Introducción
Sábado, 25 de octubre, 2003. (18:30)

Terminado todo, cuando acabamos la última canción, fueron mis padres los primeros que se acercaron a nosotros para avisarme de que ya se marchaban, en cuanto felicitaran a los recién casados.
Querían saber si necesitaba algo y avisarme de que el chaparrón que escuchábamos en la calle era tal y como lo escuchábamos sobre el tejado y los ventanales de la iglesia.


Los contrayentes eran el centro de atención de la fiesta y no mis diferencias con Ana ni las que ésta tuviera conmigo.
Terminada la ceremonia
Terminada la ceremonia, con el consabido «Podéis ir en paz«, es más que evidente que Manuel se sigue sintiendo un tanto perdido, desubicado, sin saber qué hacer o con quién ir. No está en su parroquia y su referente en ese sentido es Ana, quien sigue con la gente del coro, con la última canción, mientras se entiende que entre la gente ya hay un cierto revuelo post-boda.

Ahora mismo lo que entiende es que ha de darle a Ana su espacio, su tiempo. Sin mostrarse demasiado nervioso, inseguro ni acaparador con su atención. No quiere poner a ninguno de los dos en evidencia, porque ya entiende que ésta se podría molestar por ello y no es momento ni lugar para tensar más su relación.
Se queda bloqueado, sin tomar iniciativas, como el hecho de ir a buscarla; a la expectativa de que sea ésta quien acuda a su encuentro o dé alguna evidencia clara de mostrarse receptiva a su compañía, a que necesita de él para lo que sea, como presentarlo a sus amigos o disponerse para acudir al restaurante; incluso que, como hay tiempo, regresen al piso, en caso de que hayan de recoger algo.
En cierto modo, podemos intuir que se deja arrastrar por lo que ve hacer a los demás. Que, si es momento de acercarse a felicitar a los novios, él no se queda atrás, porque se siente arroyado. Que, al menos, no quede por su parte el agradecer que hayan contado con él, aunque esté allí como acompañante de Ana más que a título personal. Es sólo acercarse a felicitarles y dar un paso atrás para no molestar a nadie.
Abrigate que llueve
Por el contrario, los padres de Ana, mucho más decididos, menos acobardados ante la situación, y se entiende que, motivados por ese sentido de familia, por no querer reprimir ese ejercer de padres, no dudan ni un momento en acercarse hasta donde se encuentra Ana para hablar con ella y ponerle al tanto de sus intenciones.


Si no consideran la parroquia como su segundo hogar, después de la gestoria, al menos se sienten como si estuvieran en su propia casa, que nadie les va a mirar mal por el hecho de tomarse esas confianzas, familiaridades. Sin que se determine qué tiene más relevancia: que ellos seas los padres de Ana o que ésta sea su hija.
Ellos ya han cumplido con la asistencia a la ceremonia y no le encuentran mucho sentido a seguir allí. Podemos intuir que para esa tarde ya tienen otros planes y no tienen demasiado tiempo que perder. Tienen su vida y se trata tan solo de la boda Carlos, quien ya no es más que un amigo de Ana. Sin conocer en exceso su vida social, podemos suponer que tampoco mantienen una relación muy cercana con la familia de éste.
La cuestión es que no sólo avisan a Ana de sus intenciones, sino que le de la climatología: «Está lloviendo«. Pero no es que chispee. Llueve hasta el punto de considerar que conviene que se abrigue, que se proteja. Es un chaparrón, una tormenta con vientos racheados, que sin llegar a ser peligrosas, lo conveniente es que se lo tome con prudencia.
Uno, el día de su boda o el día que acude a la boda de un amigo, querría que luciera el sol o a esas horas de la tarde, que brillase la luna y todo estuviera en calma. Sin embargo, esta tarde de sábado llueve y, por lo que los padres de Ana le comentan, no son lo que se dice cuatro gotas mal contadas. Aunque tampoco parece que sea una situación preocupante.
Ana es consciente de la lluvia.

La verdad es que aquella noticia me apenó un poco porque hubiera preferido que, a pesar de lo tarde que fuera, que a esas horas luciera un sol radiante, al menos aquella tormenta de otoño no empañara la felicidad de aquel momento.
Por lo que da a entender, la noticia de la lluvia tampoco le pilla desprevenida y es un detalle, una previsión que incluso los novios han tenido en cuenta, porque estamos en el último fin de semana de octubre y, por lo que parece, esto de las lluvias o tormentas otoñales es algo que tiene asumido como normalidad. Un poco de lluvia no va a alterar sus planes.
De hecho, podemos deducir que la elección de esta fecha para la boda, las «prisas», se deben a que ya tienen su vida montada. Como comenta Ana, no parece fácil reservar fecha en la parroquia. No hay demasiada disponibilidad de ésta, porque debe ser un lugar muy solicitado, como suele suceder con las iglesias con carácter. Esperar a la primavera o verano del año siguiente no les convence.

En realidad, como ya conocemos la personalidad de Ana, para ella el detalle de la lluvia tampoco es algo que le pille desprevenida. Ella es una chica organizada, planificadora, por lo cual no es algo que le sea indiferente, pero cree saber lo que se hace. Ella es una chica, una mujer, que sabe actuar ante los problemas.
Sus padres se pueden marchar tranquilos y despreocupados; ella se queda en buena compañía, en la mejor. Está con amigos y, sobre todo, cuenta con Manuel, quien tendrá la ocasión de ejercer de novio y comprobar cómo ella tiene depositada en él toda su confianza.


Debe estar conectado para enviar un comentario.