Enferma

Ana está enferma

El planteamiento a la hora de escribir sobre el viernes 18 de abril tiene diversas particularidades. dado que la novela original es “la versión de Manuel”, en ésta hay pocas alusiones a temas personales de Ana, lo que de algún modo destaca su discreción y que en esa versión toda la historia gira en torno a mí yo como personaje, a las dificultades que tiene Manuel en acercarse a Ana. Como ya he comentado en alguna ocasión en post/entradas anteriores, Ana empieza no siendo nadie, tan solo una idea, un personaje más o menos principal de la novela, pero que llegado un momento cobró tanta fuerza que tuve que escribir su propia versión. Mi intención no era escribir sobre nadie en particular, más que dar un versión de los hechos a mis propias torpezas, pero lo que pretendía ser casi un monólogo, ha terminado como un diálogo que para no ser conmigo mismo, de manera inevitable ha provocado que con un poco de aquí y un poco de allá Ana sea una realidad novelada en sí misma.

En este hablar de Ana en primera persona, darle voz y personalidad propia, me surgió la necesidad de crearle un conflicto personal, que igual podría haber sido y de hecho es esa discrepancia con Manuel, esa lucha entre la lógica y los sentimientos, aunque ya se sobreentiende que esa es una batalla que de un modo y otro tiene ganada. Sin embargo, el personaje como tal requería algo más, un contraste entre esa fortaleza, ese brillar con luz propia allá donde pisa, de manera que esa debilidad es su salud y la fortaleza del personaje está en sus ganas de vivir, en no dejarse limitar por los obstáculos que le plantea la vida, de manera que casi como una necesidad eso es algo que se hace latente casi desde el principio.

La enfermedad de Ana es la causa por la que Carlos y ella rompen su relación. Ella se siente morir, mientras que él se siente lleno de vida, por lo cual Ana no es capaz de seguirle el ritmo y prefiere dejarle marchar, hasta el punto de que éste tarda poco en llenar el vacío que esa ruptura le deja, aunque a Ana le queda ese pequeño resquemor de sentirse abandonada por aquel que se suponía se había comprometido con ella por lo cual busca consuelo en las redes sociales, pero sin querer atarse demasiado por temor a que su realidad suponga un nuevo fracaso en su vida, se conforma con que haya alguien, un chico dispuesto a escucharla.

Animada por las amigas, se implica un poco más en la actividades del Movimiento y su contrariedad surge ante la evidencia de que alguien con mejor estado de salud que ella, en vez de ser esa luz que ilumine el mundo, que destaque en mitad de la oscuridad, parece que no ilumina más allá de lo lejos que llegan los comentarios poco favorables sobre su persona y sus torpezas. Ella que siente que con poco que haga, la gente que le rodea vive en un cálido y luminoso día de verano. Y Manuel, bueno, Manuel, mejor que ponga poco menos de entusiasmo en lo que hace e intente actuar con la misma coherencia de vida que los demás o no llegará a ninguna parte, se encontrará con que él mismo se pone las estacas en las ruedas. Porque, si Ana puede, impulsada por el empuje de las amigas y de sus ganas de vivir, Manuel que se encuentra todas las puertas abierta, debería poder el doble y no una décima parte.

18 de abril de 2003

Si algo destaca este día en la novela y la vida de Ana es precisamente eso, su propia debilidad, que es como si Manuel casi desapareciera y toda la atención se centrara en ella al grito de “Ésta soy yo”. Empieza siendo la primera que se va a dormir, sin esperar a nadie, la excusa podría ser el turno de vela de esa noche. Sin embargo, es ella misma quien lo confiesa, que no se esconde tan solo porque pretenda mantener las distancias con Manuel, que coincidan en el turno de vela, ella se siente débil en todos los sentidos, sin que como tal sus problemas de salud sean algo que conozca todo el mundo, pero allí está con gente que la conoce y quien tal vez sepa menos de ella y se pueda sentir afectado por ese detalle es Manuel.

Tal vez alguno pensara que les abandonaba, que me rendía antes de tiempo, que me fallaban las fuerzas, pero lo cierto es que ya estaba más dormida que despierta y era consciente de mis propias limitaciones, aunque no negase el hecho de que quizá necesitara ese refugio a mi inquietud.

Ana, 18 de abril

Ella intenta ser Ana la chica fuerte por la que nadie se tiene que preocupar, que ya tiene a sus padres para que se pasen de protectores u paternalistas cuando ella tiene ganas de vivir. Intenta que esa realidad de su vida pase lo más inadvertida posible. Sin embargo, para el desarrollo de la historia, de la novela, es algo fundamental, que aunque Manuel no quiera ser muy consciente de ello en estos momentos, la realidad de Ana es ésta. ¿Qué hará Manuel cuando lo descubra? ¿Cuándo tendrá Ana el valor de contárselo? De momento es su secreto, ya ha perdido un novio, un gran amor por ello y ahora que vuelve a sentirse enamorada, que se siente de nuevo ilusionada, no parece muy dispuesta a renunciar a nada, a perder esta nueva oportunidad que se le presenta, en caso de que esos sentimientos sean correspondidos, dado que más pronto que tarde ambos se habrán de enfrentar a ese dilema.

El caso es que con independencia de la debilidad o fortaleza de Ana, el día, la vida sigue, pero ella no se siente con mucho ánimo para seguir el ritmo de los demás, de manera que cuando una de sus amigas acude a buscarla a la iglesia, a sacarla de su escondite, ella empieza a tomar consciencia de que se ha escondido allí por algo más que por tener un tranquilo donde nadie la moleste, de modo que se lleva una primera recriminación por su insensatez, que amiga viene a poner un poco de sentido común a su vida y ella ha de admitir que se ha mostrado demasiado confiada, que se ha dejado llevar por la pereza, sin caer en la cuenta de que esa sensación de cansancio era por algo más que la falta de sueño.

A lo largo de todo el día Ana está entrando y saliendo del alojamiento, porque tampoco se puede desentender de lo que pasa. Ella es la responsable de la pascua y ha de estar al pie del cañón, pero se encuentra con la tesitura de admitir que ese día se siente un tanto superada y en lo posible prefiere que le den un poco de margen.

Ante lo cual no objeté nada, aunque sí les confesé que me encontraba algo delicada de salud y, salvo que fuera imprescindible mi intervención, me tomaría la mañana de descanso.

Ana, 18 de abril

He de admitir que este es uno de los poco días en que la novela más se centra en la enfermedad de Ana, en que considero más relevante destacar su debilidad porque además destaca y resalta más la influencia de las amigas, como éstas están pendientes de ellas por algo más que sus conflictos sentimentales, dado que sobre ellas pesa la responsabilidad de los padres, aunque como Ana parece dar a entender éstos a veces se preocupan por de más y ella aun se siente com fuerzas para manejar la situación. En todo caso, agradece que las amigas estén pendientes de ella. ¿Y Manuel estará a la altura de las circunstancias?

Dejo a la decisión de cada cual que forme su propia opinión al respecto, dado que ello no le resta fuerza a la pregunta de fondo de toda la novela “¿Cómo alguien como tú se puede enamorar de alguien como yo?”, que ya no es tan solo en referencia a Manuel, sino también a Ana. ¿Serán capaces de entenderse? Ana es observadora, tiene la oportunidad de compartir inquietudes y confidencias con las amigas, pero ¿A quién la va a pedir consejo Manuel?

En cualquier caso, el gran momento de esta parte de la novela está cerca y para Ana es importante pasar por este momento de flaqueza para evaluar sus sentimientos. Tan solo queda por concretar quién de los dos dará el paso, ¿Será Manuel capaz de hacer alguna tontería digna de mención? ¿Llegará a haber una silla libre junto a la de Ana?

Más que sentirme como si pusieran una cruz sobre mis espaldas, me sentía una carga para los demás y no resultaba una sensación muy agradable,

Ana, 18 de abril. Vía Crucis

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