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Friday, September 8th, 1995. 09:50 AM
De la Curiosidad al Mutismo: Reflexiones de un Comienzo de Curso Desconcertante
Por Mr. Bacon, profesor de Spanish// personaje

El final de la primera semana de un nuevo curso escolar, un momento que para cualquier profesor está cargado de promesas y expectativas. Al mirar mi aula de Español I de 9º grado, no puedo evitar sentir una mezcla de optimismo y desconcierto. Aún resuena en mi memoria la energía palpable de nuestra primera clase, el miércoles.
Aquel día salí del High school con la convicción de que este grupo, a pesar de su juventud, tenía una chispa especial, una curiosidad innata que haría de este año una aventura gratificante.
Hoy, sin embargo, esa chispa parece haberse extinguido, dejándome frente a un enigma pedagógico que desafía mis años de experiencia.
El Miércoles 6: Un Estallido de Interés Geográfico
El miércoles todo empezó con un impulso prometedor. Me presenté, como hago siempre, compartiendo un poco de mí para conectar con ellos: Francis Randy Bacon, un bostoniano con raíces en Burgos, España. Para despertar su interés y darles un anclaje visual, desplegué en la pizarra un gran mapa satélite de la Península Ibérica. La reacción fue inmediata y entusiasta, un coro de preguntas que demostraba un interés genuino por la geografía y la cultura que íbamos a explorar juntos.

- Primero fue Julia MacWindsor, a quien sus amigos llaman «Yuly», quien intervino con un español perfecto para señalar dónde se ubicaba Vigo, en lo que ella describió como «el flequillo» del mapa.
- Animada por su compañera, Alice preguntó por la capital, Madrid.
- Inmediatamente después, George quiso saber la localización de Barcelona, la ciudad olímpica.
- Y John no se quedó atrás, preguntando por Sevilla, sede de la Exposición Universal.
La clase vibraba con una energía contagiosa, aunque no exenta de una incipiente rebeldía. Tras fijar algunas normas básicas de comportamiento, George Johnson comentó en voz alta: «Estamos en clase de Spanish I, no de modales«, un recordatorio de que la gestión del aula sería clave.
Poco después, esa energía derivó en un momento de indisciplina, cuando un grupo de chicos comenzó a cantar una tonadilla sobre Jessica Bond. Fue un exabrupto típico de primer día, una prueba de límites que atajé de la mejor manera que sé: convirtiéndolo en una oportunidad de aprendizaje. Asigné una redacción por parejas sobre sus motivaciones para estudiar español. A pesar del alboroto, al final de la hora me sentía esperanzado. Su curiosidad era real y su compromiso inicial, palpable.
El Viernes 8: El Inesperado Muro de Silencio
Hoy, viernes, entré en el aula con un plan claro: continuar con las presentaciones que no pudimos hacer el miércoles y evaluar de manera más informal el nivel general de la clase. Quería construir sobre la base de curiosidad que habíamos establecido. Con buen humor, les lancé una serie de preguntas sencillas para fomentar la participación.
- Pregunté si alguien más, aparte de la señorita MacWindsor, tenía alguna noción de español.
- Pregunté si alguien había estado en España o en algún país de habla hispana.
- Pregunté si tenían familiares o amigos que hablaran español.
- Finalmente, intenté una conexión más cultural, preguntando si a alguien le gustaba la música en español.
La respuesta fue un silencio total y absoluto. No era simple timidez individual; era un frente unificado y silencioso. Tuve la extraña sensación de que se había tomado una decisión colectiva antes de mi llegada. Como si a todos, de repente, les hubiera comido la lengua el gato.

La atmósfera participativa del miércoles se había desvanecido, reemplazada por un muro de apatía. Para intentar romper el hielo, me dirigí directamente a la primera de la lista, Jessica Bond, pidiéndole que dijera cualquier palabra que conociera. Su respuesta fue tan rotunda como desconcertante:

Jessica: «No, ¡yo no! I don’t speak Spanish».
Lo repitió, con más nerviosismo la segunda vez, cerrando cualquier posibilidad de diálogo. El cambio drástico en la actitud de la clase en apenas cuarenta y ocho horas me dejó perplejo y, francamente, contrariado.
Reflexiones de un Profesor Desconcertado
El contraste entre las dos clases no podría ser más marcado. Pasamos de un coro de preguntas geográficas a un silencio ensordecedor. Como profesional, esta situación me preocupa profundamente. Pienso en la señorita MacWindsor, una estudiante con un dominio evidente del idioma. Pude oír su susurro frustrado ante la falta de participación de sus compañeros: «¡Vaya rollo de curso me espera!». Tiene razón en sentirse así. Una clase que retrocede en lugar de avanzar es desalentador para todos, especialmente para quien ya parte con ventaja.
Viendo que mi plan original no iba a ninguna parte, tomé una decisión sobre la marcha. Decidí que un enfoque comunicativo directo había fracasado. Necesitaba reducir la presión, bajar el «filtro afectivo». Un juego de tarjetas, una actividad kinestésica y de bajo riesgo, parecía la única manera de reintroducir el lenguaje en la sala sin la carga de una respuesta personal. Antes de empezar, sin embargo, sentí la necesidad de recordarles algo fundamental: «Pero en mi clase se puntúa la participación y la disposición a aprender». No es una amenaza, sino una declaración de principios pedagógicos.
No puedo evitar preguntarme si mi intervención del miércoles, al asignar la redacción tras la canción sobre Jessica Bond, ha tenido un efecto dominó. ¿Habré creado inadvertidamente una alianza silenciosa en su contra, o quizás en contra de la propia autoridad del aula?
Mirando Hacia Adelante: Un Reto Inesperado
A pesar de la frustración de hoy, no me doy por vencido. Este es solo el comienzo. Quizás la redacción que les asigné el miércoles me ofrezca algunas pistas sobre esta repentina apatía colectiva. Entender sus motivaciones —o la falta de ellas— es el primer paso para poder reconducirlos.
El curso 1995-1996 acaba de empezar, y aunque se presenta más desafiante de lo que anticipé, estoy convencido de que encontraremos la manera de derribar este muro de silencio. Juntos, redescubriremos esa «fascinante aventura del aprendizaje del español» que les prometí el primer día. El reto está servido, y mi deber es encontrar la llave que reabra la puerta a su curiosidad.
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