destaque aquello que se quiere esconder.

Se hace evidente que para los demás no tiene la misma relevancia ni importancia, que se lo toman un poco a broma, sin ser muy conscientes de la gravedad del asunto. En cualquier caso, los comentarios e insinuaciones que se hacen al respecto no tienen ninguna maldad y han de entenderse dentro del contexto en que se producen. En la novela queda claro que quienes provocan este estallido por parte de Ana son quienes no saben demasiado del tema y hablan por hablar, tal vez han escuchado rumores o tan solo intentan componer un rompecabezas que en tan solo tiene sentido en ese momento y circunstancias.

Es evidente que se avecina una buena tormenta en sucesivos encuentros, en caso de que lleguen a suceder. Como esto es una novela, es lógico que la historia no termine con la recepción de esa carta.

¡Yo te asesino y me quedo tan pancha!

11 de enero de 2003

Ana

Llegó el momento de darse la paz y primero se la di a mis amigas, después a los que se encontraban en el banco de atrás, a los que el brazo me alcanzaba y por último a los del banco de delante, a aquellos que me tendieron la mano, ya que tampoco era cuestión de perder mucho tiempo con ello. La misa continuaba. Cuando llegué a Manuel, éste, en un primer momento, se mostró indiferente, como si no lo esperase, de manera que mi mano quedó tendida durante un instante de indecisión. Por mi parte no había motivos para no darle y desear que hubiera paz entre los dos, así se lo demostraba, aunque mantuviera mis reparos y recelos, pero no que aquello nos afectase más de lo debido. Cuando tomó mi mano su cara me mostró un gesto de gratitud y, en cierto modo, sentí que él valoraba aquel gesto de manera diferente a los demás, que de verdad esperaba y quería que no hubiera malentendidos entre nosotros, pero también reconocía su propia impotencia, como si esperase un poco más de comprensión por mi parte y no me tomase sus torpezas como una tragedia, porque compartía mi deseo de que lo superásemos. 

03. diciembre 2014

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