Ana – Silencio en tus labios. Libro 3

A mi madre aún le dio tiempo de ver cómo se alejaba el coche, porque coincidió con que llegaba en el bus en aquellos momentos y se sorprendió un poco al encontrarme allí, hasta que se percató de que había salido a despedir a Manuel. Por suerte para mí me dio la sensación de que no había sido testigo de aquel último beso, por lo cual me evitaba las posibles recriminaciones al respecto. En realidad, dada la sensación de que mi madre había escogido aquella hora para volver porque de ese modo se evitaba cruzarse con Manuel, a pesar de que mi padre me hubiera asegurado que ésta se había ausentado por un requerimiento de mi hermano, por lo que no había que darle más vueltas al tema. Mi madre tenía su carácter y se había formado su opinión con respecto a mi novio, pero ello no era motivo para que le evitase de manera tan descarada, no era su estilo y confiaba en que aquello no le hubiera causado a Manuel una mala impresión al respecto. Por muy fría que le hubiera parecido mi madre, como hija y por lo que la conocía, tenía el convencimiento de que ya se hacía a la idea de que aquella relación tenía futuro y contábamos con su aprobación, aunque fuera por verme feliz y que nadie pensara que ella se iba a convertir en la odiosa suegra que ningún yerno aprecia.

De hecho, lo primero que me dijo mi madre fue que se lamentaba por no haber tenido tiempo de despedirse. Mi hermano le había entretenido más de lo que pretendía. Me comentó que había hablado con mi padre y éste le había indicado la hora en que Manuel se marchaba, por lo que había pretendido que el autobús la trajera a tiempo, pero no había podido ser. Me explicó que no había querido llamarme a mí por temor a que hubiéramos estado pendientes de las llamadas de mi amiga, dado que había supuesto que éstas me llamarían a mí antes que a Manuel. Sea como fuere, entendí que la postura y actitud de mi madre había cambiado de manera sustancial en veinticuatro horas, como si, tras la boda de Carlos, ésta se hubiera dado cuenta que mi elección ya estaba hecha, que por encima de expectativas y planteamientos más ventajosos, prevalecía el amor, que Manuel se merecía una oportunidad antes de descartarle del todo. Estaba dispuesta a aceptar eso de que más valía pájaro en mano que ciento volando y a poner de su parte para que su opinión no se considerase como un impedimento a nuestra felicidad.

Las buenas o malas noticias, según se viera, las razones por las que aquella mañana se había ido a casa de mi hermano, no eran tanto porque éste tuviera problemas que requirieran la intervención de mi madre, como yo había supuesto en un primer momento, en base a lo dicho por mi padre, sino a causa de mi hermana, quien después de un tiempo, después de que nadie de la familia hubiera sabido nada de ella, por fin se había decidido a dar señales de vida. Mi madre se había ido a casa de mi hermano para que aquella conversación telefónica no afectase a Manuel y éste no se viera afectado por los problemas familiares. En realidad, la gratitud de aquella llamada debía ser para Carlos por su mediación, dado que éste aún mantenía contacto con mi hermana, a pesar de las distancias. De hecho, esa mediación había sido la razón de nuestra charla en la Pascua, para que mis padres se mantuvieran al marguen y porque Carlos consideró que al menos yo debía estar al corriente del tipo de vida que llevaba mi hermana, ya que estaba preocupado por las posibles consecuencias. Lo peor del asunto es que la alocada de mi hermana parecía haber entrado en razón un poco tarde.

Por lo que mi madre me explicó, dado que tampoco me quiso dar muchos detalles, porque no estaba demasiado enterada de lo que sucedía, ya que mi hermana tampoco había aclarado demasiado la situación, les iba a hacer abuelos a comienzos de año, sería el segundo nieto en la familia, el hijo de José había nacido en mayo, con la diferencia de que mi hermana aún seguía soltera y sin compromiso. Aquello era la consecuencia de su vida alocada, aunque dentro de lo que se podía esperar, llevara una vida bastante normalizada y estable, pero debido a sus ganas de disfrutar al máximo de cada momento. La noticia estaba en que mi hermana quería tenerlo, pero no hacerse cargo de él cuando naciera, por lo que pretendía que nuestra madre le ayudara a tomar una decisión y buscar la mejor solución para todos. Mi madre reconoció que se sentía contrariada porque tampoco tenía tan claro lo que debía aconsejarle, salvo que siguiera con el embarazo y no se precipitara a la hora de tomar una decisión, que el bebé no tenía culpa de tipo de vida que ella llevaba, dado que por otro lado mi hermana no se planteaba regresar a casa.

A mi madre le inquietaba tanto que mi hermana quisiera llevar el embarazo por su cuenta, como el hecho de que tuviera la ocurrencia de dar en adopción al bebé, porque ello implicaría que alguien de nuestra familia anduviera por ahí, sin llegar a saber nunca de nosotros. Como tal mi madre no tenía nada en contra de las adopciones, tan solo de las ocurrencias de mi hermana, de la vida de hija prodiga que ésta llevaba, con mucho tiempo sin que nadie supiera de su situación y que de pronto se comunicara con nosotros para comentarnos que se tenía que enfrentar a aquel pequeño dilema. Al menos hasta el momento mi hermana había demostrado ser una chica independiente, capaz de vivir por su cuenta, aunque cuestiones como aquella provocaban que nuestra madre pusiera en duda su buen juicio, dado que si se veía en aquellas circunstancias era porque ella misma se lo había buscado y ante su falta de compromiso tampoco era factible que la gente con la que se relacionara la tuviera. Lo conveniente para mi madre era que mi hermana regresara a casa y se tomara aquella situación con un poco más de sentido común, pero ésta no estaba muy dispuesta a renunciar a aquella emancipación familiar, a sentar la cabeza, a permitir que nuestros padres controlasen su vida hasta el punto de que no la dejasen ni respirar, razón por la cual se había marchado. Pero aquella decisión en su momento había sido demasiado impulsiva y ya no quería rectificar.