Ana. Silencio en tus labios (2-2)

La misa era a las cinco y media, media hora antes yo ya estaba vestida y lista para que nos fuésemos. Si no me entretuve más en parte fue porque después del comentario de Manuel con respecto a mi vestido, a la torpeza de habérselo enseñado el día antes y ahorrado la sorpresa, aquello ya no tenía ninguna emoción y aunque por fin me pudiera ver vestida para la ocasión no esperaba por su parte ningún halago ni nada que hiciera que en aquellos momentos me sintiera especial. De hecho, su mirada de asombro e incredulidad se vio acompañado por un silencio que helaba. Dentro de lo que me podía esperar, su aspecto entraba dentro de lo aceptable, no es que fuera muy llamativo ni especialmente elegante, pero para tratarse de una boda a la que acudía como mi acompañante no desentonaba. Hasta cierto punto casi tuve que esforzarme por no reconocer que iba guapo, que si se hubiera presentado así vestido la primera vez que entró en mi casa y le presenté a mi madre, ésta se hubiera llevado una muy buena impresión. Así, no dejaba de ser él, pero tenía mucha mejor presencia. Sin embargo, lo que destacaba era su silencio, que se sentía cohibido por la situación.

Mi padre nos recriminó que nos comportásemos como un par de adolescentes, que, en aquellas condiciones, casi era preferible que nadie se moviera del piso porque dábamos la sensación de ir a un entierro más que a una boda, que con esas caras largas y vestidos así parecíamos más un par de monstruos salidos de una película de terror, de tal manera que lo que tuviéramos que decirnos era mejor que lo soltásemos antes de salir por la puerta. No estaba dispuesto a consentir que le fastidiásemos la boda a nadie y aún disponíamos de quince minutos para resolver nuestras diferencias, al menos para que la gente no nos tuviera como el centro de atención porque aquella era la boda de Carlos y su novia, que si se hubiera tratado de la nuestra aún hubiéramos estado a punto de suspenderla. En tal caso, el encuentro con Manuel hubiera sido en la iglesia y no en el comedor de mi casa, por lo cual compartía el alivio de mi padre ante esa expectativa. Consciente de que, si me encontrara en aquella tesitura, jamás me hubiera planteado esperar hasta el último momento para suspender el enlace.

No estaba enfadada con Manuel, tan solo molesta por sus comentarios y falta de delicadeza, con la sensación de que la situación era más grave de lo que aparentaba porque ninguno de los dos tomaba la iniciativa y aquella impotencia nos generaba mayor nerviosismo. En mi caso, al menos ante la expectativa de la asistencia a aquella boda, que para los dos sería un momento relevante, la ocasión de que nuestra relación de pareja fuese un poco más oficial y pública, que aquellas de mis amigas que aún no le conocían o no nos habían visto juntos tendrían la oportunidad de convencerse de que mis anhelos y frustraciones de los meses previos tenían un único causante que éste era alguien de carne y hueso. La expectativa de presentarnos con caras largas delante de toda aquella gente no resultaba muy alentadora. Era fácil suponer que todo el mundo esperaba que apareciésemos como una de las parejas más felices y radiantes del mundo, casi como si después de los novios, nosotros fuésemos la pareja que acaparase más atenciones. Sin duda alguna, como nos vieran enfadados, motivos no les faltarían. En realidad aquello no era más que una tontería, casi un juego, una distracción, que se me había ido de las manos.

Él no había hecho más que disculparse, insistido sobre su torpeza, cuando mi pretensión era que se olvidara del tema y expresara su alegría por estar conmigo, le faltaran palabras para que me dijera que era la chica más hermosa que había conocido y halagos por el estilo. Así era difícil que nos entendiéramos por las buenas. No parecía haber caído en la cuenta de que tenía la expectativa de que se comportase como mi novio o al menos que disimulara sus inseguridades. Quizá hubiera sido la frialdad de mi recibimiento lo que le descolocara y, por lo tanto, la responsable inicial de todo aquel asunto fuera yo, pero el caso es que me hubiera conformado con que hubiera hecho méritos para ganarse una de mis sonrisas y todos sus intentos por mejorar la situación no habían dado resultado para ninguno de los dos. Sin embargo, en aquella ocasión, no sé si por orgullo o por no ser siempre quien se lo pusiera todo fácil, no estaba dispuesta a ceder mientras hubiera una mínima posibilidad de que él enmendara la situación.

Como no me apetecía escuchar los comentarios de mis padres y tampoco que faltásemos a la boda, porque ya se nos empezaba a hacer tarde, aunque tuviéramos la iglesia a un paso, en cuanto Manuel me tendió su brazo para que me agarrara y nos marcháramos, ni siquiera me lo pensé. Al menos saldríamos juntos de casa y la gente nos vería llegar juntos, porque no tenía intención de soltarme demasiado pronto, aunque ello fuese inevitable, dado que se contaba conmigo para que fuera una de las voces del coro y no sería muy prudente que Manuel me siguiera. Hasta cierto punto la compañía de mis padres haría que no estuviera demasiado desamparado en caso de sentirse rodeado por extraños, aunque entre los invitados hubiera gente que había acudido a la pascua y otros con los que habíamos coincidido en la convivencia de novios. Fuera como fuera no esperaba que Manuel entendiera aquel desplante en sentido equivocado. Él debía tener claro que sería mi pareja para toda la velada, que me convenciera o no la idea, salíamos juntos de mi casa y regresaríamos de igual modo, quizá con alguna copa de más, aunque por lo que sabía de sus costumbres, tendría que ser él quien condujese a la vuelta. Para tranquilidad de mis padres, para mí tampoco era aconsejable beber más de la cuenta.

El paseo desde la puerta de mi casa hasta la puerta de la iglesia fue tan silencioso como lo había sido nuestro Emaús en la Pascua, con la diferencia de que en aquella ocasión fue mucho más corto y hubo que cruzar la calle, por lo que casi no hubo tiempo para que nos encerrásemos en nuestros pensamientos ni para que nos esforzásemos en decirnos algo. De todas maneras, disfruté del hecho de salir de mi casa, del portal, en compañía de mi novio, consciente de que ello contaba con el beneplácito de mis padres y que, a diferencia de lo sucedido en julio, nuestra única y principal preocupación habría de ser la de divertirnos, aparte que el hecho de que mis padres nos siguieran de cerca y no nos perdieran de vista fuera motivo para que nos cohibiéramos. Para mí el hecho de ir del brazo de Manuel me daba seguridad, era una reafirmación ante todo el mundo de que estaba con el hombre de mi vida, con el dueño de mi corazón, a pesar de que las sensaciones que me transmitía quizá no fueran tan maravillosas, porque estaba cohibido y contrariado por la situación, que en aquellos momentos era él quien necesitaba de unas palabras de aliento que no escuchaba de mis labios, mientras que yo me sentía segura y en mi ambiente.

En cuanto llegamos frente a la iglesia, me di cuenta de lo tarde que se nos había hecho. Se suponía que los miembros del coro habían quedado para ensayar y yo me había entretenido lo suficiente como para llegar casi a la misma hora que los novios. De hecho, Carlos ya se encontraba allí, en la puerta, pendiente de la llegada de la novia, por lo que pasé por delante de él y apenas me detuve un instante a saludarle y darle ánimos para el gran paso que estaba a punto de dar. Lo cierto es que aquel encuentro me ayudó a reafirmarme en el convencimiento de que no quería ser la novia en aquel enlace y que me alegraba de que él hubiera encontrado la felicidad y la estabilidad con una chica con la que se entendía mejor que conmigo. Mi felicidad de aquella tarde era que tenía allí a mi chico y no había motivo para que envidiara la suerte de nadie. De lo único que quizá me lamentara fue que mi felicidad no era completa porque había una falta de entendimiento entre nosotros, pero, aun así, estaba tranquila porque aquella situación no era grave y en cuanto Manuel me diera un motivo para sonreír estaría todo olvidado y superado. Estaba segura de que no me defraudaría porque hasta entonces no lo había hecho.

En cuanto me reuní con la gente del coro, los primeros saludos incluyeron su interés por confirmar que Manuel se encontraba allí y hasta cierto punto me confesaron su desengaño porque éste no me hubiera acompañado hasta allí, lo que casi fue una recriminación de complicidad fraternal, que quedó en un segundo plano cuando les aseguré que había acudido con mi novio y que éste se había quedado en compañía de mis padres, aunque la verdad era que tampoco habíamos hablado nada al respecto y desconocía su planteamiento, temía que al verse desamparado ni siquiera la compañía de mis padres le fuera suficiente. Sin embargo, confiaba en él, en que no se excusaría en aquella circunstancia para dejarme plantada. Mi idea era reunirme con él en cuanto terminase la ceremonia porque iríamos juntos al restaurante. Se suponía que mis padres eran lo bastante confiados como para hacerle responsable de mi bienestar. Tan solo estaríamos separados durante el rato que durase la ceremonia.

Estuve más pendiente de la entrada de Manuel en la iglesia que de los novios, me cercioré de que entraba, aunque no lo hiciera en compañía de mis padres ni con intención de sentarse con éstos. Dio la impresión de que me buscaba y se sintió bastante perdido e impotente cuando se percató de que me encontraba entre la gente del coro, que tal vez hubiera esperado un gesto de complicidad por mi parte, que hubiera hecho o dicho algo que le ayudara a relajarse, pero no encontré ocasión porque mi atención estaba en las canciones, en no desentonar. Aquella sería la primera vez que Manuel me escuchara cantar y la verdad es que la expectativa me ponía un tanto nerviosa, dado que, más que cantar para los novios o para los asistentes, pretendía cantar para él, que interpretara en la letra de aquellas canciones todos esos sentimientos de cariño que desde su llegada no había sabido demostrarle. Sin embargo, me dio la impresión de que en el estado de ánimo en que estaba Manuel aquella tarde lo menos importante serían las canciones. Hasta cierto punto asumí que había sido un error por mi parte que no hubiéramos tenido oportunidad de hablar sobre todo aquello antes de la boda, pero también la responsabilidad era suya por pensar que todo se resolvería sin más.

Entre las letras de aquellas canciones hubo muchos “te quiero” “te amo”, “lo doy todo por ti”, que tal vez tuvieran un sentido más religioso que romántico, pero eran canciones que se habían escogido de manera especial para aquella ceremonia. Hasta donde les había sido posible Carlos y su novia habían mostrado sus preferencias en ese sentido, como si hubieran pretendido que todo lo que sucediera durante la ceremonia fuese una mutua declaración de amor, de lo que esperaban que todo el mundo fuera testigo. Era un compromiso que los dos se tomaban muy en serio, con la seguridad y convicción de saber a lo que se obligaban. De algún modo, reflejaba la personalidad de Carlos y lo mucho que se entendía con su pareja, porque ésta le correspondía de igual modo. Esperaban que todo el mundo compartiera su felicidad y se alegrara por ello. Hasta cierto punto, incluso mi asistencia se convertía en un elemento fundamental de aquella boda para que me sintiera una amiga más y me olvidase por completo de lo que en su día hubiera habido entre Carlos y yo. Esperaban que todo aquello se convirtiera en algo que nos uniera y no que nos distanciara, hasta el punto de que se habían ofrecido a ayudarme con Manuel en caso de que lo necesitara.

El evangelio de la crucifixión con los dos ladrones tal vez desentonara un poco. Sin embargo, como habían tenido a bien explicarnos a la gente del grupo, y supongo que a todos aquellos que conocían ese detalle de antemano, su idea era expresar no tanto las discrepancias entre los ladrones o la conversión de uno de ellos en el último momento, sino la promesa del paraíso para ese mismo día, la vocación a la santidad de su matrimonio. Lo que el sacerdote tuvo la prudencia de explicar durante la homilía, en el sentido de que debían descubrir a Cristo el uno en el otro, incluso en los momentos más difíciles y ser entrega de amor en cada instante de sus vidas, porque así encontrarían el paraíso que anhelaban; que habrían de ser humildes y amar con el corazón, en vez de escuchar lo que dijera la gente, porque habría muchos que se fijarían más en los obstáculos que la vida les planteara que en la pasión que les unía, que el verdadero juicio y sentimiento debía nacerles de dentro. Lo cierto es que me dio la impresión de que el sacerdote nos daba la charla a Manuel y a mí, que el paraíso que los dos buscábamos no estaba tan lejos, sino allí mismo, bastaba con que abriéramos un poco más el corazón y estuviéramos dispuestos a recibirlo, a vivir allí.

Cuando llegó el momento de que les preguntasen a los novios si se aceptaban como marido y mujer, la iglesia se quedó en silencio para que tan solo se escuchasen sus voces, por parte del coro aquel silencio era premeditado porque en cuanto terminasen debíamos festejar aquel momento con otra canción, como si diéramos la bienvenida a los recién casados y el hecho de que fueran tan solo novios quedase como algo del pasado. Nos teníamos que alegrar con ellos y convertir aquel instante en una alabanza, en una oración, de manera que su compromiso se mantuviera firme para el resto de sus vidas, porque dejaban de ser dos para convertirse en uno solo, porque así lo querían y lo ponían de manifiesto ante los centenares de testigos concentrados en la iglesia que escuchaban sus palabras, aquel “sí, quiero” que tal vez los matrimonios asumieran como propio para repetir sus promesas y quienes estábamos encaminados a dar ese paso en nuestras vidas nos planteásemos, si de verdad estábamos dispuestos a llegar a ello, a que la persona amada escuchase esas dos palabras que salían de nuestros labios y brotaban del corazón. Palabras que en mi caso, en aquellos momentos, me asustaban un poco, porque más que pronunciarlas, necesitaba oírlas y no sentía que hubiera esa complicidad con Manuel.

La ceremonia continuó y en los momentos en que hubiera sido más apropiado que buscase esa complicidad con Manuel, le noté distraído, tampoco es que desde donde estaba fuera fácil verle bien. Más bien, daba la sensación de que se había escondido de mí, me era más fácil observar a mis padres, a quienes tuve ocasión de darles la paz, aunque fuera desde la distancia y con una simple mirada, aunque tampoco tuve tiempo para muchas distracciones. Aquella ceremonia casi era un concierto de música porque los contrayentes no querían que hubiera demasiado silencio, salvo en los momentos más relevantes, para ellos la música era una manera de expresar su alegría y compartirla con todo el mundo. No querían que la ceremonia acabara como algo monótono y aburrido, sino que la gente se quedara con la sensación de que de verdad se celebraba una boda y no se les había convocado en aquella iglesia por mantener las costumbres. El aburrimiento y la indiferencia estaban desterrados durante el tiempo que durase la ceremonia.

Terminado todo, cuando acabamos la última canción, fueron mis padres los primeros que se acercaron a nosotros para avisarme de que ya se marchaban, en cuanto felicitaran a los recién casados. Querían saber si necesitaba algo y avisarme de que el chaparrón que escuchábamos en la calle era tal y como lo escuchábamos sobre el tejado y los ventanales de la iglesia. La verdad es que aquella noticia me apenó un poco porque hubiera preferido que, a pesar de lo tarde que fuera, que a esas horas luciera un sol radiante, al menos aquella tormenta de otoño no empañara la felicidad de aquel momento. Sin embargo, por lo que sabía de la elección de la fecha escogida para la boda, no se había condicionado por la meteorología, sino por la disponibilidad de la iglesia y la compatibilidad de agenda de los recién casados, quienes tampoco habían tenido paciencia para esperar unos cuantos meses, hasta la primavera, dado que ya tenían su vida montada y tan solo les faltaba aquel paso para comenzar a vivir juntos. Esperar no parecía que les hubiera aportado nada cuando los dos estaban seguros de asumir ese compromiso y ello tan solo tendría ventajas para ambos.