Ana. Silencio en tus labios (2-1)

Manuel: No te lo he preguntado antes. ¿Hasta cuándo te quedas? – Me preguntó. – Sé que el lunes no es fiesta, pero mis padres no vuelven hasta el jueves

Ana: Me vuelvo a casa esta misma tarde. – Le contesté. – Prefiero no tener problemas con mis padres.

Manuel: ¡Te vas a pasar el día en la carretera! – Me advirtió. – Te propondría que te quedases hasta mañana, pero tu argumento es de peso.

Ana: Si hubiéramos ido al Encuentro, habríamos disfrutado de tres días. – Reconocí. – Mis padres no nos habrían dicho nada, pero ahora es mejor así.

Manuel: Tanda de ejercicios no hay hasta diciembre. – Me contestó. – Que yo vaya a verte no sé cuándo podré

Ana: Haz un poder. – Le pedí. – Yo estaré ocupada hasta fin de año. – Reconocí. – Si viviéramos más cerca, haría una escapada de fin de semana, pero así, como tú dices, me paso el día en la carretera.

Manuel: Ya nos organizaremos. – Me propuso animado. – Quedan tres semanas hasta la boda e imagino que no nos podremos ver antes. Si lo nuestro ha de tener futuro, los dos hemos de buscarle las vueltas.

Quizá le pidiera un imposible, algo sin demasiado sentido una vez que parecía convencido de que acudiría a la boda y que, por lo tanto, nuestra separación sería de tan solo tres semanas, pero debíamos esforzarnos por encontrar más ocasiones para vernos y que no dependiera todo de las ocasiones en que regresara a Toledo, porque tampoco serían tantas como me gustaría y por su parte no me parecía que hubiera demasiado interés en corresponderme. En mi casa, el dormitorio de mi hermano estaba a su disposición, siempre que avisara con antelación y mis padres no pusieran reparos, por lo cual la excusa del alojamiento se caía por su propio peso y a mis padres habría de ganárselos por sus propios méritos, más que por mis buenos sentimientos hacia él. En realidad, su intención era retenerme a su lado, no dejar que me escapase demasiado pronto, pero ni el momento ni las circunstancias eran las más propicias. En cuestión de novios prefería llevarle a mi terreno, donde me sentía mucho más segura, aunque era consciente de que eso le dejaba en clara desventaja.

Ana: Tú, plantéatelo. – Le insistí. – No puedo venir a todos los retiros y está claro que hemos de encontrar la manera de vernos más a menudo.

Manuel: Vale. – Me contestó resignado. – La próxima visita te la hago yo, aunque ahora mismo no sé cuándo. – Me dijo. – No lo tengo más fácil que tú.

Ana: ¡No te busques excusas, cobarde! – Repliqué con complicidad. – Da la cara ante mis padres. Te aseguro que no muerden.

Manuel: Te prometo que lo pensaré y me quedaré una noche. – Me dijo con seguridad.

Ana: Más te vale. – Contesté amenazante. – Si te quieres ganar el favor de mi madre, más vale que te conozca y no la evites. – Le advertí.

Tal vez no fuese demasiado justa con él, le forzara a que renunciara a su vida, a sus planes y se amoldase a los míos, porque no estaba demasiado dispuesta a ceder, pero en aquellas circunstancias era lo lógico. Tenía mi estabilidad laboral y no entraba en mis expectativas a medio ni a largo plazo desvincularme de la gestoría, porque mi padre la había montado con idea de que mis hermanos y yo tomásemos el testigo. Con una hija rebelde y prodiga en la familia ya había bastante, aunque, hasta cierto punto, entendía las motivaciones y justificaciones de mi hermana, pero no las compartía. Mi idea era que Manuel se mentalizara de cuál sería nuestra vida en común y que, si de verdad estaba interesado en mí, en que formásemos una pareja con futuro, poco a poco debía implicarse en esas cuestiones y de ese modo ganarse el respeto y aprecio de mis padres, aunque por parte de mi familia hubiera que buscar la manera de que encajase en el organigrama de la empresa, sin que ello acabara como una idea. Lo cierto es que yo sí le consideraba con posibilidades, pero sería mi padre quien dijese la última palabra, lo cual por aquellas fechas ya se planteaba como una posibilidad un tanto remota y que era aconsejable pensarse dos o tres veces y con objetividad.

Quizá, si hubiera tenido una vida mejor que ofrecerme, mis planteamientos se habrían quedado sin argumentos, pero, dada su situación, mi planteamiento era mejor que el suyo. Por mi parte no había duda de que no me había enamorado del mejor candidato y pretendiente a mi corazón, que él no se acababa de creer la suerte que tenía de que una chica como yo estuviera dispuesta a darle esa oportunidad. Sin embargo, aunque se antepusiera la ceguera del corazón a la lógica, confiaba en que estaría a la altura de las expectativas creadas, que encontraría la manera de superar todas aquellas objeciones previas, dado que hasta entonces no tenía la impresión de que me hubiera defraudado, tan solo se había mostrado un tanto cohibido, prudente y limitado por sus circunstancias, pero esperaba que con un pequeño empujón por mi parte no habría nada fuera de su alcance. Incluso conseguía que me sintiera segura mientras él conducía mi coche, le dejaba que me llevara donde quisiera, aunque la idea es que íbamos hacia su casa y se conocía el camino.

Manuel: Te prometo que iré. – Insistió para convencerme. – Sólo dame tiempo para que me haga a la idea.

Ana: La boda es el veinticinco, de manera que es preferible que pases el mal trago. – Le recomendé con complicidad. – Ya procuraré yo hacerte una visita para que me presentes a tus padres.

Manuel: Un día para presentarte a mis padres y otra en Navidad. – Me exigió. – Seguramente estaremos en el chalé.

Ana: Por mí de acuerdo, pero si tú también te comprometes a ello. – Le respondí con gesto serio. – Una escapada de fin de semana tal vez no sea tan complicada, pero tú has de ser el primero. – Le advertí

Manuel: De acuerdo. – Me contestó. – Quedan tres meses para Navidad, tiempo suficiente para que nos organicemos y nos veamos.

Casi sin pretenderlo le saqué el compromiso de vernos al menos una vez al mes, sin que ello dependiera de las actividades del Movimiento, que tras su visita para la boda, buscaríamos la manera de vernos de nuevo antes de Navidad y dado que por mi parte consideraba poco probable moverme de la ciudad, tendría que ser él quien acudiera a mi casa. De hecho, hasta podía decirse que él había conseguido que yo me comprometiera para Navidad y que para que aquella visita no fuera tan comprometedora, hubiera una previa. En cierto modo, para los dos fue un pequeño chantaje emocional, porque sí él no cumplía, yo tampoco me sentiría obligada y en cierto modo sería como si condesásemos nuestra relación al fracaso y al olvido. Por mi parte no estaba dispuesta a que sucediera lo mismo que en mayo y asumía que la presentación a sus padres era algo necesario e inevitable, pero tampoco era una cuestión a la que diera mucha urgencia, una vez que le veía tan enamorado de mí y dispuesto a hacer todos los esfuerzos que pudiera.

Con idea de demostrarle mi plena confianza en él, que esperaba me sorprendiera, en cuanto entramos en la ciudad, cerré los ojos. Tal vez lo prudente hubiera sido que los mantuviera abiertos y me aprendiera el camino a su casa, porque lo más cerca que sabía llegar era hasta la iglesia donde había asistido a alguno de los retiros y que según mis amigas se encontraba cerca. La dirección exacta la conocía gracias a las cartas que le había enviado, pero hasta entonces no tenía constancia ni tan siquiera de haber pasado por delante del portal. Para él la primera visita a mi casa había sido así, a ciegas. Mis amigos le habían abandonado delante del portal sin tener muy claro qué pasaría. Más o menos mi planteamiento era el mismo, aunque con la tranquilidad de que íbamos juntos y la confianza de que no me abandonaría en cualquier parte.

Durante aquel callejeo a ciegas por la ciudad, con el oído pendiente de cualquier ruido, me di cuenta de que bajamos alguna que otra calle empinada y nos encontramos con varias rotondas, aunque no me quedó demasiado claro si el coche seguía recto o girábamos a derecha o izquierda. Quizá al principio me ubicara porque se trataba de la misma ruta que para llegar hasta la iglesia, pero hubo un momento, un giro que provocó que me sintiera un tanto perdida, incluso con la clara sospecha de que tal vez se aprovechara de que llevaba los ojos cerrados y me fiaba de él, para que diéramos más vueltas de las necesarias. Quizá, si hubiera habido un poco más de interés por mi parte, aquel paseo en coche hubiera servido para que me enseñase la ciudad, como le había enseñado la mía, con los lugares más significativos en mi vida. Sin embargo, mi único objetivo era que me llevase a su casa, ya habría tiempo después o en otra visita posterior para que hiciéramos turismo por su pasado, porque no le debía caber la menor duda de que me picaba la curiosidad porque me lo mostrara, confiaba en que me daría todo tipo de detalles y explicaciones al respecto.

Manuel: Ya puedes abrir los ojos. – Me dijo. – Hemos llegado. – Anunció. – El piso está ahí mismo.

Cuando abrí los ojos, el panorama que descubrí fuera del coche me dejó un tanto fría, desilusionada. Aquella calle no se parecía en nada a la mía. Era evidente que no se trataba de una de las principales arterias de la ciudad y que, a pesar de su longitud, no dejaba de ser una calle residencial sin demasiada vida porque lo más cerca que teníamos era la fachada posterior de unos cuantos bloques residenciales. No fui capaz de distinguir ningún portal y menos aún la entrada de los locales comerciales. Tampoco es que fuera como un callejón oscuro de esos por donde mi madre siempre me aconsejaba que no me metiera, porque era una calle con bastante luz y con calles trasversales. Daba la sensación de que Manuel me había llevado hasta allí con idea de dejar el coche aparcado en lugar seguro y que para llegar hasta su casa aún tendríamos que dar un paseo. Lo cierto es que en mi calle tampoco era tan fácil dejar el coche estacionado delante del portal y lo habitual era que buscase sitio en las calles trasversales. Sin embargo, aquella calle era bastante larga, aunque de una sola dirección y con aparcamiento a ambos lados. 

Ana: ¿Ésta es tu calle? – Le pregunté sorprendida y desilusionada. – La verdad, no impresiona.

Manuel: Es la calle de atrás. – Me aclaró. – La tuya no es mucho mejor que ésta.

Ana: Al menos hay tiendas. – Alegué. – ¡Esta calle no tiene más que bloques de viviendas!

Manuel: Es un barrio residencial. – Me respondió. – Las tiendas están en el otro barrio.

Ana: Ya “en el otro barrio”. – Le dije con jocosidad. – Allí es donde tú tienes el sentido común.

Manuel: Lamento la desilusión, pero éste es mi barrio desde que nací.

Ana: Nosotros hemos prosperado. – Le comenté. – Nos hemos ido mudando, cambiado de barrio, según ha ido prosperando la empresa.

Manuel: Nosotros también nos hemos movido y prosperado, dentro de nuestras posibilidades, pero acabamos volviendo al barrio. – Me aclaró. – Mi familia no tiene una empresa.

Ana: Lo sé. – Reconocí. – No tienes tantos secretos conmigo como supones. – Me justifiqué con complicidad. – Mi suerte es que tú no puedes decirlo mismo de mí.

Manuel: Por eso hemos de intentar hablar más e ir compartiendo nuestras vidas. – Me contestó.

Ana: Tú, de momento, no te emociones. – Le advertí. – No pienso ser como un libro abierto. Como mujer tengo derecho a tener mi vida privada, mi intimidad. No tengo intención de contártelo todo. La verdad es que me parece que ya te he dicho demasiado.

Manuel: La verdad es que apenas me has contado nada. – Replicó. – Lo justo e imprescindible para que no crea que estoy emparejado con una extraña.

Ana: Ya has conocido a mis padres y a mi hermano, has estado en mi casa. – Alegué en mi defensa. – Creo que, en comparación, soy yo quien me he de quejar. Aún no conozco a tu familia y mi visita al chalé casi no cuenta, si comparamos. Además, el otro día te llevé de visita por mi ciudad y hasta ahora sólo me has traído hasta aquí.

Mi recriminación no estaba demasiado justificada y a la suya no le faltaban razones. Lo mucho que le había contado sobre mi vida y mi familia, apenas era nada en comparación con lo mucho que aún le quedaba por descubrir, aparte que no había tenido tiempo suficiente como para hacerse una idea de la personalidad de mis padres y que con mi hermano no había tenido trato, caso aparte era el asunto de mi hermana, de quien no le había hablado aún y que, cuanto ésta se decidiera a regresar de su destierro voluntario, se convertiría en el centro de conversación de todo el mundo. Con respecto a sus padres y hermanos tampoco sabía demasiado, lo poco que me habían explicado mis amigas o él me hubiera comentado en los últimos meses en nuestras contadas conversaciones. Desconocía si en su familia también había algún hijo pródigo o algo así. En cualquier caso, lo que tenía claro es que no estaban vinculados por negocios familiares y cada hermano hacía su vida en base a sus inquietudes.

Ana: Al final, la gente va a tener razón. – Le comenté. – Somos muy distintos y no se sabe cómo acabará lo nuestro.

Manuel: De momento es lo que hay y los dos creemos que tiene futuro, que las diferencias no son tan relevantes. – Me contestó.

Me gustó su respuesta a mi comentario poco favorable sobre nuestra relación y que yo tampoco respaldaba, aunque era algo que había escuchado de boca de demasiada gente en los últimos meses y que en aquellos momentos consideraba que encontraba argumentos para darle alguna validez. Lo cierto era que para él nuestra relación suponía una mejoría, mientras que había quien consideraba que a mí me perjudicaba, que por mucho que el amor fuera ciego, no había que estarlo para darse cuenta de ese detalle. Sin embargo, lo poco que descubría me confirmaba que esas valoraciones poco favorables no tenían la suficiente objetividad, que procedían de gente que en el fondo no le conocía, aunque les agradecía que se preocupasen por mi futuro y bienestar. Por mi parte estaba segura de las decisiones que tomaba y que no había motivos para ser tan negativos al respecto, que tan solo necesitaba que alguien le diera una oportunidad, porque nos la daba a los dos como pareja con futuro.

Ante la evidencia de que aquello no se trataba de una broma y que de verdad habíamos llegado a su calle, que estábamos cerca de su casa, me entregó las llaves antes de bajarse del coche, me devolvía el control de la situación y, en cierto modo, me devolvía la libertad para que me marchara cuando me apeteciera, dado que no le permitiría que me retuviera allí por mucha ilusión que a los dos nos hiciera que pasásemos el fin de semana juntos. Mi pena estuvo más en el hecho de que no se viniera conmigo más que en la expectativa de no quedarme. Estaba segura de que le podría ofrecer una vida mejor, que frente a las buenas impresiones que me había causado el chalé, aquella calle me dejaba un tanto fría, no había nada que me llamase la atención de manera particular, más allá del hecho de que era una calle residencial, que estábamos al principio y le faltaba el ambiente que acostumbraba a haber en la mía. Recuperadas las llaves, mi prioridad antes de cerrar el coche y seguir los pasos de Manuel con la docilidad de un corderito o la confianza de una chica enamorada, tuve que sacar la mochila del maletero. Tal y como le había dicho antes, me había planeado aquel viaje casi como si se tratara de la asistencia a un retiro, con la diferencia de que, en aquella ocasión, no fuera con idea de pasarme el día en oración sino para disfrutar de la compañía del hombre de mi vida, aunque sin que éste se fuera a entusiasmar más de la cuenta ni se tomara demasiadas confianzas. Como observó mi mochila no era lo bastante grande ni abultaba tanto como para que le fuera a desmentir mis planes e intenciones para aquella tarde. No me quedaría por mucho que me insistiera, salvo que me viera obligada por las circunstancias, pero, aun así, confiaba en que no cambiaría mi suerte en el último momento. De hecho, si esperaba que aquella visita se repitiera, casi debería tener más empeño que yo en que me marchara antes de que se hiciera tarde, en vez de hacer que me olvidara de la hora y por prudencia al final me replantease la posibilidad de quedarme.