Ana. Silencio en tus labios (1)*4

Viernes, 18 de abril de 2003

Cuando el sacerdote nos indicó que dejásemos la iglesia, alguno del grupo se quedó un tanto sorprendido, porque pensaba que ya habían empezado los turnos de vela, ante el hecho de que la gente del pueblo había dejado la iglesia antes que nosotros y no era muy coherente que en una noche como aquella la iglesia se quedase tan vacía como cualquier otra. Para tranquilidad de todos, ya estaba previsto que alguien se quedase ante el Monumento, pero a nosotros se nos tenía preparada una pequeña sorpresa, menos improvisada de lo que parecía en un primer momento. Tendríamos nuestro peculiar Lavatorio de los pies. Quizás el momento hubiera sido antes de la cena, para que ello tuviera un mayor sentido, pero la disponibilidad del sacerdote conllevó aquel aplazamiento. Aquello se interpretaría como una actividad sin mucho sentido litúrgico, más como un juego, una distracción, pero por encima de esas apreciaciones más o menos objetivas, se le quería dar un sentido de unidad y de humildad por parte de todos, que tuviéramos una participación más activa en los acontecimientos de aquella noche y aquellos días.

Nos lavamos los pies unos a otros, pero con un cierto orden y sin que la situación se saliera de su contexto. Como nos explicó el sacerdote, debíamos lavarle el pie a uno del grupo en actitud de perdón por las ofensas o el malestar que tuviéramos contra éste por algún motivo. No hacía falta que lo justificáramos, tan solo que lo entendiéramos como una limpieza del corazón, que después de aquel acto de humildad no habría motivo para que se mantuvieran aquellos reparos. Y quien se sintiera en paz con todo el mundo, como se suponía que estábamos todos después de la confesión, aquello serviría como una demostración de gratitud o de servicio, para que el otro entendiera que contaba con nuestra amistad sin condiciones. La cuestión era que no se escogiera a nadie al azar o por el hecho de lavarle el pie. De aquel lavatorio, todos sacaríamos alguna enseñanza para nuestras vidas, aparte que tampoco era cuestión de que la situación se volviera demasiado incómoda para nadie.

En un primer momento tuve la idea, que descarté por vergüenza propia y ajena, que aquello sirviera para un acercamiento entre Manuel y yo. Tenía claro que yo no le lavaría los pies bajo ningún concepto y me horrorizaba la idea de que él se humillara de aquella manera conmigo, e incluso que se aprovechara de esa demostración de confianza. En mi relación de pareja con Carlos había procurado que éste me respetase, aunque pensara que actuaba como una chica demasiado cohibida, de manera que mi planteamiento con respecto a Manuel no sería diferente aquella noche ni en el supuesto de que aquellos sentimientos mutuos se concretasen en algo más serio. La idea de que tuviera mi pie entre sus manos lo planteaba como una ofrenda de mi propia integridad y provocaba que me sintiera desnuda, sucia. Tal vez él, en un primer momento, lo hubiera entendido como una victoria personal, pero después hubiera tenido remordimientos, por su bajeza, por su poca delicadeza y el abuso de esa situación. Mejor que mantuviéramos las distancias.

Fue la tensión y el nerviosismo general que aquello provocó en todos, que mis sentimientos pasaran un tanto inadvertidos, porque era lo que sentíamos todos de un modo u otro. Sin embargo, aquellos que formaban pareja, no tuvieron el mismo reparo en compartir ese momento, lo cual hasta cierto punto para ellos tenía un mayor sentido y fortalecía la complicidad dentro de su relación de pareja, se demostraban ese cariño de una manera distinta. Para mí suponía una situación tan comprometida que ni siquiera quise que una de mis amigas me lavase el pie mientras cupiera la posibilidad de que coincidiera con Manuel para que esa desnudez no fuera compartida. No tuve tanto reparo cuando me llegó el turno y fue mi otra amiga quien puso su pie en mis manos. Mi amiga no se mostró recelosa con esas coincidencias, no había allí ningún chico por el que sintiera un interés en particular. En cierto modo, sentí envidia de ella, por lo relajada que estaba y la poca relevancia que daba a aquel momento, mientras que para mí se convertía en todo un evento, porque sentía que no tenía donde esconderme, que me delataba.

Tras el Lavatorio, regresamos a la iglesia para iniciar el turno de vela, tomar el testigo a la gente del pueblo y que cada cual decidiera con libertad lo que hacía desde ese momento hasta la hora del desayuno, libertad en el sentido de quedarse allí o irse a dormir hasta que sonase el despertador o nos despertaran. Entré y tan solo me quedé diez minutos sentada en el banco más próximo a la puerta, mientras los demás se colocaban en torno al Monumento. Ni siquiera mis amigas se quedaron conmigo. No hacía falta que me acompañasen ni tomasen ninguna molestia por mí; dentro de lo que se esperaba, me encontraba bien, tan solo agotada y necesitada de unas cuantas horas de sueño antes de mi turno de vela. Tal vez alguno pensara que les abandonaba, que me rendía antes de tiempo, me fallaban las fuerzas, pero lo cierto es que ya estaba más dormida que despierta y era consciente de mis propias limitaciones, aunque no negase el hecho de que quizá necesitara ese refugio a mi inquietud. Mi último vistazo, mi última mirada antes de irme, fue hacia Manuel, sentí como me observaba desde la distancia y se dolía por mi marcha, pero a la vez se mostraba comprensivo y resignado, que entendía que era mejor que no coincidiéramos en los turnos de vela.

A las cinco de la madrugada me despertó una de mis amigas, a quien le había dejado el encargo, en media hora comenzaba mi turno de vela y, aunque no me sintiera con fuerza, hice el esfuerzo y me levanté con más resignación que voluntad. En quince minutos estaba vestida, aseada y en la calle, cerraba la puerta de la casa con todo el sigilo que me era posible en aquellas circunstancias. Aún era de noche y hacía un poco de frío, pero pensé que tal vez en la iglesia estaría protegida, aunque en aquellos momentos no tenía muy claro si me encontraría con alguien. La elección del turno había sido libre y me había desentendido de esa cuestión, confiada en que siempre hubiera quedado alguien junto al Monumento, ya que esa era la intención de aquellos turnos. Casi sin que nadie me lo confirmase con antelación, intuí que Manuel no se mostraría tan dispuesto ni sacrificado aquella noche. Tampoco es que no sintiera el impulso de que compartiéramos un momento así, con cierta complicidad entre los dos, pero, por otro lado, era una de esas ocasiones en que entraría en la iglesia y él no estaría allí.

Cuando entré en la iglesia, del grupo aún quedaban un chico y un par de chicas, pero éste se marchó pronto, como si me hubiera pasado el testigo y por su parte parecía que las chicas aguantaban más porque se les hacía tarde para irse a dormir, que porque las fuerzas les aguantasen. Yo tan solo estaba un poco más descansada que ellas y me esperaba una larga velada hasta que alguien me relevara, lo cual era poco probable que sucediera pronto y en cualquier caso ya me había salido del saco con idea de que no regresaría hasta después de la comida, por lo cual tenía mucho tiempo por delante. De todas maneras, por lo que el sacerdote nos había dicho al respecto, las mujeres del pueblo acudirían a primera hora y ello permitiría que nosotros nos sintiéramos liberados de esos turnos y retomásemos el ritmo normal de la Pascua. Las actividades previstas para ese día serían en compañía de la gente del pueblo o por nuestra cuenta, porque habría de todo, sin que lo uno desentonara con lo otro.

Mi grupo era el encargado de preparar el desayuno, pero como era viernes, día de ayuno y abstinencia, aparte de que se tuvo en cuenta que la gente se levantaría más tarde, quien se hubiera acostado aquella noche, se decidió que éste sería voluntario, de manera que con que hubiera una persona del grupo en el comedor que se hiciera responsable, los demás nos desentenderíamos. En mi caso, permanecí en la iglesia, ajena a todo e incluso al paso de las horas, centrada en la preparación de la charla del día siguiente, lo que, en cierto modo, era estar en oración ante el Monumento, aunque mis pensamientos y reflexiones no se dirigieran hacia éste, pero eran una constante, dado que cuando me distraía o levantaba la mirada lo tenía en frente y hacía que me sintiera acompañada, incluso en alguna ocasión hasta sentí que me reprendía porque me guardaba mis verdaderos sentimientos cuando no tenía a nadie mejor con quien compartir esas intimidades, con la seguridad de que seguirían siendo un secreto hasta que encontrase el valor y los confesara. Sin embargo, todo mi interés y pensamiento estaban en la charla, en que cada minuto perdido era uno desaprovechado.

Cuando empezó a llegar la gente del pueblo, en vez de levantarme e irme a desayunar, incluso haber aprovechado para ir al servicio después de cuatro o cinco horas de encierro, me escondí un poco más. Me sentía a gusto y no tenía ninguna prisa ni urgencia, era como si tuviera aguante para todo el día, que algo me retenía allí, me protegía de mis propios miedos, como si temiera que en cuanto saliera a la calle me toparía con Manuel, tendría un arranque de sinceridad para lo que aún no estaba mentalizada ni sentía que él me fuera a corresponder. En cualquier caso, mis dudas e inquietudes con respecto a esos sentimientos no se habían aclarado ni desvanecido, pero aún persistía ese vacío en mi vida, la ausencia de ese cariño perdido tras mi ruptura con Carlos y la idea de que el febrero había sentido ese alivio con la compañía y presencia de Manuel a mi lado. Mientras que con uno había tenido una historia que no continuaría, con el otro no sabía si quería que se iniciara, ya que en el trasfondo de todo estaban mis problemas, mi vida, esa parte de mí que prefería no supiera demasiada gente y me condicionaba. No me agradaba la idea de que un extraño se involucrase en mis problemas. No quería esa carga sobre mi conciencia, por mucho que llevase en el corazón.

Mi tranquilidad, la que hasta entonces había primado en la iglesia, se rompió de pronto, una de las veces que se abrió la puerta entró una bocanada de aire frío, lo que provocó que dirigiera hacia allí la mirada y mis ojos se toparon con los de Manuel, ya descansado y con intención de tener unos momentos de oración ante el Monumento. En seguida comprendí que su visita a la iglesia no era por mí ni porque buscase a alguien del grupo, por lo cual me desentendí de él para que no me molestase. Quizá, si hubiera ido en mi búsqueda, no habría mostrado ninguna resistencia, después de todo me sentía abandonada y olvidada del grupo y ello hubiera hecho que me sintiera rescatada de mis propios sinsabores. Sin embargo, sentí su respeto e incluso su sorpresa cuando se percató de que me encontraba allí escondida de todo el mundo. Incluso creo que se sintió un tanto cohibido, como si pensara que su llegada me provocaría alguna inquietud, pero no le hice caso. Tal vez mi frialdad se debiera a que no quería que se marchara y aquella era la mejor manera de retenerle. Tenía la oportunidad de que compartiéramos ese rato de oración los dos solos, de convencerme de lo sensato y lógico de mis pensamientos y sentimientos hacia él.

Poco después de Manuel llegó una de mis amigas un poco preocupada porque no sabían nada de mí y temían que me hubiera pasado algo. Casi me hizo sentir como una responsable de la pascua un tanto irresponsable por la manera en que me había escondido y desentendido de todo en las últimas horas. Me reprendió como las buenas amigas saben hacerlo y la situación se lo permitió, con el mayor sigilo y toda discreción, hasta el punto de que no le convencieron mis excusas y me obligó a que la acompañase, momento en el que me di cuenta de que quizá mi salud no fuera tan fuerte como mi voluntad, que tantas horas en la iglesia me habían aliviado el alma, pero mi cuerpo se resentía, por la falta de sueño y que quizá la iglesia fuera más fría de lo que yo suponía, sobre todo porque estaba sentada en el suelo. Entendí que estaba adormilada y no actuaba con demasiada claridad, hasta el punto de que mi docilidad ante las exigencias de mi amiga me delataban, aunque no creo que Manuel se diera cuenta de ello porque estaba centrado en sus oraciones y pensamientos.

Regresé al alojamiento de las chicas, pasé por el cuarto de baño y por mi dormitorio a cambiarme de ropa y después me fui a desayunar, a comer algo que me llenase el estómago. Mi amiga me convenció de que estaba exenta del ayuno, aparte de que fuera la ocasión para que todo el mundo supiera que seguía viva y no me había escapado con nadie en mitad de la noche. Por otro lado, había algunas cuestiones que me tenían que comentar y resultaba más agradable que la conversación fuera al olor del desayuno. Se me planteó cierta inquietud por el tema del rezo del Vía Crucis con la gente del pueblo, tal y como estaba previsto para aquella mañana. Los responsables de los tres grupos me comentaron que la gente estaba cansada y que con la participación del sacerdote tendríamos nuestro propio Vía Crucis por la noche. Ante lo cual no objeté nada, aunque sí les confesé que me encontraba algo delicada de salud y, salvo que fuera imprescindible mi intervención, me tomaría la mañana de descanso.

Presencié el comienzo del Vía Crucis, y me encontré con que toda la gente de la pascua se encontraba allí, lo que en principio no parecía que tuviera mucho sentido con lo que se me había dicho, pero me alegré por ellos, ponía de manifiesto que estábamos de Pascua. Incluso tuve la impresión de que Manuel se situaba de tal manera en medio de la multitud, que en el supuesto de que yo hubiera ido con ellos, me habría seguido los pasos. Sin embargo, para desilusión suya, mientras la procesión del Vía Crucis se encaminaba hacia la segunda estación, mis pasos se encaminaron hacia el interior de la iglesia. Pensé que allí sentiría menos remordimiento y culpa que si me iba al alojamiento y me acostaba. Sentía sobre mí todo el peso de la pascua y no quería que nadie se sintiera defraudado por mi ejemplo ni que tampoco mi actitud me delatase y se preocupasen más de lo necesario. Tan solo me encontraba un poco mareada, pero en condiciones de continuar hasta el domingo.

A la hora de la comida, fui de las primeras que acudió al comedor, después de los componentes del grupo encargado de servirla, al de Manuel le correspondía recoger y nadie de su grupo se adelantó, de manera que no tuve problema en escoger asiento, la silla del rincón. Además, como se comería por grupos, que aquel sería un momento de encuentro y reunión después de toda la mañana un tanto desperdigados, no me preocupé por quiénes se sentaran conmigo. En aquella ocasión aquella despreocupación me causó un cierto remordimiento y sentimiento de culpa, porque ya se hacía demasiado evidente que la lección de aquella silla no era tan al azar como pretendía, que mi actitud no era tan fraternal como se suponía y que, en realidad, no había más justificación para ello que mis propias impresiones con respecto a las intenciones de Manuel, aunque con la certeza de que estaba en lo cierto y que tal vez con ello negara mis propios impulsos. Sin embargo, estaba allí por la Pascua y no porque buscase novio y aquella fuera la manera de mantener una cierta compostura en ese sentido. Me equivocase o no lo consideraba problema mío y en todo caso era discreta hasta donde mis posibilidades me lo permitían.

Después de la comida me fui con mis amigas al alojamiento de las chicas con la sana intención de dormir un par de horas de siesta, al menos hora y media porque mi cuerpo me lo pedía y mis amigas no me dejaron otra alternativa. En todo caso, como ya era mayor de edad y ninguna de las dos era mi madre ni les daba esa autoridad sobre mí, antes de que apagasen la luz aún hice una última anotación en mi cuaderno. Me sentía impulsada a que aquellos pensamientos quedasen plasmados, como si en aquellos momentos en que me vencía el cansancio, mi corazón fuese más fuerte que mi fuerza de voluntad y necesitara que esa confesión de mis sentimientos quedase por escrito, por si me lo pensaba mejor con posterioridad, que al menos quedase constancia de que reconocía de manera positiva que sentía algo hacia Manuel, que si toda aquello acababa en nada, al menos tendría un trozo de papel que romper y echar a la basura como desahogo de esa frustración. En cierto modo, creo que con aquellas anotaciones asumía mi compromiso de que aquella Pascua no terminaría antes de que yo aclarase aquella cuestión. 

Viernes, 18 de abril, 2003
¡Le tengo mareado! Lleva varios intento por sentarse a comer conmigo, incluso compartir el banco cuando estamos en la iglesia y yo no hago más que buscarme excusas para que no lo consiga. Suerte que no estemos en el mismo grupo y que me apoyo en mis amigas. Éstas se quejan cada día, pero no es que les quite razón, sólo que no saben que, si realmente yo fuera tan impulsiva como él, compartiríamos grupo, mesa y banco desde el miércoles. Sin embargo, él sólo quiere estar conmigo, no creo que realmente esté ligando. De algún modo, me parece que soy yo quien le provoca al evitarle de manera tan descarada. ¡Soy así de traviesa!

Cuando me desperté, porque mis amigas y el resto de las chicas parecía que se habían olvidado de mí, la hora de mi reloj indicaba que era lo bastante tarde como para que asistiera a los Oficios, que por mucha prisa que me diera éstos ya habían comenzado y estaban a punto de acabar. Lo cual casi era la excusa perfecta para que me relajase y desentendiera. No era mi grupo el que ayudaba y, por lo tanto, mi presencia no era obligatoria ni como tal la asistencia fuera preceptiva. Es más, mis amigas casi consideraron que mi ausencia estaba justificada por motivos de salud, por agotamiento físico. Sin embargo, vencí la pereza y asumí que al menos tenía que estar allí lo que me diera de tiempo para que mi ausencia no se hiciera tan evidente. Me resultaba un poco imprudente que mi salud me convirtiera en el centro de atención de todo el grupo. Estaba en la Pascua como los demás, pero daba la impresión de que yo misma me aislaba del grupo, cuando se suponía que era quien daba ejemplo a los demás.

Cuando llegué a la iglesia concluía las celebraciones, de manera que ni siquiera comulgué, lo que me dejó con una sensación de vacío un poco rara, como si me hubieran echado de la Pascua o aquello nada tuviera que ver conmigo. Me sentí culpable y responsable de ello, que no estaba a la altura de las circunstancias y que quizá, después del día que llevaba era lo que me merecía, tan pendiente y obsesionada estaba con la Vigilia, la Resurrección, que había pasado por alto la Crucifixión, me había encontrado tan llena de vida que me había olvidado de mis propias debilidades. El vacío que quedaba en el sagrario y el Monumento no eran más que la evidencia de que la Pascua seguía, que eso era necesario para que al día siguiente hubiera Vigilia, para mí era una llamada de atención, la evidencia de que los acontecimientos de aquellos días los vivía como si no fueran conmigo, aunque me encontrase allí, como si me hubieran echado a la calle porque no era digna de todo aquello. Sin embargo, por otro lado, también lo veía como un abrazo, se me daba la oportunidad de que me centrase, ya que aquel vacío, aquel silencio era temporal, mi ilusión y esperanza estaba en la Resurrección.

La cena de aquella noche volvió a ser por grupos, una cuestión organizativa, que la cena sirviera para que preparásemos el Vía Crucis de aquella noche, porque quien más y quien menos esperaba que fuese algo especial, compartido entre todos, que fuera nuestro momento de entrega y de mayor vivencia de la Pascua. Mi actitud de entrega quizá brillase poco desde el momento en que me senté en la silla del rincón y, en cierto modo, impuse mi criterio al resto del grupo, cuando quizá de todos los allí presentes fuera la única que se sentaba siempre en el mismo sitio, incluso mis amigas se habían cambiado. En mi defensa tenía que allí me sentía cómoda y que tampoco le hacía mal a nadie porque había sillas para todos y no era exigente ni recelosa con quienes se sentaban conmigo, con la salvedad de Manuel, aunque en su caso era más una cuestión de complicidad, una llamada de atención para que se fijara en mí y comprendiera que me sentía observada a lo largo de todo el día, sin que se lo recriminase ante los demás por ello. Quizá fueran los únicos momentos del día en que hasta me mostraba más condescendiente con él, ya que, a pesar de esa aparente frialdad, era el momento en que más comunicación había entre los dos.

El Vía Crucis lo iniciamos a las diez y media desde la puerta de la iglesia. El recorrido sería el mismo que el de por la mañana, pero con la particularidad de que aquel era por la noche y mucho menos procesional, aunque lo dirigiera el sacerdote, pero lo habíamos preparado para nosotros y con idea de que en cada estación aflorase ese sentimiento de Pascua, esa vivencia personal de aquellos acontecimientos tan presentes como siempre, que no era la Pascua de 2003, ni la octava que alguno viviera con el Movimiento o en su vida, sino la primera, en la que todos y cada uno nos hacíamos participes y queríamos que nuestros pensamientos y palabras reflejasen la actitud que cada uno llevaba en el corazón, lo que sentía ante cada una de aquellas escenas. Además, el hecho de que fuera de noche evitaba que nos distrajésemos con el paisaje y cobrase más sentido la unidad como grupo y la atención en los demás.

A Manuel le correspondió la séptima estación “Jesús carga con la cruz”. Le quise escuchar con atención, no es que hasta aquel momento hubiera estado más despistada o menos interesada, pero pensé que aquella era una manera de descubrir hasta qué punto Manuel estaba integrado en la vivencia de la Pascua o metido en su mundo, aparte de que yo sintiera que aquel Viernes Santo mi cruz fuera que no cargase con ninguna porque me sobraba con la mía de todos los días y la sensación de que mi salud me limitaba bastante para todo lo que se suponía que me comprometía. Más que sentirme como si pusieran una cruz sobre mis espaldas, me sentía una carga para los demás y no resultaba una sensación muy agradable, dado que tampoco me sentía tan limitada ni falta de fuerzas, tan solo afectada por un cáncer incipiente contra el que luchaba a diario y que poco a poco me vencía, pero no derrotaba mis ganas de vivir, tan sólo que ello trascendiera más allá de mi ambiente familiar y de amigas más cercanas. En cierto modo, tenía la sensación de que aquella noche se me pedía que fuera un poco más sincera y aunque temiera ser una carga pesada e insufrible para los demás, permitiera que cargasen conmigo. Pero mi cruz resultaba pesada.