Hoy quiero confesar

Introducción

Después del rezo de laudes y del desayuno, toca empezar a tomar consciencia de que están en la Pascua, que no han ido hasta allí a pasar cuatro días en el pueblo, como si estuvieran de vacaciones, hay un motivo y trasfondo religioso que se ha de evidenciar de alguna manera, mentalizarse.

La mañana, aparte de para las meditaciones pascuales y los ratos de oración en la iglesia también es la ocasión propicia para la limpieza del corazón, para aquellos que lo han dejado todo para el último momento o porque no han querido antes o porque no les ha sido posible.

Tenemos el referente de Ana, quien ya nos ha contado que incluso ha tenido una charla con su director espiritual, su sacerdote de confianza, pero también el ejemplo de Manuel, que aunque haya ido hasta allí con esa intención y mentalidad de vivir la Pascua se ha mostrado algo más despreocupado en ese sentido. No hay convivencia ni liturgia sin sacerdote.

Interior de la iglesia // Copilot Designer

Sentados en los bancos

Aunque en ocasiones anteriores, en las reuniones en Toledo, si se menciona el tema de los bancos, en el sentido de quién se sienta con quién y lo saturados que éstos llegan a estar porque hay en los que parece que sobra sitio y en los que por e contrario da la sensación de que sobra gente. aquí ese detalle es irrelevante, se puede entender que como el grupo no es muy numeroso, hay amplitud para todos.

Lo que se destaca en ambas versiones es dónde se sientan nuestros dos protagonistas, entendiendo que para la novela todo tiene una intención, es una manera de dar a entender la postura y actitud de cada una ante estos momentos de oración, de querer estar más o menos centrados en lo que se dice o sucede.

Ana en su banco

Ana escoge para sentarse los primeros bancos, con idea de centrar su atención en el sagrario, en sus oraciones, se entiende que en seguir preparando la charla que habrá de dar el sábado y que aún ha de revisar. Se refugia en sus pensamientos y se evade de todo, consciente de que a sus espaldas hay un ir y venir de gente que se levanta y se sienta para ir a confesar. Ella ya tiene limpio el corazón y no lo necesita.

Toma posesión de ese espacio del banco y se queda ahí toda la mañana, no se levanta ni se gira a ver que sucede a sus espaldas. De hecho, casi puede dar la impresión de que incluso se desentiende de sus propias amigas, entendiendo que no ha de buscar la complicidad de éstas en esos momentos y éstas tampoco reclaman su atención.

El hecho de que ocupe los primeros bancos no pretende ser en actitud altiva por creerse más que nadie, porque ya haya confesado mientras los demás han de acudir a ese sacramento, estar pendiente de que les llegue el turno. Ana no tiene ningún tipo de distracción, tan solo sus ocasiones y los preparativos de la charla.

Manuel en su banco

Manuel desde el primer momento acude a la iglesia con la mentalidad de que ha de confesar, de que ha de hacer examen de conciencia, acto de contrición, propósito de enmienda, hablar con el sacerdote y cumplir con la penitencia. tiene demasiado en lo que pensar, excesivas distracciones en su cabeza como para llegar a concentrarse del todo, por lo cual sale a tomar el aire para despejarse.

Su principal distracción, por no decir que la única es la presencia de Ana, ya que dirigir la mirada hasta el altar es tomarse con la espalda de ésta. sin aclarar cuán lejos se sientan el uno del otro, pero queda constancia de que, por mucho que Ana pretenda pasar inadvertida, para Manuel es como si se le hubiera puesto delante

Como el sacerdote me dijo, convenía que pusiera mis ojos y mi atención en la oración para que esos impulsos no me dominasen. Sin embargo, ella estaba sentada en el banco de delante y yo no podía darle la espalda.

Manuel. Silencio en tus labios 17 de abril 2003

Manuel admite que le es difícil reprimir esos impulsos, que se siente superado por la situación y que el corazón es más fuerte que la voluntad, incluso por el hecho de pensar que ésta le ignore de manera intencionada y que el hecho de que él haya acudido a la confesión no provoca ningún efecto por su parte. Lo quiera o no evitar, Ana se ha convertido en parte de su ocasión, de sus pensamientos, de sus sentimientos, es como esa luz que le atrapa y le ilumina, que destaca por encima de todo.

Esta situación se asemeja en parte a la problemática y tesitura a la que Ana se ha tenido que enfrentar en los encuentros de Toledo, cuando su atención se dirigía a Manuel cuando se sentía aburrida o distraía con cualquier cosa. Puede decirse que se invierten los papeles y es Manuel quien tiene la ocasión de observarla.

Manuel desaparece

Al final de la mañana, Manuel se tiene que marchar porque es su grupo el encargado de servir la comida, pero lo hace de manera tan sigilosa, o Ana se encuentra tan concentrada que no se da cuenta de nada.

Cuando me quise dar cuenta, cuando me avisaron, ya era la hora de comer y, aunque mi primer impulso fue localizar a Manuel, no le encontré por ninguna parte.

Ana. Silencio en tus labios, 17 de abril, 2003

Lo llamativo de este momento es que, con su confusión inicial, Ana, de manera implícita, reconoce que Manuel ha sido una constante en sus pensamientos, en sus oraciones, que, por mucho que pretendiera ignorarle, le ha tenido como su principal preocupación y distracción, que el hecho de ocupar uno de los bancos primeros no ha evitado que se evadiera de sus sentimientos.

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