Manuel. Silencio en tus labios ( 2-2)

24 de octubre, viernes

A las ocho menos cuarto de la tarde el autobús hacía su entrada en la estación de autobuses tras un largo y agotador viaje que justificaba que Ana prefiriera hacer el trayecto en coche evitando tener que atravesar y parar en todos los pueblos del recorrido para recoger o dejar pasajeros. El cansancio en mi caso merecía la pena, no pude coger el coche y sabía que ello me iba acercar más a mi amada, a quien llevaba sin ver desde hacía un mes. Éste era un viaje programado desde entonces para asistir a la boda de Carlos, compromiso del que no me había podido librar, salvo causa de fuerza mayor. Pero si Ana había estado en mi casa, asumió el riesgo de encontrarse con alguien de mi familia, yo habría tenido que estar preso u hospitalizado para darle plantón en esta ocasión. Por suerte para ella, gozaba de buena salud y se suponía que el nuestro era un amor sin condiciones más allá del respeto mutuo y las propias convicciones personales que los dos compartíamos, aunque hubiera discrepancias en algunos aspectos.

En el andén había gente que se iba o llegaba, por lo cual encontrar a alguien a primera vista se hacía complicado. Sin embargo, ya había avisado a Ana sobre la hora aproximada de mi llegada y confiaba en que, si nos buscábamos mutuamente, sería más fácil encontrarnos entre la multitud. Aunque, en caso de que no hubiera podido acudir a recogerme o no la encontrase, siempre me quedaba la opción de llamarla al móvil y que me indicase cómo y dónde podíamos reunirnos, o al menos cómo llegar hasta su casa, donde se suponía que me quedaría todo el fin de semana. Es decir, dependía de la disponibilidad e impaciencia de Ana para que nos encontrásemos antes o después, dado que una vez que yo bajase del autobús, me encontraría tan perdido y desorientado como lo había estado en julio, aunque supiera seguro que en esta ocasión ella me recibiría con los brazos abiertos y no evitaría este reencuentro no fuera a marcharme como había llegado.

La busqué y logré localizarla junto a la puerta de las escaleras, lejos de los autobuses y de la multitud, por donde era evidente que yo debía pasar antes o después. Estaba sentada en un banco, con la mirada perdida en sus pensamientos, porque después de estar allí esperándome sin mucho éxito el color de los muros o el tránsito de autobuses y personas habían perdido todo el interés, aparte de que era más fácil encerrarse en sí misma que estar pendiente del paso del tiempo. Prefería pasar inadvertida ante los demás. Tan solo me esperaba a mí y me dio la impresión de que debía llevar allí toda la tarde, como si no hubiera tenido nada más importante que hacer en todo el día, aquella tarde. No le había surgido ningún impedimento de última hora, como podía haberme puesto de excusa para aplazar ese reencuentro. Aquel estaba previsto desde un mes antes y nada ni nadie iba a obstaculizarlo, siendo yo quien acudía a verla y no al revés.

Me bajé del autobús con intención de reunirme con ella y no pasé por alto su presencia, aunque no vistiera de una manera tan informal como me tenía acostumbrado, aparte que, a diferencia de mí, ella parecía pretender causar buena impresión a quien se fijase en ella, mientras que yo me había vestido para estar cómodo y presentable, a pesar de la expectativa de volver a coincidir con sus padres. La chaqueta y la corbata eran para la boda e iban directamente guardadas en la maleta. En cualquier caso, Ana no necesitaba verse tan elegante para recibirme, su sola presencia y belleza la hacían destacar entre la multitud y para mí ya era suficiente para sentirme cautivado y halagado, para centrar en ella toda mi atención desde el primer momento. Le sobraban esfuerzos, aunque estaba claro que se quería sentir a gusto consigo misma y ante ello no podía objetarle nada. No era un cualquiera y me quería recibir como a la persona más importante de su vida, predisposición a la que no le correspondía por haber optado por un aspecto más informal.

En cuanto se percató de mi presencia, se puso en pie y fijo sus ojos en mí. Su cara no disimulaba el gesto de alivio al ver concluida la espera, aunque tal vez mi aspecto no le causase tan buena impresión como a mí el suyo, dado que el contraste era más que evidente. Ella vestía con una chaqueta verde de terciopelo, un corsé rosa, unos pantalones vaqueros azules y calzaba unos zapatos negros. Yo con un jersey, camisa, vaqueros y zapatos, como me había visto en más de una ocasión. Quizá ella viniera directamente del trabajo, mientras que yo lo hacía de mi casa, de manera que su elegancia, además de pretendida, era obligada, mientras que yo me había vestido e intentado no remover demasiado el armario, aunque tuve en cuenta que me reuniría con Ana y no me libraría de presentarme ante sus padres, por lo que, ante el precedente creado, mi informalidad se podía considerar una torpeza. Sin embargo, había optado por la naturalidad, peor concepto de mí ya no les habría podido causar y esperaba mejorarlo con el tiempo sin forzar la situación.

Tuve el impulso de decirle una tontería respecto al hecho de encontrarla tan elegante, pero afortunadamente me contuve. Su sonrisa enfriaba toda indiscreción y estupidez por mi parte, aparte de que resaltar esa diferencia en nuestra manera de vestir no resultaba muy conveniente. Ella se había tomado la molestia de pasar a recogerme después del trabajo y se lo planteaba en serio, de manera que entendía que no le hubiera hecho gracia que le dijera algo que le hubiera molestado, fastidiado con ellos nuestros planes para el fin de semana. Los dos estábamos ilusionados con la idea, a pesar de sus padres, más cuando para ella, que yo hubiera aceptado su hospitalidad suponía ganarme punto antes sus padres, poniendo de manifiesto la firmeza de nuestros sentimientos. En julio me había marchado con la cabeza baja, pero regresaba pudiendo mirar a todo el mundo a la cara, sabiendo que Ana me quería y no le daba tanta importancia a nuestras diferencias personales. Ella tampoco se sentía una chica tan perfecta.

Me admitió un piropo como saludo, pero no así mi intento de darle un beso en la mejilla, para evitar que me arrimase más de la cuenta. Después del tiempo que llevaba esperándome no estaba de humor para romanticismos. Había tenido tiempo de recapacitar sobre el recibimiento que me iba a dar y, dado que tenía remedio, prefería no darme muchas confianzas. Una vez que me hubiera mentalizado de la situación en que me encontraba, repuesto del viaje y del susto de volver a presentarme ante sus padres, tal ver dejaría esa frialdad a un lado. Actitud que, en realidad, no debía sorprenderme tanto, era la misma de siempre y en esa ocasión por cuestiones personales, por dignidad, aparte de dejar claro que no me permitiría excesos, no fuera a causarme una impresión equivocada. Mi estancia allí se debía a la boda de Carlos y a la oportunidad de tener todo un fin de semana para hablar, salvo que me pusiera a la altura del betún, hiciera una tontería y me quisiera ganar un sopapo por estúpido.

Manuel: Yasé que me lo has confirmado, pero tus padres no tiene objeciones ¿Verdad?- Le pregunté dubitativo.

Ana: No hay ningún problema.- Me respondió.- Que yo fuera el otro día a tu casa y regresase sana y salva les ha terminado de convencer.

Manuel: La última vez les faltó poco para que me echasen a patadas.- Le recordé.- No les causó buena impresión saber que era tu novio.

Ana: ¡No seas tonto!- Replicó.- Ya te dije que no hay ningún problema. Además, como te vas a quedar dos días, tendrán la oportunidad de conocerte mejor.

Manuel: Tú ya me vas conociendo.- Alegué preocupado.- En cuanto estás más de cinco minutos conmigo te agobias.- Constato.- Aunque después no puedas vivir sin mí.

Ana: Porque eres un encanto, pero, cuando te pones tonto, no hay quien te aguante.- Se defendió con toda complicidad.- Estos días procura causarles buena impresión.- Me aconsejó.- Con mis padres se puede hablar con entera libertad una vez que te cogen confianza. Yo lo hago.

Manuel: Fuiste tú quien me advirtió sobre tu madre.- Le recordé.-Tu padre te adora, pero también ha de tener su genio.

Ana: Mi padre es un hombre de negocios.- Me respondió.- Le has caído bien.- Me dijo convencida.- Lo de mi madre es más instinto de protección. No se lo tengas en cuenta y ante todo no le des motivos.

Manuel: Me parece que eres más peligrosa que ella.- Repliqué con intención.- Como negociadora eres implacable.

Ana: Confía en mí y no te preocupes.- Me pidió.- Esta vez no habrá sorpresas para nadie y mis padres ya han asumido lo nuestro.

Manuel: Te creeré.- Respondí con jocosidad.- Te prometo que no he olvidado que tu madre puede amenazarme con la zapatilla.

Ana: Mejor que no lo digas muy alto.- Me recomendó.- Mi madre no es tan terrible.- Afirmó.- Aquella sólo fue una excusa tonta para que me respetaras.

Manuel: Me haré el propósito de crearme un mejor concepto de ella.- Le prometí.- Esperemos que ella se haya hecho el mismo propósito conmigo.

Ana: Seguro que sí.- Me respondió animada.- Ya no tiene sentido compararte con Carlos.- Justificó.- Ahora, vayámonos que se nos hace tarde.

Para no ir andando hasta el piso, dado que el paseo se hubiera eternizado y Ana no se había traído el coche, consideramos más conveniente subirnos al autobús urbano, cuya parada estaba allí mismo, y que nos llevaría hasta casa de sus padres, aunque no hasta la misma puerta. A mí me bastaba con que Ana supiera orientarse para que yo me fijase y lo tuviera en cuenta para las próximas visitas, en caso de que Ana no me fuera a esperar, aunque, en tal caso, corría el riesgo de encontrarme en la calle y sin que nadie me recibiera en su casa. En cualquier caso, aquella tarde la opción del autobús era la más acertada para centrar su atención en mí y no en la conducción ni en el tráfico. Perdíamos intimidad y parte de tranquilidad, pero ella se quitaba de preocupaciones, como si quisiera compartir conmigo esa última parte del viaje estando los dos en las mismas condiciones. Fue todo un detalle por su parte para limar diferencias entre nosotros o que éstas no se hicieran tan diferentes.

Durante el trayecto, se sinceró algo más conmigo, dado que las noticias y las sorpresas no se terminaban con mi llegada. Mi estancia durante todo aquel fin de semana no se debía sólo a un capricho ni a la boda, aunque éste fuera el motivo principal. Sus padres querían hablar conmigo y cambiar impresiones, enmendando mi último encuentro con éstos, dado que como padres se tomaban nuestra relación en serio por las consecuencias que se derivarían en caso de llegar a haber boda y una mayor formalidad. El anuncio me dejó sin palabras, aunque, después de todo lo que me había dicho respecto a sus planes de futuro, me parecía lógico. Su padre era un hombre de negocios, tenían una empresa familiar, por lo que consideraban que todo influía. Necesitaban tener claras mis intenciones y expectativas de futuro para que no les sucediera lo mismo que con Carlos. Ana era libre para escoger pretendientes, pero sus padres estaban en pleno de derecho de dar su opinión al respecto y, en caso de no estar de acuerdo, al menos, reconocerlo para que supiera a qué atenerse, sin coaccionarla, aunque prefirieran evitar esas discrepancias.

Es decir, la cuestión de fondo de aquella visita no era meramente romántica, como en un principio se me había dado a entender, pretendía formalizar todo lo hablado durante los meses previos y confirmar ante sus padres que compartíamos las mismas expectativas, como eran la posibilidad de casarnos y formar una familia. Más que una encerrona era la evidencia de su propia inseguridad por pensar que sería ella quien aportara la mayor parte a nuestro futuro, sin estar completamente convencida de que yo correspondía a sus sentimientos, no siendo suficiente con que se lo dijese de palabra. Me parecía una postura coherente, a pesar de que ello me permitió descubrir que Ana no era una chica tan segura de sí misma como me había creído. Era la prueba de su sensibilidad frente a disyuntivas como aquella, de las consecuencias que seguía teniendo su ruptura con Carlos. No quería que conmigo le sucediera lo mismo. Sus padres preferían evitarle un nuevo desengaño amoroso antes de que nuestra relación se afianzara demasiado.