El duelo a muerte

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Introducción

Nos vemos esta la noche, en la calle del Cristo de la Calavera, 8. Toledo.

Si has oído hablar de a leyenda escrita por Gustavo Adolfo Bécquer, habrás de saber que la calle existe, aunque, como tal, historia no sea más que eso, una de las muchas leyendas que hay sobre la infinidad de rincones repartidos por la ciudad. Ésta se ubica cerca del edificio del Alcázar. En una zona de callejuelas estrechas, empinadas y tortuosas, no siempre recorridas por los turistas, pero que en sí misma esconde rincones e historias como ésta, en donde no falta ese toque de romanticismo, de misterio.

Personajes de la leyenda

– Alonso de Carrillo: Es uno de los protagonistas y es un personaje redondo e individual. En la historia no se dice nada de su aspecto físico. Primero comenta que está enamorado de Inés, pero a la vez es amigo de Lope. Después se enfada con él y al final de la historia vuelve a ser amigo suyo. El motivo por el que actúa así principalmente es por el amor que siente hacia Doña Inés.

– Lope de Sandoval: Es el otro protagonista y también es redondo e individual. En la historia no dice nada de su aspecto físico. También está enamorado de Inés, aunque es muy amigo de Alonso. Luego se enfada con él y al final vuelve a ser amigo suyo. El motivo por el que actúa así principalmente es por el amor que siente hacia Doña Inés.

– Doña Inés de Tordesillas: Es la antagonista, personaje redondo e individual. A ella la describen como a la reina de la hermosura y que deslumbraba hasta a los ancianos; todos la miraban. Al principio de la historia es creída, ya que está acostumbrada a que todos los hombres le vayan detrás y se cree superior a los demás. Al final de la historia ella es la que acaba avergonzada.

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 Pero entre esta juventud brillante y deslumbrador, que los ancianos miraban desfilar con una sonrisa de gozo, sentados en los altos sitiales de alerce que rodeaban el estrado real, llamaba la atención, por su belleza incomparable, una mujer aclamada reina de la hermosura en todos los torneos y las cortes de amor de la época, cuyos colores habían adoptado por emblema los caballeros más valientes; cuyos encantos eran asunto de las coplas de los trovadores más versados en la ciencia del gay saber; a la que se volvían con asombro todas las miradas; por la que suspiraban en secreto todos los corazones; alrededor de la cual se veían agruparse con afán, como vasallos humildes en torno de su señora, los más ilustres vástagos de la nobleza toledana, reunida en el sarao de aquella noche.

Descripción de Dona Inés, Gustavo Adolfo Bécquer

Motivo del duelo

Llegó la hora en la que el monarca, Alfonso VIII, tenía que partir a la batalla. Por este motivo, la noche antes de su partida, decidió realizar una fiesta en el Alcázar. A esta fiesta fueron invitados muchos nobles de la ciudad. Entre esos nobles toledanos, se encontraban dos amigos, don Lope de Sandoval y don Alonso.

Cuál fue su sorpresa cuando, en un momento de la velada, aparece doña Inés, dama principal de la corte.

Era tal su belleza que no pasó desapercibida. Todos quedaron prendados de ella. Eso sí, don Lope y don Alonso se esforzaron por conseguir acercarse a ella. Enseguida empezaron los piques entre ellos dos. Querían ganarse el favor de la dama. Tan tensa se volvió la situación, que ambos rivalizaban con gestos y guiños ante el asombro de los presentes.

De repente, la dama pasó por su lado y uno de sus guantes cayó al suelo. Los dos nobles, don Alonso y don Lope, no dudaron en abalanzarse sobre él para recogerlo y devolvérselo. Pero, en ese mismo momento, ambos lo cogieron y cada uno tiraba de un extremo para uno de ellos ser el afortunado en devolvérselo.

En ese preciso instante, el monarca se acerca y les quita el guante.

Él fue el encargado de devolvérselo a la dama doña Inés. En ese momento, la amistad de don Lope y don Alonso se vio quebrada. Ambos sabían que se habían enamorado de la misma dama y que tenían que resolver el asunto desenvainando sus aceros.

Esperaron a que la fiesta acabase y, una vez que se terminó, buscaron un lugar que estuviese apartado y en el que hubiera algo de luz (un candil…) para poderse ver las caras y batirse en duelo.

Comienzo de la Leyenda

Cristo de la Calavera

En el callejero del año 1.778 ya se menciona la existencia de una pequeña plazuela de la Cruz de Calavera, cerca de la plaza del Seco y de la cuesta de San Justo. Su nombre procedía de la existencia de una imagen de Cristo crucificado con una calavera a los pies, muy posiblemente de inspiración barroca, que era iluminada por un pequeño farol de aceite. Esta talla, según  J. Porres, probablemente fue mandada retirar por el Ayuntamiento durante la primera Guerra Carlista, ya entrado el siglo XIX, o bien sufriría daños irreparables con el paso del tiempo, lo que provocó su posterior desaparición. Por su parte J. Moraleda, sitúa su ubicación en la Plaza de la Cabeza o de Abdón de Paz, aunque en la fecha en que suscribe sus Cristos, es decir en el año 1.916, ya había sido retirado de su sitio. Lo interesante del breve texto de Moraleda es que señala que la escultura era de poco arte y que un episodio amoroso descrito por Bécquer de modo notable le dio notoriedad. No cabe duda de que a lo largo del Siglo XIX debió desaparecer esa Cruz, que tal vez pudo contemplar Bécquer en sus años de estancia en Toledo. De su existencia da cuenta todavía la toponimia toledana. En el nomenclátor de 1.864  aparece – una cuesta de la Calavera – aunque según J. Porres abarcaba el espacio que en la actualidad se denomina como Cuesta del Pez. La Cruz del Cristo de la Calavera se encontraba en la calle de ese nombre, una vez pasado el callejón del Toro en dirección hacia la cuesta de San Justo.

El ingenio y la fantasía de Bécquer construyeron una leyenda inspirada en la contemplación de ese crucifijo, en su denominación tradicional, en sus conocimientos de historia toledana y en la atracción que todos los románticos sentían por los sucesos medievales. A su talento, y no a la traición, hay que atribuir posiblemente el origen de la leyenda del Cristo de la Calavera. A falta de elementos cronológicos precisos puede situarse hacia el año 1.212, poco antes de la Batalla de las Navas de Tolosa, o en el año 1.340, en los días que precedieron a la Batalla de las Navas de Tolosa, o en los días que precedieron a la Batalla del Salado.

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¡Vamos para allá!

Si hay una zona del casco antiguo de Toledo que provoca un cierto misterio y desconfianza, envuelta en leyenda y desconocimiento, es precisamente esta zona, a la que se puede acceder desde muchos lugares, porque forma parte de la ciudad. Pero, así, en principio y según por donde accedes, el sentimiento que causa es diferente. Es el Toledo cambiante, el que provoca la sensación de estar dentro de un laberinto de callejuelas estrechas, serpenteantes y, hasta cierto punto, agobiante. Pero, como os digo, todo depende de por donde vayamos, dado que esta ciudad no deja de sorprendernos. Como suele ocurrir, uno se piensa que está en el otro extremo de la ciudad y, en realidad, está a la vuelta de la esquina.

Accedemos por aquí, final de la Avenida Carlos V, junto al Alcáazar

Para no quitarle misterio ni magia a esta leyenda, para compartir con vosotros las sensaciones que supongo comparto con mucha gente, la idea es que bajemos por aquí, por estas escaleras que se encuentran frente a edificio del Alcázar, en la plaza, una escaleras que pueden llegar a pasar un tanto desapercibidas y, hasta cierto punto, ignoradas, hasta el punto de que en Google Maps no tienen ninguna denominación, por lo cual tampoco diré nada para no restarle misterio.

Escaleras de bajada
Al pie de la escalera

Esperaron a que la fiesta acabase y, una vez que se terminó, buscaron un lugar que estuviese apartado y en el que hubiera algo de luz (un candil…) para poderse ver las caras y batirse en duelo.

Prosiguieron, pues, cruzando al azar plazas desiertas, pasadizos sombríos, callejones estrechos, y tenebrosos, hasta que, por último, vieron brillar a lo lejos una luz, una luz pequeña y moribunda, en torno de la cual la niebla formaba un cerco de claridad fantástica y dudosa.

Quienes refieran evitarse las escaleras, pueden acceder a esta zona por la calle de la Soledad que se encuentra un poco más abajo.

Los que bajamos por las escaleras, al final del callejón hemos de girar a la izquierda, por la puerta de los Pascuales.

Todo el grupo se puede reunir de nuevo en la Plaza del Seco, si es que en nuestro callejear por esta parte de la ciudad nadie se pierde, ya que el rincón que buscamos tampoco es que se encuentre a los pies del Alcázar. Se trata justo de eso, de esconderse porque ni entonces ni ahora era muy legal ni está permitido batirse en duelo.

Plaza del Seco

Si bajamos por la cuesta del Pez, una de esas bajadas estrechas y tortuosas, llegamos junto al punto que nos hemos marcado, no tiene perdida

La leyenda del Cristo de la Calavera se ubica muy próxima al Alcázar y a la plaza de San Justo, en la Calle que lleva su nombre, calle del Cristo de la Calavera. En el barrio templario y mudéjar de la ciudad de Toledo, se trata de una de las zonas más desconocidas de la ciudad y que, muy poca gente, pasa por sus calles.

Calle del Cristo de la Calavera, 8,

La leyenda

Allí puede leerse, en una placa junto a un pretil:

Habían llegado a la calle del Cristo, y la luz que se divisaba en uno de sus extremos parecía ser la del farolillo que alumbraba en aquella época y que alumbra aún a la imagen que le da su nombre

Imagen de Cristo crucificado (Es solo ilustrativo)
Placa de la leyenda

Había llegado el momento de ver quién merecía quedarse con la chica. Ese lugar fue la calle donde hoy se ubica la calle del Cristo de la Calavera. En ese lugar había un Cristo, apoyado sobre unas tibias y una calavera y que contaba con un candil que siempre estaba encendido… Ese Cristo sería testigo de este duelo entre amigos.

Tras una breve oración al altísimo, ambos, desenvainaron sus aceros. Cuenta la leyenda que, tras chocarlos, la luz del farol se apagó un instante, dejándolos completamente a oscuras. A los pocos segundos, el candil volvió a lucir.

El primer movimiento de los dos jóvenes fue llevar las manos al puño de sus espadas; pero deteniéndose como heridos de una idea súbita volvieron los ojos a mirarse, y se hubieron de encontrar con una cara de asombro tan cómica, que ambos prorrumpieron en una ruidosa carcajada que repitiéndose de eco en eco en el silencio de la noche, resonó en toda la plaza y llegó hasta el palacio.

“¡Habrá sido el viento!”, dijo uno de ellos. Enseguida, retomaron lo que estaban haciendo.

Pero, de nuevo, al chocar los aceros, la luz del candil se volvió a apagar. Nuevamente, ambos, se quedaron extrañados de tal suceso porque no entendían cómo la luz podía haberse vuelto a apagar.

A los pocos segundos, volvió a encenderse y, aunque extrañados, volvieron a retomar la acción. Pero, cuenta la leyenda que, la tercera vez que chocaron sus espadas, la luz volvió a apagarse, al tiempo que un fuerte zumbido les hizo caer al suelo presas del pánico. Ambos comprendieron que podía ser una señal del altísimo que les pedía que no arreglasen ese asunto de esa manera.

Dios estaba evitando que ambos perdieran la vida.

Ambos, debido a tal suceso, decidieron acercarse hasta la casa de doña Inés, ubicada cerca de allí para que fuera ella la que eligiera con quién de los dos quería estar. Cuando se aproximaron al palacio, pudieron comprobar cómo la ventana estaba abierta de par en par, doña Inés de Tordesillas se encontraba asomada al tiempo que, cariñosamente, estaba despidiendo a un joven noble que descendía hasta el suelo ayudándose de una cuerda.

Los dos amigos comprendieron que habían estado a punto de perder la vida por un amor que no iba a ser posible y soltaron una sonora carcajada que la propia doña Inés escucho y que provocó que se metiera a su casa presurosa.

Ella pensó que alguien la había visto.

A la mañana siguiente, cuando todos los soldados se disponían a partir de Toledo, doña Inés estaba en el estrado esperando ver al vencedor del duelo de la noche anterior. Cuál no sería su sorpresa cuando, al pasar don Lope y don Alonso por delante de ella, ambos irrumpieron en la misma sonora carcajada de la noche anterior al tiempo que se agarraron por los hombros.

Doña Inés comprendió que la habían pillado la noche anterior y cayó ruborizada a los pies de la reina.

Carcajada final

pasearte por Toledo

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