Ana. Silencio en tus labios (1)*4

Sábado, 19 de abril 2003

El Vía Crucis concluyó en el interior de la iglesia, ante la cruz, ante lo que sería el culmen de aquella noche, la Adoración de la Cruz, distinta a como había sido durante los oficios, porque nos encontrábamos solos, con el sacerdote, pero al igual que había sucedido con el Lavatorio de los pies, aquella noche, en aquel momento, se esperaba una entrega personal y de manera un poco más ordenada, que cada cual buscase en su propio interior y decidiera qué dejaba a los pies de la cruz, dado que quizás hubiera quien se sintiera la persona más pobre del mundo y quien, por el contrario, sintiera que lo que ofreciera no sería bastante. En cualquier caso, esa ofrenda sería ante la atenta mirada de los demás, de tal manera que era mejor que fuese sincera porque sería ejemplo para algunos y admiración para otros, incluso sentimiento de complicidad porque de algún modo esa ofrenda se compartía o se asumía como propia. En aquellos momentos esa ofrenda no era para los demás, no había que buscar la complicidad de nadie para que nos lavara los pies, era un trato directo con la Cruz, nadie se escudaba en la complicidad del amigo ni se escondía, porque tampoco se daba esa opción. Tan solo había que ser abierto de corazón y entregarse.

De uno en uno, según nos sintiéramos animados a ello, nos acercábamos a la cruz, besábamos el pie, o donde cada cual considerase, depositábamos nuestra ofrenda en el suelo y nos sentábamos alrededor, de tal manera que aquella ofrenda fuéramos nosotros mismos y en los bancos quedasen aquellos que todavía no se habían decidido. Hubo quien dejó su ofrenda escrita en un trozo de papel, quien no tuvo reparo en que los demás lo oyeran y quien se conformó con ese beso. A mí me costó un poco levantarme del banco, tenía la sensación de que en aquellos momentos se me pedía algo que no me sentía capaz de dar y el hecho de que Manuel se me adelantara y mantuviera en silencio no me ayudó demasiado. En su caso aquel silencio me pareció premeditado y sentido, que era justo lo que entregaba de sí mismo, como si fuera lo más valioso que tenía. En cierto modo, me sentí aludida en ello, que sus sentimientos hacía mí iban en esa entrega, que era como una renuncia y no tanto un ruego para que éstos cobrasen más sentido. La verdad es que me sorprendió porque, en contra de lo que había creído hasta entonces, daba la sensación de que él entendía la trascendencia e importancia de aquel momento, que no era un mero formalismo.

Cuando me decidí, era de las últimas y casi me sentí forzada porque de otro modo aquel acto se hubiera alargado, el sacerdote no permitiría que nadie se quedase sentado en el banco y la noche se haría tan larga como quisiéramos, a pesar del cansancio que la mayoría ya arrastraba y la advertencia de que el despertador no sería menos condescendiente por la mañana. En mi ofrenda hubiera preferido el silencio, sin embargo, sentí el impulso y la necesidad de que hubiera algo más. Tal vez lo hubiera dejado por escrito y evitado una situación que me resultaba un tanto comprometida, pero hablé, no mucho porque tampoco había nada relevante que decir, pero sí lo suficiente como para que quedase constancia de que me entregaba como los demás. Quizá lo correcto hubiera sido que entregara lo que llevaba en el corazón, pero no me pareció que fuera el momento ni el lugar más oportuno. Tan solo quise que quedase constancia de que de aquella Pascua no me iría sin mi cruz, una manera sutil en que asumía el compromiso firme y serio de que hablaría con Manuel, al menos le daría la oportunidad para que éste hablase y se sincerase conmigo, aunque, como es lógico, cuidé mucho mis palabras y no fui tan directa. Tan solo dije que cargaría con mi cruz, me abrazaría a ésta.

Como conclusión de aquella Adoración, el sacerdote resaltó el hecho de que nos habíamos convertido en guardianes del sepulcro, en quienes estaban expectantes a la Resurrección y la esperaban con el corazón abierto, porque sin duda eso era lo que reflejaban nuestras ofrendas y oraciones, que estábamos de Pascua y nos sentíamos entre los escogidos a vivirla de una manera especial y que a la vez éramos lo bastante humildes como para no considerarnos dignos de ello. Resaltó el hecho de que nos encontrásemos allí, cada cual con su propia cruz, que para aquellos días hubiéramos escogido las incomodidades de dormir en el suelo y no siempre a gusto ni el tiempo suficiente. Lo mejor fueron sus palabras de aliento para lo que aún nos quedaba por vivir y que no sería menos intenso que lo vivido hasta aquella noche, teníamos que prepararnos para la Resurrección y quizá para alguno aquella espera resultase lo peor de toda la Pascua, pero había que tener paciencia, porque todo llegaría.

Cuando salimos de la iglesia, ya que nadie se quedó ni se animó a que hubiera turnos de vela como la noche anterior, los pasos del todo el grupo se encaminaron hacía el alojamiento de las chicas y daba la sensación de que a los chicos les costaba despedirse de nosotras, quizá que a nosotras se nos hacía difícil que nos abandonaran y se rompiera la unidad de grupo, porque sin duda alguna aquella era la mejor evidencia de que la Pascua no dejaba indiferente a nadie y que, frente a lo sucedido en noches anteriores, había un sentimiento de unidad por parte de todos, como si el día nos hubiera sabido a poco y apurásemos hasta el último momento. Incluso Manuel se sentía integrado en el grupo, pero yo mantuve mi actitud de los últimos días, reprimí mis impulsos porque aún no era el momento y tampoco estaba segura de que fuese algo a lo que correspondiera, ya que en su caso quizá no se planteara con la misma intensidad ni sentido, tal vez tan solo se hubiera obsesionado conmigo.

Si el miércoles por la noche, Manuel fue el primero que se escondió en el alojamiento de los chicos, se desentendió de mí, cuando se hubiera amparado en el grupo sin mayor problema, aquella noche yo hice lo propio, fue mi pequeña venganza y, en cierto modo, fue una sutileza para que se fijara en mí, que se diera cuenta de que yo estaba allí, que se le acababan las oportunidades de conquistarme, si es que se lo había planteado en serio en algún momento. Aquella era nuestra penúltima noche en la Pascua y, aunque él no lo supiera, faltaba un día para que Carlos se presentase allí con intención de que habláramos y que su final de Pascua fuera con el grupo. Mis ideas y expectativas con Carlos estaban bastante claras, como suponía que las suyas conmigo, pero para él nos quedaba una conversación pendiente antes de que quedase zanjado para siempre lo que en su momento hubo entre nosotros, a pesar de que, una vez ya tenía estabilizada su vida sentimental, perdía todo el sentido que removiésemos el pasado. Sin embargo, éste sabía que aquella era una situación que no tenía superada del todo y necesitaba que me aclarase, que no le afectara como antes.

El despertador sonó a las nueve en punto y yo me levanté del saco con prisas, necesitada de una ducha antes de que cualquiera de las chicas se me adelantase y ocupara el baño. Me desperté con la sensación de que estaba sudada, que el olor que emanaba de mi cuerpo espantaba a cualquiera. Era como si necesitara borrar de mí el rastro de lo sucedido el día anterior. Supongo que, aparte de una cuestión de higiene personal, estaba nerviosa, con la sensación de que aquel día sería el centro de atención de todo el mundo. Sería la encargada de la meditación de aquella tarde y presentía la impaciencia y la curiosidad de todos por lo que diría, por cuál sería el planteamiento que le daría a aquel Sábado Santo. Se acercaba el momento que para mí suponía el culmen de la Pascua y necesitaba estar preparada en todos los sentidos. Tras mi charla, el momento más intenso sería la Vigilia y mis palabras tenían que ayudar a que los demás comprendieran lo que se celebraba, porque a mí también me había pasado algún año que me sentía un tanto perdida.

Las chicas salimos juntas de la casa, nos esperamos las unas a las otras para que no hubiera dispersión y la puerta se quedase bien cerrada, con idea de que no regresaríamos hasta media tarde, yo me quedé a cargo de las llaves. Nos íbamos al campo, nos alejábamos del pueblo y quien se hubiera olvidado algo se resignaría y tendría que armarse de paciencia hasta la vuelta. En mi mochila llevaba el deseo y la intención de que aquella sería la última oportunidad que le daría a Manuel, después me doliera o no, le consideraría un chico más del grupo, no le facilitaría tanto esa posible conquista de mi corazón. Aquel era el impulso que llevaba en el corazón, junto con la inquietud por la meditación, con la sensación que no se entendería lo uno sin lo otro, porque la Resurrección es nacer de nuevo, dejar atrás las cruces del pasado y retomar la vida con otro espíritu, otra actitud. Tenía el deseo de que aquella Resurrección fuera una explosión de amor y de vida tanto en mi corazón como en mi vida.

Nos encontramos con los chicos que también salían de su casa. Al igual que nosotras se habían puesto de acuerdo y estaban listos para el paseo. Sin embargo, cuando me fijé en Manuel, me dio la sensación de que ese afán de conquistador, de rompedor de corazones, no tenía cabida en su mochila, aunque aún me dio tiempo a ver el contenido, porque no parecía que le hubiera dado tiempo a preparar la mochila y la estaba cerrando. Me atrajo la atención su cuaderno, ese en el que, según mis amigas y quienes le conocían un poco mejor, aquella Pascua estaba plasmada en un montón de poemas que poca gente leería. Para mí pensé que en aquel cuaderno habría infinidad alusiones a mí y a sus sentimientos, que sin quererlo me había convertido en su musa aquellos días y ello le cohibiría, le preocuparía tanto que delatasen sus sentimientos, que no habría interés en que se leyeran esos poemas por si alguien sospechaba o le recriminaba que su vivencia de la Pascua se pareciera más a una historia de amor sin mucha coherencia. Lo que hubiera escrito delataría que mi Pascua tampoco había sido muy ejemplar porque había sido una chica traviesa y poco centrada.

Para el desayuno me senté en la silla del rincón y en aquella ocasión con un poco más de descaro y mejor humor, no me pude reprimir porque de todas maneras ya presentía esa mirada de recriminación e impotencia de Manuel, ya que de mi actitud casi se interpretaba una invitación para que él se sentara en la misma mesa, pero ni siquiera hizo intención. Dio evidencias de que ya lo tenía asumido y no movería un dedo para que eso cambiara. Mal empezaba el día, si él comenzaba con esa actitud de rendición y resignación ante los hechos, como si yo fuera invisible o insensible, como si no se diera cuenta de que la menor indicación por su parte hubiera provocado que yo me lanzase a su lado, pero se mostraba frío y resignado. No se daba cuenta de que mi corazón ardía de pasión, pero su actitud era como un jarro de agua fría que hubiera apagado cualquier incendio descontrolado.

En cuanto el sacerdote se reunió con nosotros iniciamos nuestra salida del pueblo, la idea y costumbre era que nos alejásemos. Era un día sin liturgia y, por lo tanto, no había motivo para que nos acercásemos por la iglesia. Es más, casi era preferible que nos distanciásemos y nos centrásemos en la preparación del corazón y la cabeza para la Vigilia de aquella noche. Se trataba de que viviéramos esas horas de vacío y en apariencia sin demasiado sentido. Para quienes vivían su primera Pascua con el Movimiento o en este ambiente, tal vez fuera una ruptura con la rutina e intensidad de los días previos, un día de descanso. Para aquellos que ya llevábamos otras pascuas sobre nuestras espaldas, quizá fuera uno de los momentos y vivencias más intensos de los cuatro días, aunque como tal cada uno fuera diferente. La verdad es que necesitaba de aquella tranquilidad, de aquel alejamiento para que mis ideas se aclarasen, descubrir mi propia realidad y limitaciones para después de la Pascua, cuando regresase a casa y me enfrentara de nuevo con mi vida diaria.

Casi una hora de paseo por el campo, por aquel camino de tierra entre las fincas del pueblo, lo bastante largo como para que sintiéramos el cansancio en los pies, aunque para la mayoría el cansancio estuviera más en la lengua porque fue un paseo relajado y de charla amistosa de unos con otros, cada cual con sus amigos o aquellos con quienes hubiera llegado a un mayor grado de afinidad durante aquellos días. Yo me refugié en la compañía de mis amigas, que me hablasen de cualquier cosa y ello me sirviera de distracción mientras caminaba y mi atención se centraba tanto en la distancia que aún nos quedaba por delante, como en el hecho de que me sentía observada con cierto disimulo e impotencia. Presentía que Manuel esperaba esa nueva conversación conmigo, que le negaba por norma, pero lo cierto es que tampoco tenía nada de qué hablar con él y prefería que no me agobiara. Si tan solo estaba interesado en mi compañía, yo ya iba con el grupo y él no se quedaba atrás. Si sentía algo especial por mí, su silencio y actitud no lo daban a entender. Facilidades no le iba a dar ninguna porque ni yo misma estaba segura de que tuviera alguna lógica lo que sentía por él, demasiados sentimientos confusos.

Cuando llegamos al sitio, a donde el sacerdote tenía previsto que fuéramos, se produjo la dispersión, que, si ya nos sentíamos un tanto fuera de lugar lejos del pueblo, llegaba el momento de que nos distanciáramos los unos de los otros, que nos sintiéramos más abandonados a nuestra suerte porque aquella era la única actividad prevista para la mañana, la soledad y el desierto, que cada cual se escondiera donde mejor le gustase y se dedicase a la reflexión personal, porque seguíamos de Pascua y aquello no desentonaba en nada con lo vivido hasta entonces. El único que se puso a disposición de quien lo necesitara fue el sacerdote, una buena confesión, dirección espiritual o una conversación amena que matase al aburrimiento de aquellas dos o tres horas de aparente inactividad. Era justo lo que yo necesitaba porque desde el miércoles por la tarde tan solo había tratado con el sacerdote sobre cuestiones de la organización y era el momento de que comentase con él mis preocupaciones, pero sin que Manuel me espiara. No esperaba que el sacerdote me sacara aquellas expectativas de la cabeza, tan solo que me escuchara y diera una visión un poco más objetiva. Mi temor era que me sacase aquella idea de la cabeza y le diera un sentido más coherente a mi vida.

En un primer momento me escondí, busqué mi rincón en medio de aquel paraje, a la espera de que Manuel me perdiera de vista y el sacerdote estuviera en disposición de escuchar el rollo que le soltara, sin que ello impidiera que los demás se lo pensaran dos veces, en caso de que alguno necesitara confesión o tuviera conflictos mayores que el mío. Por suerte la espera se me hizo corta y fue el sacerdote quien acudió en mi búsqueda, interesado en la charla que daría aquella tarde, por si me echaba una mano con los detalles, ya que mi formación al respecto no era tan completa como la suya y no se trataba de que diera un testimonio personal, sino que le presentara a la gente una visión del Sábado Santo, de la Vigilia. Su intención era que aclarase conceptos y ante todo no se quedasen con la sensación de que era el mismo rollo de todos los años en boca de una persona distinta. Ningún año esa charla había resultado aburrida y yo no esperaba que mi caso fuera la excepción, de ahí que esa aportación de última hora sería la mejor ayuda. Como tenía la sensación de que mi planteamiento de la charla iba parejo con mis problemas personales, no me pareció que el sacerdote encontrase muchas dificultades para deducirlo sin que yo aludiera a ello de manera directa.

Fue él quien me preguntó, aunque con la suficiente discreción como para que de sus palabras no se entendiera una acusación ni recriminación. En realidad tampoco era un secreto, en todo caso, se consideraría de confesión. Ante lo cual me sinceré, reconocí que estaba confusa con todo y en especial en lo referente a mi enfermedad y en la repercusión que ello tendría sobre esa posible nueva relación de pareja. No me consideraba tan fuerte ni capaz como para que mi entrega de amor fuese incondicional. Ya estaba dolida por mi ruptura con Carlos y las expectativas con respecto a Manuel eran mucho menos alentadoras. Lo cierto era que ni yo misma estaba segura de cuál hubiera sido el rumbo de mi vida, si el cáncer no se hubiera presentado. No tenía la seguridad de que hubiera retenido a Carlos a mi lado y mucho menos que hubieran aflorado esos sentimientos hacía Manuel. Mis sentimientos hacia él se debían a que había avivado los sentimientos y buenas sensaciones del pasado, que me sentía viva de nuevo. Mis sentimientos estaban basados en la duda, en mis temores. Sin embargo, sin que por ello entendiera que el sacerdote influyera en mis decisiones o me condicionara, me preguntó si me merecía esa segunda oportunidad, que me plantease lo que ganaba y perdía con mis dudas.

Su ocurrencia, o sugerencia, fue que hiciera el Emaús con Manuel, pero sin que ello pareciera premeditado de antemano. No quería que ni yo me sintiera comprometida con una situación un tanto incómoda ni que éste se viera atrapado por una situación que quizá no fuera de su agrado. De hecho, según me planteaba esa posibilidad, él mismo se daba cuenta de lo inoportuno que resultaba, injusto para todo el mundo y poco apropiado para lo que se pretendía con ello. Por lo cual la conclusión final fue que yo reconociera que en principio no pondría demasiados recelos ni reparos a que algo así se produjese, siempre y cuando no se convirtiera en una trampa. La expectativa de que pasara una hora en compañía de Manuel se convertía en el más dulce de los anhelos y la peor de las pesadillas, dado que el fondo tampoco me sentía tan unida a éste ni teníamos tanto en común; nuestra relación se basaba en miradas y trato de complicidad desde la distancia; un juego que no conllevaba una implicación directa. Además, mi historia con él arrastraba muchos desencuentros y aquel sería el peor de todos, si el resultado no era el pretendido.

Sábado, 19 de abril, 2003
Quizá sea tonto, pero me apetece hacer el Emaús con Manuel. Ya me he enterado cómo se formarán las parejas, suerte que soy una de las organizadoras, y creo que me será fácil. Él se acobardará y me temo que, aunque se le diera esa posibilidad, no me escogería a mí como pareja. Cuando estamos juntos siempre hay alguien que nos pregunta si somos novios y hasta ahora no he hecho más que negarlo. Creo que es hora de que sea yo quien se lo pregunte y confío que no me dirá que no porque, de lo contrario, haré el ridículo delante de todo el mundo. Me esperaré hasta que lleguemos al pueblo por si acaso él se decidiera a decirme algo, pero no lo creo. En su caso, la valentía y la caballerosidad aún no se han inventado. Es demasiado cobarde para dar la cara por temor a que alguna le dé un sopapo.
Si al final no hacemos juntos el Emaús, creo que, de todas maneras, algo tengo que decirle. A Carlos esta noche le pediré que me olvide y se centré en su novia, pero, si antes he confirmado que entre Manuel y yo hay algo, me será más fácil. Estamos en la Pascua y no quisiera mentirle a nadie; ya me confesé el otro día.

A la hora de la comida, no tenía allí ni mi rincón ni la silla, tampoco había una mesa donde sentarse, tan solo aquella área entre los árboles y un bocadillo más o menos grande para cada uno. De todas maneras, no me sentía con ánimo como para que Manuel se tomara muchas confianzas y se acercara a mí. Era mejor que no me pusiera más nerviosa de lo que ya estaba. Mantenía la incertidumbre e inseguridad de lo que sucedería durante el Emaús. No tenía la certeza de que él fuera mi pareja ni tan siquiera que lo aceptase, en caso de que se lo propusiera, pero, en todo caso, estaba segura de que me sentiría muy dolida en el supuesto de que me rechazase sin que hubiera una proposición previa. Hasta ese momento nuestro trato se había basado en la discreción y, en cierto modo, era yo quien pretendía que hubiera un cambio en ese sentido, pero sin que ello nos convirtiera en el centro de atención a ninguno de los dos. Como el sacerdote me había advertido, el remedio sería peor que la enfermedad, que era preferible un poco de paciencia hasta que Manuel pusiera sus ojos en otra antes que convertir aquella situación en un problema más grave. Que, si no estaba segura, era preferible que no iniciara nada que al final nos causara un perjuicio a los dos, como había temido desde el principio.

Busqué el refugio y el apoyo de mis amigas para aquellos momentos previos a la charla y a los acontecimientos de aquella tarde, necesitaba que me distrajeran con cualquier otro tema, e incluso si aludían a la charla, por si necesitaba de su aportación, lo que fuera con tal de que Manuel saliera de mis pensamientos durante varias horas. El tema de conversación fue el Emaús y cómo se formarían las parejas, por si me ayudaban o era algo que ya estaba solventado. Tuve un repentino arranque de sinceridad y les puse al corriente de mis intenciones, confiaba en su discreción y en nuestra amistad por encima de todo. Mi ventaja era que entre ellas ninguna encontró aliciente en contradecirme, les encantó la idea, el riesgo que ello implicaba. Cada cual se había creado sus propias ilusiones y estaba claro que no debíamos poner los ojos más allá de nuestras narices, por mucho que se conocieran precedentes. Sin embargo, cada cual es cada cual, tiene su vida y la suerte de uno no la hemos de tener todos, como tampoco las desgracias. De tal manera que no era seguro que Manuel fuera a ser mi compañero, pero por mi parte no habría objeciones a que lo fuera. En parte todo dependía de lo atrevido que fuera cuando llegase el momento. La costumbre era que la lista con las parejas se confeccionara de antemano, pero aquella era una ocasión especial, una concesión personal.

Para la meditación nos sentamos en círculo de manera que todos nos viéramos las caras. En referencia a Manuel no me sitúe frente a él, pero sí donde me viera bien, que no se cruzaran nuestras miradas, pero que tampoco se desvaneciera esa complicidad que necesitaba de él en aquellos momentos. Debido a mi nerviosismo, pensé que, si centraba en él toda mi atención, la situación se me haría mucho menos tensa. En cierto modo, quería que aquello fuera un anticipo o una preparación para lo que vendría después y que él no se esperaba, ni yo estaba muy segura de que se produjese. En cualquier caso, ya no cambiaría ni una palabra de lo que tenía pensado para la meditación y esperaba que al menos a él le sirviera de algo, si los demás no prestaban la misma atención. Mi meditación no pretendía que fuera una declaración de amor desde un sentido romántico, pero sin que esa hubiera sido mi intención en ningún momento, venía en el trasfondo un reflejo de mi propia situación, de mis inquietudes, quizá de la evidencia de que la vivencia de aquel Sábado Santo tenía más sentido y vigencia en mi vida de la que hasta entonces me había supuesto.

Mientras hablaba, hacía partícipe a los demás de mis apuntes, del contenido de aquel esquema sobre el estudio que había hecho del Sábado Santo, de la Vigilia, y lo trasladaba al presente. Como si fueran un mismo instante en el tiempo, a mi cabeza afloraba la idea, la imagen de aquella situación comprometida con Manuel, la que habíamos mantenido en febrero, como en un principio me había surgido el temor de que se marchara, me dejase allí abandonada a mi suerte, a la espera de que mis amigas pasasen a por mí, si no me habían olvidado o surgía algún imprevisto de última hora, como así sucedió. Atardecía y cada vez quedaba menos gente frente a la iglesia y parecía que algo le retenía allí, cuando mi temor y certeza estaban en que se marcharía antes de que me diera cuenta. Contra toda coherencia o lógica, al final nos quedamos los dos solos. Se quedó allí porque pensó que necesitaba que cuidase de mí, aunque fuera consciente de que su presencia me incomodaba, que hasta aquel momento estaba bastante recelosa y confundida con respecto a su actitud y sentimientos hacía mí, a pesar de que en el fondo deseaba que nuestras diferencias se desvanecieran y se recuperase la normalidad en mi relación con en Movimiento. Se quedó conmigo, más por un sentimiento de paternalismo que por convicción.

Se quedó allí y eso nos dio ocasión para que hablásemos, para que nos dijésemos todo lo que hasta entonces habíamos guardado para nosotros y esperábamos oír del otro. Yo me desahogué y él mantuvo un silencio resignado y paciente, aguantó el chaparrón como pudo. Le dije de mil maneras posibles que no estaba interesada en sus sentimientos, que no le quería ni pensaba en él como mi posible pareja. Le traté como una basura, como un papel sucio que estrujaba con idea de echarlo a la papelera. Y cuando ya no había nada que le hiciera sentirse más avergonzado, en vez de abandonarle allí, porque seguro que era lo que se esperaba y merecía, tuve la suficiente compasión y consideración como para corresponder a sus buenas intenciones iniciales y le propuse que se quedara conmigo, que me acompañara, que respondería de él ante mis amigas y quienes me esperaban para aquella cena de grupo. Aquella noche creo que le demostré que era una chica con bastante sentido común y hasta cierto punto algo manipuladora. De lo contrario no le hubiera convencido y aquella charla hubiera terminado allí, frente a la iglesia, con aquella despedida fría y que no hubiera aportado nada positivo a ninguno de los dos.

La poca coherencia de mis pensamientos con mis palabras se alteró cuando llegó el turno de las preguntas, porque se suponía que aquella charla era participativa para todo el mundo y yo asumía que habría temas que necesitarían de alguna aclaración o que los tratase con un poco más de intensidad. La pregunta indiscreta que rompió con la seriedad de aquel momento fue un reflejo de lo que había sido mi relación con Manuel en los últimos meses, aunque en aquella ocasión no se hiciera una alusión directa a ello, ni fuera él quien preguntase. Lo que querían que contara era sobre mi situación sentimental, el estado de mi corazón, porque les daba la impresión de que estaba enamorada, ya que de otro modo no se entendía que hubiera utilizado aquellos ejemplos, dado que en principio los preparativos de una boda no tienen mucha relación con los preparativos de la Vigilia, pero en mi reflexión le había encontrado infinidad de similitudes. El sacerdote también se había percatado de ese detalle, cuando le comenté mi planteamiento de la charla, pero por su parte tampoco encontró demasiados reparos a esa idea porque el planteamiento de fondo era correcto, sin que se le buscase una interpretación rara, más allá del hecho de la espera al amado, como era el caso.

En febrero reprimí la respuesta, porque entonces no me pareció correcta ni oportuna una alusión a un tema tan personal. Sin embargo, aquella tarde me sentía lo bastante segura como para no callarme. Casi me sentí obligada a ello por las circunstancias, porque un amor como aquel era el que esperaba recibiera mi corazón del chico interesado por mí, porque le correspondería de igual modo, con la misma ilusión con la que esperaba la Vigilia de aquella noche. En cierto modo, creo que, sin que esa fuera mi pretensión, me puse demasiado seria y exigente. Me olvidé de que Manuel escuchaba y que quizá de mis palabras se deducía que él estaba lejos de toda opción. Pero mi frialdad no era para él. Aquellas palabras, aunque sinceras, no eran más que una respuesta ante una acusación o insinuación que me había molestado. Si la pregunta hubiera partido de Manuel, no creo que se lo hubiera perdonado en la vida, pero su silencio y discreción evitaron la tragedia, lo que fue todo un impulso de alivio para lo que esperaba fuera el Emaús que estábamos a punto de iniciar.

Fue el sacerdote quien presentó y explicó cómo se había organizado el Emaús para que no hubiera malentendidos ni se creara una impresión distinta a la pretendida, dado que aquella manera de que se formasen las parejas resultaba toda una novedad, pero también una manera de que todo el mundo se implicara. El sistema habitual estaba bien y tenía su sentido, que los jefes de grupo, el sacerdote y el responsable de la pascua hicieran la asignación de tal manera que hubiera un cierto equilibrio dentro de las parejas y no el desbarajuste que tal vez se crease en aquella ocasión, de lo que me sentiría única y principal responsable, si salía mal, pero confiaba en que no, porque se le daba la oportunidad de que cada cual fuese con quien quisiera, de tal manera que esa elección se hiciera pública, aunque tal vez lo más destacable de aquel método fuera que algunos de los presentes reconocieran con quienes no harían el Emaús. Era algo así como “yo no quiero ir contigo, pero vete con quien quieras”. La designación de esos hermanos poco fraternales fue a criterio del sacerdote, quien suavizaría ese posible descontrol, dado que no lo haría al azar.

Como la ocurrencia era mía y encabezaba la lista, fui la primera a quien el sacerdote nombró, de manera que ello sirviera de ejemplo a los demás. Con ello tan solo esperaba que Manuel entendiera que no tenía reparo en que hiciéramos juntos aquel paseo de regreso al pueblo, que no me importaba que fuésemos la última pareja que saliera en caso de que nadie nos escogiera. Mis amigas ya me habían asegurado que Manuel no estaba entre sus preferencias y que dentro de sus posibilidades se plantearían aquel Emaús como en años anteriores. Si les daban opción, escogerían a quien considerasen que más beneficiaría su compañía y conversación. De hecho, ellas mismas eran conscientes de que mi idea tenía bastantes fallos e incoherencias como para que algo saliera mal cuando menos me lo esperase. Que tan imprudente resultaba que yo mandase a Manuel por delante como el hecho de que éste se pensara que no lo hacía por evitar que su nombre saliera de mis labios. Casi hubiera sido mejor que hubiera hecho trampas y abusado de mi capacidad de decisión para que nos pusieran a los dos como pareja en esa lista, en vez de buscarme tantas complicaciones. Sin embargo, quería conocer su reacción, si éste asumía el riesgo, ya que, en tal caso, le escogería como pareja o dejaría que él me escogiera a mí.

Antes de confesar ante los demás con quién no quería hacer aquel Emaús, mis miradas se cruzaron con las de Manuel. Quería que fuera consciente de la decisión que tomaba y que le daba una oportunidad, si quería que fuésemos juntos. Mi elección no fue improvisada, sino de alguien que sabía no tendría reparo en iniciar la marcha e iniciar el camino de regreso, un chico que no se tomaría a mal aquel desplante público, aunque no descartaba que recibiera las oportunas explicaciones cuando se presentara la ocasión para que no lo considerase como algo personal. Me preocupaba que por aquel nombramiento supusiera que le consideraba el peor de mis amigos, cuando se trataba justo de lo contrario, de un chico con quien mantenía la suficiente confianza como para que hubiera ese tipo de libertades y que, por otro lado, se libraba de la tesitura de rechazar a los demás. De hecho, para él suponía una ventaja porque le daba la oportunidad de que escogiera a quien quisiera como acompañante y con ello diera ejemplo al resto. Los últimos que quedasen ya no podrían escoger y se resignarían a ir juntos, pero hasta entonces las opciones eran variadas.

¡La mayor tontería del mundo la cometió Manuel con todo el descaro! Fue el siguiente a quien el sacerdote nombró y fue tal la sorpresa e impresión que ello le causó, que reaccionó por impulso, no se detuvo más de dos minutos ni recapacitó sobre su elección. Mi nombre salió de sus labios como si me concediera el mejor de los galardones. Fue una actitud incoherente y contraria a la mía. Yo le abría el corazón y él me lo cerraba de un portazo. En vez de reservarme para el final o para cuando alguien le rechazase como compañero del Emaús, me descartaba en la primera ocasión que se le presentaba. Era justo la torpeza y estupidez de que quienes sabían de antemano cómo se organizaría aquello que habían imaginado. Lo más justo y prudente hubiera sido que no aludiera a mí, que confiara en que tal vez otro me escogiera de pareja, pero él me rechazó sin más contemplaciones y como si ello fuese la mayor de las heroicidades. Yo estaba dispuesta a abrirle de par en par el corazón y él me respondía con aquella bofetada en presencia de los demás. Me sentó bastante mal y no le asesiné allí mismo porque había testigos y, en cierto modo, era algo previsible que sucediera, ante lo cual me conformé con una mirada que le llegase a lo más hondo del corazón antes de escoger pareja y emprender aquel paseo.

El chico que escogí como acompañante se vio un tanto sorprendido por mi elección, aunque mi compañía no contase entre sus preferencias porque ya tenía novia y conmigo no tenía tampoco más relación que la mantenida como miembros del grupo de la parroquia. Sin embargo, lo que yo quería era alejarme de allí y me daba lo mismo quién fuera conmigo. La elección de un chico fue por despecho y porque dentro de lo posible las parejas fueran mixtas, que no quedase tan patente esa separación entre chicos y chicas. Lo sucedido me había puesto nerviosa, alterado el estado de ánimo y antes que hacer una tontería en mitad de la Pascua, era preferible que pusiera tierra por medio, mientras ello fuera posible. El paseo hasta el pueblo se me haría largo, pero con la ventaja de que había suficiente distancia tanto con la pareja de delante como la que saliera después, por lo cual, aunque ello sonase un tanto egoísta por mi parte con respecto a mi acompañante que cargaría con mi estado de ánimo.

Aquel chico, ajeno a mi situación, como se sentía afortunado de que le hubiera escogido, lo primero que me dijo fue que mi charla le había encantado, ayudado en la reafirmación de su vocación al matrimonio y comprendía mucho mejor el sentido y la intención del Sábado Santo, lo que trasladado a su vida diaria lo consideraba toda una enseñanza y fuente de santidad, esa espera confiada y activa, ese esfuerzo por un objetivo, ese apoyo en la persona amada cuando se presentaban las dificultades. Sobre todo le había impresionado la idea esa de que todo era como un salto, que le habían dado ganas de levantarse y ponerse a brincar delante de todo el mundo. En especial me confesó que, tras mi charla, creía que entendía mejor a su novia y que quizá no era lo bastante agradecido con ésta ante esos detalles y demostraciones de afecto, que su novia a veces tardase media hora en arreglarse, cuando tan solo habían quedado para un paseo, cuando él la veía como la chica más hermosa del mundo sin que importase cómo se vistiera. Había comprendido que ella se tomaba su tiempo porque iba al encuentro de su amado y se le iluminaba la cara cada vez que éste resaltaba esa preocupación, que él no siempre valoraba lo suficiente.

Cuando me quise dar cuenta, teníamos a Manuel y a la chica que le acompañaba que nos pisaban los talones. Iban tan acelerados que nos hubieran pasado por encima y alcanzado a la pareja que iba por delante, si no hubiera sido porque se frenaron un poco cuando nos dieron alcance. En cierto modo, chocaron con nosotros y ello provocó un inesperado cambio de pareja, de tal manera que nuestros acompañantes, que eran novios, no tardaron mucho en coger ventaja y provocaron que Manuel y yo nos quedásemos solos, sin capacidad de reacción ante una situación incómoda y tan comprometida como era aquella. Al final yo conseguía lo que pretendía, antes de que sus palabras me hicieran cambiar de opinión, Manuel se encontraba en la tesitura que no mucho antes había rechazado de plano. En cierto modo, y visto con cierta distancia, se repetía la misma situación que en febrero, sin que en aquella ocasión hubiera escapatoria para ninguno de los dos. Nos quedaba el resto del paseo hasta el pueblo y no nos quedaba otro remedio que recorrerlo juntos, si antes no nos daba alcance otra pareja y se producía otro cambio poco reglamentario, lo cual no resultaba muy correcto para nadie y ya se habían cometido bastantes torpezas por culpa de una mala ocurrencia por mi parte.

Allí estaba yo, en compañía del chico a quien estaba dispuesta a permitir que me conquistase, pero a quien, por otro lado, hubiera dicho cuatro verdades sin la menor moderación por mi parte, aunque por suerte para él me contuve, ya que aún no me había rendido a la posibilidad de que aquel Emaús supusiera el comienzo de algo especial entre los dos. Era mi ocasión para que le dijera lo que sentía por él y me diera una respuesta en uno u otro sentido. Al menos era su oportunidad para que sacase el valor de donde lo tuviera y me confesara de una manera más abierta lo que sentía por mí, porque esa era la impresión que me había dado desde el miércoles por la tarde. ¡Ni el mismo se creería su suerte o mala suerte, según lo viera! Era la chica que comida tras comida me escondía en aquel rincón y ponía distancias entre los dos, pero en aquel momento me tenía indefensa, por mucho que la expectativa de mi reacción ante sus palabras no le resultase tan alentadora. Era su momento para que me demostrase que, como yo había hecho en febrero, tenía las ideas claras con respecto a nosotros y le era indiferente lo que opinase el resto del mundo.

Ni una palabra, ni una mirada; nada. Eso fue lo que recibí de él a lo largo de aquel largo e interminable paseo, mientras que yo cada cierto tiempo le miraba de reojo, con mucho disimulo, buscaba su complicidad, me mantenía a la expectativa de algún cambio de actitud por su parte, aunque fuese un desacertado intento de disculpa por la estupidez que había cometido al rechazarme como pareja para aquel Emaús. Sin embargo, parecía que iba acobardado, que le llamaba más la atención el paisaje que mi compañía, como si confiara en que el pueblo se encontrara tras la siguiente curva del camino o el siguiente paso, para que aquel paseo fuera lo más breve posible, a pesar de que nuestro ritmo de marcha fuese bastante tranquilo, sin ninguna prisa, a la velocidad justa para que no nos dieran alcance quienes venían por detrás ni los que iban por delante desaparecieran de nuestra vista.

Mientras caminaba, en mi interior se debatía una lucha de la que no quería que Manuel fuera partícipe, porque, si yo no me aclaraba, su implicación no serviría de mucho. La disyuntiva que se me planteaba era bastante seria. Carlos estaría allí en unas pocas horas y estaba segura de que ya no había motivo para que se preocupase por mis sentimientos ni nuestras historias del pasado, porque, si él había rehecho su vida, lo aceptaba e incluso me alegraba por ello. Sin embargo, si para mí no era indiferente la llegada y presencia de Carlos, la actitud con que me enfrentase a ello sería de gran relevancia. Mis argumentos resultarían mucho más creíbles, si solucionaba mi conflicto con Manuel, ya fuera en un sentido u otro, aunque prefería que aquella historia no terminase mal. Tampoco es que en aquellos momentos sintiera el impulso de lanzarme a sus brazos, pero, en vista de su actitud, tal vez no fuera tan descartable que le diera un escarmiento y nos olvidásemos del tema para siempre. Lo cierto es que con una torpeza como aquella no me parecía que mereciera otro disgusto. Aunque lo tomara con resignación, lo de que nos diésemos una oportunidad no parecía tan malo. Después de todo, sus tonterías y su compañía habían reavivado un sentimiento que creía perdido y renunciar a esa alegría que me recorría por el cuerpo no resultaba tan fácil.

Tomada aquella determinación le miré como la chica más enamorada del mundo, al menos era mi intención, aunque ni las circunstancias ni el momento lo favorecieran demasiado, sin que por su parte recibiera ninguna respuesta, como si se reprimiera a la hora de que nuestras miradas se cruzasen. Hubiera bastado con una sonrisa, con la menor evidencia por su parte para que se rompiera aquel silencio y hablásemos con sinceridad; tal vez le hubiera cogido de la mano o dejado que él tomara la iniciativa y se mostrase un poco más cariñoso conmigo. Sin embargo, mis buenas expectativas de aquel instante chocaron contra su indiferencia y quizás el convencimiento de que antes de que fuera demasiado tarde tendríamos que hablar, nos apeteciera o no. Comprendí que la única manera en que tendría toda su atención sería que le asegurase que ya la tenía, sin que se esforzara. Si le demostraba que ya me tenía conquistada hasta el último centímetro del corazón, esperaba que no me quitase el ojo de encima y estuviera pendiente de cada segundo de mi vida, como si fuera la suya.

Cuando divisé a lo lejos la torre del campanario respiré aliviada, porque ello implicaba que estaba cerca el final de aquella incertidumbre, de aquella pesadilla, que los dos vivíamos como consecuencia de aquella frialdad, aquellos sentimientos reprimidos y a punto de estallar. Si yo me encontraba nerviosa, supuse que él no lo estaría menos, ante la expectativa de que la llegada al pueblo supondría una liberación, que le perdería de mi vista y me llevaría mi enfado conmigo, lo cual nos estropearía a los dos la Vigilia, de manera que se sentiría obligado a que hablásemos y aclarásemos la situación antes de que se volviera tensa para los dos. Por lo que a mí respectaba, necesitaba que él fuese partícipe de mis pensamientos, dado que los sentimientos aún resultaba un tanto confusos y contradictorios. No es que no le apreciase y, en cierto modo, hasta desease que aquello supusiera el inicio de algo bueno para los dos, pero temía más que aquello fuera un paso en falso, ya que abrirle mi corazón implicaba que compartiera mi vida con él, lo que con Carlos no había funcionado como hubiera sido mi deseo. Con Manuel no era más optimista, pero lo veía más viable, al menos para que nos diésemos una oportunidad. De hecho, pensé que como vivíamos lejos el uno del otro, la distancia más que un inconveniente me parecía una ventaja, dado que, con toda sinceridad, reconocía que ello me permitiría seguir con mi vida sin que ello me agobiara. Casi me parecía que aquel era el romance perfecto para mí. Supongo que a la larga he comprendido que me equivoqué porque sólo pensé en mí misma.

El final del paseo de aquel Emaús debió ser la iglesia, un punto de encuentro para todos antes de que chicos y chicas nos dispersáramos con intención de asearnos para la cena y la Vigilia, pero la primera pareja se detuvo delante del alojamiento de las chicas, la siguiente pareja hizo lo propio y nosotros tomamos ejemplo, porque la verdad era que ya pesaba el cansancio y para las chicas aquello suponía una ventaja o suerte frente a los chicos, a parte que de este modo no volveríamos sobre nuestros pasos y ganaríamos algo de tiempo.  Cuando entramos en el pueblo, no le pregunté si me acompañaba hasta el final del paseo o se iba al alojamiento de los chicos por otro lado, para no seguir conmigo, porque temiera que su actitud se entendiera como un acoso o que me hubiera hartado de su compañía. Mi silencio fue premeditado e intencionado, una sutil manera de conseguir que me siguiera como un corderito. Tampoco es que esperase que huyera y me dejara sola, pero en caso de que lo hiciera, sería imposible que le dijera aquello que ya no podría callar por más tiempo. O me decidía y le hacía alguna indicación o lo daba todo por perdido, aunque no ganase nada. Esperaba un momento en el que de verdad me prestase atención y no pensara en las musarañas o en una escapatoria a aquella situación tan comprometida después de su torpeza y de un paseo que en principio no había sido agradable para ninguno de los dos. Si hubiera optado por la huida, no le hubiera detenido, porque la Pascua continuaba para todos y antes o después nos encontraríamos y se daría cuenta del estado de ánimo en que me dejaba. Mejor que no me pusiera a prueba hasta ese punto porque se toparía con una sorpresa poco fraternal y conciliadora.

Seguíamos el mismo camino que las parejas que nos habían precedido que, por lo ameno de su conversación, necesitaban que el final del Emaús estuviera tres pueblos más allá porque la conversación se les había quedado a medias y aún tenían mucho que compartir y decirse, impresión muy distinta a los momentos previos a la salida. Digamos que mi indiferencia y frialdad hacia Manuel fueron con premeditación y alevosía, más cuando éste se mantenía igual de frío que durante el camino, esperaba que los otros chicos emprendieran el camino hacia la casa para marcharse y quitarse de mi vista.

Fue la llegada de la pareja que nos seguía lo que propició que nos moviéramos, dado que venía compuesta por otras dos chicas. Nuestra superioridad numérica, tres contra cinco, resultaba amenazadora. Estas últimas venían con prisa de entrar en la casa para ducharse, temían que la petición de turno en la ducha alargaría la espera. De hecho, creían y suponían que dicho turno se habría establecido e iniciado según orden de llegada, pero aún nos encontrábamos en la calle y ninguna de las chicas se había preocupado por saber quién traía las llaves. Llegado ese momento me armé de valor, abrí la puerta sin que Manuel se perdiera de mi vista, porque no quería que se escapase sin haberle dicho algo, en vista de su poca iniciativa e intento de disculpa o variación en ciento ochenta grados el rumbo que tomaba nuestra relación. No sé si hubiera salido detrás de él, en caso de que se hubiera ido, pero no me habría sentido muy a gusto conmigo misma y, por encima de todo, aquella noche era la Vigilia, la mejor ocasión para que la felicidad fuera completa, para que se diera un sentido a todo lo bueno y no tan bueno que se había vivido en aquellos días. No consideraba que hubiera habido nada malo como tal, todo era consecuencia de aquella convivencia.

Ante la puerta abierta las demás no se lo pensaron dos veces y entraron en la casa, tras una rápida despedida de los chicos, de aquellos que habían sido sus compañeros de Emaús. Como era de esperar los otros dos chicos se lo pensaron poco antes de marcharse, dado que ya nada ni nadie les retenía allí y se les presentaba la oportunidad de ser los primeros en ducharse. Y mientras los demás se despedían, tanto Manuel como yo nos quedamos allí parados, ajenos a todo. Él en mitad de la calle y yo junto a la puerta, con una mano en el pomo y un pie en el escalón, con la mirada puesta sobre él, como si esperase que en el último momento se rompiera el silencio que hasta entonces se había impuesto entre nosotros. A él parecía que los pies se le habían clavado al suelo, como si esperase que le cerrara la puerta en las narices, que me escondiera dentro de la casa para que nos perdiéramos de vista.