Etiqueta: Esperando a mi Daddy
Friday, September 8th, 1995. 09:50 AM
Mr. Panceta y el misterio de las tarjetas sin pareja
Por Yuly
Era la mañana del viernes, 8 de septiembre, y la tercera hora de clase significaba Español. Entrar en el aula de Mr. Bacon, a quien entre susurros llamo Mr. Panceta, se sentía como entrar en una cámara de vacío. Era evidente que a Mr. Bacon se le había amotinado el barco. Nadie quería hablar. Y yo, que podría estar debatiendo sobre el Siglo de Oro, me veía obligada a presenciar este funeral lingüístico.

Yuly: ¡Vaya rollo de curso me espera!, pensé para mis adentros.

A mi lado, mi nueva compañera de pupitre, Jessica. Apenas habíamos cruzado palabra, y me daba la impresión de ser una chica increíblemente reservada, casi un enigma envuelto en silencio.

1. Comienza el «Juego Divertido»
Viendo el panorama desolador, Mr. Bacon decidió que era hora de hacer «algo divertido» para animarnos. Ah, el clásico «juego divertido» del profesor desesperado. Traducido: Por favor, decid algo, lo que sea, para que no parezca que estoy hablando solo. Explicó que nos repartiría dos tarjetas a cada uno. El objetivo era simple: encontrar la pareja de cada una, un concepto que, a juzgar por las caras de mis compañeros, era más complejo que la física cuántica.
A mí me tocaron las siguientes:
¿Cuándo es tu cumpleaños?¡Silencio!
Jessica, por su parte, fue tan descuidada al colocar sus tarjetas sobre el pupitre que no pude evitar leerlas de un vistazo. Vi sus tarjetas: ¿Qué día es hoy? y El cuatro de julio. Una pregunta y una posible respuesta. No era una pareja garantizada, pero sí una excusa perfecta.
2. Intentando conectar con Jessica
Aunque sus tarjetas no tenían nada que ver con las mías, vi una oportunidad. Era la excusa perfecta para hablar con ella. Me acerqué con mi mejor sonrisa.

Yuly: Me parece que tienes la pareja de una de mis tarjetas-. Le dije en inglés
Jessica: Se supone que tenemos que hablar en español —Me advitió.


Yuly: ¡Por lo que sé de ti hasta ahora me temo que no hablarás español ni aunque de ello dependa de que apruebes! —repliqué—. Además, eres tan descuidada que ya he leído tus tarjetas.
Sí, le hablé en inglés. Sabía perfectamente que si le hablaba en español, me respondería con un monosílabo o, peor aún, con una mirada de pánico. Quería una conversación, no un interrogatorio.
Le enseñé mis dos tarjetas. Su cara fue un poema. Miró mis tarjetas, luego las suyas, y de nuevo las mías. La confusión era total. Lógicamente, ¿Cuándo es tu cumpleaños? no encaja con ¿Qué día es hoy? y mucho menos ¡Silencio! con El cuatro de julio.
3. La verdad sobre el juego: Una excusa para hablar
Al ver su cara de desconcierto total, no pude evitarlo. Se me escapó.

Yuly: —¡Eres más sorda que una tapia! —Exclamé
Su cara de sorpresa me obligó a aclarar que no me refería a sus oídos, sino a su radar para las intenciones. Yo había visto la jugada de Mr. Panceta desde el principio; ella, en cambio, necesitaba un mapa y una brújula.
Y justo entonces, después de mi comentario, demostró que de sorda no tenía un pelo. Procesó la información, ignoró mi impaciencia y llegó a la conclusión correcta por sí misma. Su tono tenía un matiz de descubrimiento:
Jessica: A mí me parece que esto de que las tarjetas estén emparejadas no es verdad —Me digo—. No es más que una excusa para que hablemos en español.

La estrategia del profesor era evidente: el objetivo real no era encontrar parejas inexistentes, sino forzar la interacción a cualquier coste. Quería que habláramos, que nos moviéramos por la clase, que nos comunicáramos, incluso si, como en nuestro caso, terminábamos haciéndolo en inglés.
4. Una conversación, al fin y al cabo
Al final, el «juego» de Mr. Panceta, aunque un fracaso en su planteamiento, fue un éxito rotundo en su objetivo oculto. Sirvió para que Jessica y yo tuviéramos nuestra primera conversación real sobre algo que no fuera «¿está ocupado este sitio?».
A raíz de su comentario, terminamos hablando de por qué yo sí hablaba español. Le conté de mi tío Luis, de mi madre, de mis veranos en Vigo. Y ella, poco a poco, empezó a hablar también.
Así que, aunque el misterio de las tarjetas sin pareja se resolvió rápido, abrió la puerta a otro mucho más interesante. Resulta que mi compañera de pupitre es una contradicción andante: una chica que se niega a hablar, pero que es lo bastante inteligente como para desmontar la estrategia de un profesor en menos de cinco minutos. La verdad, ahora tengo un poco más de curiosidad por ver cómo se desarrolla el resto del curso. Quizás no sea tan rollo después de todo.

