¡Es un escándalo!

Nueva publicación de la novela «Silencio en tus labios»

Viernes 18 de abril. Versión de Ana

Viernes 18 de abril Versión de Manuel

El viernes 18 de abril empieza mal, pero !qué muy mal! Porque tras la Hora Santa, cuando se supone que ha de haber un poco de recogimiento y oración, el grupo abandona la iglesia y trasladada la reunión a uno de los salones con la idea e intención de lavarse los pies unos a otros. Ahí todos mezclados, «tú me los lavas a mí y yo te los lavo a ti, porque si en la liturgia «el lavatorio de los pies» está reservado para los hombres, aquí no se hace ninguna distinción: «los chicos a las chicas, las chicas a los chicos, los chicos a los chicos y las chicas a las chicas» ¡Qué escándalo! Ellos que han ido al pueblo a dar ejemplo de compromiso, cuando llega el momento de que todo el mundo tenga las miras puestas en ellos porque serán quienes se queden a velar el Monumento, abandonan la iglesia casi por sorpresa para hacer algo que en principio parece no tener ninguna coherencia, que desentona por completo con ese ambiente de recogimiento y orden que debería tener la novela y más en una noche como esa. Manuel tiene que hacer tonterías, pero ¿Y los demás?

Reconozco y aclaro que la idea como tal no es original de la novela, mía. Tan solo una reinterpretación personal de algo que me contaron, que sí sucedió en realidad en la pascua de 2003 y que consideré que encajaba con mi historia, con ese conflicto y esa confianza matizada entre Manuel y Ana. Del hecho real tengo constancia por alguien que me lo comentó sin dar muchos detalles, pero creo haber sabido transmitir en el relato de la novela la contrariedad que debió causar y que entiendo en su momento tenía una explicación lógica, que yo tambien le he querido buscar, que no es ni mucho menos que los personajes de la novela se dedicasen a ello sin ningún control, porque tampoco aquellos que lo vivieron en la realidad perdieron su coherencia de vida ni su sentido de la vivencia de la Pascua. Fue más un momento de implicación personal. La excusa que yo me inventé para dar un poco de coherencia a este momento es que ese «Lavatorio de pies» ha de tener un motivo reconciliador, que si hay a quien lavarle los pies ese alguien debe tener un conflicto contigo y pretenden zanjar en asunto con un poco humildad personal.

Parece el momento y la justificación perfecta para que haya un primer acercamiento entre Manuel y Ana, después de haber pasado un año un poco malo; parece que ellos son los más indicados para tener ese detalle el uno con el otro y superar sus discrepancias, para que se produzca ese primer y cálido acercamiento entre ellos. De hecho, es una posibilidad que a ambos se les pasa por la cabeza. Ana ya tuvo en enero la oportunidad de pedirle perdón tras una carta no muy afortunada, demasiado defensiva y se plantea el momento para que Manuel haga lo propio, para que admita que no se ha comportado de la manera más adecuada y hasta cierto punto reconozca la gratitud y paciencia de Ana que a pesar de todo, ella ha seguido confiando en él.

El pie desnudo de Ana en manos de Manuel ¡Qué escándalo! Allí, delante de todo el mundo, sin ninguna discreción, porque si hay algo que caracteriza y se recalca en e personaje de Ana, es que a ella no le gusta sentirse el centro de todas las miradas. Se confía a a la discreción de sus amigas. Mientras que la personalidad de Manuel descata por esa falta de moderación.

¡Qué escándalo!

Tras el lavatorio de los pies, quien primero se marcha a dormir, quien no da ejemplo de compromiso, es Ana. Ella que se supone que es la responsable del grupo. Entra con todos en la iglesia, pero se sitúa de tal manera que en cuanto dejan de prestarle atención, sale por la puerta y se marcha a dormir. Si la noche del miércoles es Manuel quien se desentiende del grupo, porque no considera necesario acompañar a las chicas hasta su alojamiento, esta vez es la propia Ana quien no se espera a que la acompañen. Se marcha en mitad de la noche. Ella que destaca por ser la luz que anima a todos, que más destaca allá donde se la convoca, que parece que tengan energías infinitas, desaparece sin más. Su último pensamiento, su última mirada es para Manuel, que a la vez parece ser el único que ésta pendiente de ella y se siente un poco defraudado ante el hecho de que no pasan juntos más de diez minutos.

La noche del jueves no se ha hecho para dormir y aquel que se siente el más débil del grupo se queda allí; aquel que pocas horas antes parecía sentirse fuera de lugar, parece querer garrarse al banco con todas sus fuerzas, que de allí no habrá quien le mueva. Él se va a quedar por lo dos. Parece que lo que le ata y le motiva es demostrarle a Ana que es capaz de estar a la altura de los demás y hacer frente a sus propias debilidades.

Lo escandaloso es que cuando Ana regresa al amanecer, cuando acude a cumplir con su turno de vela, no queda la menor evidencia de que Manuel hasta estado allí demasiado tiempo y Ana casi se queda con la sensación de que a los demás también les han fallado las fuerzas esa noche porque tarda poco en quedarse sola. De hecho, en vez de hacer más notable su presencia opta por esconderse, por pasar lo más inadvertida posible tanto para la gente del pueblo como para la gente del grupo.

Sin embargo, mi llegada rompió el supuesto silencio reinante y ello provocó que reaccionara quién en aquellos momentos me había pasado inadvertida porque estaba sentada en el suelo y con la espalda apoyada en una de las columnas, 

Manuel, 18 de abril

Y así, de pronto, cuando nada parece que vaya a romper la tranquilidad de Ana, aunque entra y sale gente cada dos por tres, quien llega casi como si entrase en un elefante en una cacharrería, como si los cinco sentidos de uno se focalizasen en el otro, se produce ese nuevo cruce de miradas, que por mucho que Ana pretenda jugar al escondite con todo el mundo, siente ese palpito en su corazón, dado que Manuel siente lo mismo.

Se trataba de Ana. Una vez se cercioró de quién era el escandaloso que había irrumpido en la iglesia, retomó su oración y no me prestó más atención.

Manuel, 18 de abril

¿¡Qué escándalo!? No, ¡Qué escandaloso!

Mi tranquilidad, la que hasta entonces había primado en la iglesia, se rompió de pronto, una de las veces que se abrió la puerta entró una bocanada de aire frío, 

Ana, 18 de abril

Ambos hablan de tranquilidad, porque Ana permanece ajena y escondida a todos lo que sucede en la iglesia. Por las horas que son, cerca del medio día, se intuye que los que prima en la iglesia es bullicio previo a los preparativos al Vía Crucis, pero nada de eso altera la tranquilidad ni la calma que Ana parece haber disfrutado, quien tan solo ha tenido que esconderse un poco, pasar desapercibida, para seguir a lo suyo como si allí no hubiera nadie más. El único que la altera es quizás el único que acude a la iglesia buscado lo mismo que ella, quien por encima de todo destaca el hecho de que parece que en la iglesia no hay nadie.

¿Qué os parece? Es un detalle de esos de la novela que a mí me dejan un tanto sorprendido «¿Y esto lo lo escrito yo?» «¡Qué bonito!» Ellos buscando un momento de complicidad, un acercamiento, un momento de tranquilidad para los dos y en el momento y lugar más escandaloso, como si ni ellos mismo quisieran ser conscientes de ello, se produce ese cruce de miradas. En principio Ana se ha escondido de todo el mundo y Manuel también busca ese refugio, lo que provoca que, de manera inevitable, se encuentren, pero mientras que para los demás la primera impresión parece ser la primera que tiene Manuel cuando se asoma por la puerta, la realidad es que la única que destaca para él es Ana.

La próxima vez que Manuel procure hacer un poco menos de ruido, porque en medio de ese escándalo en el ambiente, él es el único que consigue que Ana pierda la concentración. Además, la iglesia no debe ser demasiado grande, porque el único sitio donde Manuel busca para sentarse ya está ocupado.

¡Qué escándalo!

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