Introducción
Noche del domingo 27 de julio de 2003

Cuando regresé al comedor, el ambiente parecía más calmado. No es que se hubieran solventado las diferencias, pero, al menos, se había firmado una tregua entre las dos partes

Como mis padres estaban allí de testigos y consideré que necesitaban alguna evidencia clara del buen entendimiento y la complicidad que había entre nosotros, recurrí a lo que me pareció más adecuado, al robo de comida, aunque mi madre no era muy partidaria de que se jugase con la comida.
Calma en el salón
Tras haber mantenido la correspondiente charla con Manuel y después con Ana, cualquier se esperaría que los padres de Ana se quieran sentar y hablar con ambos. «Esto lo que hay y esto es lo que esperamos«.
Ya conocen la postura de cada cual y es momento de ponerse serios. Manuel no les agrada, no les convence como pareja para Ana. Son demasiadas cuestiones las que les provocan rechazo y hay tanto a favor de un chico que está lejos de ser el que ellos querrían para Ana, aceptarían como parte de la familia. No le ven futuro


Sin embargo, el ambiente que Manuel se encuentra en el comedor, después de haber estado alejado de todo conflicto, de haber estado encerrado y aislado en el cuarto de baño, está bastante a alejado de sus expectativas. Resulta que Ana parece entenderse con sus padres, que de un problema se han resuelto y desvanecido todos los problemas.
Ya está todo dicho. No hay más que hablar. No hay necesidad de darle vueltas a ese asunto como si se hubieran subido a la noria y de tanta vuelta necesitasen darse cuenta de que no llegan a ninguna parte, que cuando ascienden todo se ve igual de mejorable y claro que cuando descienden. Da igual lo deprisa que suban por un lado o bajen por el otro. La situación sigue siendo la misma y no cambia nada.

¡A cenar!
Quienes llegan tarde a casa, pasada la hora de cenar y se entretienen en asearse, no deberían tener cena. Los padres de Ana ya han cenado y nuestra pareja, con su tardanza, «les ha dado la cena«.
¡Qué falta de puntualidad, de responsabilidad! Ana sabía que les esperaban, pero, aun así, se tomó lo del regreso a casa con calma, porque esta vez la cena incluiría «charla paternal«, lo que no resulta demasiado apetecible en ningún caso.
Como sabemos, lo que no han querido como «cena«, lo han tenido como «coctel de bienvenida» y no eran lentejas, dado que lo quisieran o no, han tenido que aguantar la charla. Eso de: «si quieres las comes o si no las dejas«, en esta ocasión no estaba incluido como excusa para variar el menú.

Las madres a la pregunta «¿qué hay para comer?» suelen recurrir a la sabiduría y lógica de todas las madres y esta vez no ha sido para menos: «Para comer hay comida«. En este caso, para cenar, de primer plato, ha habido una charla con el padre y sin ningún aderezo.
Al parecer no se les ha atragantado porque aún siguen con hambre, pero esta vez sentados a la mesa y con algo delicioso que llevarse a la boda y que les llene el estómago.
Como en los mejores restaurante
Como en los mejores restaurantes, previa reserva, en éste que llamaremos «Casa de los padres de Ana«, cabe la posibilidad de reservar mesa para dos y convertir un momento tenso en un momento divertido y de complicidad. Aunque lo de «cena con espectáculo«, incluya que ellos hayan de ser el divertimento.
Los padres ya ha cenado y a estas horas de la noche lo único que pueden hacer es mirar, quedarse a observar el comportamiento de esta feliz pareja. Sobre todo porque Ana no quiere que Manuel pase un mal rato o, en todo caso, compensarlo por lo que entiende que ha tenido que ser la charla con sus padres.

Como mis padres estaban allí de testigos y consideré que necesitaban alguna evidencia clara del buen entendimiento y la complicidad que había entre nosotros, recurrí a lo que me pareció más adecuado, al robo de comida, aunque mi madre no era muy partidaria de que se jugase con la comida.
Se sobreentiende que son sus últimas horas juntos, más bien, minutos, porque cada uno pasará en un dormitorio distinto, preferiblemente distantes y que ayuden a mantener la compostura y la tranquilidad de todos durante la noche.
Sin embargo, aquí en el comedor, y en presencia de los padres, no hay motivo para no ponerle un poco de alegría, de complicidad, a esta extraña cena, en la que Manuel se siente fuera de lugar, pero Ana parece querer darle todo el protagonismo.
Como en toda cena casera, el ingrediente secreto que le ponen las madres es el amor, pero claro esta vez la cena la ha preparado pensando en que se la comería el pretendido y no muy aceptado «novio» de su hija. Por lo que tal vez se perciba que tiene un sabor distinto.
¿Qué tan buena cocinera es la madre de Ana?
Por lo que sabemos hasta ahora, la madre de Ana es una mujer trabajadora, ha sido una de las responsables de la gestoria hasta hace poco. Aparte de que sea esposa, es madre de tres un hijo y dos hijas, que ahora, además es suegra y abuela de su primer nieto.
Es, hasta cierto punto, una mujer seria y un tanto orgullosa que ha sabido forjar su personalidad y su carácter, que sabe imponer autoridad con su presencia, sin dejar por ello de tener ese toque de dulzura.
En esta historia, esta novela, en la que no hay como tal malos ni buenos, de algún modo sobre este personaje recaen todas las malas críticas, por esa condición de suegra, de madre exigente que siente que nada se hace a su manera y ello llega a colmar su paciencia. Un mal día lo tiene cualquiera, pero con Victoria casi mejor no haberlo tenido.

Por si acaso Manuel llega a temer que pretenden envenenarlo o provocarle tales retortijones que se le quiten las ganas de andarse de aventuras por el piso durante la noche. Ana no tiene ningún reparo en comer del plato de éste, para comprobar si sabe igual.
Para ella no es más que un juego, un evidenciar la complicidad y que sus padres entiendan que este enamoramiento no es un mero autoengaño. Ella quiere a Manuel y no, no tiene ningún reparo en «robarle» la comida del plato, sin que éste parezca molesto por ello. Aunque lo cierto es que Manuel se siente un tanto acobardado. «los padres de Ana les observan«, «en casa extraña hay que comportarse«.
En realidad, no se llega a concretar en qué consiste la cena. Se deja a la libre imaginación del lector de la novela. Pero casi seguro que no son lentejas, porque con la boca llena no se habla y tampoco tienes que responder preguntas comprometidas.

La verdad es que él aparentaba estar un tanto acobardado, que, por muy fluida que fuera la conversación entre mis padres y yo, no tenía nada relevante que aportar.

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