Ana. Silencio en tus labios (1)

Sábado, 16 de febrero 2002

Fue Carlos quien organizó aquel viaje de todo el grupo para ir a Toledo y que asistiéramos al retiro. Como tal no era obligatorio apuntarse, pero el entusiasmo de los demás contrastaba con mi estado de ánimo. Ganas de volver a un retiro no me faltaban, pero no estaba en mi mejor momento y casi hubiera preferido quedarme en casa. Sin embargo, lo mío con Carlos ya se consideraba algo del pasado y aquella era la ocasión de dar un poco de normalidad y sentido a mi vinculación con el Movimiento y no sólo con el grupo o la parroquia. Sería la ocasión que confirmara ante los demás que entre Carlos y yo ya no quedaba nada; él ya estaba con otra chica.

Necesitaba nuevos ánimos, un cambio de aires por un día y en aquel día tenía pocos motivos para quedarme en casa, rompiendo con lo que había sido la tónica habitual de los meses previos. No es que fuera por darle a Carlos con la puerta en las narices, pero alguno lo pensaría.

Entre los asistentes al retiro estuvo Manuel, con la suerte de que vivía cerca y que llevaba muchos años como miembro del Movimiento y asistía a los retiros, por lo que quizá fuera una novedad que hubiera faltado, al menos esa era la idea que yo tenía de todos los de Toledo, aunque cada uno tuviera sus circunstancias personales y ritmo de vida para determinar con qué disponibilidad y frecuencia acudía a los retiros o participaba de las distintas actividades. En base a mi relación con la parroquia y las actividades del grupo, no esperaba que los de allí tuvieran una implicación distinta, a pesar de que no todos fueran catequistas o no lo hubieran sido en su momento. En el caso de Manuel, sabía que éste no era mucho mayor que yo, y no creía que el hecho de ser un chico fuera razón para no tener ese tipo de implicación en su parroquia o el grupo al que pertenecía. Tampoco es que pretendiera compararle con Carlos, porque éste era de los que arrastraba tras de sí a todo el grupo, pero Manuel tendría sus motivaciones y razones para sentirse parte del Movimiento durante tantos años, aunque su vinculación no fuera tan intensa.

Durante las meditaciones, la verdad es que no hice ninguna anotación en mi cuaderno, a pesar de que lo saqué de la mochila con esa intención, dado que en principio el tema del retiro me parecía interesante y el sacerdote que nos dio la meditación no me era desconocido y en ocasiones anteriores había llegado a rellenar varias hojas. Sin embargo, no me sentí demasiado animada; prefería escuchar, tenía la cabeza y la mente en otra parte. Recordaba mi primer retiro y ya no tenía a Carlos sentado a mi lado ni asumía la responsabilidad de vigilar su mochila. De hecho, sólo me había traído comida para mí, sin idea de compartirla con nadie. Me sentí un tanto perdida, que no sin ganas de estar allí, dado que había tenido un buen acogimiento por parte de las chicas y, como me había sucedido en el primer retiro, me sentía en familia, como si el paso del tiempo hubiera acrecentado el trato de fraternidad, en vez de enfriar esa relación. Supongo que las demás se debieron dar cuenta que necesitaba de ese apoyo sin que se lo pidiera y que por mi parte estuve de lo más receptiva en ese sentido.

Por no mirar a Carlos, en espera de una mirada de complicidad que no me enviaría, evitando ser una molestia para alguien, me dio por fijarme en Manuel, quién, en esa ocasión, se sentó en el banco de al lado, de tal manera que nada me impedía observarle, salvo el hecho de que estaba allí para tener la mirada y atención puesta en lo que había delante y olvidarme de cuanto sucedía a mi alrededor. Me llamó la atención que tuviera todo el banco para él, mientras que había otros en los que la gente se apretujaba para caber. Era un contrasentido que no parecía molestarle, como tampoco a los demás, pero reflejaba la relación fraternal que manteníamos unos con otros. Sin embargo, era la primera en reconocer que no me sentía muy tentada a trasladar mis cosas a ese banco, por mucho que hubiera ganado en amplitud. No tenía ningún interés especial en ser más fraternal con él, más por prudencia frente a los malos entendidos que por recelos hacia su persona. Si los demás no se decidían a compartir ese banco, no sería yo quien tomara la iniciativa y menos en el estado de ánimo en que me encontraba. Durante la comida, en los salones, entre Manuel y yo hubo un frío y poco sentido cruce de palabras para saludarnos. Él no demostró tener interés por hablar conmigo y lo mismo se decía de mí respecto a él. La conversación y compañía de las chicas me resultaba mucho más amena, aparte de que no me apetecía que nadie aludiera a mi ruptura con Carlos, que me pareció sería lo único por lo que Manuel me preguntaría. Si él, en algún momento del día, se tomó la molestia de fijarse en mí, se daría cuenta que entre Carlos y yo no había demasiado trato, que sí habíamos ido juntos se debía a que procedíamos de la misma ciudad. La verdad es que me dio la impresión de que Manuel tenía la mirada puesta en otra chica que le trataba con la misma indiferencia, de tal manera que yo era tan solo una sombra o una chica más dentro del grupo