¡Ay, madre! ¿Y yo para qué pregunto?

Hay ocasiones en que suelo escribir poemas sobre acontecimientos reales de mi vida, anécdotas y curiosidades que provocan esa inspiración. Como broma, en ocasiones también me dan ganas de repetir la pregunta a ver qué sucede, pero se queda en pensamiento, en la intención, porque soy consciente de que no todo el mundo entenderá la gracia, sólo aquellos que compartieron conmigo ese momento que quizá tuvo menos relevancia para ellos que para mí.

Ya sé que mi hipótesis no tiene ninguna coherencia y, por supuesto, cuando escribí el poema no tenía constancia de lo que sucedería poco después, pero admito que el momento en sí merecía un poema, porque hay ocasiones en que las cosas se hacen bien y se agradecen.

¿ALGUNA CHICA RUBIA?

Era viernes, lo recuerdo como ayer,

a mi cara le habían vendado los ojos,

y mi mente sentía que le ataban los pies.

Caminaba despacio porque no podía ver,

en mitad del camino me rozó una mano,

en el descanso choqué contra la pared.

Sólo le pregunté a quién me guiaba,

si alguna chica rubia conseguía ver.

 

Yo era ciego, temía tropezar y caer,

sentía que no llegaba a ninguna parte,

que lejos me llevaban y no sabría volver,

que aquel no era el camino a mi casa,

pero muchas veces lo llegué a recorrer

con los ojos abiertos, ciegos esa vez.

Sólo le pregunté a quién me guiaba,

si alguna chica rubia conseguía ver.



En el silencio hubo cambio de voces,

quien me guiaba ya me dejaba caer,

a mi cara le habían vendado los ojos,

¡Qué lejos me llevaba y no sabía volver!

En mitad del camino me rozó una mano,

en el descanso choqué contra la pared.

Sólo le pregunté a quién me guiaba,

si alguna chica rubia conseguía ver.
Miradero de Toledo antes y después de la rehabilitación (2008-09)

El caso es que ya no tengo a quién preguntarle si hay chicas rubias, por supuesto, tampoco siento ese roce cómplice y misterioso de una mano, ni hay intercambio de voces. Nadie cuchichea a mis espaldas bajo el supuesto de que yo no escucho o no me entero de la conversación para aprovecharse de mi inocencia del momento.

Entonces, ¿ya no hay chicas rubias en el Miradero? A mí no me preguntéis, como relato en el poema, como me sucedió aquella mañana de agosto, aquel viernes, yo iba con los ojos tapados, literalmente y mi mente sentía que me atan los pies, en el sentido de que me dejo llevar y confiado en que sabían por dónde debía ir. Por supuesto, en la actualidad no acostumbro a ir muy lejos y, si se diera el caso, sabría regresar a mi casa por mi cuenta.

Lo único seguro es que aquella mañana de viernes, en aquel cálido mes de agosto, aquella era una práctica de guía a ciegas, por la Cuesta de las Armas, subiendo hacia la plaza de Zocodover, Todo sucedió tal y cómo  cuento en el poema, de una manera más literal que metafórica. El choque contra la pared debió ser fuerte, pero a mí no me dolió tanto, aunque poco tiempo después derribasen el edificio del Miradero, desde sus cimientos – no quedó piedra sobre piedra – y lo reconstruyeron de nuevo con una arquitectura más moderna.

Todavía no me han pasado la factura ni la espero, a pesar de hacer esta confesión pública. Mi pierna se chocó con la pared porque quien me guiaba en aquellos momentos no tuvo la prudencia de pararme a tiempo. Era el momento del descanso.

Fue curioso que allí, apoyado en el muro, tuviera la panorámica de la Vega Baja del río Tajo y no verla porque iba con los ojos vendados. Pero sí, lo confieso, le pregunté a mi guía: “¿Alguna chica rubia?”. Para ser sincero, no recuerdo que me contestara, pero estoy seguro de que me oyó porque entendió la gracia de la pregunta. Ante lo cual, siendo justo con lo que vi, o mejor, con lo que aquel vendaje en mis ojos no me permitía ver en aquel preciso momento, mi testimonio, en caso de ser llevado a juicio por el derribo del edificio, es este poema.

En mitad del camino me rozó una mano,
en el descanso choqué contra la pared.
Sólo le pregunté a quién me guiaba,
si alguna chica rubia conseguía ver.

La culpa del derribo del edificio del Miradero, la tuvo mi guía, yo tan solo me tropecé y le pregunté si veía a alguna chica rubia.

Palabrita que ya no me siento culpable de ningún derribo acontecido en Toledo.

26. julio 2017

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