Manuel. Silencio en tus labios ( 2-2)

A las cinco en punto, los cuatro estábamos listos para irnos. Los padres de Ana también asistirían a la ceremonia religiosa, aunque no estuvieran invitados al banquete, evidenciando con ello el aprecio que aún sentían por Carlos. ¡Quién estaba realmente radiante era Ana, como le había asegurado a la tarde anterior! Así vestida era difícil que pasara desapercibida y de no pensar que iba conmigo, no hubiera reprimido el ansia de que me aceptase como acompañante antes de que cualquiera se me adelantase. Si pretendía que Carlos se replantease casarse con ella, le iban a sobrar argumentos para convencerle. Elegancia, belleza y cuantos halagos se le hubieran hecho se habrían quedado cortos, salvo por el hecho de que la expresión de su cara al mirarme o sentirse observada animaban a contratar a todo un batallón de guardaespaldas ante el riesgo de morir asesinado y no tanto por amor. Más que dejarme con la miel en los labios, me hacía tragar estiércol, si no se quedaba satisfecha mientras no me hubiera podrido de asco, lo cual en esos momentos era incoherente.

Ante aquel panorama tan absurdo, fue su padre quien quiso poner paz entre nosotros, como si fuéramos un par de críos. No tenía mucho sentido que saliéramos del piso ni fuéramos a ninguna parte. Se suponía que íbamos de boda, pero con esas caras largas no se nos admitiría ni en una película de terror porque no habría quien soportara vernos. Si teníamos el deseo de asesinarnos, al menos que no hubiera testigos ni implicásemos a terceras personas. Era mejor no acudir a la boda antes que aguársela a los contrayentes. Por fortuna aquella no era nuestra boda y nuestra asistencia no era imprescindible. Estábamos peleados por una tontería y aquella frialdad no ayudaba a superarlo. Teníamos que mirarnos a la cara y hablar claro. Si íbamos a seguir como pareja, era absurdo estar peleados. Y si nos decidíamos a romper, más nos valía no mantener aquella pesadilla, mejor admitirlo y no seguir sufriendo por nada. No merecía la pena.

Ana me miró un instante y desvió la mirada. La situación, más que ridícula, era comprometida. Su padre se estaba entrometiendo en nuestras discusiones y era evidente que ya no éramos dos críos y que a mí no tenían que tratarme con aquella actitud paternal y autoritaria. Yo no era nadie en esa familia. Nuestras discrepancias debíamos solventarlas entre nosotros, aunque su padre tuviera razón al recriminarnos que en aquellos momentos no estuviéramos de humor para ir a ninguna parte. Sin embargo, la responsable era Ana porque no aceptaba mis disculpas tras haber reconocido mi poca delicadeza al darle mi opinión. Incluso podía pensar que yo tenía parte de culpa por no haberme marchado a mi casa para no que no se agobiase más, pero sus padres me habían pedido que me quedase y no le diera tanta importancia al asunto, fruto más del nerviosismo que de un intento de ofenderla. Ellos opinaban que Ana estaba demasiado sensible y que mi desconocimiento me había privado de la debida prudencia.

Para que aquel momento no se largase más y salir airosos del compromiso, le ofrecí mi brazo para que se agarrara, sin que hiciera falta decir nada, con ello confiaba que su padre se diera por satisfecho y que Ana entendiera que por mi parte no había razones para dar por concluida nuestra relación, que olvidásemos aquella discrepancia o al menos no dándole la relevancia que le estaba dando. Sus padres apostaban por nuestra continuidad y no podía ser ella quien hubiera cambiado de opinión por una tontería, aparte de que ello no beneficiaba a nadie ni aquel día ni en el futuro. Si me perdonaba o, al menos, hacía el esfuerzo de guardar las apariencias, los tres se lo agradeceríamos y se daría cuenta que su actitud estaba siendo desmedida y dejaba en nada tanta belleza como resplandecía en aquellos instantes. Yo presumiría de ir acompañado de la novia más bella o avergonzarme por ir con la más enfadada, aunque en ambos casos ella se tuviera que resignar a ir conmigo sin apetecerle demasiado en esas circunstancias. La otra opción no era tan tentadora.

Cogidos del brazo, y siguiendo a sus padres, nos fuimos a la iglesia, su parroquia, donde el resto de los invitados ya esperaban a los novios. El paseo fue corto y en silencio, por evitar discutir o retrasar nuestra salida del piso, aunque nos diéramos cuenta que nuestra actitud era más fría que el ambiente, aunque no lloviera, pero amenazaba tormenta. Sin embargo, me dio la impresión que Ana casi hubiera preferido que cayera el chaparrón para no dar la sensación de que disfrutaba del paseo o que era consciente de la relevancia del mismo. Meses antes no nos habríamos creído posible que sus padres hubieran aceptado de tan buen grado nuestra relación. Aquella era mi segunda visita y sus padres me habían recibido con los brazos abiertos, aunque en el caso de su madre mantuviera los recelos. Era una normalidad que se rompía ante el hecho de que Ana seguía enfadada conmigo por una tontería como aquella, no aceptaba mis disculpas, que hubiera reconocido mi error por haberle dicho aquel comentario en el momento y forma menos adecuado.

Observé cómo vestían las demás chicas y las comparé con Ana, ante lo cual me sobraban argumentos para reafirmarme en lo dicho, aunque habría sido preferible mantener la boca cerrada en ese momento. Todas se habían vestido de fiesta, pero Ana, para destacar, no había escatimado en gastos, aunque sus posibilidades económicas se lo permitieran, dado que la empresa familiar, pequeña o no, era rentable y estaba bien dirigida y gestionada. No es que Ana se considerase miembro de una familia adinerada, tuviera que presumir de algo o no se permitiera algún que otro capricho de vez en cuando. Vivía y trabajaba con sus padres, sus ingresos superaban los gastos que podía tener y no acudía a la boda en vaqueros ni con la ropa de los domingos. Además, aquella era una ocasión especial, se alegraba por Carlos y expresaba así esa felicidad. Es decir, mi valoración no había sido lo bastante objetiva y, como Ana me había recriminado, no había tantos tontos en el mundo, pero me bastaba yo sólo para superarlos a todos y ella había tenido la suerte de tropezarse conmigo. En todo caso, eso no era objeción para que ella no quisiera demostrar algo asistiendo a aquella boda vestida así. Carlos y ella habían sido pareja y aquella historia no estaba del todo olvidada.

Se soltó de mi brazo y se perdió entre la multitud, lo cual me dejó un mal sabor de boca, porque sospechaba que no se sentaría conmigo durante la ceremonia, lo que se interpretaría de manera poco favorable, ya que desde la convivencia, y como reafirmación de nuestra relación, habíamos compartido banco siempre que coincidíamos en la iglesia. La ruptura de esa costumbre suponía un mal precedente y se entendería como que lo nuestro no tendría porvenir y que los demás se dieran cuenta. El día que Carlos se casaba, Ana rompía conmigo. No era una posibilidad que me agradase ni resultase coherente en aquellos momentos. Seguía enamorado y dispuesto a abrirle el corazón, pero aquello era peor que una puñalada por la espalda, echaba por tierra nuestras ilusiones, era la humillación pública, cuando, en realidad, lo sucedido no había sido para tanto. Sin embargo, no parecía dispuesta a perdonar ni a olvidar. Se sentía defraudada y necesitaba tiempo para aclararse las ideas.

Nunca me había confesado cinco minutos antes de una boda, pero cuando uno de los sacerdotes del Movimiento se acercó a saludarme y me preguntó por Ana, no pude ocultarle mis dudas ante lo cual esa fue su contestación, aunque la penitencia fuera por salir del paso, más que un consejo de dirección espiritual para que tuviera la conciencia tranquila en ese sentido. Debía hablar con Ana y aclararme con ella para no dañarnos mutuamente. Si ella no quería seguir conmigo, mejor no agobiarle ni insistir sobre ello, dado que tal vez no estuviéramos llamados a compartir esa vocación al matrimonio. Tal vez Ana ya se hubiera dado cuenta de ello y me hubiera llegado el momento de ser yo quien me lo plantease en serio. Éramos personas distintas y adaptarnos el uno al otro tal vez no fuera tan fácil como pretendíamos y nos había parecido desde un principio. Sin embargo, sinceramente debía admitir que plantearme la vida sin Ana no cabía entre mis expectativas y tenía la completa seguridad de que ella también lo descartaba de raíz.

Al entrar en la iglesia fui yo quien la buscó para sentarme a su lado o lo más cerca posible. Sin embargo, aquella era su parroquia y ella era miembro del coro, por lo que me encontré con un obstáculo insalvable para conseguir mi propósito. Como había sucedido en la Vigilia de la Pascua, Ana tendría una participación activa en la celebración y yo me habría de quedar entre la multitud, con la diferencia de que aquella tarde no estaba seguro de que ella quisiera algo conmigo después. Aquella era la boda de Carlos, para algunos Ana debería haber sido la novia y yo no pintaba nada. La posibilidad de que aquel fuera el principio del fin de nuestra relación cada vez se me hacía más patente. Ella me ignoraba, los demás no creían en nuestro futuro como pareja y yo estaba en un mar de dudas, a pesar de que los padres de Ana, los más críticos en su momento, fueran los únicos que lo tenían claro y no eran tan negativos, pero su opinión era parcial e interesada, ya que querían la felicidad de Ana y a falta de alguien mejor, se conformaban conmigo.

Como lectura del evangelio se leyó la Crucifixión. Lo que acompañado con la homilía, resultó de lo más acertado, alentador y convincente. Aunque me llamó la atención que se centrase en la diferente actitud de los dos ladrones, lo que en principio resultaba incoherente con lo que allí se estaba celebrando, una boda, no un juicio ni la ejecución de una sentencia de muerte, en todo caso de vida, salvo que se diera a entender que el matrimonio debía vivirse así, como la crucifixión, dos ladrones, los dos contrayentes, y un Justo condenados a lo mismo.

Uno de los ladrones, cuando oye las santas palabras: ¡Padre, perdónales! se calla de pronto, aquella oración nunca oído la recuerda la edad en que era inocente y también el rezaba a Dios, después piensa en su vida de pecados, la compara con la santidad del Nazareno, y se siente acusador de sí mismo y defensor de Jesús. Se vuelve hacía su compañero que sigue blasfemando y le dice: “¿Ni siquiera temes tu a Dios cuando estás para morir? Lo nuestro es justo porque recibimos el pago de lo que hicimos, en cambio éste no ha faltado en nada”.

“El drama de Jesús” JJ Martínez

En aquellos momentos hubiera deseado que Ana hubiera dejado el coro y acudiera a mi lado para perdonarme y que se olvidase nuestra pequeña crisis, pero ni siquiera sentí su mirada de reojo. Continuó tan fría como la había sentido desde el primer momento, más pendiente del desarrollo de la ceremonia que de nuestros problemas, como si nada ni nadie le hubiera alterado ni cambiado el corazón, más de piedra que de carne aquella tarde, como si me castigase por el hecho de no ser ella la novia en aquella boda o se negara a compartir conmigo esos sentimientos contradictorios. Entre Carlos y ella ya no quedaba nada y por una estupidez provocaba que tampoco lo hubiera entre nosotros, cuando todavía tenía la oportunidad de plantearse su boda conmigo y que nuestra celebración fuera tan grandiosa como aquella. El día de nuestra boda ya no sería envidiosa por la suerte de nadie ni se lamentaría porque otra fuera la contrayente.

La ceremonia continuó y terminó sin que nada cambiara por parte de Ana. No hubo el menor intento de acercamiento ni concesión por su parte ni el menor indicio que me pudiera haber llegado a hacer pensar que sólo se hacía de rogar para ponerme a prueba. Daba más la impresión de haberse olvidado de mi existencia o de mi presencia allí. Yo estaba allí por ella, no tenía ningún otro interés y ante aquel panorama la idea de quedarme carecía de sentido, aunque lógicamente no me marcharía sin más porque mi discrepancia era con Ana. Carlos nos había invitado a los dos con toda su buena intención. Los contrayentes eran el centro de atención de la fiesta y no mis diferencias con Ana ni las que ésta tuviera conmigo. En esas circunstancias era una suerte estar a dos horas de mi casa y tener así una excusa para ese impulso reprimido. En caso contrario, habría dejado las explicaciones para otro momento, si para entonces había recuperado el ánimo de hablar con alguien, que lo dudaba.