¡Yo tengo el poder!

El otro día escribía sobre la soledad de la escritura, de la lectura y hoy me quiero detener en un detalle no menor importante, darle mi visión y toque personal, sin que pretenda con ello dar lecciones de escritura a nadie porque, en todo caso, soy un eterno y mero aprendiz de todo. La cuestión es que el escritor, el autor, debe ser dueño de su obra desde la primera letra hasta el último punto y final, hasta el número de página de la última hoja, hasta el último símbolo que aparezca en la contraportada, en caso de los textos impresos y publicados en formato libro. Ha de tener el poder sobre todo, aunque en determinado momento pueda recibir buenos consejos a tener en cuenta que le lleven a hacer las correcciones y modificaciones que considere más oportunas.

No sé muy bien, si sería muy lógico pensarlo de esta manera, plantearlo así, porque es una cuestión que he leído y escuchado de manera reiterada, sin que sea una técnica que, como tal, suela tener muy presente cuando me pongo a escribir alguna de mis novelas y aún menos de mis poemas. Todo ha de estar planificada de antemano. No se debe improvisar porque aquello se convierte en un desbarajuste, con gente que se asoma por las ventanas a curiosear, ruidos que nadie se espera y que no tienen justificación en el relato e incluso accidentes de tráfico que distraen la atención de lo importante. Ha de estar previsto incluso cada gota de lluvia, cada ronquido. Todo ha de encajar como si fuera un rompecabezas donde no se queda ninguna pieza en la caja, ni por su puesto te encuentras con que faltan la mitad.

Admito que, cuando he recurrido a ello, me ha salvado de más de un apuro, porque he tenido más claro quién es cada personaje, qué hace y hasta cierto punto qué se puede esperar de éste, sobre todo cuando su presencia cobra una mayor relevancia en la historia, cuando al principio tan solo es alguien me pasaba por ahí, que casi se ha acercado a saludar o se ha caído por esas alcantarillas mal cerradas de la imaginación y terminan casi protagonizando la novela. A tanto no ha llegado ninguno, pero poco le ha faltado.

Mis novelas

Más o menos a lo largo de estas entradas del blog he dado evidencias de mis progresos como escritos, de la evolución que han tenido mis novelas, por lo cual no tiene mucho sentido que ahora me desmienta, eso de planificar de antemano, como decirlo, es algo que se me olvida aunque tengo una idea aproximada de lo que busco y pretendo en cada novela y sobre esa línea argumental, en torno a esos dos personajes principales se van añadiendo los demás con más o menos criterio, hasta que llega un punto en que me he de replantear todo y entonces sí que no valen las medias tintas, aquel que no encaja se queda relegado a un segundo o décimo séptimo plano mientras que otros que parecen no molestar demasiado encuentran su sitio en la mesa principal. Quienes tienen en sitio ganado por derecho propio, son los protagonistas.

Los protagonistas tenían que ser Manuel y una chica, a quien terminé por dar el nombre de “Ana” y, como ya os he contado, ésta ha terminado por ser también narradora, con su propia versión en la primera parte de la historia.

Debía ser una novela con una claro contenido romántico y tintes autobiográficos, para reflejar mi realidad.

Lo de la segunda parte con esa ruptura, con ese amarse desde la distancia, también estaba claro, no fue una improvisación, porque se trataba de buscar ese contraste y plantearse esa reconciliación, ese deseo de reencontrarse el uno con el otro

La dificultad para escribir “Silencio en tus labios” radica en el hecho de tener que hacer una autocrítica. Que sí, que está muy bien eso de escribir una historia romántica, en la que chico conoce a chica…, acaban juntos; su historia de amor se rompe y con el paso de los años se reconcilian y son felices para siempre. Pero la historia que debería estar centrada de manera particular en el chico, termina siendo un alegato de los sentimientos de la chica, que ésta no es una típica novela de príncipes azules ni de princesas encantadas. Se trata, más bien, de que el chico aprenda y comprenda los sentimientos de ella, que está muy bien eso de declarar amor eterno y demás, pero, si quieres peces, vas a tener que mojarte el culo. Si quieres un beso, te lo vas a tener que ganar con creces, por méritos propios. Y lo más curioso de la novela es que por muchas zancadillas que les ponga la vida, van a caer el uno en los brazos de otro.

Los protagonistas son Daddy y Jessica, Ella una chica de Medford con una historia personal y familiar un poco particular, extraña, incoherente y Daddy un chico de Toledo que se encuentra con ese problema sin saber muy bien cómo, quién ni por qué se le ha involucrado.

Al principio la novela la narraba Daddy para demostrar esa contrariedad, pero al final es Jessica quien lo relata casi todo para contar su vida antes y después de encontrarse con Daddy.

Lo que se ha convertido en un contraste entre los dos personajes, para explicar el modo de actuar de uno y otro en cada situación ¿Son tan iguales como la gente asegura?

Admito que para escribir “Esperando a mi Daddy” ha habido una mayor labor de investigación, sino previa, al menos según lo he considerado necesario, tanto para ser consciente de cómo es la realidad de Jessica, como para ser exacto a la hora de identificar su manera de hablar porque la dificultad de este personaje, de esta protagonista, es que se niega a hablar en español, pero, por otro lado, la novela se ha de poder leer sin demasiada dificultad, porque mi conocimiento del inglés no es tan avanzado como para considerarme bilingüe, aunque más o menos me defiendo a nivel medio. de tal manera que por mucho que como escritor y autor de la novela me quiera atribuir el mérito, “el poder”. En este caso, esa planificación se hace más necesaria. Además, se trata de centrar la novela en los conflictos de una chica, sin que yo sea un experto y sin que haya querido caer en los tópicos, aunque de manera inconsciente e incluso premeditada me haya dejado llevar por alguno, de lo cual dejo constancia en la novela, como algo de lo que Jessica se sienta una víctima incomprendida, cuando no un motivo para hacer alguna que otra observación y corrección al respecto. Sin olvidar que gran parte de la novela se desarrolla lejos de Toledo, es una ubicación que tans solo conozco gracias a esa investigación previa, a la información recogida por medio de Internet.

¿Yo tengo el poder?

De tal manera que en este devenir de los acontecimientos han ido surgiendo personajes secundarios con los que en un primer momento no contaba y han acabado siendo parte fundamental de la historia, del argumento. Me he dado cuenta que sin ellos todo carecía de sentido

De esta novela, ese personaje que se ha impuesto, sin duda alguna ha sido Marta, la hija pequeña de la pareja cuando en principio con la mayor sería suficiente. ¿Qué mejor motivo para reencontrarse, reconciliarse, volver a casa, que una hija en común? Dos.

A pesar de la enfermedad de Ana, de que no es lógico pensar en ese segundo embarazo. Me planteé el juego que ello le podía dar a la novela, que hubiera quien sufriera la ausencia del padre y quien avivase el instinto maternal de la madre.

Ella de algún modo es la causa y razón de esa reunificación. Cuando Ana falte, Marta habrá de irse a vivir con Manuel, pero conviene que antes se conozcan.

Ese protagonismo se lo puedo atribuir a varios personajes, a cualquiera de los amigos de Jessica, porque podría escribir una novela con la vida de cada uno, incluso a Bowie, el perro de Jessica, que altera un poco sus planes y vida universitaria.

Sin embargo, voy a destacar a “Daddy”, no al personaje como tal, sino al que Jessica se imagina para llenar esa ausencia, porque se trata de alguien irreal, de una idea propia de ella, de la que sus amigos se hacen partícipes y cómplices.

Es el contraste entre los dos mundos, ya que Jessica se imagina como será esa realidad, ese futuro con el que anhela y al que hace presente en lo cotidiano. Es tan solo una idea ante su ignorancia y desconocimiento de la verdad.

Quiero pensar que, aunque sea de manera autodidacta en muchos aspectos y otros por los conocimientos aprendido y adquiridos, tengo la capacidad para gritar eso de “Yo tengo el poder” cuando se trata de mis novelas. Pero, ya veis, por mucho que quiera planificar, que cada vez intento que sea más en serio para no salirme del guión, no es rara la ocasión en que he de echar mano de los apuntes, de mis esquemas y poner a más de un personaje donde le corresponde, llamarle al orden, hay ocasiones en que son estos personajes los que me dan un suave cachete en la mejilla y me dicen eso de “¡Sí, majete, lo que tú digas!” y siguen haciendo lo que les apetece. A algunos les consigo parar los pies. Sin embargo, como ya os he comentado, aunque a los amigos de Jessica no les haya escrito su propia novela aparte, ya se encargan ellos de contarme su vida con todo tipo de detalles.

En la novela “Silencio en tus labios”, en la segunda parte, hay cinco narradores, montando un trenzado argumental casi desde la primera línea hasta el último punto y final, En “Esperando a mi Daddy”, si hay algún que otro narrador de más, pero tan solo en momentos puntuales y casi al final por reflejar un poco el contraste que supone ese verse involucrado en la vida de Jessica y Daddy, aunque Jessica sea la única narradora casi toda la novela, desplazando a daddy para convertirlo en mero personajes, hasta que la ausencia de ésta, por trabajo, provoca que éste adquiera un mayor protagonismo.

Supongo que me aficionado a darle a mis novelas varios puntos de vista, a buscar esa empatía, lo que se deriva en la necesidad de conocer muy bien a los personajes, porque es importante saber quién es cada uno y que así quede reflejado en su manera de hablar, actuar y, dado el caso, narrar lo que ocurre.

Dicho lo cual y para que nadie más se salga que ese esquema inicial, espero que suene creíble eso de que, si levanto el bolígrafo del papel o las manos del teclado es porque “yo tengo el poder”, y después seguir escribiendo.

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