Ana. Silencio en tus labios (2-1)

Septiembre 2003

A principios de septiembre le llamé y propuse que nos apuntáramos al Encuentro Nacional, al que todos los años acudía gente del Movimiento. Sería a finales de mes y para entonces confiaba en que a mi padre no le importaría que me tomase un par de días libres en el trabajo. Sería otra ocasión para vernos, dado que desde la convivencia no nos habíamos visto y le echaba de menos. Saldríamos los dos desde Toledo, con el resto de la gente, de manera que daría plantón a la gente de mi parroquia para que pasásemos juntos más tiempo y de algún modo nos lo planteásemos como la convivencia, con la posibilidad de que me acercara por su casa para que me presentase a sus padres y me quedara alguna noche, así tendríamos nuestra segunda cita y que fuera él quien la organizara, confiada en que en esa ocasión no fuera porque nos escondiéramos de sus padres o nos tuviéramos que replantear nuestro futuro. De hecho, hasta le insinué que le pagaría el coste de la asistencia, si debido a su falta de trabajo y después de haber invertido en la cuenta vivienda, se encontraba algo apurado.

El Encuentro Nacional supondría asistir a una convivencia y unos días de oración en los que nosotros poco o nada podríamos influir, porque no era una actividad organizada por el Movimiento, lo que nos permitiría implicarnos al mismo nivel que los demás y sería la primera vez que nos apuntaríamos algo partiendo del hecho de que ya éramos pareja, dado que para la convivencia de novios ninguno tenía muy claro lo que éramos, aparte que, como precedente para aquellos días, resultaba más alentador que la Pascua. Además de vivir en un ambiente de fraternidad, no tendríamos sobre nuestras cabezas la amenaza de que mis padres se fueran a presentar allí o que pusieran algún tipo de objeción. Era nuestra ocasión para demostrarles que nos entendíamos y habíamos superado los obstáculos de nuestra relación, que se comportaría con la madurez que se le presuponía y con ello ganase muchos puntos frente a las reticencias que mi madre aún mantenía, aunque ya aceptara que tal vez yo estuviera en lo cierto y no fuera un chico más inapropiado para mí.

Mis buenos propósitos y expectativas se frustraron cuando de nuevo me dijo que le era imposible, pero antes de que me lo tomase a mal y me enfadara, que se repitiera la misma situación de mayo, tuvo el detalle y la prudencia de aclararme que la idea como tal le encantaba, que si se hubiera encontrado en otras circunstancias, habría aceptado sin pensárselo dos veces, pero no dependía de él. Lo que le retenía en su casa eran obligaciones familiares, se tenía que ocupar del perro, porque ese fin de semana sus padres estarían fuera y ninguno de sus hermanos se haría cargo. Sobre la posibilidad de que me acercase por Toledo no me puso ningún reparo, porque él no se movería en todo el fin de semana y agradecería la compañía y la posibilidad de que pasásemos una tarde o un día juntos, que todo era cuestión de que nos pusiéramos de acuerdo, ya que también me echaba de menos y se lamentaba por aquella separación, aunque gracias al teléfono y las cartas no estuviéramos tan distantes.

A pesar de las calabazas, le dije que pensaba apuntarme al Encuentro porque confiaba que tal vez se lo pensara y apuntara en el último momento. Mi capacidad de convicción no se iba a poner en duda ante sus excusas y de todas maneras, tal y como me lo había planteado, nos veríamos antes y después del Encuentro, lo que compensaría mi pequeña frustración por su nuevo desplante. Era mejor planteárselo con ese optimismo antes que pensar que de nuevo se presentaba esa falta de entendimiento entre nosotros, sobre todo porque no coincidíamos en nuestra escala de prioridades. Yo me escaparía del trabajo un fin de semana, pero él consideraba una irresponsabilidad que su perro se quedase solo y sin comer, por no pedirle el favor a algún vecino o conocido de confianza. Algo me habían comentado mis amigas sobre que tenía un perro y, en cualquier caso, si hubiera pensado que me engañaba, hubiera bastado con preguntarles a éstas para que me lo confirmaran, pero prefería pensar que me decía la verdad.

 Por aquellos primeros días de mes, además recibí la visita de Carlos y su novia. Carlos tuvo la prudencia de avisarme para que no me sorprendiera, ya que tenían algo importante que decirme, aunque ya intuyera de que se trataba y por mi parte no tuviera muy claro que decirles al respecto. La cuestión es que vinieron para invitarme a su boda, que sería a finales de octubre. La invitación incluía a mis padres y para que quedase claro que era formal, me dijeron que también esperaban que acudiera Manuel, a quien invitaban más por el hecho de que fuera mi pareja que como miembro del Movimiento, por lo cual casi dependía de mí, dado que me dieron a entender que no tenían muy claro cómo estaba nuestra relación y tampoco les parecía oportuno precipitarse. De hecho, me dejaron claro que confiaban en que acudiría, porque habían invitado a todos los del grupo parroquial, sin excepciones, y algunos les habían dicho que no acudirían porque tenían otros compromisos para esas fechas. No se trataba de que acudiera cuanta más gente mejor, sino de verse rodeados por familiares y amigos, que todos celebrasen el acontecimiento y se alegrasen como ellos por su matrimonio. Estaban seguros de que compartiría esos buenos sentimientos, dado que, a pesar de que en dos o tres años mi relación con Carlos hubiera sufrido ese cambio radical, dentro de lo que cabía esperar, seguíamos como amigos.

Con respecto a mis padres y a mí, les aseguré que no habría ningún problema en acudir. La boda sería en la parroquia, de manera que iba ser poco más que cruzar la calle. Les aclaré que en cuanto a la asistencia al banquete de después, lo más seguro es que mis padres rehusaran la invitación y en mi caso lo condicionada a la respuesta que me diera Manuel cuando se lo comentara, pero que, en principio, pensaba que acudiríamos, salvo que surgiera algún problema en el último momento. Tan solo quedaba pendiente que lo hablase con éste y que estuviera de acuerdo, aunque los precedentes en cuanto a hacer planes con él hasta entonces no me habían dado muy buen resultado. Sin embargo, en algún momento habría de cambiar la tendencia. Para mí era importante que Manuel estuviera conmigo en esas fechas, porque temía que todo el mundo me señalase como la ex novia de Carlos y ya habían pasado casi tres años desde nuestra ruptura, aunque todavía quedase algún que otro cabo suelto de menor importancia, pero nuestra relación personal se había normalizado y los dos apostábamos por quedarnos con lo bueno que tuvo, sin que ello supusiera un obstáculo para que rehiciéramos nuestras vidas con otras personas.

Después de aquello, en realidad, de los acontecimientos de aquellas semanas, sentí la necesidad, el impulso de romper con mi pasado, de tomar un poco más en serio ese compromiso de fidelidad hacia Manuel, por lo cual, para ser justa conmigo misma, consideré que debía enviarle un último y definitivo mensaje a mi amigo de Internet, que sirviera de gratitud por la amistad que me había procesado durante aquel tiempo y de despedida, porque para mí ya no tenía demasiado sentido que siguiera con aquella historia una vez que sentía que ya estaba con el amor de mi vida. No tenía ningún interés en descubrir la identidad de quién se ocultaba bajo aquel pseudónimo, como tampoco que éste supiera quién era yo. Era mejor mantener el anonimato. Ni siquiera se me pasaba por la cabeza aludir a ello en mis conversaciones y confidencias con Manuel, aunque, en cierto modo, gracias a aquel amigo nuestra relación había llegado hasta donde estábamos. Mi amigo me había ayudado a que me desahogara y su silencio había sido más beneficioso que sus escasos mensajes.

A mediados de mes mi amigo me contestó, su mensaje fue bastante escueto, pero lo bastante conciso como para que entendiera que comprendía mi planteamiento. Él también había iniciado una relación con una chica a la que no quería serle infiel por mantener aquel intercambio de mensajes conmigo. Me dijo que se alegraba por los dos, que, en todo caso, dejaba su buzón por si algún día volvía a tener la necesidad de contarle mis penas a alguien, que entendía la importancia de esos desahogos. Por su parte no tenía mayor interés por mí y entendía que no lo tuviera por él. No sé si fue premeditado, pero no me dio ningún nuevo dato sobre su identidad. De hecho me llamó la atención que a pesar de su pseudónimo y de que en su perfil aludía a su afición a la poesía, ni tan siquiera me había dado la oportunidad de compartirlo conmigo. Por otra parte, le había indicado que trabajaba como contable, pero tampoco se lo había demostrado de ningún modo.

Después de aquello consideré que debía centrar mis esfuerzos en hablar con Manuel, pero que más que llamarle por teléfono y comentarle el asunto de la boda, ante el temor de que se buscase una excusa para quedarse en su casa, preferí que hablásemos en persona, por lo que en vista de lo ajustado de mi agenda, tuve que desistir de la asistencia al Encuentro Nacional, porque la verdad es que, aunque acudiera con mis amigas, tenía la sensación de que me sentiría un poco sola, si Manuel no acudía conmigo. Por otra parte me asustaba la posibilidad de pasar una noche en su casa, a pesar de que me hubiera comprometido a ello y, en cierto modo, se lo debiera. Sin embargo, si no estaban allí sus padres, me resultaba demasiado comprometedor y no me atraía mucho la idea de que aquello fuera como nuestra primera experiencia de vida en pareja, a pesar de que tuviéramos que mentalizarnos de que si todo se desarrollaba como queríamos algún día nos encontraríamos con esa tesitura. Si iba a Toledo tendría que ser en el día, hasta cierto punto planteármelo como si fuera a un retiro, ir por la mañana y regresar a media tarde, antes de que se hiciera demasiado de noche porque prefería ver por dónde iba y regresar a casa sana y salva.

Para estar segura de que sabría llegar a casa de Manuel sin problemas, me puse en contacto con mis amigas de allí para que éstas me confirmasen las señas y cuando les comenté las excusas que me había dado para no acudir al Encuentro, una de ellas me insinuó la posibilidad de que tal vez el perro se encontrase en un chalet que sus padres tenían a las afueras de la ciudad, ante lo cual sería mejor que me pusiera en contacto con él para que me diera las señas o, en todo caso, nos pusiéramos de acuerdo, que si ese día tenía pensado ir al chalet, me esperase para que fuésemos en mi coche o cambiara de día. El problema estaba en que quería darle una sorpresa y confiaba en que no se tomara a mal mi ocurrencia, dado que pretendía descubrirle en su estado natural, esa faceta de él que, según mis amigas, muy poca gente del grupo conocía, dado que rara era la ocasión en que invitaba a la gente a su casa, aunque habían escuchado comentarios de que se habían llegado a celebrar fiestas de fin de año, pero de ello ya hacía tiempo y no estaban muy seguras de que la iniciativa hubiera partido de él.

Conseguir las señas del chalé fue bastante más fácil de lo que esperaba en un primer momento. Mis amigas de Toledo se preocuparon por conseguírmelas, preguntaron a quienes supusieron lo sabrían y tuvieron suerte, lo que para mí fue un motivo de alivio porque ello dada plena credibilidad a sus excusas, las que me había dado y a las que en ocasiones anteriores había recurrido para no acudir a las convocatorias del Movimiento, aunque eso de dar prioridad al perro o a las cuestiones familiares no dejase de ser una excusa por mucho que se sintiera justificado. En alguna ocasión hasta yo recurría a ello para justificar mi no asistencia, aunque en la práctica ello no hubiera supuesto un verdadero impedimento. En todo caso, prefería no juzgar sus decisiones del porqué sus circunstancias eran diferentes a las mías.