Introducción
Otro de los lugares destacados en la novela donde se desarrolla parte de la trama de estos días de convivencia, donde tanto Ana como Manuel hacen gala de ese juego entre ellos sin duda alguna es el comedor, donde hay un ambiente mucho más distendido y no se imponen las restricciones de los dormitorios en referencia a la privacidad e intimidad de uno y otros.

Es un lugar al que en ambas versiones de la novela se le da su junta importancia porque es donde de un modo u otro aflora la personalidad, los impulsos, se hace inevitable que se produzca ese cruce de miradas, esa frialdad aparente, esa complicidad con las amigas, ese dar un toque distinto y especial a las comidas.
El comedor

Lo que no queda clara es la ubicación del comedor, pero se puede intuir que es una vivienda o local al que tanto los chicos como las chicas tienen libre acceso, que no importa tanto quien tenga las llaves de la puerta, dado que debido a que se han de turnar, de haberlo, tan solo hay una persona responsable de las llaves, alguien que conozca el horario.
Tampoco se menciona a quienes son los encargados de preparar las diferentes comidas a lo largo del día. La sensación es que van a mesa puesta en ese sentido, aunque siempre haya uno de los grupos que se ocupa de poner la mesa y otro de recoger, de lo que se ocupan por un sistema de rotación, pero sin que ello les impida preparar ni asistir a los diferentes actos litúrgicos.
Se deduce que se trata de una sala grande con cabida para tres mesas de seis, incluso con cabida para más gente porque en ocasiones el sacerdote come con ellos y se ha de prever la visita de Carlos para el último día, entendiendo que éste no acudirá en compañía de su novia.
Este sala también servirá como su lugar de reuniones, por lo que ha de tener una cierta amplitud, de manera que no se sientan encajonados y se puedan mover con una cierta libertad.
A la hora de las comidas, a la hora de escoger mesa, se hace según el día y el criterio que decidan los responsables, se da a entender que es Ana quien tiene la última palabra. En cualquier caso, las mesas se ocupan por grupos o al libre albedrío de cada cual, así como de las disponibilidad de sillas libres, siempre teniendo en cuenta que han de ser seis personas por mesa y que, en principio, nadie tiene una silla asignada ni el sitio reservado.
Las sillas

Quien rompe y se salta las normas en cuanto a las sillas es la propia Ana con la complicidad de sus amigas, quien siempre que ello le es posible, las circunstancias se lo permiten, que suele ser siempre, porque nadie tiene a bien protestar por este capricho y privilegio.
La silla del rincón, a la que tiene más difícil acceso es la de Ana, haya o no que sentarse por grupos, ella parece tener siempre ese lugar asignado, lo que puede parecer un privilegio por el hecho de ser la responsable de la Pascua, e incluso justificable por sus problemas de salud y la consideración que les demás tienen con ella, conocedora de sus debilidades.
Tanto en la versión de Manuel como en la de Ana se da a entender que la elección de esa silla, de esa mesa, de ese rincón, es intencionada. la mesa pretende ser un obstáculo insalvable, un impedimento para que Manuel se acerque a ella, consiga llegar a compartir mesa con ella, para lo cual Ana se escuda en sus amigas, que procuran ocupar el resto las sillas antes de que Manuel haga intención.
Puede decirse que salvo en esa mesa, Manuel tiene la opción de escoger cualquiera de las sillas de las otras dos mesas, donde siempre contará con una silla libre y a su disposición, con la oportunidad de ir variando de compañeros, dado que no demuestra ninguna preferencia ni prioridad en ese sentido, sin que por parte de los demás haya ningún reparo en ese aspecto.
No te acerques
Desde su rincón, su silla, Ana tiene la oportunidad de observar e incluso dejar que se le escape alguna que otra sonrisa de picardía al ver los fallidos intentos de Manuel por buscar ese acercamiento a ella, aunque por otro lado, intenta hacerse la distraída, la indiferente, que la conversación con sus amigas, por trivial que sea resulta mucho más interesante que las pretensiones de Manuel.
Por su parte Manuel no puede evitar sentirse un tanto frustrado, sin tener demasiado claro si la actitud de Ana no es más que un juego o de verdad le ignora y con su silencio le recrimina su actitud, porque se muestra demasiado obsesionado con ella, cuando debería dejarse contagiar por el clima de convivencia de la Pascua.
La duda e incertidumbre está en saber si en algún momento Manuel llegará a conseguir su propósito porque está claro que el mismo empeño que parece poner él es el que demuestra Ana por medio de sus amigas en ponérselo difícil, que en este caso la maña de uno choca con la mediación de las amigas de la otra para ir siempre un paso por delante y bloquearle.

Esto se convierte en el juego del gato y el ratón, sin que ello altere el clima de convivencia y sin que como tal Ana dé muestras de llegar a sentirse del todo incómoda, aunque actúe y espere la misma discreción por parte de Manuel, ya que de algún modo ella participa y se implica en ese juego, sabiendo que su desventaja está en que Manuel sabe de antemano dónde se sentará ella, pero la ventaja está en que él no llegará hasta el extremo de ponerse en evidencia.
Cuando Ana necesita un descanso en ese juego, no tiene más que establecer que la comida será por grupos lo que deja a Manuel sin argumentos para intentarlo, aparte que cuando es el grupo de este el encargado de servir la comida, tampoco es que pueda escoger asiento y cuando es el grupo de Ana quien se ocupa, tampoco es que ella se pueda quedar sentada, por lo cual no merece la pena.

Debe estar conectado para enviar un comentario.