Ana. Silencio en tus labios (2-1)

Su mirada cuando le recordé que tenía que irme pareció llena de tristeza e impotencia, que hubiera querido tener algún argumento para convencerme de que me quedase aquella noche, que no le privara de mi compañía de una manera tan drástica, pero por mucho que me insistiera o logrado convencer, no me hubiera quedado en su casa y era una cuestión que los dos teníamos presente, por lo que no merecía la pena que nos lo planeásemos ni discutiéramos sobre ello. Sabía que, si me hubiera convencido, me hubiera ofrecido todo lo que hubiera estado en su mano para que mi estancia de aquella noche fuera lo más agradable posible, que si me hubiera quedado en su casa, me hubiera ofrecido su dormitorio, si me incomodaba ocupar el de sus hermanos. Sin embargo, era mejor no pensar sobre ello, aunque agradecía que me echara de menos porque con ello me demostraba que sus sentimientos eran sinceros, que había conexión y complicidad entre los dos. Lo que había entre nosotros no era un sueño ni una ilusión que uno de los dos se hubiera creado.

La alternativa, la excusa que se le ocurrió para retenerme un poco más, fue que merendásemos, ante lo cual no rehúse, porque mucha prisa por marcharme no tenía, más allá del hecho de que no quería volver a casa demasiado tarde y, de todas maneras, tenía que recoger la mochila, aparte de que agradecería la oportunidad de pasar por el aseo antes de montarme en el coche. La verdad es que no me apetecía que aquella despedida resultase demasiado fría, como si huyera, cuando en mi corazón se entablaba una lucha, una disyuntiva, más por la pena de la separación que por el recelo a lo que pasara, en caso de que me quedara. Sentía que no era justo que desconfiara hasta ese extremo cuando era yo quien me tenía que hacer respetar y estaba segura de que aquella noche no sucedería nada que hubiera lamentado por la mañana. Prefería que mi lamento fuera por lo mucho que le anhelaba, no por sus debilidades.

En cuanto entramos en el piso, me fui directa al cuarto de baño. En aquella ocasión fue premeditado y con toda intención, después del paseo necesitaba un par de minutos de intimidad y tranquilidad, aunque le diera la impresión de que me escondía para evitar situaciones comprometidas, como tal vez había supuesto aquella mañana tras mi llegada al chalé. Sin embargo, a pesar de que me tuviera mitificada, no dejaba de ser una chica de carne y hueso como cualquier otra, con necesidades, a pesar de que no me sentía obligada a justificarme ante él y sobreentendía que él también esperaba que actuara con aquella naturalidad, que no pensara que me tenía tan embobada que no pensaba más que en él. La realidad era aquella, de vez en cuando, a lo largo del día, necesitaba ir al cuarto de baño, ya fuera porque tuviera motivos o porque no fuera más que una excusa tonta para tener un momento de tranquilidad, de descanso, para salir de allí con el entusiasmo renovado y disfrutar de su compañía.

Cuando salí del cuarto de baño el piso estaba en silencio. Hasta cierto punto, me extrañó aquella tranquilidad, como si hubiera sido él y no yo quien se hubiera escondido. Tampoco es que esperase encontrarme con que estaba en medio del pasillo, pero un poco más de interés por su parte no me habría molestado. Cuando tras su ducha, me había sorprendido en la cocina, ocupada en la comida. Sin embargo, tras nuestro paseo se suponía que habíamos regresado al piso para la merienda y al salir del cuarto de baño no me encontré con nadie en la cocina, como si se le hubiera olvidado o ante la evidencia de que no podría retenerme, se rindió y tan solo esperase a que le anunciara mi marcha. Lo cierto es que me sentí un tanto desamparada. Por una parte estaba bien que respetase mi intimidad, que no me agobiara, pero por otro lado anhelada un poco más de picardía o complicidad por su parte, un poco de iniciativa para que aquellos últimos momentos juntos no estropeasen lo maravilloso que había sido todo el día, el tiempo que llevábamos juntos, y que se suponía me dejaría con tan buen sabor de poca que querría repetirlo en cuanto nos surgiera una ocasión. Sin embargo, ante su indiferencia casi daba a entender que era mejor que me lo pensara dos veces.

Para mi tranquilidad y frente a esa primera impresión tan poco positiva y acertada de nuestra relación, lo que descubrí hizo que se me escapara una sonrisa y hasta cierto punto un poco de remordimiento por haber sido tan impulsiva en mis juicios. Le encontré en el comedor, sentado delante del ordenador, tan concentrado que parecía haberse olvidado de mí. Sin embargo, lo interpreté más como una invitación tácita a que me acercase, que tenía algo que compartir conmigo después de todo lo que habíamos hablado, me había contado de sí mismo. En cierto modo, era una ocasión que esperaba desde hacía algún tiempo, que por fin me permitiera ser parte de ese mundo interior que con tanto recelo se guardaba y que no siempre compartía con la persona ni de la manera adecuada. Incluso yo me había molestado por ello y le había amenazado al respecto, por lo cual era el momento de que me reconciliara con esa parte de su vida que me había llegado a inquietar. Sin romper aquel silencio, fue un detalle por su parte que le agradecí.

"Te quiero tonto, luego hablamos"
Amar (Jn. 21, 1-7)
Si tú eres la orilla, yo soy el mar,
tú el faro, yo quien salió a pescar,
pero mis redes están vacías,
los peces no han aprendido a nadar,
se han quedado todos en el fondo,
allá donde mis redes no saben llegar.
Dime, orilla, ¿Qué esconde el mar?
Dime, faro, ¿A quién he de iluminar?
Amar la orilla desde el barco,
amar la luz desde la oscuridad,
amar unas redes llenas de peces,
amar aquello que te pueda dar.
A la derecha está mi pesca,
a la derecha, hasta rebosar,
pero cuando están llenas nado,
a tu lado es donde quiero estar.

Después de leer aquel poema, ante la constancia de que Manuel disponía de ordenador y, por lógica, de conexión a Internet, comprendí que no tenía demasiado sentido que esperase a que se le ocurriera llamarme por teléfono o escribirme una carta para tener noticias suyas, cuando a través del ordenador la comunicación resultaba mucho más económica, sencilla y rápida. Para él no supondría mucho problema, dado que para mí era evidente que se pasaba muchas horas delante del ordenador. La diferencia estaría en que, en vez de escribir para él, lo haría para mí, con la suerte de que de vez en cuando obtendría respuesta, por lo cual en vez de sentirnos tan distantes, que casi hubiera que forzar ese reencuentro, nos sentiríamos como si estuviéramos el uno al lado del otro. Además, si el tema de la Informática e Internet evolucionaba tan rápido, supuse que antes o después lo de los mensajes de texto me sabría a poco.

Directamente me adueñé del ordenador, fue un acto impulsivo porque él no demostraba mucha iniciativa en el sentido que pretendía y tampoco tenía tanto tiempo que perder antes de que fuera hora de marcharme. Para mí lo más fácil era acceder a mi cuenta de correo, más que esperar que él accediera a la suya, en el supuesto de que tal vez tuviera algo que esconderme. Por mi parte no esperaba que entre las direcciones de mis contactos hubiera ninguna que le interesase. En cualquier caso, se daría cuenta de que era una chica con una vida social bastante variada, entre mis amigas, la gente del Movimiento y los contactos del trabajo, aunque para éstos últimos lo habitual era que utilizase el correo de la gestoría, pero con algunas personas había llegado a entablar una cierta amistad. Si Manuel me hubiera preguntado al respecto, le habría dicho que se trataba de asuntos de chicas, porque en ese aspecto con los hombres no era tan confiada y mi padre siempre ha sido partidario de que mantengamos buenas relaciones con todo el mundo.

Le dejé la pantalla del ordenador preparada para que introdujese sus datos, ante lo cual no puso ningún inconveniente, los introdujo sin ningún problema, hasta cierto punto con algo de orgullo por el hecho de que le pidiera su dirección de e-mail, como si para fuera toda una novedad que alguna chica llegase a ser tan confiada con él, sobre todo porque le concedía libre acceso a mi correo, a mi lista de contactos, por donde no se privó de curiosear todo lo que quiso, con la salvedad de que no le permití que abriera ninguno de los mensajes, dado que eso lo consideré privado y personal. De hecho, era posible ya tuviera su dirección de e-mail porque en los meses previos se había iniciado la costumbre de intercambiar mensajes de grupo entre la gente del Movimiento y de algún modo había comenzado mi peculiar colección, al menos para tenerlos identificados y que los mensajes de esa gente no se fueran al buzón de no deseados.

Manuel: ¡Mira, ya tienes mi dirección! – Me dijo para resaltar su descubrimiento.

Me señaló con el puntero la dirección a la que se refería y que, según él, era la suya, aunque no tuviera constancia de ello, a pesar de que no descartaba de que entre esos mensajes de grupo hubiera llegado alguno que otro de su parte e incluso que esa dirección estuviera incluida entre los destinatarios. Sin embargo, el pseudónimo bajo el que estaba identificada aquella dirección fue lo que me dejó sin habla “Amigo”. Su hallazgo era mucho más relevante de lo que él suponía y de lo que le quise dar a entender en aquellos momentos, porque no me pareció que fuera lo bastante consciente de su relevancia. Lo cierto es que en aquellos momentos quise morirme, desaparecer, porque me moría de la vergüenza e impresión, dado que bajo ese pseudónimo no se escondía él, sino mi anónimo amigo de Internet, el chico con quien había compartido mis frustraciones y de quien no esperaba saber nada una vez que mi vida sentimental parecía haberse encauzado. ¡Mi “amigo” era Manuel! Aunque en principio no era muy lógico pensar que se tratase de la misma persona, a pesar de que la dirección de correo no llevase ningún nombre identificativo, era más una dirección en clave.

La dirección de e-mail que le había dado a mi “Amigo” no era aquella, era una que me había creado de manera intencionada para participar en aquel chat, para que ello dificultase que lo relacionasen conmigo. El hecho de que hubiera incluido la dirección de mi amigo en mi correo personal había sido con intención de tenerla guardada en varios sitios, para que no se perdiera. De hecho, que la hubiera reconocido me sorprendió un poco, como si no hubiera sido tan prudente como yo en ese sentido y aquella dirección la utilizara de manera habitual, aunque los mensajes que me habían llegado por medio de ésta no me llegasen identificados con su nombre. Admitía que mis conocimientos informáticos en ese sentido eran bastante limitados, pero, si Manuel era capaz de identificar aquella dirección como suya, no me cupo la menor duda de que él era mi “amigo”. Aun así, como pareció no percatarse de ello, preferí no darle mayor relevancia y mantener el secreto. La situación me resultaba demasiado comprometida.

Ana: Entonces completa los datos. – Le contesté. – Así sabré que eres tú.

Manuel: Si me das tu dirección, chatearemos algún día. – Me sugirió.

Ana: Ya te mandaré un mensaje un día de éstos y chatearemos. – Le respondí con evasivas. – Pero prefiero que vengas a visitarme y estemos juntos con más frecuencia.

Manuel: La próxima visita te la haré yo. – Me respondió. – Espero poder acudir a la boda de Carlos, dado que no me vas a dejar muchas alternativas. – Se justificó con cierto sarcasmo.

Ana: ¡Más vale que no se te pase! – Le advertí. – Si te quieres evitar el autobús, te vengo a buscar con el coche. – Le propuse. – Pero, como no vayas, quizá, cuando quieras pedirme perdón, no sea tan comprensiva como la otra vez. – Le advertí con complicidad.

Manuel: ¡Te van a acabar llamando “rompecorazones”! – Replicó.

Ana: ¡La culpa será tuya por no estar a la altura! – Me defendí.

Preferí no perder mucho más tiempo y consideré que ya era momento de que me marchara, consciente de que me iba sin haberle dado mi dirección de e-mail, sin haber aprovechado la ocasión para curiosear en su buzón de correo. Sin embargo, la prudencia me pedía que no lo pensara demasiado, porque la situación empezaba a ponerme un tanto nerviosa, dado que mis sentimientos se debatían entre lo muy enamorada que me sentía y la frustración de saber que el gran amor sabía de mi vida más de lo que le había contado y no era demasiado consciente de ello. Por una parte no tenía muy claro si debía alegrarme por los dos o sincerarme a riesgo de que aquello supusiera el final de nuestra relación. En cualquier caso, quería disfrutar de la ventaja de aquellas tres semanas sin vernos para recapacitar, dado que mi temor era que en cuanto Manuel leyera alguno de mis mensajes de enamorada quizá empezaría a sospechar, a darse cuenta de que su anónima amiga y su novia eran la misma chica. De hecho, hasta me sentía un tanto enfadada con él porque era un detalle que me ocultaba, aunque se supusiera que aquella relación de Internet había concluido por parte de los dos y con intención de ser fieles a nuestras respectivas parejas, en realidad a nosotros mismos, una vez que yo ya era consciente de la verdad.