Ana. Silencio en tus labios (2-1)

Me llevó hasta lo que definió como su antiguo colegio, que casi se encontraba al otro lado de la calle, a menos de cien metros del piso en línea recta, por lo que de no ser porque para llegar hasta allí había que respetar las señales de tráfico y las normas de circulación para peatones, no era difícil pensar que si aquel había sido su colegio, su madre casi le habría bastado con vigilarle por la ventana para asegurarse de que llegaba sano y salvo, sobre todo que llegaba, aunque, por lo que me contaba de sí mismo, parecía poco propenso a saltarse las clases, a que fuera un chico rebelde en ese sentido. Tal vez lo peculiar de aquel colegio fue que en las anécdotas que Manuel me contaba algunos edificios a los que aludía parecían más fruto de su imaginación, porque el recinto había sufrido algunas reformas y convertido en instituto de secundaria y bachillerato. Por aquel patio ya no había niños menores de doce años, aunque en los comentarios e historias de Manuel éste hacía alusión a cuando tenía entre cuatro y catorce.

Como bordeábamos un parque, Manuel se atrevió a comentarme lo mucho que había cambiado el aspecto de la ciudad por aquella zona, hasta el punto de que se atrevió a asegurarme que él había vivido en aquel parque, que en cierto modo a ello se refería cuando aludía a las mudanzas habidas en su familia. Sin embargo, todo aquello resultaba poco creíble, por mucho que fuera fácil creerse que la mayor parte de los edificios que hubiera por allí fuesen de construcción reciente. El parque era uno de los pulmones verdes de la ciudad, aparte de un área deportiva, no resultaba muy factible que por allí hubiera habido viviendas en algún momento, ni aunque el aspecto del parque diera a pensar que éste era de construcción reciente y tampoco fuera tan raro que ese proceso de expansión de la ciudad se hubiera rehabilitado un descampado como parque. Ante Manuel admití mi incredulidad al respecto y lo justifiqué por el empeño de alguien de borrar las huellas de su pasado, más que por alegar que sospechara que me mentía, pero, por cómo me lo contaba, entendía que hablaba en serio.

Al menos lo que sí me mostró desde la distancia, porque ninguno de los dos se encontró con ánimos para acercarse hasta allí, porque suponía un desvío en nuestro paseo, fue la iglesia donde había recibido los sacramentos y tenido sus primeros contactos con la gente del Movimiento. Una iglesia que se encontraba un tanto alejada de su casa, pero, como me explicó en su momento, el colegio había estado vinculado a ésta por la asignatura de Religión, aparte de que se encontraba cerca de lo que me insistió había sido su casa en el parque, casa de la que ya no había el más mínimo rastro debido a la reconversión de aquel recinto en un parque de la ciudad y a la amplitud que se había hecho a las calles que lo bordeaban. En cualquier caso, lo referente a aquella iglesia sí me convenció, porque ya había escuchado algún que otro comentario al respecto por parte de mis amigas, que de algún modo aquel era el lugar donde había nacido el Movimiento, en torno a un grupo de jóvenes y un sacerdote.

Cuando le pregunté si había sido en aquella iglesia donde había recibido su bautismo, me miró con cara rara, como si se hubiera dado cuenta que no le daba demasiada credibilidad a lo que me contaba o me esperase alguna desastrosa noticia al respecto. Pesimismo que me confirmó cuando me aseguró que aquella capilla había sido derribada, que había desaparecido al igual que todos esos edificios a los que se había referido y de los que no quedaba la menor evidencia. Mi respuesta y reacción ante aquello no pude ser menos jocosa, ya que no cabía otra, le advertí que me iba a pensar lo de invitarle de nuevo a mi casa, no fuera que al día siguiente nos llegase un aviso de derribo, porque en mi casa no había planes ni intención de mudarnos en muchos años. Incluso me planteé a insinuarle porque no había tenido suerte con sus relaciones amorosas hasta entonces, les contaba a todas sus ligues lo mismo que a mí y les asustaba. No aludí a ello porque por mi parte siempre esperaba que de todo lo negativo saliera algo bueno y el paseo aún no había acabado.

Seguimos bordeando el parque y llegamos hasta una avenida que ya me era bastante más familiar y por donde no esperaba que Manuel tuviera nada relevante que contarme, salvo que cerca de allí nos habíamos conocido y comenzado nuestra historia de amor. Sin embargo, en vez de ponerse en plan romántico y optimista con respecto al futuro, se refirió al hecho de que el recinto que había al otro lado de la avenida había sido su instituto y que él había sido testigo directo de la edificación de aquella calle, que donde él tenía recuerdos de la infancia donde aquello no era más que campo, ahora teníamos ante nosotros una de las principales avenidas de la ciudad, un barrio moderno. Al menos, frente a la destrucción a la que había aludido antes, allí teníamos algo que suponía un comienzo. Lo cual me tomé con un poco más de positividad. Bajo los cimientos de aquel barrio no estaba el pasado de Manuel, cambiaba bastante el gafe demostrado hasta entonces. En cierto modo, entendí que aquella avenida era reflejo de su adolescencia.

Fue inevitable, no me pude reprimir, sentí curiosidad porque me contara con más detalle lo que había sido su vida durante aquellos años, dado que, por lo que sabía de él, lo que me habían contado, había sido durante la adolescencia cuando le había entrado su afición a la poesía y por lo que entendía de su planteamiento al respecto, no sólo por la longitud de la avenida, sino también por los años en que había pasado por allí casi a diario, había tenido tiempo más que suficiente para pensar en las chicas de las que se había enamorado y convertido en musas de su inspiración. Tal vez la construcción de aquel barrio y la transformación de aquella avenida hubieran cambiado el aspecto con que se lo había encontrado aquellos años, pero era fácil comprender que la prueba de su delito, sus poemas, no habían acabado en la basura y por lo tanto tampoco el recuerdo de aquellos amores de la adolescencia. No esperaba tanto que me confirmara que se había olvidado de aquellas chicas como del hecho de que ya por aquel entonces pensaba en mí, en la chica con quien se labraría un futuro en común.

Ante la tesitura en la que le puse, consciente de que parte de lo que él se callase o me contara ya lo había escuchado por boca de mis amigas, lo único que esperaba es que me demostrase que era un chico como los demás, de esos que presumen de sus supuestos éxitos amorosos para concluir con que yo estaba por encima de todas aquellas chicas. En su caso, sus supuestas conquistas se contaban por fracasos, salvo que se le hubiera disparado la imaginación o hubiera alguna historia de la que mis amigas no tuvieran constancia, porque su vida tampoco era un asunto de máximo interés. Por el concepto que tenía de él, era de esos que no se comían una rosca, pero presumían de tener siempre a alguna chica que suspiraba por él. Por suerte para mí, era una apreciación de la que me tenía que dar por aludida y por lo tanto conocía toda la verdad. Más que haber suspirado por él, había pasado por momentos en los que me habían entrado ganas de mandarle a hacer gárgaras y que se comportara con un poco más de sentido común. Desde mi experiencia, como su novia, lo cierto es que también era partidaria de que fuera un poco más sincero con la opinión que tenía de sí mismo, que ni era un rompecorazones ni tampoco el último mono en quién una chica desesperada se fijaría. No era más que un chico que tenía su propio atractivo.

Se evitó alusiones directas a aquellas chicas planteando la cuestión desde un sentido un poco más poético, como si cada una de ellas hubieran sido partes de un todo, sin que ninguna le hubiera llegado a llenar el vacío de su corazón. Que no habían sido más que compañeras de clase con quienes no había tenido nada serio. Lo que resultaba coherente con las historias y trato mantenido con alguna que otra chica del Movimiento que había padecido sus anhelos de conquista, porque quien no le había ignorado desde el primer momento, no se había dejado conquistar con la facilidad que él pretendía o le había mandado a hacer gárgaras antes de que éste se ilusionara más de la cuenta. Todo eso era lo que plasmaba en sus poemas. De hecho, me recalcó que yo era la primera y la única que le había tomado en serio, hasta el punto de admitir que había sido yo quien le había conquistado a él, que de no haber tomado la iniciativa de confesarle mis sentimientos, nuestra historia de amor aún seguiría en un punto muerto.

Sin pretender ser inoportuno con su comentario. Me confesó, que tras mi confesión, por todo aquel secretismo y más aún con la llegada de Carlos, se había llegado a plantear que mi única intención había sido utilizarle para darle celos a éste, porque no le encontraba ninguna lógica a ese enamoramiento, cuando las demás le habían ignorado y sus torpezas conmigo eran de tal gravedad que consideraba que era lo mínimo que se merecía. Sin embargo, los dos sabíamos que en ningún caso ese hubiera sido mi planteamiento, lo que yo sintiera por Carlos tras nuestra ruptura era parte de mi pasado y en contra de sus supuestos, si es que éste no me conocía lo suficiente, jamás se me hubiera pasado por la cabeza llegar a esa bajeza moral que no habría aportado nada positivo a nuestra relación. Es más, después de que ésta se hubiera asentado y de todo lo que me había escuchado decir con anterioridad sobre mis planteamientos, lo lógico era pensar que desde el primer momento me comportaba y actuaba en coherencia con ello. De igual modo que no me esperaba que él me utilizara a mí con esa intención, más cuando no había constancia de que ya hubiera puesto los ojos en otra chica o siguiera interesado por aquellas que ya le habían dado calabazas.

Cuando llegamos frente a la iglesia, al punto donde, en cierto modo, él había empezado a cambiar los impulsos de mi corazón, los comentarios y alusiones que escuchaba de sus labios se referían por entero a mí, como si el paseo por aquella avenida le hubiera ayudado a descargarse de su pasado y darse cuenta de que ya estaba con la chica con quien quería estar y le correspondía. De hecho, de sus palabras deduje que era consciente de la relevancia que había tenido nuestra conversación de febrero y lo que hubiera supuesto para los dos que aquella tarde no se hubiera desentendido de mí, a pesar de que su comportamiento fuera un tanto estúpido y precipitado, porque me había considerado una chica en apuros y pretendido ser el chico que me rescatase de mis propios miedos, aunque después fuera él quien acabara con la sensación de que su dignidad estaba en peligro y que la supuesta chica en apuros fuese quien le rescatase.

Desde allí, en vez de dar la vuelta, seguimos nuestro paseo en dirección a su casa. A mí se me hacía tarde y tenía que emprender el camino de regreso, aunque Manuel parecía que aún tuviera media vida que contarme. Sin embargo, me daba por satisfecha con lo que me había contado hasta entonces, sobre todo por la conclusión a la que los dos llegamos, que nuestras vidas tenían un antes y un después de aquella conversación de febrero, que más que mirar hacia el pasado, teníamos por delante un futuro prometedor. Que, a diferencia de todo lo que había desaparecido en su vida a consecuencia de los cambios habidos en la ciudad, confiaba en que me quedaría a su lado, como él estaría al mío. Aunque no me quedó muy claro si le convencía del todo la expectativa de alejarse de todo aquello para seguirme a donde le pidiera, que tendría que renunciar a sus recuerdos e iniciar una vida nueva, diferente conmigo, en mi ciudad.