Manuel. Silencio en tus labios ( 2)

Como no podía ser de otro modo, por la hora y porque obrar de otra manera hubiera sido una estupidez, la convencí para que me dejara llevar a mí el coche y nos marchásemos a su casa, donde nos esperaban para cenar y seguramente preocupados por nuestra tardanza, por las consecuencias de aquella conversación familiar. Sus padres se alegrarían de que yo aún siguiera con ella y le frenarse ese impulso de escaparse sin rumbo. Y no es que yo, ante situaciones como aquella, me creciera, más bien se trataba de una cuestión de actitud o de lógica. Me iba donde me sentía más seguro y allí ese lugar era su casa. Lo que no era tanto con intención de plantarles cara a sus padres como evitar quedarnos en la calle. El día ya había anochecido y Ana parecía lo bastante tensa como para no pensar con lucidez por lo cual tampoco era prudente que decidiera por los dos y sus padres se merecían ese voto de confianza, de pensar que habían tenido tiempo de recapacitar, al menos que por causa de esa acusación se habían arriesgado a perder una hija y no le habían dado un motivo para sonreír.

El gesto de su padre, cuando nos abrió la puerta del piso, fue como si le hubieran dado la mejor noticia de toda su vida. Era patente que, tanto éste como la madre, habían estado preocupados por nuestra tardanza y la imposibilidad de localizarnos. Ana llevaba el móvil desconectado y mi número lo desconocían. Dicho de un modo burdo, su preocupación había llegado a tal extremo que se acordaban de mi madre sin conocerla, como si mi primera entrada en aquel piso hubiera traído la tragedia a toda la familia. Esperaba que, con mi segunda visita, esa primera impresión se desvaneciera. No había raptado a Ana, sino que se la devolvía sana y salva, aun obligándola a volver. Aquella era su casa, pero parecía ser yo quien más interés tenía en que volviéramos. Se invertían los papeles, lo cual se salía de toda lógica o expectativa creada dos días antes. Y no es que hubiera cambiado de parecer, pero consideraba mi deber presentarnos allí y no alargar más la agonía de nadie, aunque Ana considerase que suponía una derrota, una cobardía por nuestra parte.

Como Ana, también hubiera querido cruzar corriendo el pasillo y desaparecer de la vista de todos, me hubiera olvidado de la cena y de solventar las discrepancias familiares. Pero, a diferencia de ésta, aquella no era mi casa y podía decirse que sólo tenía lo puesto y lo que llevaba en la mochila. Me encontraba solo, indefenso y desamparado ante sus padres, quienes se veían impotentes ante la actitud de Ana y en una disyuntiva conmigo, entre echarme a la calle y desear no haberme conocido o su hospitalidad y, al menos, dejarme pasar allí aquella noche, agradeciéndome así que les hubiera devuelto a su hija, a pesar de que me sentía tan ofendido como ésta, aparte de nervioso ante lo comprometido de la situación, más grave que la del viernes y quizá con peor solución, dado que se habían precipitado al juzgarme y su rectificación una cesión en su negativa a aceptarme como pareja de Ana. Mi pretensión, en ningún caso, había sido que aquello comenzara así, sólo aspiraba a la felicidad de Ana y por derivación a la de su familia. Sin embargo, ya llevaba dos días en la ciudad y lo que había conseguido era justamente lo contrario, además de convertirme en una carga para aquella noche.

La primera mano tendida y amigable fue la de su padre, me ofreció sus más sinceras disculpas por aquel malentendido y la hospitalidad de su casa para lo que hiciera falta. Yo no era el novio más idóneo ni el que deseaban para su hija, pero habían cometido un error imperdonable tanto con su hija como conmigo, y aparte que estaba agradecido por haberla llevado de vuelta a casa y lamentaba lo sucedido; estaba dispuesto a ser un poco más benevolente y reconocer que quizá había sido demasiado crítico y negativo en todo lo referente a ese noviazgo, por lo cual confiaba que, con el tiempo, fuéramos Ana y yo quienes les hiciéramos ver que nos entendíamos y que aquella relación tenía un futuro. Él no se opondría, pero tampoco miraría hacia otro lado ni sería con Ana menos desconfiado de lo que había sido con su otra relación. En cualquier caso, yo tenía cena y un sitio donde pasar la noche, con la advertencia de que él dormiría con un ojo abierto por si acaso.

Aquel era un mal comienzo en mi relación con aquella familia y todo ello provocado por una falta de comunicación entre Ana y yo. De nuevo se hacía patente lo inoportuno de mi visita sorpresa, así como el hecho de que en otra ocasión el exceso de discreción de Ana no conllevaba más que problemas. Es decir, los dos éramos en parte responsables de lo que estaba pasando, se hacían patentes nuestras diferencias y que, por mucho que lo pretendiéramos, no estábamos el uno a la altura del otro en cuanto al planteamiento de aquella relación. Para Ana suponía una continuidad de su relación anterior, salvando las distancias, y para mí resultaba todo tan novedoso y atípico en mi vida que, por pretender seguirle el juego, no hacía más que tropezarme con esa realidad. Los dos debíamos calmarnos un poco y dejar las precipitaciones y los sobreentendidos a un lado, porque entre nosotros no había más separación que la geográfica, a pesar de tender hacia ese acercamiento personal, que ninguno rechazaba ni pretendía ocultar. Sin embargo, todo se había planteado mal desde un principio.

Mientras estuve en el cuarto de baño, lo cual no fue sólo por una necesidad o cuestión fisiológica, sino también un modo de escaparme de la tensión ambiente, Ana se decidió a romper con ese enclaustramiento en su dormitorio y dio la cara ante sus padres. Ella era la responsable y la causante de mi presencia allí y entendió que no debía quedarse al margen ni podía ignorarme. De no haber sido por su empeño, me habría vuelto a casa y me habría evitado ese problema con sus padres. Además, era la ocasión para que defendiera nuestra relación ante sus padres y consiguiera que éstos superasen sus recelos y desconfianzas, que se olvidaran de las expectativas creadas sobre la otra relación, asumiendo que Ana había iniciado una nueva con otro chico, conmigo, cuyo único defecto destacable residía precisamente en eso, en ser otro chico, con otras circunstancias personales que no tenían que valorarse ni mejor ni peor, más cuando ella se sentía feliz y hasta entonces no les había dado el menor motivo para escandalizarse. De hecho, aseguraba que no había perdido la cabeza ni el sentido común. Tal vez sólo fuera un capricho pasajero, pero en aquellos momentos era su elección y decisión libre y consciente.

Cuando regresé al comedor, el ambiente parecía más calmado. No es que se hubieran solventado las diferencias, pero al menos se había firmado una tregua entre las dos partes. Los padres habían asumido lo precipitado e injusto de sus acusaciones y Ana admitía que quizá no hubiera llevado el asunto con la suficiente lógica y que ello había sido la causa de toda la confusión. En cualquier caso, sus conflictos familiares no se descargarían sobre mí. Mi responsabilidad no iba más allá de haberme enamorado de Ana y dejado patente mi falta de experiencia como novio, así como que allí me sentía fuera de mi ambiente y me había encontrado con un problema que no había provocado. Más que necesitar que todos se pusieran en mi contra, era preferible que me diera su hospitalidad y comprensión. Tan solo me quedaba aquella noche y si mi relación con Ana tenía algún futuro, era mejor no se creara un mal precedente para nadie, aun siendo oportuno que se aclarasen cuantas cuestiones se considerasen oportunas, dado que nos estábamos empezando a conocer.

Durante la cena, si no desaparecieron del todo las tensiones, al menos, se intentaron disimular. Sus padres habían comprendido que por las malas no conseguirían nada positivo y por las buenas, al menos, si no conseguían que Ana cambiara de pareja, le terminarían encontrando la gracia a nuestra relación. Para ellos era mejor que su una hija fuera feliz con un novio no muy de su agrado que no tuviera nada y lamentara esa pérdida. Después de todo, Ana no estaba allí para anunciar que se hubiera sentido llamada a la vida consagrada, aunque quizá la escogida no contase tampoco con su total aprobación, pero se aproximaba bastante más a las expectativas puestas sobre ella. La seguirían teniendo consigo, con la seguridad de que ésta no renunciaría a los lazos familiares, de los que prefería no prescindir. En ese sentido, debían sentirse afortunados porque Ana no tenía intención de apartarse de ellos y con su anterior relación esa posibilidad no había sido tan segura. Carlos hubiera tenido más influencia sobre sus decisiones, mientras que yo estaba más dispuesto a ceder en aquello que hiciera falta por verla feliz.

Ana recurrió a sus sutilezas de hija y de novia para favorecer ese mejor acercamiento entre sus padres y yo, zanjó definitivamente los recelos entre nosotros. Les quiso dar a entender a sus padres que me quería y les demostró el buen entendimiento que había entre nosotros, dejó claras las diferencias en el trato y la actitud con respecto a su relación con Carlos. Entre nosotros había una mayor complicidad y entendimiento. Admitía que yo no me había presentado allí como si me fuera a comer el mundo y tenía mis defectos, aparte de mis virtudes, pero no pretendía dar una imagen de mí que no se correspondiera con la realidad, que por muchos besos que me diera no me iba a convertir en el príncipe azul. Sin embargo, lo que ella pretendía estando conmigo no era ser de la realeza, tan sólo quería estar conmigo porque sentía que entre nosotros había la suficiente compatibilidad como para ser feliz y pensaba en un futuro a largo plazo, mientras que con Carlos se había dado cuenta que había llegado a un máximo y no era suficiente. Mi atractivo estaba ahí, aunque no fuese tan evidente.

Al final sus padres no tuvieran objeción a que Ana me diera las buenas noches antes de acostarse y de que se hubiera cambiado. En aquella ocasión la imagen de su madre en el pasillo con la zapatilla en la mano más que una broma para asustarme, por si se me ocurría alguna tontería, lo consideré una realidad más que posible, de manera que ni siquiera nos dimos un beso. Era mejor que no empeorase más la situación después de haber conseguido el beneplácito paterno a nuestra relación. La convivencia debía servirnos de algo para la vida cotidiana y yo aún tenía que hacer muchos méritos para merecer el aprecio y la confianza de sus padres, aunque aquella noche fuera Ana quien más tuviera que demostrar. Le habían acusado de algo que no había sucedido y le recriminaban que fuera tan impulsiva a la hora de querer estar conmigo. Sus indiscreciones nos habían costado caras y a mí no me había hecho ninguna gracia verme en una situación tan complicada como aquella por ser demasiado confiado e imprudente al seguirle el juego.