La llave amarilla

Anécdota

Cuando me hablan de ser tío, de mis experiencias al respecto, de eso de que ‘A quien Dios no le da hijos, el diablo le da sobrinos”, mis primeros recuerdos se remontan a hace algunos años. Diría también que me han llovido algunos sobrinos desde entonces y con cada uno de ellos ha habido un momento en que de verdad me han hecho sentir su tío, más incluso que cuando me dieron la noticia de que iba a serlo o cuando he tenido a cada uno de ellos entre mis brazos y dado cuenta de que formaban parte de mi vida, que van a ser esas personitas que, por mucho que pasen los años, se hagan mayores, me van a mirar con cara de sobrinos.

Podría contar infinidad de anécdotas vividas con cada uno de ellos y, de hecho, sé que aún me quedan muchas por compartir con ellos, ya que por el momento tengo la oportunidad de ser testigo de cómo unos ya no son tan niños y otros empiezan a darse cuenta de que lo son. Es más, me atrevería retarles a que comentasen conmigo alguno de esos momentos vividos conmigo. Sin embargo, para ellos el hecho de volver la vista atrás es como casi como mirar al futuro o a lo que han hecho esta mañana, cuando sus padres les han sacado de la cama para llevarles al colegio, cuando no han sido éstos quienes han despertado a sus padres porque un sábado por la mañana lo de quedarse en la cama no tenía mucho sentido.

La cuestión y motivo de este post, es el recuerdo de lo que para mí fue la primera conversación inteligible, cuando me di cuenta que, a pesar de su inocencia, de su corta edad, en esa cabecita, había una cierta coherencia. De bebés, la verdad, es que entiendo poco y como tío mi experiencia en el trato con éstos no es el pan nuestro de cada día, de ahí mi asombro por aquel momento que para mí fue tan especial y del que me sentí más el alumno torpe que el profesor. De algún modo fue como asistir a una clase magistral, sin más participantes que nosotros ni más intención que jugar. Como yo era el tío, me sentía obligado a enseñarle, rebajarme a su altura, porque de nada hubiera servido enseñarle el sentido de la vida a quien empezaba a dar sus primeros pasos. Desde entonces hasta hoy esos pasos han sido mucho, y más que andar parece que intenta alcanzar el cielo.

Teníamos un juego de llaves de juguete, cada una de un color. A esa edad, por lo que yo entiendo, los bebés empiezan a ser conscientes de que los objetos tienen formas y colores diferentes, aprenden destreza con sus manitas, ya saben que cuando agitan un objeto éste suele hacer ruido. Yo no esperaba más que eso aquella mañana, ser testigo de su manera de jugar y, en una actitud un poco más adulta y responsable, tener cuidado de que no se hiciera daño. En aquellos momento yo tenía que ejercer de tío, como algo más que una manera de hablar. Era dar a entender que me había ganado la confianza de estar allí en esos momentos, que no había nadie mejor para asumir aquel cometido, en caso de haberlos, no se encontraban allí.

   Entre aquellas llaves de juguete, los colores estaban bien definidos, amarillo, naranja, rojo, azul verde… según mi parecer, en comparación, era como si tuviera que aprenderse el temario de una tesis doctoral. A día de hoy no me cabe duda que aquel juego le resulta tan sencillo como entonces, pero mi incredulidad ante su capacidad de aprendizaje, ante el hecho de que aquello era una conversación inteligente, entonces fue lo suficiente relevante como para que aún lo recuerde con cariño de tío novato, porque, sin duda, fue una novatada en el mejor de los sentidos.

¿Cuál es la llave amarilla?  Señalaba la llave amarilla ¿Y la llave roja? Señalaba la llave roja ¿Y la llave amarilla? Señalaba la llave amarilla ¿Y la llave verde? Señalaba la llave verde ¿Y la llave amarilla? Señalaba la llave amarilla ¿Y la llave naranja? Señalaba la llave naranja ¿Y la llave amarilla? Señalaba la llave amarilla ¿Y la llave azul? Señalaba la llave azul ¿Y la llave amarilla? Señalaba la llave amarilla…….

Dime ¿Cuál es el sentido de la vida? y espero que señale….. la llave amarilla   

El sentido de la vida

El sentido de la vida es saber diferenciar las distintas llaves que tiene la vida, dar con la llave correcta, incluso equivocarse una y otra vez. Cada cual tiene su juego de llaves de colores, cada una con su forma, que, si lo agitas, suena y, si te fijas con un poco de atención, te das cuenta que ninguna llave es igual a la otra, por eso es tan fácil saber cuál es la llave amarilla con respecto a todas las demás.

Yo he tardado algún tiempo en saber cuál es la llave amarilla, a jugar con ese llavero que para los demás quizá no tenga mayor misterio, pero ha sido con el paso de los años cuando me he dado cuenta de que no basta con tenerlo entre las manos o dejar que suene para saber que lo tengo. Todas las llaves son mías, depende de mí el uso que haga de ellas, si tan solo son un juguete o, por el contrario, la ocasión de aprender algo que me sirva para el día de mañana o para ahora mismo.

Estoy seguro que muchas veces aún me confundo de llave, pero también quiero pensar que es posible que a veces acierte, ya sea por casualidad o porque sea imposible fallar siempre, ya que, en realidad, no tengo muy claro con cuántas llaves juego o dan sentido a mi vida. En caso de que sean pocas poco tendré que aprender y en caso de ser muchas, más difícil resultará acertar con la llave amarilla.

Sea como fuera, quiero pensar que el sentido de la vida es justo ese, que cada mañana te enfrentas al mismo dilema y no siempre a la misma pregunta. Quiero pensar que mantengo ese diálogo inteligente con la vida y que, a base de insistir, de repetir, de convertir mi existencia en un juego inocente, en la seguridad de que quien me pregunta sabe mejor que yo la respuesta a esta pregunta ¿Cuál es la llave amarilla?  

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