Ana. Silencio en tus labios (1)

Julio 2002

Primero fueron algunos rumores y comentarios por parte de mis amigas de Toledo referentes a lo que Manuel decía respecto a mi trato con él y más en concreto a cómo interpretaba mi actitud hacia él durante el Encuentro y el retiro de junio. Que si yo me había mostrado precavida, que si no le quitaba el ojo de encima, etc., etc. Algo así como si él hubiera sido mi centro de interés, cuando en el fondo con sus habladurías se perjudicaba a sí mismo, porque con ello le quitaba todo el sentido y la relevancia a lo vivido aquellos días. Aunque fuera verdad que estaba algo inquieta por causa de lo sucedido en mayo y a lo cual tampoco le daba más importancia de la necesaria. Si él me puso nerviosa y consiguió que me mostrara recelosa, fue porque me sentía observada, controlada en todos mis movimientos, que tenía los ojos puestos en mí y no me dejaba espacio. Ante lo cual, cuando me quiso saludar, como si entre nosotros hubiera algún recelo, actúe de manera fría. Prefería que me olvidase porque no estaba con ánimo para esos coqueteos ni romanticismos que él buscaba.

El colmo de su osadía llegó con aquella carta. No sé muy bien cómo consiguió mi dirección, pero me sorprendió y molestó tanto el hecho de que ésta apareciera en el buzón, como su lectura. En un primer momento pensé ignorarla, no me pareció relevante, porque no tenía demasiado interés personal por Manuel y tampoco porque aquella amistad o trato entre nosotros fuera más allá. Por supuesto descartaba que se iniciara una relación tensa entre los dos que condicionara mi trato con la gente del grupo, provocase algún recelo a las invitaciones que me llegasen desde Toledo o a las actividades organizadas por el Movimiento en cualquier otro sitio. Al final pudo más la curiosidad que la fuerza de voluntad y abrí el sobre, al menos para que no me quedase el remordimiento ni la duda sobre el sentido y la intención de aquella carta.

Tanto mis amigas, como mi director espiritual, me aconsejaron que me olvidase del tema, que no le diera más vueltas. Aseguraban que no le hacía bien a nadie que me involucrase en esas historias, cuando estaba claro que mi interés por Manuel era nulo, más allá del hecho de que me había llamado la atención por su manera de ser y porque yo había pasado por una época de mi vida en la que me había sentido algo desorientada y puesto mi atención en cualquier cosa con tal de evadirme de los problemas. Mi disyuntiva e incertidumbre sobre sí respondía o no a aquella carta se mantuvo hasta el último instante, antes de que mi respuesta entrase en el buzón. Escribí aquella carta con la sensación de que quizás hubiera sido demasiado fría o seria, tal vez algo brusca en mis palabras, aunque sin que Manuel pensara que estaba molesta con él. En todo caso, quise que entendiera que se había confundido conmigo, que era mejor que pensara en mí como una hermana dentro del grupo, como una más. Fue una manera poco sutil de darle calabazas. Tal vez lo que más preocupación me causó fue la despedida, casi como una amenaza, la advertencia de que el asunto trascendería a los responsables del Movimiento, si no me dejaba tranquila.

Llegué a tal estado de malestar e incluso de remordimiento, que sentí la necesidad de compartir aquellas reflexiones con alguien que simplemente me escuchase, para reprenderme por algo que yo sabía no estaba bien, no necesitaba ayuda. En aquellos momentos la mejor solución y casi la única, a la desesperada, fue mi anónimo amigo del chat, alguien a quien contarle mis penas y de quien no esperaba que me respondiera, porque era más un desahogo personal. Necesitaba que alguien recogiera todos mis agobios y las tensiones que me rondaban por la cabeza. Mi pena por la ruptura con Carlos, por lo impotente y estúpida que me sentía, ya que, en cierto modo, aún sentía algo por él, lo que por otro lado era lógico tras tres años de noviazgo. Sin embargo, creo que me dolía más el hecho de que éste se hubiera olvidado de mí, hubiera tardado tan poco tiempo en encontrar un nuevo amor, que el hecho mismo de nuestra ruptura. No se trataba de una cuestión de celos, si no que yo no estaba a la altura de las circunstancias y me había quedado sola en ese aspecto, con Manuel como único pretendiente, lo cual no hacía que me sintiera muy halagada, más bien, frustrada, como si aquel fuera mi castigo por una decisión estúpida.

A mi amigo de Internet se lo confesé, quizá de mis palabras se dedujera que fui poco reflexiva, pero tan solo me apetecía que aquellos pensamientos y sentimientos se alejasen lo más posible de mí. En cierto modo, creo que aquel email fue más una excusa para que yo misma me convenciera de que bajo ningún concepto me planteaba que entre Manuel y yo se iniciara algo serio. De hecho, cada vez que una nueva palabra aparecía en la pantalla del ordenador, me sentía peor conmigo misma, por la sinceridad y subjetividad que demostraba, por el desgaste y la pérdida de tiempo que suponía que le dedicase a Manuel más de dos pensamientos seguidos, aunque éstos no le fueran favorables. Incluso en algún momento pensé que mi amigo de Internet tal vez llegase a la conclusión de que yo misma me engañaba, dado que, si tan desinteresada estaba, nada justificaba que me desahogara de aquella manera. Pero prefería aquella tortura de veinte minutos antes que la pesadilla que arrastraba todo el verano por causa de una estupidez sin sentido como aquella.