Introducción
Sábado, 27 de septiembre 2003

Aquella verja cerrada me inspiraba más confianza que la posibilidad de que abriera y me permitiera entrar con el coche, dado que terreno no me faltaría. Le quise dar a entender que el perro no me inspiraba demasiada confianza en aquellos momentos.

Debía darme a entender que estaba allí para quedarse y que cruzase aquella verja con el coche era una manifestación de esa confianza. Yo había pasado una noche en su casa, de manera que le correspondía a ella obrar en consecuencia y no quedarse en la calle cuando venía de visita y, más aún, con intención de recogerme.
Las primeras prisas
La contrariedad y sorpresa de Manuel es evidente al reconocer a la chica que hay al otro lado de la verja. Esa que equivocadamente suponía que a esas horas andaría en el Encuentro nacional del grupo rezando por los dos y echando en falta su compañía, hasta el punto de que el banco de la capilla le pareciera tan vacío que le faltasen amigas para llenarlo, aunque estuvieran apretujadas unas al lado de las otras para que cupieran todas.

Ana, en julio, cuando se encontró con Manuel en el portal de su casa, aunque lo pretendiera no se pudo hacer la sorprendida. Sabía que Manuel iba a presentarse allí, se había organizado con las amigas para no dejarlo escapar. Sin embargo a Manuel nadie le ha avisado de esta visita. No parece que tenga tanta confianza ni conversación con la gente de su grupo parroquial como para planificar nada en ese sentido.

En julio Ana no dejó que Manuel «se escapara», aunque tuviera prisa por regresar a la convivencia de novios y le obligó a que subiera con ella a su casa. Sin embargo, ahora hace gala de su libertad para preguntarle si le falta mucho, ella se muestra un tanto reticente a cruzar la verja. Le impone más temor un perro que la reacción de su madre ante la presentación de su novio.
Manuel no puede limitarse a tomarla de la mano y entrar. La verja cerrada se interpone entre ellos, de manera que como aún no es su hora de marcharse, prefiere que sea Ana quien entre. Le abre la verja de par en par para que entre el coche en el parcela, que no hay razón para dejarlo en la calle, en la cañada. No hay prisa por marcharse
Atrapada

Una vez pasó el coche, cerré la verja, no tanto para evitar que el perro se saliera como para impedir que Ana cambiase de parecer en el último momento e incluso si, por una torpeza mía, quisiera marcharse.
Al perro le dicen «pasa» o «no» y el perro obedece. El hecho de que se abra la verja no se ha de entender como que vayan a salir de paseo ni que se hayan derribado los límites de la parcela tanto como para que éste se pueda marchar por su cuenta a donde le apetezca. La verja, en esta ocasión, se abre para que Ana pueda entrar con el coche, porque en la parcela hay espacio suficiente. Desde la verja hasta el chalé hay un camino. De hecho, el camino marcado da la vuelta a todo el chalé

A Manuel ahora mismo le preocupa más que sus torpezas acaben, su entusiasmo, provoque alguna incomodidad en Ana y que esta quiera marcharse por donde ha venido, sin volver la vista atrás, más que el hecho de que el perro se escape. De manera que el hecho de que entre con el coche es para complicarle esa hipotética huida a Ana. Si se quiere marchar va a tener que esperar a que le abran de nuevo la verja, tendrá tiempo para recapacitar y preferir quedarse, restando importancia a lo malo que haya sucedido.
En cierto modo, con este detalle de hospitalidad, con esta consideración hacia ella, con esta confianza, porque se entiende que no cualquiera tiene acceso al chalé, ni menos aún con el coche, Manuel le abre su corazón, marca territorio. Todo lo que haya en esos momentos dentro de la parcela le pertenece. Todo es «todo», aunque Ana sea la única que en caso de necesidad pueda reclamar su derecho a ser libre y no sentirse «propiedad» de nadie

En casa de Ana, Manuel fue el chico a quien Ana dejó al cuidado y con la conversación de su madre mientras ella se iba a su dormitorio a terminar de prepararse y de cerrar la mochila para irse juntos a la convivencia. Sabemos que de no ser porque Ana confiaba en su madre, Manuel hubiera salido por la puerta en cuanto Ana le perdió de su vista. La madre no le hubiera retenido.
Allí lo que a Ana le impedirá la huída es la verja, que Manuel vuelve a cerrar mientras ella se adentra con el coche en la parcela, sin tener muy claro dónde aparcar, aunque tenga claro que no haya ningún otro coche, pero tampoco sabe con certeza que no vaya a venir nadie más. Su visita ha sido una sorpresa y Manuel ya había hecho planes sin contar con ella.
Como Manuel no le ha hecho ninguna indicación al respecto, Ana entra con el coche hasta situarse frente a la puerta del garaje, pendiente tanto de lo que tiene por delante, dado que se adentra en terreno desconocido como en lo que detrás atrás, porque tiene la prudencia de observar por los espejos retrovisores.
Manuel la trata como una visita más, la deja entrar para poder cerrar la verja y que no se escape el perro, que es algo así como cerrar la puerta de la casa para impedir la entrada a las visitas no deseadas, una manera de proteger su espacio privado, consciente de que la presencia de Ana supone una distracción y que tampoco puede estar pendiente de todo. Con la verja cerrada él tampoco se puede marchar.
Origen

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