Introducción
Esta primera escena de la mañana del viernes es una de las que más que encanta de toda la novela por lo que supone, por lo que da a entender de cómo evoluciona la relación entre nuestros protagonistas, dado que ambos tienen la sensación de que se sienten un poco alejados el uno del otro, no correspondidos en sus expectativas como les gustaría.
Ana, hasta ahora se ha mostrado un tanto fría y distante, sin dejar que los impulsos de Manuel sean los que marquen su vivencia de esos días de Pascua, pero por otro lado parece vivir pendiente de que éste le haga un mínimo de caso, no la ignore del todo, pero tampoco la ponga en evidencia delante de todo el mundo.
Manuel se encuentra un poco contrariado por la actitud de Ana, dado que ésta la recibió con la mayor de las sonrisas para después dejarle con la miel en los labios, como se suele decir, desde entonces siente que le observa desde la distancia, pero a la vez que esas miradas son una llamada de atención para que se esté tranquilo, lo cual le mantiene un tanto contrariado.
Despertar
Lo que Manuel se encuentra al despertar es que no hay nada organizado para esas primeras horas de la mañana, con el remordimiento por que ningun chico parece haber aguantado en vela toda la noche, habiendo sido el de los primeros que se fueron a acostar. Da la sensación de que estos primeros momentos del día son para que al menos los sueños y descansos de unos y otros no sean demasiado cortos.
Para que nadie se sintiera condicionado por las prisas ni los horarios, esa mañana no hubo rezo de Laúdes y el desayuno fue por libre,
Manuel. Silencio en tus labios, 18 de abril, 2003
Se supone que los turnos de vela siguen hasta la media tarde, cuando sean los Oficios, por lo cual a efectos de la convivencia se da una cierta libertad, no hay rezo de laudes ni siquiera un desayuno organizado, quien tenga hambre tan solo tiene que acercarse por el comedor y quien quiera rezar laudes tiene la opción de hacerlo por su cuenta.
En realidad, este tipo de convivencias el Viernes Santo no se organizan así, con esta aparente dejadez e indiferencia por parte de todo el mundo, pero para la novela y la intención de esta secuencia me pareció lo más apropiado, que en cierto modo todo el mundo se confía que como se supone que ya han turnos, existe el compromiso por parte de todo de que siempre haya alguien ante el Monumento, aparte de que se espera que la gente del pueblo también se implique.
Cuando entré en la iglesia, en un primer momento, me dio la impresión que no había nadie más que quienes preparaban el Vía Crucis, que nadie rezaba ante el Monumento y ello acentuó doblemente mi sentimiento de culpa.
Manuel. Silencio en tus labios, 18 de abril, 2003
Lo que sabemos de la gente del pueblo es que desde primera hora de la mañana están preparando un Vía crucis procesional, por lo cual tampoco es que la iglesia se encuentre vacía, más bien, todo lo contrario, con el bullicio propio de los preparativos, que lo que falta en la iglesia es justo eso, silencio y tranquilidad para rezar, tiempo para detenerse ante el Monumento
Con él llegó el escándalo
¿No hay nadie rezando ante el Monumento, en esa labor de acompañamiento pascual? ¿nadie?
Manuel al despertar se ha encontrado con que todos los chicos se han levantado a la misma hora que él, que ninguno tenía prisa por acudir a la iglesia, que parecía que era más importante desayunar, aunque fuera poco, que todos habían cumplido con su compromiso en ese sentido.
El hecho de no ver a nadie implica que la actitud de las chicas no parece muy diferente. Ellas parece que también se han dormido, que la noche se les ha hecho demasiado larga, que han cumplido con su turno, su hora, y sienten que han cumplido. Más cuando Manuel no ha se ha acercado por el alojamiento de estas a comprobarlo y de tener alguna certeza ha sido si se ha encontrado a alguna en el comedor mientras desayunada
¡Vaya compromiso con la Pascua! ¿No se supone que se han organizado para que haya siempre en oración? ¿No se supone que hay turnos de vela?
Lo que hay en la iglesia es ruido, escándalo, movimiento de gente que viene y ve, que entra y sale, más pendiente de rematar los últimos detalles de los pasos de la procesión que de la oración, que toda la vida y el bullicio habitual del pueblo se ha concentrado en el interior de la iglesia y casi apetece más quedarse en la calle y esperar a que comience el Vía Crucis

¡Manuel, no hagas ruido, por favor!
En medio de este escándalo, de este bullicio, hay alguien cuya presencia en un primer momento ha pasado desapercibida para Manuel e incluso para todos cuantos se encuentran en la iglesia en esos momento, alguien que ha sabido encontrar su reducto de paz y tranquilidad ante el Monumento, que de algún modo siente que tiene su sitio reservado.
Cuando empezó a llegar la gente del pueblo, en vez de levantarme e irme a desayunar, incluso haber aprovechado para ir al servicio después de cuatro o cinco horas de encierro, me escondí un poco más.
Ana. Silencio en tus labios, 18 de abril, 2003
Nada parece alterar la tranquilidad de Ana, la puede llenarse la iglesia de gente que ella se mantiene indiferente. Da la sensación de que ni siquiera sabe en qué hora vive porque nada ni nadie la molesta. No busca llamar la atención y da la impresión de que se siente tan relajada, tan feliz que se podría pasar así toda la vida, que ni el hambre ni las ganas de ir al baño la mueven del sitio.
Mi tranquilidad, la que hasta entonces había primado en la iglesia, se rompió de pronto, una de las veces que se abrió la puerta entró una bocanada de aire frío, lo que provocó que dirigiera hacia allí la mirada y mis ojos se toparon con los de Manuel,
Ana. Silencio en tus labios, 18 de abril, 2003
Por lo que se deduce de ambas versiones es que a esas horas la iglesia está abarrotada de gente, que cada dos por tres está entrando y saliendo alguien, pero eso a Ana no parece afectarle. Deja que la gente del pueblo haga lo que tenga que hacer que a ella no le molesta. Ella está concentrada en su oración.
Que se abra a puerta una vez más no tiene la menor importancia ni relevancia. sin embargo, cuando entra Manuel, Ana no puede evitar fijarse en él, como si hubiera entrado por esa puerta el ruido más estrepitoso y molesto. ¡Oye, que estoy rezando! Sé un poco más sigiloso.
Mientras que, por su parte, Manuel se encuentra con que en medio de ese bullicio de gente alguien destaca por encima de los demás, alguien que le clava la mirada y cuya presencia parece pasar desapercibida para la gente del pueblo, para aliviar en cierto modo su remordimiento y temor por pensar que nadie ha cumplido.
Ana se da cuenta de que Manuel no ha ido a tomarle el relevo, y tan pronto como se percata de su presencia le vuelve a ignorar y sigue con sus oraciones. Éste tan solo ha ido en busca de paz interior y parece percatarse de que Ana no se siente demasiado cómoda con su compañía

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