Una mañana en casa

Introducción

Saturday, November 19, 1994 (09:00 am)

Un típico día otoñal donde la climatología hace aconsejable no hacer mucha vida a la intemperie o el argumento perfecto para tener una excusa y disfrutar de la tranquilidad y privacidad que le ofrece el hecho de disponer del trastero de la casa como dormitorio para que nadie la moleste.

Interés por recorrer ese sombrío pasillo, no hay mucho, cuando el calor del hogar se encuentra en la calefacción central y no tanto en una zona de la casa que se encuentra un tanto aislada; sin que llegue a considerarse como un congelador, pero sí resulta algo frío y desmotivador para las demás niñas. Ana y Monica tan solo acuden para que no prime un exceso de libertad ni abandono.

La excusa para este «encierro» es que el día anterior, aparte de que hiciera frío en la calle, estuvo lloviendo y el día ha amanecido nublado, de manera que, como es sábado, no hay colegio y al parecer no son muchas las niñas que se han quedado. La tensión que se pueda generar es soportable, si se les priva del paseo.

El caso es que, como ya sabemos, en sus más recientes reflexiones en el diario se dedica a ponernos al día de cómo es su vida en el St. Clare’s, que ya no se muestra tan evasiva en ese sentido. Se le nota una cierta madurez y preocupación en ese sentido. Posiblemente con el temo de que su estancia aquí tiene los días contados y, más que sentirse atrapada, la estancia le inspira certeza y seguridad. No se quiere ir.

El diario, parte de la terapia

Así nos confiesa y descubrimos que este «diario secreto» es desde el momento en que es Ana quien le anima a escribirlo y que lo utilice como herramienta para ese autoreconocimiento personal: ¿quién soy? ¿Qué hago aquí? ¿Cuáles son mis sueños? ¿Y mis miedos?

Ana quiere que deje constancia en lo que escribo, que no sabe si definirlo como un diario o un mero entretenimiento, que aún no me ha convencido para que entre en el aula cuando hay clase de Spanish. Quiere que lo anote porque así espera que algún día me dé cuenta de que esto no es más que una chiquillada de la que me lamentaré en el futuro.

En vista de que nada de lo que se le diga hará que cambie de idea en cuanto a su planteamiento de la asignatura de Spanish, Ana parece considerar la posibilidad de que se autoconvenza de lo absurdo de su postura y se decida a dar el paso y cruzar la puerta del aula, en vez de cerciorarse de que el profesor cierra la puerta y ella se queda en el pasillo.

Gracias a esta costumbre de escribir, al parecer, Ana ya no necesita estar pendiente de ella, dado que, sin mencionar a nadie en particular, alude al hecho de que hay más niñas que necesitan de esa atención más personalizada, que Ana no se puede multiplicar hasta el infinito, ni siquiera por quince. Hemos de pensar que de entre las niñas que residen en el St. Clare’s alguna tiene que haber sin traumas infantiles.

En cualquier caso, Jessica ya es una niña de trece años, se le supone una madurez y, sobre todo, que en los últimos años ha habido una evolución, una mejoría, y no precisa de esa atención 24/7. Ya es capaz de manejarse sola y no hay que preocuparse por su comportamiento rebelde. Ya no se escapa y ha asumido tareas y responsabilidades que está cumpliendo sin problemas.

Lo del tema del aprendizaje del español, aunque sea algo que aún arrastre y no haya superado del todo, tiene una evolución positiva. Desde comienzos de verano le dedica tiempo a la lectura, con ese aliciente de compensarlo con horas de playa, aunque la deuda generada empiece a ser difícil de satisfacer, en especial porque ya no es época de playa.

De hecho, esta vez Jessica parece quejarse un poco porque Ana no demuestra la misma disponibilidad ni predisposición que al principio. La sensación es que es Jessica quien ha de insistirle para que encuentre tiempo; quien demuestra un repentino interés por dicha actividad. Algo del todo inesperado de su parte.

Se entiende que lo particular de esa lectura es el disfrute de la compañía y atención de Ana, no sentirse desplazada ni en un segundo plano, que cuanto más interés pone Jessica en afianzar esa confianza, más responsable se muestra; Ana lo pierde. Le da prioridad a cuestiones más prácticas o a las necesidades de las demás.

Sin embargo, no es que Ana se desentienda ni pretenda que se desmotive, pero ha de entender que hay más niñas en la casa. Con ella adopta una actitud un poco más adulta, dado que ahora es una adolescente y, si de verdad necesita algo, es capaz de pedirlo sin necesidad de estar sometida a un control constante.

Jessica no se rebela.

Ante esta sensación de desamparo, ya que sabemos que no es algo que resulte de su agrado, Jessica podría mostrarse mucho más afectada, acentuar o recuperar las malas costumbres del pasado por un intento de llamar y acaparar la atención, portarse mal con pleno conocimiento, como por ejemplo volver a escaparse al parque para pasar tiempo con los chicos.

En cambio, ella demuestra una actitud resignada y comprensiva. Se entiende que hay una confianza entre ambas lo bastante firme como para no tomarse a mal esta relativa frialdad, más cuando se entiende que, por edad, su tutora debería ser Monica. Aparte de que Ana no se ha desentendido del todo de ella ni de sus problemas.

Si nos atenemos a lo comentado en las entradas de octubre, de un mes antes, ahora Ana cuenta con Jessica para llevar a las niñas pequeñas del colegio, la tiene como ayudante, de tal manera que ese tiempo en exclusiva que ya no le puede dedicar lo compensa de esta manera. Disponen de unos minutos de charla antes y después del colegio.

Ana habla en español

Ana// Copilot designer

La evidencia más clara de esa complicidad y buen entendimiento entre ellas dos, que ninguna se ha olvidado de la otra, está en el hecho de que Ana ha empezado a hablarse en español, recurre a este idioma aún bajo el supuesto de que Jessica no es capaz de entenderla. Sobre todo porque esto puede chirriarle en los oídos y resultarle como una traición por la espalda.

Dado que Jessica se resiste a acudir al aula de Spanish por pura cabezonería, con esa misma mentalidad Ana recurre a esta táctica con ella, con la creencia de que, al igual que le sucede con la lectura, más pronto que tarde esto se vaya asentando en su alocada cabecita y deje de resultarle tan fuera de lo normal.

Si Jessica no se entera, es su problema. Tampoco es que se trate de inculcarle el idioma por las malas y a la fuerza; se trata de convertirlo en algo habitual, cotidiano. No importa que Jessica no responda o se haga la desentendida, que no lo hace, aunque en alguna ocasión se pueda hacer la despistada. Prestar un mínimo de atención es la mejor manera de lograr que Ana le dedique cinco minutos.

Origen

  • Esperando a mi Daddy. Wednesday, October 19, 1994.docx
  • Reflexiones personales