Juguemos al beisbol

Esperando a mi Daddy

Diario: August 23, 03:00 PM-07:30 PM

Reflexiones de Jessica

En la última entrada (¡Corre, corre, que te pillo!), en lo último publicado en la novela (September 15, 08:54 AM) os hablaba de mis carreras por el área de deportes del high school, que Mr. Ford, el profesor de Physical Education, tiene una manera un tanto particular de formar equipos y evaluar a los alumnos por sus méritos y esfuerzo, más que por un criterio standard. De manera que el mas lento de la clase de puede llevar un «A+», en la nota final de la evaluación o del curso con que se esfuerce un poco según sus aptitudes y posibilidades, Mientras que aquellos que destacar por ser unos excelentes deportistas, se pueden llevar el más mísero de los suspensos, una «F-«, por sentarse a mirar cómo se ejercitan los demás, dado que no hay nadie que vaya sobrado ni nadie a quien no se le pueda exigir un poco más.

Yo saqué fuerzas de flaqueza de mis experiencias del pasado, de esas carreras perseguida por los chicos en mi regreso al internado, por eso de que hay una buena cuesta desde el parque hasta el internado, aunque las carreras por las pistas de deportes del high school son en terreno llano. De manera que todo el desgaste físico radica en la velocidad más que en la zancada de subida y, sobre todo, que no he de ir sorteando coches ni tan pendiente de los cruces de calle, ni siquiera de la avenida. Por ahí tan solo he de estar pendiente de no tropezar y, sobre todo, de girar en las esquinas o, de lo contrario, me iría contra la valla que delimita la zona y aparte del golpe, la humillación seria como para no olvidarla y de momento tengo buena vista.

La cuestión es que me he percatad que hasta ahora he aludido en muchas ocasiones a mis juegos con los chicos del parque, pero no lo he concretado, porque tampoco son experiencias o vivencias de las que me sienta demasiado orgullosa. De hecho en la secuencia de la carrera hice una alusion a ello

Lo cierto es que en los últimos años he ido poco y siempre con permiso. Si me quedé el otro día a jugar al beisbol fue de manera excepcional.          

De modo que Daddy ha subido a la web esta anécdota para que sea más fácil entender cómo ha sido mi relación con los chicos del parque hasta pocos días antes de empezar las clases en el high school. Porque he de aclarar que no tengo nada en contra de los chicos. Algunos tienen el calificativo de «simpáticos», pero ya sea por un motivo o por otro, en 1995, éstos eran la excepción. En cualquier caso, la tarde del 23 de agosto no les encontré con el tonto muy subido y alguno aún seguía siendo tan digno de confianza como siempre. Otros, en cambio, hubiera estado mejor que se quedasen en su casa. Supongo que eso de jugar en el equipo contrario les dio pie a que se pasasen de graciosos y creyeran que me podían asustar con sus comentarios. Pero la verdad es que yo hice lo que pude por apoyar a los de mi equipo. Aunque, la verdad, eso de jugar al beisbol para mí casi era una novedad y puede que se generasen demasiadas expectativas.

Paseo en torno al parque

En principio no yo salgo del internado con intención de reunirme con los chicos, aunque sí con el permiso de Ana y con intención de dar una vuelta en bicicleta. La tarde no está muy soleada y, a pesar de las altas temperaturas, (80.06°F / 27.2°C) no me siento con ánimo de quedarme encerrada en mi dormitorio. Echo de menos la playa, pero entre semana Ana no podía llevarme y la alternativa, la lectura de más textos en español, me entusiasmaba menos que nada. De modo que lo del paseo en bicicleta me parecía buena idea. Un paseo alrededor del parque y volver, sin prisa, pero tampoco sin intención de detenerme.

Sin embargo, ya sea porque el paseo no me motivara o porque no pudiera permanecer ajena a la presencia de los chicos en el parque, me detuve a observarles mientras se preparaban para jugar a beisbol. Como es lógico mi presencia al otro lado de la vaya tampoco les pasó inadvertida. Necesitaban a un jugador más para que los equipos estuvieran en las mismas condiciones. Dado que entre aquellos chicos estaban mis amigos de la infancia, de quienes me había distanciado en los últimos años por razones obvias, o no tanto, me invitaron a participar. Por lo cual, me dejé convencer y aparqué la bicicleta, confiada en que Ana no se preocuparía en exceso, si me retrasaba, si tardaba en regresar. Como ésta me conoce y le había dicho por dónde me iba a mover, en caso de que me hubiera querido localizar, no se lo hubiera puesto más fácil. Pero no, no pretendía recuperar las malas costumbres de antaño ni dejarme embaucar para sentirme aceptada por el grupo. Ellos eran chicos y yo tenía claro que soy una chica.

Photo by Jodie Louise on Pexels.com

Pitcher

Primero me tocó jugar de pitcher, de lanzadora, para lo cual hay que tener fuerza en el brazo y puntería. En esa ocasión, además, nervios de acero y no hacer caso a comentarios tontos por parte de los lanzadores del equipo contrario, que no tuvieron otra ocurrencia mejor que hacer comparaciones un tanto inapropiadas para resaltar que soy una chica, que los de mi equipo, como hacían antes, han recurrido a mí para equilibrar los equipos. Pero hay chicos que son lo bastante cerrados de mente como para no utilizar la única neurona que les queda en el cerebro. Esa que hace eco por hablar consigo misma. Hay comparaciones que son de verdad de lo más estúpidas y lo cierto es que los chicos saben muy bien cómo ridiculizara una chica.

No consentiré que se burle de mí por el hecho de que sea una chica ni porque ahora no vaya a salir corriendo hacia el St. Clare’s para ponerme a salvo. Con sus comentarios me ha herido en mi orgullo y creo que estoy en mi derecho de hacer que se trague esas palabras y se disculpe por estúpido y grosero, porque sus palabras resultan ofensivas, aunque esté en lo cierto.

Si se trata de comparar, de una cuestión de tamaños, en este caso creo que los chicos salen perjudicados, porque yo tan solo soy el pitcher, pero a ellos les toca batear y dudo bastante que presuman de lo suyo en ese aspecto. Entre otras razones porque sería bastante raro que hubiera alguno con algo así.

La pelota va directa al bateador, sin demasiada fuerza y quizá como evidente expresión de mis propias inseguridades, más que de la rabia por ese inapropiado comentario. 

Bateadora

Para cambiar de posición se han de eliminar a tres bateadores del equipo contrario. Lo que con una pitcher como yo se le pone a mi equipo un poco cuesta arriba, porque mi rabia por demostrar mis aptitudes frente a la actitud provocadora de los chicos no siempre es algo que resulte tan favorable como me gustaría, Por lo cual, lo del otro equipo tuvieron ocasión de sumar muchas carreras. Mientras los de mi equipo estuvieron corriendo tras la pelota para intentar impedirles que llegasen a la base o terminaran la carrera. En cualquier caso, más tarde que pronto el milagro se produjo. Quizá hubiera sido más lógico que ese cambio en el juego se produjese por tiempo o por determinado número de carreras, para que el juego no estuviera tan desequilibrado, pero eran las normas de los chicos y mi parecer la verdad es que les importó, más bien, poco.

Lo llamativo de este cambio de posición y a modo de provocacion, porque no lo entiendo de otra manera, dado que asumo que su manera de proceder tenía una intención clara, los del otro equipo decidieron despojarse de las camisetas, jugar a pecho descubierto, poner en evidencia que ellos son «chicos», «hombres» y tenían el juego controlado, iban ganando sin el menor recato. Es más, con ello pretendían dejar en rídiculo a los chicos de mi equipo, dado que se supone que las chicas no podemos ser tand desinhibidas en ese sentido. En caso de que éstos pretendieran ponerse a su altura, yo me quedaría en evidencia. Años antes, posiblemente mi ingenuidad e inocencia hubieran evitado que me diera por aludida, por ofendida, pero una chica de catorce años ya no es tan descarada en ese aspecto.

Sin embargo, como me sentía atacada, herida en mi orgullo, aunque por decencia y recato no me pudiera poner a su altura, nada me impedía enseñarles el ombligo, que me anudase la camiseta por encima de la barriga. Las chicas tenemos ombligo y, según la opinion de quienes me conocen, yo me lo miro demasiado. Pero no me iba a acobardar ante la estupidez de nueve idiotas malintencionados que tan solo pretendían ponerme nerviosa.

Pitcher: ¡Eh, no me vas a distraer porque te pongas así! – Me advierte como si lo de mi camiseta fuese una provocación. – Tendríamos que ponerte de perfil para que te veamos algo.

Sin embargo, quien esperase verme fallar, quien desconfiara de que tuviera suerte y fuerza suficiente como para acertar con el bate, que me iba a dejar que me asustara, se encuentró con que mi golpe fue certero, impulsivo, casi sin mirar. De manera que, en cuanto suelto el bate, eché a correr, sin preocuparme por nada. Debía demostrarles a esos chicos que me no iba a dejar amedentrar ni a dejar que me eliminasen porque pretendieran distrarme con sus torsos desnudos o con sus estúpidos comentarios.

Mi objetivo, sin pensar en ir mucho más allá, porque incluso yo dudaba de mis propias fuerzar, de lo lejos que hubiera mandado la pelota, fue la primera base. Ante lo cual, por el temor a que me eliminasen y mi primera carrera acabe en fracaso, cuando intuí que ya me encuentraba lo bastante cerca, en vez de acelerar el paso, me lancé en plancha, ante el asombro y la incredulidad de todo el mundo. De manera que esa llegada magistral a mi objetivo se convirtió en el mayor de los ridiculos, en dejar a todos con la boca abierta. Porque sí, yo, una chica, me había tirado por los suelos sin que nadie me pudiera la zancadilla ni empujase. De modo que como me sucedíera antaño, no podía decirse que fuera a regresar al internado de una pieza cuando terminase el partido o considerase que es hora de volver, porque tampoco quería que se me haiciera de noche. Al menos mi orgullo seguirá intacto

Bill: ¿Jess, todo bien? – Me pregunta.

Jess: Sí, todo bien. – Le confirmo. – ¡A jugar! – Digo para que no se detenga el juego.

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