Ana – Silencio en tus labios. Libro 3

En aquellos momentos me dio la impresión que aún no se había repuesto de la impresión y lo cierto era que yo me sentía un tanto sorprendida por lo sucedido. El beso no había sido como para que me dejase sin sentido y, en contra de la apreciación general, tampoco había sido para tanto. En mi caso se debía más a que era el primero que nos habíamos dado y tenía que asimilarlo del todo, porque después de esto mi concepto de Manuel, y en especial de nuestra relación, sufriría una transformación, una notable mejoría. Se había sentado un precedente, aunque tampoco pretendía ni esperaba que aquello se convirtiera en una costumbre ni una exigencia. Hasta entonces había estado muy a gusto con los besos en la mejilla y no cambiaríamos las buenas costumbres. Tan solo que había descubierto una nueva faceta de aquella relación que hasta entonces habíamos reprimido por pudor y prudencia. La cuestión es que no sabía explicar muy bien cómo me sentía, pero las sensaciones que recorrían todo mi cuerpo eran agradables. Hasta cierto punto, me sentía avergonzada, tanto por nuestra osadía como por el hecho de que hubiera tantos testigos de aquel acontecimiento.

Casi sin pensar, y sin dar mucho tiempo a las despedidas, los dos nos encaminamos hacia la puerta, en busca de los aseos, de un sitio donde relajarnos y apartarnos de la mirada de la gente, no tanto por escondernos el uno del otro, aunque no se descartara, sino porque necesitábamos tiempo para asimilar lo que había sucedido. Nos habíamos concedido un plazo de veinte minutos antes de reunirnos de nuevo, para bajar al aparcamiento, subirnos al coche e irnos a casa, de manera que ninguno de los dos quiso desaprovecharlo. En su caso no sé si hubiera agradecido más la oportunidad de salir a la calle en espera de que aún lloviera y le cayera otro chaparrón frío encima. Por mi parte tenía que recomponerme porque no sentía mi cuerpo y me sentía como si me hubieran desnudado, aunque, por supuesto, el vestido siguiera en su sitio. Sin embargo, había sido tal entrega de pasión por mi parte, que no me sentía yo misma y necesitaba recuperar la compostura. Por lo que había sentido de él, me quedaba con la impresión de que no se sentía mucho más entero que yo, pero, si teníamos que hacernos alguna confesión al respecto, era mejor que no fuera en presencia de testigos, en caliente ni medio dormidos como estábamos en aquellas horas de la noche.

Fueron un par de mis amigas quienes me siguieron al aseo, entendieron que en aquellos momentos su amistad se convertía en algo imprescindible, aparte de que les picara la curiosidad por escuchar de primera mano mis impresiones y conocer los efectos de un beso que había dejado sin palabras a todo el mundo. Lo cierto era que a mí no me apetecía hablar del tema, pero sí agradecería que me hablasen de cualquier otra cuestión que me distrajera, dado que en aquellos momentos me sentía tan avergonzada, no me sentía capaz de permitir que nadie me viera ni tenía valor para mirar a nadie a la cara. Tenía la impresión que aquel beso sería recordado durante mucho tiempo y habría quien lo resaltaría por encima de todo. Necesitaba recuperar la imagen y el buen concepto que todo el mundo tenía de mí, que mi relación con Manuel no se convirtiera en un asunto de interés público. Prefería que recuperásemos la normalidad, como les sucedía a mis amigas con sus respectivas parejas y no estuviéramos en boca de todo el mundo cada dos por tres.

Una de aquellas dos amigas era de Toledo, lo que evidenció que las dos habían ido tras de mí por propia iniciativa y sin ponerse de acuerdo. De algún modo, tanto la una como la otra se consideraban mis dos mejores amigas, cada cual en su ciudad y, por lo tanto, igual de obligadas a darme ese apoyo, sin que en aquellos momentos me sintiera con ánimo ni con la cabeza como para establecer preferencias en ese sentido, aunque por lógica fuera más fácil suponer que tendría una mayor confianza con mi amiga de siempre, pero no estaría de más que recibiera ese apoyo por parte de alguien con un poco más de objetividad, que hasta cierto punto conociera más a Manuel y comprendiera la verdadera importancia de lo sucedido. De todos modos, lo que necesitaba en aquellos momentos era el apoyo de mis amigas con independencia de su procedencia o de lo fuerte que fuera mi amistad con éstas.

Por tratar de un tema distinto al beso, mi amiga de Toledo me preguntó sobre los planes que tenía Manuel para regresar a su casa, porque sabían que éste había ido en autobús, por adelantarse un día a los demás y pasarlo conmigo, pero todos regresarían el domingo por la tarde y en los coches sobraba sitio para una persona con equipaje, de manera que éste se ahorraría el trastorno del viaje, le saldría más económico, tardaría menos y le llevarían de puerta a puerta. Sobre todo, aquella propuesta permitiría que se tomase la mañana del domingo de una manera un poco más relajada y aprovechásemos esas últimas horas para estar juntos y sin preocupaciones. A la gente de Toledo le era indiferente salir a una hora u otra, siempre que no fuese demasiado tarde porque al día siguiente trabajaban y tenían que descansar. Aunque tuviera que dar una respuesta en nombre de Manuel, sin consultarle, le confirmé que contarán con él y que cuando quisieran recogerle bastaría con que nos llamasen por teléfono y les esperaríamos frente a la puerta de la iglesia.

Cuando salimos del aseo Manuel ya me esperaba en el pasillo y no me dio la impresión de que se sintiera con ánimos para que nos asomáramos por la puerta del comedor a despedirnos de la gente, ya se sentía bastante afectado por el espectáculo que les habíamos dado y le interesaba más que nos marchásemos a mi casa. En aquellos momentos el reencuentro con mis padres era mucho más alentador que dar la cara ante mis amigos, aunque por mi parte no fuera demasiado optimista con respecto a la reacción de éstos cuando supieran lo que había sucedido. Sobre todo mis padres se alegrarían de que nos fuéramos a dormir a casa, que demostrase la madurez y el sentido común que se me suponía, así como que Manuel no hiciera realidad sus peores temores con respecto a sus intenciones conmigo. Si tras la convivencia yo había tenido el impulso de que nos escapáramos, en aquella ocasión entendía que era mejor que no cometiéramos ninguna locura. Mis padres tampoco eran tan estrictos y hasta cierto punto se alegrarían de la buena marcha de nuestra relación, que se afianzara, porque ello les daba argumentos para insistir en sus expectativas de futuro, en especial a mi padre.

Ana: ¿Estás bien? – Le pregunté.

Manuel: Sí, bien. – Me respondió. – ¿Y tú? – Me pregunto.

Ana: Cansada. – Le confesé con sinceridad. – Tú conduces y yo te indico el camino. – Le propuse. – Si no te ves capaz, llamamos a un taxi o pedimos a alguien que nos llevé. – Le advertí.

Manuel: Me veo capaz. Tranquila. – Me contestó. – Estoy algo agotado, pero me siento en condiciones para conducir y no he probado el alcohol. – Justifico. – Tan solo un poco de champan cuando brindamos por los novios. – Admitió.

Ana: Ya me he dado cuenta. – Le contesté con complicidad. – Yo tampoco he bebido demasiado. – Alegué.

Manuel: Vayámonos que es tarde. – Me pidió. – No nos los pensemos.

Ana: ¿No te llevas el ramo? – Le pregunté al ver que no lo llevaba consigo.

Manuel: Ya se lo llevará alguien. – Se justificó con desgana.

Ana: ¡No seas tonto! – Le repliqué. – Ves arrancando el coche mientras voy a cogerlo. – Le propuse.

Manuel: ¿Qué esperas que haga con el ramo? – Me preguntó contrariado. – Tú no lo quieres y a mí no me sirve para nada. – Argumentó. – Dudo bastante que el ramo aguante hasta que nos casemos.

Ana: La novia te lo ha lanzado a ti, de manera que quedará un poco mal que lo rechaces. – Le indiqué. – El ramo ahora es tuyo y tú has de saber lo que haces, pero no te lo dejes olvidado en cualquier parte.

Manuel: Vale, ves a por el ramo. – Me contestó resignado. – Te espero en el coche. – Me indicó. – Para que no tengas que bajar al garaje, te recojo en la puerta. – Me propuso.

Ana: Sí, mejor. – Le respondí. – En dos minutos estoy en la puerta.

Mi prudencia en cuanto a que él condujese estaba más que justificada, se trataba de mi coche, mi ciudad y de su falta de costumbre, por lo cual entendía que asumíamos un riesgo y tampoco me parecía conveniente que él se mostrase demasiado seguro en ese sentido. Era tarde y los dos íbamos con falta de sueño, aunque el hecho de no haber bebido fuera razón para no dudar de sus capacidades, pero un pequeño despiste o el más insignificante detalle resultaba tan relevante o más que el mayor de nuestros temores. Quería volver sana y salva a casa. Tampoco es que desconfiara, pero él debía entender que lo hiciera con matices y no por ser negativa, dado que después del beso que nos habíamos dado tenía la sensación de que aún nos quedaba mucha vida por delante, mucho que compartir y hasta cierto punto aún había cuestiones sobre las que no habíamos hablado y que nos afectarían tanto o más que el hecho de tener un pequeño accidente aquella noche. Yo apostaba por nuestra continuidad y para ello teníamos que llegar a mi casa, sin encontrarnos impedimentos por el camino. Como siempre tenía la certeza de que no me defraudaría.

El trayecto hasta mi casa fue bastante más tranquilo de lo que me esperaba, se evidenciaba que era sábado por la noche, madrugada del domingo, a unas horas en que los trasnochadores aún seguían de fiesta y quienes fueran a madrugar aún dormían, de ahí que no encontramos demasiado tráfico por las calles. De todos modos, Manuel puso de manifiesto que no conocía la ciudad, el camino a mi casa, y necesitó que le indicase, que, medio dormida como me sentía, aún era capaz de no perderme, aunque me costara mantener los ojos abiertos, dado que el hecho de ir de copiloto permitía que me relajara y casi prefería dormirme. Después de casi doce horas con aquellos zapatos de tacón me dolían los pies por todo lo que habían soportado. En aquellos momentos eso de que para estar guapa había que sufrir no resultaba muy motivador, prefería pensar más en que para un buen descanso tenía que dormir en mi cama, con todo cerrado y que no me despertaran hasta que mi cuerpo necesitase reactivarse. Sin embargo, ya me temía que debido a los compromisos de aquel domingo mi madre no sería tan considerada ni conmigo ni con Manuel.

Entramos de puntillas en el piso, intentando ser sigilosos, porque mis padres ya dormían y prefería que no les despertásemos. En mi caso ya iba descalza desde que habíamos entrado en el portal porque no aguantaba más los zapatos. Él prefirió no descalzarse, dado que su preocupación estuvo más en el hecho de que tenía que llevar el ramo de novia porque yo me desentendía, asumía que era su responsabilidad y, en cierto modo, mi negativa era con premeditación y alevosía. Consideraba que aún era pronto para que fijásemos una fecha para nuestra boda, pero en vista de que durante aquel fin de semana todo el mundo parecía que pensaba en ello, lo normal y lógico es que se lo empezase a tomar en serio, que se replanteara la oferta de trabajo que le había hecho mi padre, o al menos su situación con un poco más de seriedad, porque en las circunstancias en que se encontraba muy optimista con respecto a sus expectativas de boda no podía ser, no estaba a la altura de la situación; disponía del ramo, pero no de la novia. Su suerte estaba en que por poco que se moviera, a mí ya me tenía casi convencida. Sin embargo, tan fácil no se lo pondría porque él necesitaba que le motivaran, que le dieran algún aliciente.

Ana: Buenas noches. – Le dije para despedirme.

Manuel: Más bien, buenos días. – Me corrigió con complicidad por la hora que era.

Ana: Me has entendido, de manera que hasta luego. – Le respondí. – Felices sueños.

Manuel: ¿No hay beso? – Me pregunto extrañado.

Ana: ¿Aún no tienes bastante? – Le pregunté con intención. – Mejor que te des una ducha fría. – Le recomendé. – Buenas noches.

Manuel: Buenas noches y que sueñes con los angelitos. – Me contesto.

Me tenía que cambiar, en aquellos momentos no tenía la cabeza ni el cuerpo para romanticismos ni demostraciones de afecto. Estábamos en mi casa, mis padres dormían y era mejor que no sintieran movimiento por el pasillo porque no esperaba que se despertaran de muy buen humor a esas horas. Mi intención, en todo caso, fue que Manuel entendiera que la fiesta ya había terminado y que le exigía que respetase mi espacio y mi intimidad, como había hecho en la Pascua, la convivencia y las dos noches que ya había dormido en mi casa. Por mi parte no tenía intención de molestarle. Mi única idea era ponerme el pijama y meterme en la cama para dormir todo lo que se me permitiera, que temía no fueran más de cuatro o cinco horas. Manuel debía entender que en aquellos momentos lo que pendía de un hilo no era solo mi reacción ante su impulsividad sino la continuidad de nuestra relación, dado que como no se comportase cómo debía, no haría falta que mis padres se levantasen para echarle del piso a patadas, lo haría yo misma y sin el menor remordimiento.