Tú tienes lo tuyo

Escena de “Silencio en tus labios” 2. Versión de Ana. Cuando los dos hablan con normalidad y tranquilidad de sus circunstancias. Una conversación de enamorados, tranquila, sin conflictos, sin más pretensión de evidenciar esa complicidad dentro de la pareja. Una charla en apariencia intrascendente, pero llena de sentido, incluso para explicar toda la novela

Lo comparto sin ninguna intención. más bien, como un ejercicio de reflexión personal. Ana empieza a conocer el mundo de Manuel más allá del ambiente en que se han conocido y empezado a forjar su relación.

Como siempre, cualquier parecido con la realidad, es tan solo eso, un recurso literario, como mucho, un dato autobiográfico para dar consistencia y veracidad a mi personaje, frente a esa labor creativa utilizada con el resto.

Silencio en los Labios. Versión de Ana. Libro / Capítulo 2

Ana: Lo sé.- Reconocí.- No tienes tantos secretos conmigo como supones.- Me justifiqué con complicidad.- Mi suerte es que tú no puedes decirlo mismo de mí.

Manuel: Por eso hemos de intentar hablar más e ir compartiendo nuestras vidas.- Me contestó.

Ana: Tú, de momento, no te emociones.- Le advertí.- No pienso ser como un libro abierto. Como mujer tengo derecho a tener mi vida privada, mi intimidad. No tengo intención de contártelo todo. La verdad es que me parece que ya te he dicho demasiado.

Manuel: La verdad es que apenas me has contado nada.- Replicó.- Lo justo e imprescindible para que no crea que estoy emparejado con una extraña.

Ana: Ya has conocido a mis padres y a mi hermano, has estado en mi casa. – Alegué en mi defensa. – Creo que, en comparación, soy yo quien me he de quejar. Aún no conozco a tu familia y mi visita al chalé casi no cuenta, si comparamos. Además, el otro día te llevé de visita por mi ciudad y hasta ahora sólo me has traído hasta aquí.

Mi recriminación no estaba demasiado justificada y a la suya no le faltaban razones. Lo mucho que le había contado sobre mi vida y mi familia, apenas era nada en comparación con lo mucho que aún le quedaba por descubrir, aparte que no había tenido tiempo suficiente como para hacerse una idea de la personalidad de mis padres y que con mi hermano no había tenido trato, caso aparte era el asunto de mi hermana, de quien no le había hablado aún y que, cuanto ésta se decidiera a regresar de su destierro voluntario, se convertiría en el centro de conversación de todo el mundo. Con respecto a sus padres y hermanos tampoco sabía demasiado, lo poco que me habían explicado mis amigas o él me hubiera comentado en los últimos meses en nuestras contadas conversaciones. Desconocía si en su familia también había algún hijo pródigo o algo así. En cualquier caso, lo que tenía claro es que no estaban vinculados por negocios familiares y cada hermano hacía su vida en base a sus inquietudes.

Ana: Al final, la gente va a tener razón.- Le comenté.- Somos muy distintos y no se sabe cómo acabará lo nuestro.

Manuel: De momento es lo que hay y los dos creemos que tiene futuro, que las diferencias no son tan relevantes.- Me contestó.

Me gustó su respuesta a mi comentario poco favorable sobre nuestra relación y que yo tampoco respaldaba, aunque era algo que había escuchado de boca de demasiada gente en los últimos meses y que en aquellos momentos consideraba que encontraba argumentos para darle alguna validez. Lo cierto era que para él nuestra relación suponía una mejoría, mientras que había quien consideraba que a mí me perjudicaba, que por mucho que el amor fuera ciego, no había que estarlo para darse cuenta de ese detalle. Sin embargo, lo poco que descubría me confirmaba que esas valoraciones poco favorables no tenían la suficiente objetividad, que procedían de gente que en el fondo no le conocía, aunque les agradecía que se preocupasen por mi futuro y bienestar. Por mi parte estaba segura de las decisiones que tomaba y que no había motivos para ser tan negativos al respecto, que tan solo necesitaba que alguien le diera una oportunidad, porque nos la daba a los dos como pareja con futuro.

Ante la evidencia de que aquello no se trataba de una broma y que de verdad habíamos llegado a su calle, que estábamos cerca de su casa, me entregó las llaves antes de bajarse del coche, me devolvía el control de la situación y, en cierto modo, me devolvía la libertad para que me marchara cuando me apeteciera, dado que no le permitiría que me retuviera allí por mucha ilusión que a los dos nos hiciera que pasásemos el fin de semana juntos. Mi pena estuvo más en el hecho de que no se viniera conmigo más que en la expectativa de no quedarme. Estaba segura de que le podría ofrecer una vida mejor, que frente a las buenas impresiones que me había causado el chalé, aquella calle me dejaba un tanto fría, no había nada que me llamase la atención de manera particular, más allá del hecho de que era una calle residencial, que estábamos al principio y le faltaba el ambiente que acostumbraba a haber en la mía.

Recuperadas las llaves, mi prioridad antes de cerrar el coche y seguir los pasos de Manuel con la docilidad de un corderito o la confianza de una chica enamorada, tuve que sacar la mochila del maletero. Tal y como le había dicho antes, me había planeado aquel viaje casi como si se tratara de la asistencia a un retiro, con la diferencia de que, en aquella ocasión, no fuera con idea de pasarme el día en oración, sino para disfrutar de la compañía del hombre de mi vida, aunque sin que éste se fuera a entusiasmar más de la cuenta ni se tomara demasiadas confianzas. Como observó mi mochila no era lo bastante grande ni abultaba tanto como para que le fuera a desmentir mis planes e intenciones para aquella tarde. No me quedaría por mucho que me insistiera, salvo que me viera obligada por las circunstancias, pero, aun así, confiaba en que no cambiaría mi suerte en el último momento. De hecho, si esperaba que aquella visita se repitiera, casi él debería tener más empeño que yo en que me marchara antes de que se hiciera tarde, en vez de hacer que me olvidara de la hora y, por prudencia, al final me replantease la posibilidad de quedarme

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