Ana – Silencio en tus labios. Libro 3

Versión de Ana

26 de octubre de 2003. Domingo

Cuando nos quisimos dar cuenta de la hora eran más de las tres y media de la madrugada. Seguíamos allí, disfrutábamos de la fiesta y el baile, ajenos a lo tarde que se nos hacía, a pesar de la advertencia que le había hecho a Manuel sobre los planes para nuestras últimas horas juntos. Tal vez, si se hubiera puesto de acuerdo con la gente de Toledo, se hubiera planteado la posibilidad de volver con éstos, pero él estaba allí por mí y parecía dispuesto a que sobre esa cuestión no quedara ninguna duda, por lo cual habría de regresar a casa en autobús o asumir el hecho de que en mi casa casi se podía dar por secuestrado, porque trabajo en la gestoría no le iba a faltar y mi padre estaba dispuesto a facilitar que nos viéramos con la mayor frecuencia posible, aunque a corto plazo la expectativa no me entusiasmara demasiado y él tampoco estaba muy convencido, a pesar de que antes o después se lo habría de plantear en serio porque necesitaba de esa estabilidad y comprometerse tanto conmigo como con mi familia, si es que no encontraba una alternativa mejor que enmendara la situación en la que se encontraba en aquellos momentos. Por mi parte, no tenía reparo a que trabajase donde quisiera. Lo que no le admitiría es que se pensara en buscarse otra novia. Conmigo ya le bastaba.

Ana: ¿Nos vamos? – Le pregunté. – Es tarde. – Justifiqué.

Manuel: ¿Estás cansada?- Me pregunté.

Ana: Dijimos que un baile y nos íbamos.- Le recordé.- Nos despedimos de los novios y nos vamos a dormir.- Le indiqué.- Tú conduces.- Le dije.- Yo, con estos zapatos, no puedo.

Manuel: Vale, como quieras. – Me contestó. – Vayámonos.

Gente: (A coro) ¡Qué se besen! ¡Qué se besen!

La gente mayor y los niños ya se habían marchado, quedábamos los jóvenes y las ganas de divertirse, por lo que aquella petición se repetía cada diez o quince minutos y en todas las ocasiones los recién casados atendían la petición, aunque a aquellas horas de la noche lo hicieran por compromiso y con menos pasión que las primeras veces. De hecho en alguna ocasión alguien les había recriminado que les había visto besarse por propia iniciativa, como si aquello no les estuviera permitido. Por supuesto aquella llamada de atención era en broma, más cuando aquellos besos eran mucho más sentidos y sinceros. Lo cierto era que, aparte de pedirles besos a los novios, alguna que otra pareja se había visto involucrada en el juego y lo habían aceptado de buen humor, aunque eso de tener tanto público, de ser el centro de atención de todo el mundo, cohibiera un poco, como si le restase protagonismo a los recién casados, incluso aún en los casos en que éstos fueran los principales instigadores para liberarse de aquella petición y tener un poco de privacidad en ese sentido.

Carlos: (Se acercó a nosotros y nos señaló con el dedo) ¡A éstos, a éstos!- Indicó.

Ana: ¿Qué?- Le pregunté un tanto contrariada.

Carlos: El beso.- Me indicó.

Ana: Pero es que ya nos marchamos. – Argumenté como excusa.- Nosotros hasta ahora no hemos llegado a tanto. – Justifiqué.

Gente: (A coro) ¡Qué se besen! ¡Qué se besen! – Nos pidieron al unísono.

Carlos: (Insiste animado) ¡Qué se besen! ¡Qué se besen! – Reiteró para que no disminuyera la insistencia.

Gente: (A coro) ¡Qué se besen! ¡Qué se besen!