Ana – Silencio en tus labios. Libro 3

Dado que la gente de Toledo aún no nos había llamado y mi padre ya estaba algo impaciente por centrarse en la lectura de los periódicos del día más que de continuar con aquel paseo por la ciudad, regresamos al piso. Por mi parte tenía interés en que Manuel viera mi ordenador, de igual modo que él me había enseñado el suyo, aunque no tenía muy claro que le fuera a desvelar mi pequeño secreto, más cuando había otras cuestiones sobre las que tampoco habíamos hablado, cuestiones que eran mucho más relevantes que la identidad de su amiga de Internet, y que afectarían de manera más directa a nuestra relación y vida de pareja. No me quería hacer la valiente, pero tenía miedo de que mi exceso de sinceridad le asustara. Mis sentimientos hacia él brotaban del corazón y me preocupaba que ciertos temas provocasen un distanciamiento entre los dos, que descubriera que no era una chica tan segura como aparentaba. De hecho, la posibilidad de esa convivencia diaria era lo que me generaba una mayor inquietud porque le daría la oportunidad de saber realmente cómo era y que aflorasen todos esos defectos y pequeñas manías que en una visita de fin de semana eran más fáciles de disimular.

El ordenador se encontraba en mi dormitorio, aunque no fuera por establecer una comparación, dado que las circunstancias familiares eran distintas, en mi casa no se había necesidad de que éste se encontrara en el comedor, como si mis padres me controlasen. En su casa entendía que se debía más a una falta de espacio, a que siendo tantos y habiendo un ordenador para todos, éste se había colocado donde se había considerado más accesible, con el inconveniente de que resultaría un tanto incompatible con las ocasiones que quisieran ver la televisión. En mi caso y mi casa no tenía ese problema, me permitía el disponer de un ordenador para mí sola porque mis hermanos ya no vivían allí y para mi padre era más una herramienta de trabajo para el despacho, no una distracción. Lo cierto era que también lo había utilizado como herramienta de estudios y desde mi graduación aquel era la manera que tenía de seguir en contacto con el mundo, que el hecho de estar en casa no implicase de manera necesaria que no quisiera nada con nadie. Consideraba que en mi dormitorio disponía de la intimidad y privacidad que no tenía en mi despacho, donde tenía otro ordenador.

Como tal en mi ordenador no había nada relevante que a Manuel le interesara, a mí no me había dado por escribir poemas ni inventarme historias románticas, por lo cual no esperaba que éste tuviera objeciones a lo que yo hiciera en mis ratos libres y de ociosidad. Como mucho le podía enseñar fotografías que había hecho en mis viajes o en mi vida social. Si hubiera demostrado mucho interés, incluso le hubiera mostrado mis apuntes de la universidad, aunque no me pareció que ello le fuera a llamar la atención. Lo que en cualquier caso descartaba era que descubriera la carpeta donde tenía guardados los mensajes que había intercambiado con mi amigo de Internet, lo que me había servido para confirmar o desmentir lo que casi ya tenía por una certeza. De hecho, aún esperaba que me empezase a enviar email como mi novio, pero la verdad es que no le había sido posible, si desconocía mi dirección, si no había tenido la prudencia de anotarla cuando le mostré mi buzón para que me apuntara la suya. Aquel era el momento para solventar aquella cuestión y que a partir de entonces ese intercambio de mensajes fuera lo más fluido posible, casi como si nos viéramos a diario, lo que nos tendría que servir para tomar una decisión sobre la propuesta de mi padre y nuestro futuro como pareja, sin que la distancia fuera ese impedimento que nos obligara a replantáramos nuestras citas porque no era seguro que fuésemos a vernos en las fechas previstas.

Estuvimos en mi dormitorio con la puerta abierta, no tanto porque me preocupara que mi padre desconfiara de nuestras intenciones, sino para dejar claro que por mi parte no había ninguna en ese sentido. Estábamos pendientes de una llamada de teléfono, aparte que tampoco éramos tan irresponsables como para ser tan impulsivos en ese sentido. Por mi parte prefería que los tres estuviéramos tranquilos. Que Manuel demostrase más interés por mi título universitario colgado en la pared o por lo que apareciera en la pantalla del ordenador antes que por mis anhelos por su cariño. Quizá pensara que a lo largo del día me había mostrado un tanto fría y distante, como si me hubiera olvidado de nuestro beso o lo hubiera considerado un error. Sin embargo, a pesar del paso de las horas, no sentía el más mínimo remordimiento por ello y si evitaba las alusiones a ese tema era por vergüenza, por evitarle que se creara una idea equivocada de mí, dado que yo no era una chica, una mujer, que se dejase arrastrar por aquel apasionamiento, aunque de vez en cuando no me importara, siempre que fuera con mi pareja y por decisión de los dos.

Ana: ¿Me dejas curiosear en tu correo? – Le pregunté y propuse. – Creo que me lo debes, salvo que tengas algo que esconderme. – Justifiqué. – Prometo no leer tus mensajes.

Manuel: No, no tengo ningún inconveniente. – Me respondió. – Espera que accedo. – Me indicó.

Supongo que me desilusioné un poco, aunque disimulara, cuando vi que la cuenta a la que accedía no era la que había utilizado para ponerse en contacto conmigo por el chat, como si fuera algo que no quisiera compartir, aunque después de mi estancia en su casa, yo ya fuera consciente de que tenía dos cuentas de email. Aquella cuenta era la pública, la dirección que le daba a toda la gente del Movimiento, ante lo cual no me pude enfadar ni considerar que no me daba un trato especial porque, en cierto modo, yo había hecho lo mismo y no entraba en mis planes desvelarle mi pequeño secreto demasiado pronto, aún cabía la posibilidad de que, en caso de ruptura, de que fuera él quien me abandonase, aún me quedaba esa segunda vía para intentar reconquistar su corazón, para contarle mis penas con la expectativa de que me contestaría al amparo de ese supuesto anonimato. En el supuesto de que fuese yo quien me hartase de él, por supuesto me olvidaría de cualquier tipo de comunicación entre ambos y, en caso de que él quisiera algo conmigo, ya sabría con lo que se encontraría.

Lo que me extrañó y contrarió fue que en aquella revisión de la lista de contactos no encontré ninguna de mis direcciones por lo que hasta cierto punto entendía que en el tiempo que llevábamos como pareja no me hubiera mandado ningún mensaje, aunque lo correcto es que, sí se había preocupado por saber la dirección de mi casa para mandarme aquella primera desafortunada carta un año antes, cuando lo lógico hubiera sido que se preocupase por conseguir mi dirección de email, más aún yo sí había mandado algún que otro mensaje de grupo a la gente del Movimiento y tenía el convencimiento de que Manuel estaría en ese listado, aunque por lo descubierto en la visita a su casa y que él se encontraba con que la dirección que yo tenía era la que utilizaba para asuntos más privados. De algún modo me sentí un tanto ninguneada, porque el chico que se suponía estaba loco de amor por mí, dispuesto a lo que fuera necesario por conquistar mi corazón, no demostraba el suficiente interés. Aquello explicaba la falta de comunicación dentro de la pareja, que desde la Pascua tuviéramos la sensación de que no había tanto que decirse ni que compartir, que cada uno seguía con su vida como si poco o nada hubiera cambiado, cuando lo cierto era que tenía que ser todo.

Ana: ¿Quieres mi dirección de empresa o la particular? – Le pregunté. – La documentación que mi padre te ha pedido mejor que la mandes al correo de la empresa. – Le indiqué.

Manuel: Anota la que quieras. – Me respondió.

Ana: Entonces, las dos. – Le conteste. – Pero cuando me tengas que decir lo mucho que me quieres, mejor que sea a la dirección privada. – Le advertí. – Los correos de empresa los leemos todos. – Le indiqué con cierto rubor.

Manuel: Vendré a decírtelo en persona y así no habrá confusiones. – Me respondió, aunque sus buenos propósitos hubiera que matizarlos.

Ana: Entonces ¿Volverás dentro de un mes? – Aproveché para preguntarle. – Hasta Navidad no creo que me escape. Me gustaría ir a los retiros, pero tengo trabajo.

Manuel: Lo intentaré, pero no te aseguro nada. – Me contestó. – De todas maneras, chatearemos. – Justifico. – Dime a qué hora estarás disponible e intentaré estar conectado.

Ana: Espera que me organice y ya te lo diré. – Le contesté. – Entre el trabajo y mis compromisos tengo la agenda un poco apretada, pero te haré un hueco.

Manuel: Cuando puedas. – Me respondió resignado.

La conversación se tuvo que interrumpir porque sonó mi teléfono, la llamada era de la gente de Toledo, para concedernos media hora y recoger a Manuel, de tal manera que nuestro fin de semana en pareja llegaba a su fin y como era habitual, sin que se hubiera concretado una nueva fecha para volver a verse, todo quedaba en el aire, pendiente del desarrollo de los acontecimientos, lo cual era motivo para replantearse en serio la propuesta de mi padre y que acortásemos distancias, porque no sería lo mismo vivir a dos horas de distancia en coche que a cinco o diez minutos a pie, porque eso de que Manuel se instalara en el dormitorio de mi hermano no era una opción que me convenciera ni nos conviniera, para vivir bajo el mismo techo prefería que fuera por algo organizado por el Movimiento y que no se entendiera como una experiencia prematrimonial, aunque me quisiera llevar una sorpresa desagradable tras nuestra boda, en el supuesto de que diéramos ese paso. Como mucho estaba dispuesta a aceptar los fines de semana en familia.

Ana: Recoge tus cosas y te acompaño. – Le dije. – Mejor que no les hagamos esperar porque os queda un largo viaje por delante. Si no te marchas, no tendré ocasión de echarte de menos. – Argumenté.

Manuel: Entonces, ¿no me secuestras? – Me preguntó con jocosidad.

Ana: Prefiero tenerte toda para mí, por eso te alejo de mis padres. – Le contesté.

Manuel: ¿Les aviso a mis padres de que cuenten contigo en Navidad? – Me preguntó.

Ana: De momento no les confirmes nada. – Le rogué. – Aún quedan dos meses. Además, supongo que este año aquí también tendremos convivencia y aún no sé los planes que tienen mis padres y mi hermano.

Manuel: Bueno, cuando lo tengas seguro, ya concretaremos. – Me contestó para que no me sintiera presionada.

Ana: Si acaso, plantéate lo de venir tú. – Le propuse. – Escoge la fecha que más te convenga. Si no tienes otros compromisos, quédate tres o cuatro días. No te límites al fin de semana.

Manuel: Ya lo pensaremos. – Me respondió.

Era consciente de que estaba más obligada que él a aceptar aquella invitación para Navidad, pero tampoco quería precipitar los acontecimientos, porque, por otra parte, me resultaba un tanto comprometido meterme en aquella reunión familiar sin casi conocer a nadie. Sobre todo, me preocupaba el hecho de tener una recaída en el momento más inoportuno y no saber a quién acudir. Manuel aún no estaba al corriente de mis problemas de salud y prefería que, cuando se enterase, el susto no fuera demasiado gordo. De momento llevaba bien el tema de la medicación y no era algo que se apreciara a simple vista, salvo que se fuera un entendido. Dentro de la gravedad del asunto, aquello me permitía una vida bastante normal, pero no se descartaba que hubiera un empeoramiento, por lo cual pasar unos días en una casa extraña me parecía la mayor de las imprudencias, aunque estuviera convencida y segura de que me tratarían como si estuviera en mi casa. De todas maneras, Manuel se debía hacer a la idea de que aquello no era impedimento para nuestra vida en pareja, tan solo una pequeña dificultad añadida.

Si aquella tarde hubiera dejado que curioseara en el armario, el tocador y demás muebles del dormitorio, por los que tenía guardadas y repartidas mis pertenencias, se habría encontrado con el cajón de los medicamentos. Sin embargo, conseguí que toda su atención se centrase en el ordenador, aunque por otro lado se sintiera un tanto cohibido por el mero hecho de que se encontraba en mi dormitorio, que le hubiera permitido que cruzase el umbral de la puerta. En aquellas horas y circunstancias no era tan relevante que hubiera alguien en mi dormitorio. Si me hubiera acostado o tenido que cambiar de ropa, aquello ni se planteaba, sin embargo, hasta me había dado tiempo a hacerme la cama antes de ir a misa, por lo cual el dormitorio estaba bastante aseado, no había a la vista nada que resultase comprometedor. En general el aspecto que tenía mi dormitorio aquella tarde era algo mejor a cómo me había encontrado el suyo. En su defensa debía admitir que ya contaba con que tenía visita, mientras que él se había visto sorprendido y no había tenido tiempo de recoger nada.

Cuando llegamos frente a la parroquia, el coche de mi amiga ya estaba allí. Ya nos esperaban y no hubo tiempo para muchas despedidas. Llevaban prisa. Por lo cual fue como si me le arrancasen de las manos, para que no me doliera aquella separación, pero, al menos, me dejaba con la tranquilidad de que sería un viaje de puerta a puerta y en buena compañía; que no sería difícil que me enterase de cuánto tuvieran ocasión de comentar durante el trayecto. Por lo que casi sería como si yo fuera en aquel coche con ellos. Aunque, por otro lado, me producía un poco de impotencia el hecho de que Manuel no dispusiera de su propio coche y hubiera sido él quien se hubiera ofrecido a llevar a mis amigas y demás acompañantes. Así ya no era tan fácil de presumir de novio, cuando éste ponía en clara evidencia sus muchas limitaciones y dependencia de los demás.

No era ese chico carismático por el que de un modo u otro todas se entusiasmaran. Más bien, era el premio de consolación para quien no tuviera grandes aspiraciones en la vida. En todo caso, era mi novio y había que conocerle un poco para saber que, por poco que él se lo creyese, no habría obstáculo insuperable.

Nos despedimos con un beso mucho menos pasional y más comedido que el de la noche anterior, porque la situación no era como para que nos entusiasmásemos más de lo necesario. Pero quise que se llevara un buen recuerdo y entendiera la trascendencia que aquel fin de semana había tenido para mí y para nuestra relación de pareja. Aquel fue un último abrazo con beso incluido, para que le dejase con ganas de volver a por más y, sobre todo, que se cuidara de no hacer ni decir nada que me diera motivos para privarle de mi cariño durante aquella separación. De hecho, por no perder las buenas costumbres, antes de que se rompiera aquel abrazo, porque ya le estaban exigiendo que se montara en el coche, le di otro beso en la mejilla, para que entendiera que, además de pasión, necesitaba de esa complicidad y dulzura entre nosotros; que valoraba más el hecho de que se interesase, por mí por mis besos en la mejilla, que por lo que pudiera conseguir con aquellos otros más pasionales, a los que no renunciaba, pero que tampoco eran la base de nuestra relación.