¿Hacemos las paces?

Una pelea al día da alegría

No sé si os apetece pelearos conmigo. Por si acaso, ya os aviso de que se pasa un poco mal y que casi mejor que nos llevemos bien, que no haya malentendidos ni discusiones entre nosotros, porque después pasa lo que pasa y sale perjudicado hasta el más inocente, aunque no siempre es fácil saber si hay alguno que no se merezca ese toque de atención. El caso es que dos no se pelean, si uno no quiere y a veces uno quiere pelearse por pura desesperación, frustración, desahogo, porque los planes no salen como uno quisiera y te acabas dejando llevar por los nervios y la tensión del momento

Acabo de subir a la web dos pasajes de la novela “Silencio en tus labios”. Es decir, dos pasajes por duplicado, porque no tiene mucho sentido que cuente la parte de uno y no incluya la versión del otro, porque, de lo contrario, será un poco complicado que se entienda la novela como tal en base al planteamiento con el que al final fue escrita, para explicar no sólo mis propias torpezas sino, sobre todo, el efecto que ello tiene sobre los demás. Quiero pensar y suponer que quizás en esa otra versión tal vez haya exagerado un poco, pero con intención de resaltar la situación, entendiendo que tal vez he sido un poco desmedido en el planteamiento, que la realidad dista mucho de llegar hasta esos extremos de tensión. En cualquier caso, como ya he aclarado en más de una ocasión en lo referente a esta novela, no pretende ser una autobiografía, pero está basada de algún modo en mis propia vida, en mis apreciaciones, en ese no siempre acertado intento por entender lo que sucede a mi alrededor, dado que en Matemáticas 2+2=4, pero en la vida real a veces se sorprenden y descubres que las Matemáticas no siempre son tan exactas 2+2=X.

¡Le asesino y me voy de fiesta!

El capítulo 10 comienza con Ana enfadada, nerviosa, contrariada por los acontecimientos porque ha habido un momento de tensión entre Manuel y ella, (Capítulo 9) algo provocado por la situación y ante lo que ella no es capaz de mostrarse fría e indiferente. Se supone que entre ellos ya está todo aclarado y no queda más que dejar que el tema quede en el olvido porque cada cual necesita seguir con su vida. Ana que quiere aprovechar para pasar más tiempo con los amigos y las amigas de Toledo, mientras que mi personaje, Manuel, parece que intenta ser un poco más sociable o se aprovecha de esas ocasiones en que se reúne la gente para apuntarse a los planes. En este caso por demostrarse a sí mismo que ya no se deja condicionar por la presencia de Ana y se esfuerza por ser uno más dentro del grupo, con todo lo que ello implica.

La cuestión es que en esta ocasión no se le puede echar toda la culpa a mi personaje, sino, más bien, a ese clima de normalidad, a que los demás tampoco le quieren dar mayor relevancia a lo habido entre ellos y se permiten bromear con el tema, para rebajar un poco a tensión, dando a entender que ambos son bien recibidos en el grupo. Sin embargo, la broma se les va un poco de las manos y, de algún modo, ello les obliga a ambos a enfrentarse cara a cara con su propia disyuntiva, porque hasta entonces todo ha sido desde una cierta distancia, para darse cuenta de que no tienen tanto en común y ni sentido que sigan con esa historia. Por lo cual la sensación con la que Ana empieza el capítulo 10, esa Navidad de 2002, es que más que pasar página, se ha abierto el libro y no hay ni una sola hoja en blanco. No es eso lo que ella quiere y pretende que Manuel lo tenga bien claro, que la vida sigue, pero esa historia no va con ninguno de los dos; que, conociendo a Manuel, éste es capaz de presentarse en la puerta de su casa con intención de conquistarla, porque la ocasión la pintan calva, como suele decirse.

No es no

¿Y qué hace Manuel mientras tanto? ¿Tú qué haríais? Te ha llegado una carta de Ana en la que te deja claro que no va a corresponder a tus insinuaciones románticas; que podeis ser amigos, pero que te tiene que quedar claro lo que se entiende eso de ser “amigos”, porque, de lo contrario, te vas a tener que atener a las consecuencias, porque ella ya empieza a estar un poco cansada de toda esta situación, de que cada vez que se tropieza contigo siempre haya alguien que hace un comentario o alusión a lo que no hay entre nosotros.

Manuel se queda quietecito en casa para no empeorar aún más la situación. Sigue con su vida, aunque se le ofrece la oportunidad de ser un poco más participativo, pero es Navidad y él ya tiene sus planes con la familia. Entiende que la mejor manera de no crearse problemas es no buscándolos, porque la paciencia de Ana ha llegado a un límite que ya se desborda y le salpica de lleno. Que la vitalidad y alegría con las que ha visto a Ana en su último encuentro hasta la fecha se la desvanecido como por arte de magia, en un suspiro. “¡Ésta ya no vuelve por Toledo en mucho tiempo!”

¿Para qué están los amigos?

Es en secuencias como ésta cuando cobra relevancia eso de los amigos secretos, esa libertad de Ana de contarle sus penas a un extraño que considera que le entiende y no se tomará demasiado mal que se desahogue con él porque se siente un poco frustrada por buscar esos cauces que le apacigüen sin recurrir a las vías normales, porque tampoco quiere que todo el mundo de su entorno sepa de la pesadilla que está viviendo. Por el hecho de hablar del tema tiene la sensación de que es un murmullo, un runrún, que está latente en todas las conversaciones y lo que ella pretende, lo que le gustaría, es encontrar paz en su interior y ese mensaje le sirve para liberarse de las tensiones.

Y aquí mi personaje, Manuel, quizá podría hacer lo mismo, dado que con Ana no se puede hablar, y casi mejor que ni lo intente, ahí tiene a esa amiga que parece comprenderle, que no tiene reparo en contarle sus penas. Sin embargo, éste calla, no parece que sepa cómo responderle, más cuando ésta alaba la especial relación que hay entre ellos, aunque deja por los suelos a todo el género masculino. Ya bastantes conflictos y problemas tiene con Ana como para añadir a otra chica más a la lista de aquellas que no quieren verle ni en pintura.

Mejor hacemos las paces

La cuestión es que, en contra de toda lógica o por el hecho de no dejar que sean sus propias pesadillas las que condicionen su vida, porque ya tiene bastantes con sus problemas del día a día y el hecho de venir a Toledo para Ana supone una recarga de energía y vitalidad, después de Navidad se produce ese reencuentro entre ellos, en donde Manuel, mi personaje, se muestra como un animalillo acobardado, y Ana viene dispuesta a comerse el mundo y a todo el que se le ponga por delante. Sin embargo, no acude con actitud agresiva y vengativa, sino reconciliadora, consciente de que quizá se ha excedido en sus reacciones y que, para encontrar paz en su interior, para sentir que no es a ella a quien le han de cerrar las puertas de la ciudad por ser una visita “non grata”, tiene que dar ese paso adelante y con toda discreción, en contra de lo que para Manuel sería merecedor de una fiesta con banda de música incluida, hacer las paces.

El problema o el dilema es que se trata de una novela, que ya en las primeras páginas de la versión de Manuel, éste deja claro que escribe la novela para contar cómo conquistó a Ana, por lo cual, como sucede en todas las novelas, la tensión tan pronto baja como sube de golpe. En esta ocasión no porque surja un nuevo conflicto entre ellos, sino por la contrariedad que supone que ella haya acudido a Toledo cuando nadie la esperaba, porque la gente ya tiene una ligera idea de lo que ha pasado y casi mejor poner tierra por medio y dejar que pase el tiempo. Tras su ruptura con Carlos, deja pasar todo un año antes de buscar ese hueco propio entre los amigos de Toledo. Sin embargo, en lo referente a mi personaje, apenas ha dejado que transcurrieran cuatro semanas, sobre todo porque su discreción ha evitado que los demás sean testigos y conscientes de ese intencion de conciliación entre ellos. No hay habido cohetes, banda de música, ni nada, tan solo una mano tendida y hasta cierto punto la torpeza de pensar que, como suele se habitual en éste, no ha desaprovechado la ocasión para buscar esa cercanía entre ellos, aún siendo consciente de que su pescuezo corre peligro con solo el mero hecho de que se lo plantee.

Durante los siguientes capítulos se irán acercando posturas, pero quiero pensar que con lo relatado en esos dos capítulos ya queda un poco más claro el planteamiento de cada uno. Ana se tendrá que aclarar sobre los motivos por los que acude a Toledo, aparte de los obvios, y Manuel se habrá de replantear si le merece la pena moverse de casa cuando los amigos le invitan a ir a alguna parte, dado que se puede tropezar con Ana y ésta ya le ha dicho que tan solo van a ser amigos, que no se haga ilusiones sin sentido, que a ella le sobran los pretendientes y él ni siquiera está en la lista de “los por si acaso le fallan los demás”

Si os apetece, nos vemos en el próximo capítulo, si es que no publico primero los que me he dejado en el cajón.

Tenemos una cita, pero sin fecha.

Un comentario en “¿Hacemos las paces?

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s