Ana. Silencio en tus labios (2-2)

Nosotras regresamos al piso antes que ellos, con idea de que la comida estuviera preparada cuando ellos llegasen, aunque lo cierto era que mi madre había sido lo bastante precavida como para haber previsto y preparado aquel fin de semana con antelación, de tal manera que la cuestión de las comidas estuviera resuelta de antemano y casi pudiera decirse que íbamos a mesa puesta. Le preocupaba el tiempo que nos hubiéramos entretenido en la peluquería y que la elección de las comidas no hubiera sido del agrado de Manuel, aunque a riesgo de precipitarme en mis apreciaciones, le había asegurado que éste no tenía problemas con las comidas y que no era maniático en ese aspecto. De tal manera que, para no arriesgarse más de lo necesario, mi madre se había decantado por comida casera, por no darle un trato diferente, lo que hasta cierto punto esperaba fuese una garantía de éxito, al menos para que no se marchara el domingo con la sensación de que se había pretendido estar por encima de él. En cualquier caso, confiaba en que aquella normalidad sirviera para que éste se sintiera un poco más integrado en la familia y que no se pretendía que se llevara una impresión equivocada.

Cuando entraron en el piso, la primera mirada que me echó Manuel fue para reclamar mi atención, con la expectativa de que, después de haber pasado la mañana separados, mi postura hacia él hubiera mejorado. Por mi parte más que una mirada hubiera esperado un halago, que se hubiera percatado de que había estado en la peluquería y ya no tenía el aspecto de recién levantada con el que nos habíamos visto aquella mañana. Lo que estaba claro era que de nuevo surgía una falta de entendimiento entre los dos, que me había escogido por novio al chico menos detallista y más insensible del mundo. Por lo menos me quedó el consuelo de que no salió de sus labios ningún comentario jocoso ni inapropiado para aquellos momentos. Tal vez, si hubiera escuchado algún halago mi actitud hacia él habría mejorado, pero así, por las buenas, por el mero hecho de que se hubiera pasado la mañana con mi padre y sobrevivido, no se merecía ni que le mostrara una sonrisa de complicidad. ¡Necesitaba un chico que valorase mis cambios de imagen y él no estaba a la altura!

Manuel: ¿Aún no me has perdonado? – Me preguntó en tono conciliador. – Lamento haberte disgustado.

Ana: ¡Tú sigue hablando y verás cómo lo estropeas! – Le advertí fríamente. – Mejor que no me hartes. – Le aconsejé.

Manuel: Esta actitud hace un año tendría su lógica. Ahora me parece que nos estamos excediendo, yo con mis comentarios y tú con tus enfados.

Ana: ¡Y dale! – Dije con hartura. – ¡Una palabra más y te vas a hacer gárgaras!

Nos sentamos a la mesa y en vista de que no estábamos demasiado habladores, por no decir que debíamos haber perdido la lengua, fue mi madre quien rompió el silencio y le preguntó qué le había parecido la gestoría y lo que habían hecho a lo largo de la mañana, porque en su caso no era tan evidente. Sin embargo, fue mi padre quien tomó la palabra y respondió por los dos y, en cierto modo, compartió con nosotras las buenas impresiones que Manuel le había causado, como si aquello hubiera sido una especie de prueba para decidir si le daba o no el trabajo, que aunque éste se lo planteara con cierto recelo y desconfianza. Mi padre se reafirmaba en su idea de darle una oportunidad, que creía haber encontrado el puesto adecuado para él. Aunque para mi tranquilidad y evidencia de que mi padre no había perdido la cordura, quedó claro que ni mi hermano y yo veríamos peligrar nuestros puestos, así como tampoco que hubiera encontrado quien le sustituyera el día que se jubilara. Aun así, le veía con muchas y buenas aptitudes. Hasta cierto punto, sin ser muy exagerada en mis apreciaciones, me dio la sensación de que estaba dispuesto a que Manuel firmase a la vez los papeles del contrato de trabajo y la licencia de matrimonio, aunque parecía no percatarse que para lo segundo mi opinión se debía tener en cuenta.

Como no hubiera sido de otro modo, aunque mi madre no tuviera ganas de que aquella conversación se convirtiera en una discusión familiar ni conyugal, porque con dos personas peleadas ya había más que de sobra y no era necesario que siguieran nuestro ejemplo, dejó clara su opinión al respecto, sus objeciones a las pretensiones de mi padre, por el hecho de que no había razón que justificase que hubiera que contratar a todo aquel de quien yo me enamorase. La gestoría era una empresa familiar, por lo cual quien trabajase allí debía ser de la familia, como sucedía en aquellos momentos. Mi cuñada había sido la última incorporación, más por sus propias aptitudes que por el hecho de estar casada con mi hermano. Ante lo cual, no era admisible que mi padre pretendiera o se planteara hacer excepciones con Manuel, por lo cual sí éste quería trabajar en la gestoría casi se convertía en requisito indispensable que primero se casara conmigo. Para mi madre, en aquellos momentos. era indiferente que mi padre creyera que Manuel convertiría un negocio familiar en una multinacional, que por supuesto no se lo creía ni él mismo. La gestoría se caracterizaba por la seriedad y el compromiso con los clientes y las ocurrencias de mi padre contradecían esos principios básicos e inalterables.

Ni Manuel ni yo participamos en aquella conversación, lo que hubiera sido una torpeza. Lo último que uno y otro hubiéramos pretendido en aquellos momentos fue decir algo que el otro malentendiera y ello agravase la tensión que se había creado a cuenta del vestido y de su actitud hacia mí. De hecho, cualquiera de los dos debería haber roto con aquel silencio ante las insistentes de alusiones de mis padres a nuestro futuro, a esa hipotética boda que para nosotros estaba tan lejana y hasta cierto punto pendía de un hilo demasiado fino como para que mis padres estuvieran tan seguros de que fuera algo tan irremediable. Tampoco es que en aquellos momentos lo descartara, tan solo que me parecía un poco pronto para que se aludiera ello, cuando ni tan siquiera me había presentado a sus padres ni sabía cómo se habían tomado la noticia de que éste tuviera novia, dado que se suponía que ya les habría hablado de mí, al menos hecho algún comentario referente a que había iniciado una relación con una chica, dado que, en caso contrario, alguna explicación tendría que haberles dado a mis llamadas de teléfono, mis cartas o que hubiera mejorado su vida social, que aquel fin de semana hubiera venido a mi casa.

Lo absurdo de aquella conversación, lo único que provocó que reaccionara y rompiera mi silencio fue una ocurrencia de mi padre, ante la que no me pude quedar impasible, dado que pretendía que aquello no se quedase en meras palabras. Estaba dispuesto a apostar por nuestro futuro por encima de las dudas o reticencias que pusiera mi madre, ante lo cual planteó la posibilidad de que Manuel se convirtiera en un inversor capitalista en la empresa familiar, aunque fuera de una manera un tanto simbólica, dado que bajo su planteamiento, si Manuel tenía que empezar a ser considerado parte de la familia, como mi novio, lo justo es que se le implicase de algún modo en la gestoría, que si tanto reparo causaba ofrecerle un puesto de trabajo, ya que incluso a mí me causaba cierta inquietud por el hecho de que supusiera una pérdida de mi tranquilidad, la alternativa era que fuese un socio capitalista en una cuantía simbólica, que en el supuesto de que nuestra relación no llegase a ninguna parte, además de devolverle lo que le correspondiera de su inversión en mi cuenta vivienda, se incluyera su inversión en la empresa.

Mi padre le propuso a que le entregase un euro, que, en cuanto tuviera la ocasión, aquello se plasmaría por escrito en un documento oficial y que ese euro sería su inversión en la empresa, participación que aumentaría o disminuiría en función de la evolución de ésta y que por supuesto se mantendría mientras durase su relación conmigo. A mi madre aquello le pareció una estupidez, porque era como si le vendiera nuestro futuro a un extraño, como si le implicase en asuntos que estaban muy por encima de sus competencias y relación sentimental conmigo. Antes de que Manuel tuviera tiempo de reaccionar a aquella propuesta, fui yo quien busqué ese euro en mis bolsillos y se lo entregué a mi padre, de tal manera que zanjé el asunto de la manera más correcta, sin oponerme a mi padre, pero sin quitarle la razón a mi madre, dado que en último caso la deuda la contraían conmigo y Manuel quedaba al margen de los negocios y asuntos familiares, porque mientras éste no saldase aquella deuda conmigo estaría desvinculado de la empresa. Por su puesto la situación entre Manuel y yo en aquellos momentos no estaba como para que anduviéramos con discusiones por temas de dinero. En todo caso, con aquel euro no compraba su cariño ni pagaba por su libertad, era algo más simbólico que un asunto que se hubiera de tomar en serio.

Después de comer, me fui a descansar. Tras lo mal que había pasado la noche y las tensiones de toda la mañana me sentía un tanto agotada, aunque para que nadie se preocupase más de la cuenta argumenté que necesitaba tiempo para terminar de asearme. De hecho, como ya iba peinada, tampoco era cuestión de que apoyase demasiado la cabeza en la almohada no fuera a estropear el peinado. De todas maneras necesitaba un poco de tranquilidad, tumbarme y que no me molestaran salvo que fuera imprescindible. Además, como le había advertido a Manuel, tenía la firme intención de acudir a la boda y hasta ese momento no me sentía con mucho estado de ánimo para soportar su compañía, aunque como se le pasara por la cabeza la idea de marcharse a casa bajo la justificación de que no le encontraba demasiado sentido al hecho de quedarse, vería lo poco que tardaría en reaccionar para impedírselo. Mi enfado o malestar era mucho menos serio de lo que aparentaba. Tan solo estaba nerviosa y antes que agravar la situación prefería que hubiera una pequeña distancia entre nosotros, no decir nada que empeorase la situación, dado que por su parte tampoco decía nada que ayudara a suavizar las tensiones.