Introducción
Domingo, 26 de octubre de 2003. (12:03)

Cuando llegué a la parroquia, crucé la puerta; el sacerdote ya iba camino del altar; como tal la misa no había comenzado, aunque, según mi reloj, iba con dos o tres minutos de retraso, lo que tampoco tenía nada de particular porque había quien se esperaba hasta el último momento.

Ana se reunió con nosotros al comienzo de la misa, cuando el sacerdote subía al altar. Nos localizó con facilidad porque el padre tenía por costumbre sentarse en los bancos de la izquierda, a mitad de la iglesia, sin que mi compañía le condicionara ni yo hubiera demostrado preferencias.
El padre viene a misa.
Manuel tiene ocasión de comprobar cómo el padre hace gala de su personalidad, de su mentalidad, que es un hombre de costumbres y de principios, de los que acuden a misa por lo menos los días de precepto. Aparte de puntualidad, parece que tiene un banco reversado en el centro de la iglesia, a la izquierda.
Al padre parece serle indiferente quien le acompañe, o en este caso, consciente de que Ana llegará con retraso, prefiere sentarse donde a ésta le sea fácil localizarles, dado que se supone que esta misa es una de las de mayor afluencia de gente. Además le reserva un sitio en el extremo del banco, intuyendo que ese banco está muy solicitado.
Esto nos lleva a recordar cómo es la actitud de Ana en las reuniones del grupo en Toledo, en su planteamiento en el banco, donde ella tiene por costumbre compartir banco con las amigas, entre quienes hay tanta confianza que se sientan como sardinas en lata, todas apretujadas como si la capacidad del banco fuera infinita.
En contraposición, Ana se fija en que, en los bancos donde se sienta Manuel, lo que falta es gente que los ocupe, con quien compartirlos, como si éste huyera de las apreturas y buscase quedarse con toda la iglesia para él solo. La diferencia es que ahora que son pareja, y como ha quedado patente en sus últimas estancias en la capilla, el criterio que se impone es el de Ana; Manuel no se puede sentar muy lejos ni alejado de ésta.
Un sitio para Ana
Ana llega cuando el sacerdote ya sale de la sacristía y se encamina hacia el altar por el pasillo central, de manera que, si pretendía que nadie se percatase de su retraso, no podía haber escogido un mejor momento, porque todo el mundo se encuentra de pie, lo que, por otro lado, en un primer momento le dificulta localizar a su padre y a Manuel.
Lo que se encuentra cuando llega al banco es que el padre le tiene un sitio reservado a su lado, como queriendo dejar constancia de su autoridad y atribuirse el mérito de haber sido él quien le ha guardado sitio, como hubiera hecho en cualquier otra circunstancia. Parece que Manuel se ha mostrado poco atento o detallista en ese sentido, con el temor a tomar iniciativas que supongan imponerse.
Sin embargo, Ana no lo duda ni un momento. Ella tiene bien claro con quien se quiere sentar, a quien quiere tener a su lado, sin ser por ello desagradecida con su padre. Tiene en cuenta que es la primera misa dominical que comparte con Manuel en esa parroquia, que, a diferencia de la boda, esta vez ella no se junta con la gente del coro, o, como sucedió en julio, ha preferido acurrir a otra parroquia para no coindicir…



Ella se sienta entre los dos, con el padre a la derecha y el novio a la izquierda, como queriendo dejar claro que no han de rivalizar por su cariño, pero sin que la presencia o el interés que ésta demuestre por uno vaya en perjuicio del otro. ¡No se puede sentir mejor acompañada por los dos hombres de su vida!
En ausencia de la madre, quien, según ha dicho el padre, ha acudido a misa a primera hora, es ella quien acapara la atención de ambos y, dentro de lo que cabe, intenta establecer un equilibrio, dar a entender que es posible un entendimiento entre ambos, con la suerte de que el padre acepta la presencia de Manuel. Por su parte, éste ha de empezar a superar sus temores. El padre no supone un obstáculo a su relación.
Por si no ha quedado claro.
Lo que Ana parece querer evidenciar es que ella está muy segura de sus sentimientos y no quiere que haya dudas al respecto, aunque a lo largo del día anterior, por causa de las tensiones y el nerviosismo del momento, se mostrase un poco más fría y distante, pero es que necesitaba que la dejasen tranquila, que le dieran su espacio.
Ahora que ya ha pasado la celebración de la boda de Carlos y que ella se siente mucho más relajada, lo que busca es reafirmarse, sobre todo, que, apesar de lo distante que se ha mostrado durante el despertar de esa mañana, por respeto a su intimidad e integridad, no se ha olvidado de que Manuel se encuentra allí, dispuesta a disfrutar de cada segundo que puedan estar juntos.

Tanto empeño ponía en que mi padre se sintiera orgulloso de mí, como que Manuel supiera que le amaba con todo el corazón y no esperaba menos de su parte. Estaba con los dos hombres más importantes de mi vida y más afortunada no me podía sentir. Deseaba que aquella felicidad fuera para siempre.

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