Ana. Te quiero, tonto. Luego hablamos

Versión de Ana

Libro 1. pág. 122

La diversión comenzó en cuanto se sentó, en cuanto le tuve tan cerca de mí que no me reprimí ni lo intenté; sentí el impulso de demostrarle que me gustaba que se sentara a mi lado y temiera una mala reacción por mi parte. Le hubiera dado un beso, pero me pareció un tanto descarado y aún no se lo merecía. Me acerqué a él, me apoyé en su hombro y le susurré al oído lo que antes le había dicho en la calle, esta vez con pleno conocimiento y sin que se me escaparan las palabras. Fue para que entendiera que, a pesar de que compartíamos la mesa con otras cuatro personas, para mí era más importante su compañía, que no me hubiera importado que nos dejaran solos, si se hubiera dado el caso; que a diferencia de lo sucedido en aquella cena tras el retiro, en esa ocasión mi interés se centraría en él y no en mis amigas, de manera que esperaba que su actitud fuera la misma, si correspondía a mis sentimientos. De hecho, esperaba que me demostrase que me quería, que mis palabras y confesiones tenían algún valor y sentido en su corazón. No me dijo nada. Se quedó sin palabras.

Aquella noche cené dos veces y no me quedé con hambre, cada bocado que entraba en mi boca era la excusa para que mirase a Manuel e intentara descubrir qué hacía, cómo se comportaba ante mi proximidad y declaración. No me escondí de nadie y supongo que como era la novedad del momento, ya de por sí éramos el centro de atención de todo el mundo, más por pensar que Manuel había conseguido su propósito y estaba sentado en la misma mesa que yo y a mi lado, que por mi comportamiento, ante la expectativa de que me dijese algo que rompiera la tensión del ambiente y del momento. Si aquello era como una continuidad de nuestro “Emaús”, la verdad es que nos ponía en evidencia, ya que los demás tenían mucho que decirse y nosotros manteníamos un silencio que sobresalía por encima del bullicio. Dábamos la nota de la manera más descarada, pero no creo que importase demasiado, porque sabía la trascendencia que ese momento tendría en mi vida.

Como los demás se dieron cuenta que me pasaba algo, que mi comportamiento no era muy normal, en vez de cometer la indiscreción de preguntármelo, optaron por poner a Manuel en ese compromiso. Sin embargo, éste se encontraba tan confundido como los demás. Si no era capaz de hablar conmigo, menos valor demostró para confesar que se sentía acosado y aturdido por mi declaración de amor y consecuentes demostraciones de afecto no reprimido. Un comportamiento por mi parte que rompía con lo que había sido hasta ahora. Ya no era una chica que le ignoraba ni que se mantenía observante a sus absurdos e inútiles intentos por conseguir mi atención y compañía. Era yo quien tenía el control de la situación y no le dejaba un segundo de tranquilidad, aunque de cara a los demás diera la impresión que estaba enfadada o desanimada. Estaba, más bien, a la espera de los acontecimientos, de una respuesta que no me llegaba por parte de quién debía.

Aproveché un momento en que Manuel se despistó, me perdió de vista, y me marché, hice que entendiera que no me tenía tan enamorada como quizá pensara. Era momento de jugar al perro y al gato, de provocar su reacción de una manera más clara para que me demostrase sus sentimientos, si es que algo debía decirme en ese sentido. No es que pretendiera que me siguiera, que saliera tras de mí. Tan solo que se pensara lo que me tenía que decir, sin que mi presencia le coaccionara. De hecho, yo también necesitaba tiempo para pensar y recapacitar sobre ello, una historia de amor sobre la que no tenía nada claro y a la hora de la verdad era bastante confusa. Le había dicho que le quería y le hacía caso a mi corazón y no a mi cabeza. La verdad es que sentía que ni siquiera debería haber sido tan osada al expresarle de aquella manera mis sentimientos porque tan enamorada no me encontraba y me agarraba a un clavo ardiendo.

Le dejé un regalito en el plato, media naranja, y me llevé la otra mitad porque me pareció mejor que una tarrina de natillas, porque después no hubiera sabido qué hacer con la cuchara ni me quise entretener ni que se quedara a medias, porque lo más fácil hubiera sido que nadie se lo hubiera comido. Ir por la calle con aquellos gajos de naranja tampoco fue algo que llamara la atención, además, me dirigía al alojamiento de las chicas y allí me podría lavar las manos. Dejarle la otra mitad no sé si fue muy romántico, pero me pareció toda una sutileza, una declaración de sentimientos. Mi intención fue dejar claro que no me escapaba, que aquello era un pequeño descanso o paréntesis en nuestro juego para dar prioridad a la Pascua por encima de consideraciones personales. Después de la Vigilia reclamaría toda su atención y no permitiría que se despistase ni librara de mí demasiado pronto. Él no sabía que Carlos se presentaría allí, de manera que dispondría de menos tiempo del que se imaginaba para conquistarme. Si no lo hacía, tal vez después no se sintiera tan motivado y sería yo quien lo lamentase.