Juguemos al baseball

Esperando a mi Daddy

Diario: August 23, 03:00 PM-07:30 PM

Entrada corregida y mejorada (Juguemos al béisbol)

Reflexiones de Jessica

Me he percatado de que hasta ahora he aludido a mis juegos con los chicos del parque, pero no lo he concretado nada, porque tampoco son experiencias o vivencias de las que me sienta demasiado orgullosa. De hecho, habría mucho que contar y se cuenta en la novela, no siempre para bien en cuanto a lo ingenua e inocente que he llegado a ser, porque hay cosas que por decoro las chicas no deberíamos hacer. Los chicos a veces un un poco brutos. Si no juegas según sus normas, pues no juegas y punto, Como yo pretendía participar de sus juegos, casi ser como éstos, pues ya os podéis imaginar. Pero que conste que por aquel entonces era una niña pequeña y aquello no era tan grave, hasta que llegó Ana al internado y se me terminó eso de escaparme al parque sin permiso. ¡Qué soy un peligro público!

Lo cierto es que en los últimos años he ido poco y siempre con permiso. Si me quedé el otro día a jugar al béisbol fue de manera excepcional.          

De modo se ha subido esta anécdota, esta secuencia de la novela, para que sea más fácil entender cómo ha sido mi relación con los chicos del parque hasta pocos días antes de empezar las clases en el high school. Porque he de aclarar que no tengo nada en contra de los chicos. «¡Son chicos!», ya me entendéis. Algunos tienen el calificativo de «simpáticos», otros, sin embargo, no se merece ni que se les mencione, aunque me temo que tendré que hacer las correspondientes presentaciones cuando sea el momento.

En cualquier caso, la tarde del 23 de agosto no les encontré con el tonto muy subido y alguno aún seguía siendo tan digno de confianza como siempre. Otros, en cambio, hubiera estado mejor que se quedasen en su casa. Supongo que eso de jugar en el equipo contrario les dio pie a que se pasasen de graciosos y creyeran que me podían asustar con sus comentarios. Pero la verdad es que hice lo que pude por apoyar a los de mi equipo.

Aunque, la verdad, eso de jugar al baseball para mí casi era una novedad y puede que se generasen demasiadas expectativas.

Paseo en torno al parque

En principio no salgo del internado con intención de reunirme con los chicos, aunque sí con el permiso de Ana y con intención de dar una vuelta en bicicleta. La tarde no está muy soleada y, a pesar de las altas temperaturas, (80.06°F / 27.2°C) no me siento con ánimo de quedarme encerrada en mi dormitorio. Echo de menos la playa, pero entre semana Ana no puede llevarme y la alternativa, la lectura de más textos en español, me entusiasmaba menos que nada. De modo que lo del paseo en bicicleta me parece buena alternativa. Así tomo el aire y me da un poco el sol. Un paseo alrededor del parque y vuelta, sin prisa, pero tampoco sin intención de detenerme.

Sin embargo, ya sea porque el paseo no me motivara o por no permanecer ajena a la presencia de los chicos en el parque – cosas de chicas – me detuve a observarlos mientras se preparaban para jugar a baseball (béisbol). Puede decirse que llegaba justo a tiempo o que por falta de acuerdo entre ellos el comienzo del partido se retrasaba.

Como es lógico, mi presencia al otro lado de la valla tampoco les pasó inadvertida. Tampoco es que sea costumbre eso de que las chicas nos acerquemos por allí a ver cómo presumen, pero tampoco lo descarto. De momento no puedo presumir de tener grandes amigas con las que compartir confidencias. Con las demás chicas del internado, si he tenido trato y me he hablado, compartidos momento de castigo, pero lo de bajar al parque lo he considerado asunto mío.

En mi caso, si me acerco por el parque no es para quedarme embobada ante la presencia d elos chicos. Yo he sido de las que, hasta no hace mucho, participaban de sus juegos e incluso de sus peleas, aunque, cuando de trata de huir, yo la primera. Toda la cuesta de Fulton St hacia arriba hasta el internado.

Esa tarde, como os comentaba, necesitaban a un jugador más para que los equipos estuvieran en las mismas condiciones.

Bill: [Se separa del grupo y se acerca a la carrera hasta donde estoy yo] ¡Oye, Jess! – Me llama porque aún no se ha olvidado de mi nombre. – ¿Juegas con nosotros? – Me pregunta con confianza. – Nos hace falta un jugador.

Dado que entre aquellos chicos estaban mis amigos de la infancia, de quienes me había distanciado en los últimos años por razones obvias, o no tanto. Al verme me invitaron a participar, sin importarles que yo fuera una chica. Por lo cual, me dejé convencer y aparqué la bicicleta, confiada en que Ana no se preocuparía en exceso, si me retrasaba, si tardaba en regresar. Como ésta ya me conoce y le había dicho por dónde me iba a mover, en caso de que me hubiera querido localizar, no se lo hubiera puesto más fácil.

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Pero no, no pretendía recuperar las malas costumbres de antaño ni dejarme embaucar para sentirme aceptada por el grupo. Ellos eran chicos y yo tengo claro que soy una chica, que hay cuestiones de chicos para las que es mejor que no les imite. Para jugar al baseball, no hay problema, hasta que se ponen en plan tonto.

Pitcher

Primero me tocó jugar de pitcher, de lanzadora, para lo cual hay que tener fuerza en el brazo y puntería. En esa ocasión, además, nervios de acero y no hacer caso a comentarios tontos por parte de los lanzadores del equipo contrario, que no tuvieron otra ocurrencia mejor que hacer comparaciones un tanto inapropiadas para resaltar que soy una chica, que los de mi equipo, como hacían antes, han recurrido a mí para equilibrar los equipos. Pero hay chicos que son lo bastante cerrados de mente como para no utilizar la única neurona que les queda en el cerebro. Esa que hace eco por hablar consigo misma. Hay comparaciones que son de verdad de lo más estúpidas y lo cierto es que los chicos saben muy bien cómo ridiculizara una chica.

Bateador: ¡Uy, qué miedo! Han puesto a la chica de pitcher. – Me dice con burla. – Si quieres, me acerco. – Me sugiere con intención de reírse y dejar que aflore su vena machista. – La pelota es más grande que tus…

Pitcher

No consentiré que se burle de mí por el hecho de que sea una chica ni porque ahora no vaya a salir corriendo hacia el St. Clare’s para ponerme a salvo. Con sus comentarios me ha herido en mi orgullo y creo que estoy en mi derecho de hacer que se trague esas palabras y se disculpe por estúpido y grosero, porque sus palabras resultan ofensivas, aunque esté en lo cierto.

Si se trata de comparar, de una cuestión de tamaños, en este caso creo que los chicos salen perjudicados, porque yo tan solo soy el pitcher, pero a ellos les toca batear y dudo bastante que presuman de «lo suyo» en ese aspecto. Entre otras razones porque sería bastante raro que hubiera alguno con algo así.

La pelota va directa al bateador, sin demasiada fuerza y quizá como evidente expresión de mis propias inseguridades, más que de la rabia por ese inapropiado comentario. Ya han pasado algunos años desde la última vez que participé en un juego de los chicos y que, frente a la rebeldía de entonces, al deseo de sentirme integrada en el grupo como una más, me temo que se ha acentuado mi lado femenino. 

Bateadora

Bill: ¡Por fin! – Exclama. – Tercero eliminado, cambio de juego.

Para cambiar de posición se han de eliminar a tres bateadores del equipo contrario. Lo que con una pitcher como yo se le pone a mi equipo un poco cuesta arriba, porque mi rabia por demostrar mis aptitudes frente a la actitud provocadora de los chicos no siempre es algo que resulte tan favorable como me gustaría, Por lo cual, lo del otro equipo tuvieron ocasión de sumar muchas carreras. Mientras los de mi equipo estuvieron corriendo tras la pelota para intentar impedirles que llegasen a la base o terminaran la carrera.

En cualquier caso, más tarde que pronto el milagro se produce. Quizá hubiera sido más lógico que ese cambio en el juego se produjese por tiempo o por determinado número de carreras, para que el juego no estuviera tan desequilibrado, pero eran las normas de los chicos y mi parecer la verdad es que les importó, más bien, poco.

Bateadora

Lo llamativo de este cambio de posición, y a modo de provocación, porque no lo entiendo de otra manera, dado que asumo que su manera de proceder tenía una intención clara, los del otro equipo decidieron despojarse de las camisetas, jugar a pecho descubierto; poner en evidencia que ellos son «chicos», «hombres» y tienen el juego controlado, que van ganando sin el menor recato.

Equipo preparándose para jugar sin camiseta. Fotomontaje

Es más, con ello quieren dejar en ridículo a los chicos de mi equipo, dado que se supone que las chicas no podemos ser tan desinhibidas en ese sentido. En caso de que éstos pretendan ponerse a su altura, yo me quedaría en evidencia.

Años antes, posiblemente mi ingenuidad e inocencia hubieran evitado que me diera por aludida, por ofendida, pero una chica de catorce años ya no es tan descarada en ese aspecto.

Sin embargo, como me siento atacada, herida en mi orgullo, aunque por decencia y recato no me ponga a su altura, nada me impide enseñarles el ombligo, que me anudase la camiseta por encima de la barriga.

Las chicas tenemos ombligo y, según la opinión de quienes me conocen, yo me lo miro demasiado. Pero no me acobardará la estupidez de nueve idiotas malintencionados que tan solo pretenden ponerme nerviosa.

Ombligo de Jessica

Pitcher: ¡Eh, no me vas a distraer porque te pongas así! – Me advierte como si lo de mi camiseta fuese una provocación. – Tendríamos que ponerte de perfil para que te veamos algo.

Sin embargo, quien esperase verme fallar, quien desconfiara de que tuviera suerte y fuerza suficiente como para acertar con el bate, que me iba a dejar que me asustara, se encuentra con que mi golpe fue certero, impulsivo, casi sin mirar. De manera que, en cuanto suelto el bate, eché a correr, sin preocuparme por nada. Debía demostrarles a esos chicos que me no dejaría amedrentar ni que me eliminasen porque pretendieran distraerme con sus torsos desnudos o con sus estúpidos comentarios.

Mi objetivo, sin pensar en ir mucho más allá, porque incluso yo dudo de mis propias fuerza, de lo lejos que llegará la pelota, es la primera base. Ante lo cual, por el temor a que me eliminen y mi primera carrera acabe en fracaso, cuando intuyo que ya me encuentro lo bastante cerca, en vez de acelerar el paso, me lanzo en plancha. Ante el asombro y la incredulidad de todo el mundo. De manera que esa llegada magistral a mi objetivo se convierte en el mayor de los ridículos, deja a todos boquiabiertos.

Porque sí, yo, una chica, me he tirado por los suelos sin que nadie me ponga la zancadilla ni me empuje. De modo que, como me sucediera antaño, no podía decirse que fuera a regresar al internado de una pieza cuando termine el partido o considere que es hora de volver, porque tampoco querría que se me hiciera de noche. Al menos mi orgullo seguirá intacto

Bill: ¿Jess, todo bien? – Me pregunta.

Jess: Sí, todo bien. – Le confirmo. – ¡A jugar! – Digo para que no se detenga el juego.

Final del partido

Perdemos de manera aplastante, pero…..

Puedes darme un aplauso anónimo, si te ha gustado cómo juego al baseball.