Jueves, 17 de abril de 2003

Ya se puede leer lo sucedido el 17 de abril

Versión de Manuel

Versión de Ana

¡Pues vaya! ¡Qué desilusión! Toda la semana esperando, una noche en el desarrollo de la novela, y en un plis plas se terminado el día y hasta el viernes que será otro día. Se levantan, desayunan, un poco de rato en la iglesia para as confesiones, comen, asisten a los Oficios, cenan, Hora Santa y otra vez a dormir…..

¿Otra vez a dormir? Cualquiera se esperaría al menos que el día durase casi tanto como el libro del Quijote. Podrían pasar tantas cosas, se han anunciado tantos momentos llenos de pasión, que te quedas un poco a cuadros cuando te das cuenta que no ha pasado nada, que no es posible que ya estén tan cansado que necesiten irse a dormir.

No sé, una conversación de esas entre Manuel y Ana, pero nada, que casi ni se dirigen la palabra, qeu si se dan los buenos días es con los ojos y por que las chicas pasan por delante de la puerta de los chicos cuando éstos están saliendo, pero Ana va medio dormida, tan solo que para Manuel no pasa inadvertido el hecho de que ella está allí siente curiosidad por resaltar lo que casi podría considerarse su primer despertar en común, que no juntos, por lo que se deduce que Ana no tiene mucho ánimo para romanticismo, prefiere pasar un tanto inadvertida. Puede decirse que tiene un mal despertar porque se encuentra fuera de casa y lo último que le apetece es que le atosiguen. Mientras que por su parte, Manuel parece demostrarse demasiado despierto. la noche anterior no se siente justificado a darle as buenas noches y por la mañana tan solo la frialdad de Ana justifican que se reprima a la hora de darle los buenos días.

Manuel sí le da los buenos días, aunque sea un poco a su manera, con uno de esos poemas que según ella, les escribe a las chicas por las que se interesa, pero que éstas no llegan nunca a recibir. La verdad es que el poema “Dulce melodía” fue escrito intención de dar los buenos días y encaja a la perfección en este momento y secuencia de la novela, de tal manera que se ha quedado como eso, un saludo dulce y matinal, como la evidencia de que Manuel empieza a ser consciente de que Ana está allí, que no puede ignorarla, a pesar de que no se sienta correspondido o piense que ésta no le corresponderá por mucho empeño que le ponga. En todo caso la vida está lleno de momento y los momentos son inspiración para los poemas

Rezo de laudes y a desayunar, el grupo de Ana sirve el desayuno, que es cuando ésta empieza a reaccionar. Quizás demasiado despierta porque hace gala de su personalidad y se empeña en mostrarse como una chica sería, responsable y sin muchas ganas de tonterías, por lo cual opta por mantener las distancias. Ella, que podría tener un detalle y ocuparse de la mesa donde está Manuel, se desentiende por completo, que se ocupe otro. Ni tan siquiera hace el intento por sentarse y disfrutar de esos momentos de complicidad de relajación. Prácticamente puede decirse que le mete prisa para que se marche y la deje desayunar tranquila.

Tras el desayuno, se pasan la mañana en la iglesia. Momento de introspección personal, de hacer examen de conciencia, dolor de los pecados, propósito de enmienda, confesarse y cumplir con la penitencia. Pero Ana se siente con el alma muy tranquila, de manera que la actitud que ha mantenido con Manuel al comienzo del día, lo amplía a todos los demás, se aísla en sus pensamiento. Tiene que preparar la charla del sábado por la tarde, previa a la Vigilia, de manera que su cabeza da un salto en el tiempo y casi de un plumazo se salta toda la Pascua. Mientras que Manuel tiene demasiado peso sobre sus hombros y siente la necesidad de soltarlo. Es más, si en Navidad es Ana quien se toma la libertad e admitir sus errores por escribir aquella carta por impulso, esta vez parece ser Manuel quien se toma la libertad e hablar del tema con sinceridad, de reconocer que tal vez se ha traído de casa algo de más y no quiere que ello enturbie su estancia allí

¿En qué mesa y con quién se sentó Manuel a la hora del desayuno? Ese detalle resulta irrelevante, da lo mismo. Pero llega la hora de comer, es su grupo el que se ocupa de atender las mesas y con respecto a Ana la situación se invierte. son dos posturas completamente distintas, porque Ana está allí con sus amigas, éstas son su mayor apoyo y de manera irremediable se teme y espera ese intento de acercamiento por parte de Manuel, de manera que “¡Chicas, formación de escudo!” “¡Adelante gadgeto-amigas!”. La mesa de Ana es la del fondo, la silla, la de la esquina, de manera que nadie se le pueda acercar ni en broma, porque para llegar hasta allí antes hay que pasar por encima de las amigas y éstas no se van a mover.

“Los oficios de esta tarde son a las 18:00…….” “¿Te vas a comer eso……?” “¿Me puedes pasar la jarra del agua?” “Yo ahora despues me voya echar la siesta que hay tiempo y estoy cansada” La cuestión es no fijar la atención en Manuel y hablar de lo que sea para hacerse la distraída.

Cada vez que Manuel se acercaba por mi mesa, yo desviaba la mirada y me mostraba interesada en la conversación y cuando me parecía que él no me observaba, fijaba mi atención en él, en busca de su reacción, de algún indicio de que participaba de aquel juego.

Ana, 17 de abril

Tras la comida, tiempo libre para descansar, para recuperar esas horas de sueño desaprovechadas durante la noche. En el caso de Ana, como ya sucediera con anterioridad, es un momento para compartir confidencias con las amigas, para refugiarse en el alojamiento de las chicas, alejarse de oídos cotillas a conversaciones ajenas no dejar títere con cabeza, aunque en su caso aquella tarde, ella misma reconoce que dispara a dar en el blanco. necesita reafirmarse en el hecho de que no se ha vuelto medio loca por sentir lo que siente por aquel a quien otras han ido dando calabazas o han esperado en balde sentirse correspondidas. Ella le confiesa a sus amigas que pretende tantear su suerte y las amigas, en vez de quitarle la idea de la cabeza, porque se supone que son la imagen de la sensatez, se muestran hasta cierto punto resignadas ante lo inevitable, hasta el domingo son muchos días y eso de haber ido hasta allí para soportar durante cuatro día que Manuel se dedique a hacer el tonto tampoco les entusiasma demasiado, Sin embargo, por Ana, por su amiga, como si les pide que se tiren por un puente, lo hacen sin pensarlo.

Reunión por grupo para preparar los Oficios, aunque vaya a ser el grupo de Manuel quien ayude en la liturgia, con la suerte o no, de que hay Lavatorio de los pies y dado que no parece que haya suficientes hombres en el pueblo, se invita a los chicos de la pascua a participar, mientras las chicas se han de quedar mirando ¿Qué suerte tienen los chicos? ¿No? Y mientras a Manuel le lavan los pies, Ana se evade de nuevo son sus pensamientos, lleva sus anhelos a la Pascua. hasta cierto punto ella también necesita de esa limpieza de los pies para centrarse en lo que está haciendo y de la cabeza para que los pensamientos no se le escapen y pueda vivir el momento.

Cuando llega el momento de la cena, Ana no se lo piensa demasiado y aprovecha esa libertad para cenar con quien quiera, para que el sentarse en una mesa u otra, en una silla u otra, depende de la prisa con la que cada cual llega al comedor y Ana va directa a su silla, con el riesgo de que ni el grupo de Manuel ni el suyo tiene que servir. Por las palabras de Ana se deduce que esta vez no invoca a sus amigas, que no descarta de plano que se produzca ese coincidencia. Sin embargo, Manuel se muestra lento de reflejos y ella un tanto resignada, como no le queda otro remedio que quedare él. La única silla que parece tener nombre y estar reservada es la del rincón, para Ana, privilegio de ser la responsable o consideración que tiene los demás por compensarle todo el esfuerzo. se siente rodeada por su gente y éstos le tienen en buena estima. Es Ana y s elo ha ganado a pulso.

Tras la cena, tiempo para asearse e ir pensando en la noche, que se presentará larga, que ya no será cuestión de pedirle a los chicos que les acompañen al alojamiento tras la oración. Pero sobre todo es una noche llena de sorpresas, aparte del hecho de que habrán de turnarse para estar en vela.

Y es aquí en este punto y momento donde prefiero dar por concluido este día. Si fuera por tiempo y horario, lo más seguro es que entre la Hora Santa y la media noche hay momento para las sorpresas. Sin embargo, dejémoslo estar así. Pronto los protagonistas de esta historia nos invitarán a que les acompañemos. Será momento que se enfrenten a situaciones que les hagan plantearse hasta qué punto están dispuestos a confiar en el uno en el otro.

¿Tenemos algo por lo que pedirnos perdón? ¿Voy a dejar que me laves los pies? ¿Te atreverías a ofrecérmelo ¿Velaras conmigo esta noche? ¿Aguantarás al menos una hora?… y llegará el viernes. Feliz y larga velada.

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