Ana. Silencio en tus labios (1)*4

Domingo, 20 de abril de 2003

Cuando el sacerdote dijo “Podéis ir en paz”, mientras la gente salía a la calle, el coro cantaba, expresaba la felicidad por la Resurrección, yo contuve la risa, porque me sentía alegre, que de verdad todo aquello iba conmigo y no era un cuento ni lo mismo un año tras otro. Pero en vez de saltar o salir corriendo, me quede allí, sentada donde estaba, necesitada de esa última oración de agradecimiento. Sentía que debía quedarme justo allí y esperar, no tanto a saber qué hacían los demás, como el momento en que ya no me sintiera tan pegada al banco. En realidad, eché en falta la cercanía de Manuel, que compartiéramos aquel momento, pero no sabía dónde se había sentado y me pareció un poco imprudente levantarme e ir a su lado, aunque no me molestase que tal vez él hubiera tenido la misma idea y se hubiera acercado a mí, lo cual no hizo, por vergüenza o por no variar la costumbre de los últimos días, porque creyese que tal vez no habría un sitio a mi lado o que saldría corriendo en cuanto se acercara. Lo que me apetecía era darle un beso y decirle que le quería con la seguridad que de sus labios obtendría la misma respuesta, si no había pregunta. Estaba feliz y necesitaba irradiar esa felicidad a todo el mundo. Me sentía conquistada por el amor, pero necesitaba que me conquistaran.

Pronto la iglesia se quedó lo bastante vacía de gente de modo que no reprimí el impulso de echar la vista atrás y encontrar a Manuel para saber cuán cerca o lejos se encontraba de mí. Busqué ese cruce de miradas entre los dos con la esperanza que su anhelo fuera el mismo que el mío, invitándole a que se acercara, que aprovechase que aún la gente se movía, unos para salir y otros para sentarse más cerca del altar. La verdad es que quedó demasiado patente que estaba nerviosa, que mi actitud no era muy normal. Me percaté de que en aquella ocasión había más de uno que tenía puestos los ojos en mí por encontrarme sentada en uno de los primeros bancos y mi inquietud les ponía nerviosos, aparte de que alguno de los hermanos estuviera algo mosqueado por mi actitud durante la cena, siendo tan poco comunicativa cuando lo normal era que fuera la alegría de la fiesta, que hablase con todo el mundo, estuviera entretenida y ocupada para que Manuel no tuviera ocasión de acercarse a mí. Yo misma me delataba casi sin pretenderlo.

Después de un rato largo de oración en silencio, dos de mis amigas me propusieron que las acompañara para ayudar con los preparativos del chocolate que nos tomaríamos aquella noche. En principio estaba excluida de dicha tarea, pero era una buena excusa para que me sacaran de allí y habláramos un poco más en privado, me dieron la oportunidad de que soltara todo lo que llevaba dentro sin que nadie más del grupo se enterase. Les picaba la curiosidad por saber qué me pasaba y querían servirme de apoyo y consuelo, en caso de que no me encontrase demasiado bien por causa de quien me hubiera amargado la tarde con su actitud poco fraternal. Pensaron que quizá para mí fuera más fácil ese desahogo bajo el amparo de nuestra amistad y no tanto en la dirección espiritual o en armarme de valor para cantarle las cuarenta a ese insensato. Mejor que solventara aquella tensión en privado y sin que afectase de manera tan directa a la buena convivencia o al grupo. Es decir, tomaron la misma actitud que cuando se enteraron de mi ruptura con Carlos o cada vez que el nombre de Manuel se hacía notar en mis oídos, aunque aquellas crisis fueran más al principio, cuando no lo tenía tan asimilado y me afectaba. Pero ya llevaba algún tiempo siendo capaz de enfrentarme a ello sin ayuda ni refugiarme en terceras personas.

En cuanto estuvimos en la calle no se reprimieron a la hora de preguntarme, querían todos los detalles y sobre todo me dejaron claro que allí estaban ellas para que desahogase mis penas en su hombro fraternal. Lo querían saber todo con detalle, que concretase algo más sobre lo sucedido durante el “Emaús” y en particular durante la cena, dado que no tenían claro si mi actitud se debía a que estaba molesta por la compañía o disfrutaba más que ninguna, saboreando una dulce venganza final. No es que tuvieran ganas de criticar ni de llevar su sinceridad hasta el punto de reiterar que la actitud de Manuel no les terminaba de gustar, por ser un tanto peculiar, distinto a los demás chicos, porque esa no era la manera más adecuada de comportarse durante la Pascua, ni aún con la excusa de ese supuesto enamoramiento no correspondido. Fui yo quien les pedí que se tranquilizaran y no se preocuparan por nada, ya que me encontraba bien y mi estado de ánimo no tenía nada de especial, tenía la situación controlada. No les oculté mi inquietud por la charla que tenía pendiente con Carlos, pero sobre lo demás no solté prenda. Prefería que me dejasen tranquila cuando Manuel y yo tuviéramos ocasión de hablar, o provocarían que éste se acobardase en el último momento por sentirse observado.

Hubo alguna que me llegó a insinuar que tal vez estuviera enamorada, o algo así de fuerte, aunque ello no encajaba con las expectativas creadas en torno a mi conversación con Carlos, cuando de sobra era conocido que éste ya tenía otra novia y relación formal bastante más estable que la mantenida conmigo por muy diversos motivos. Sin embargo, no resultaba muy coherente pensar que dicho enamoramiento estuviera relacionado con Manuel, salvo que hubiera perdido la única neurona que aún me quedaba sana. Después de la Vigilia estaba claro que algo muy bueno me callaba y aquel posible nuevo amor ya era una gran noticia. Mis amigas, como todo el mundo, querían verme feliz. Lo único que me sonsacaron, después de mucho insistir, fue que no evitaría que Manuel me felicitase la Pascua como el resto de la gente. Así esperaba que me concedieran dos segundos de relativa tranquilidad para que éste me dijese lo que esperaba antes de que se entrometieran e intentasen separarnos.

El grupo se presentó en el comedor una media hora después y sin que nadie se hubiera quedado por el camino. Me hubiera desilusionado, si Manuel no se encontrara entre ellos y me faltó tiempo para correr a su encuentro, esperando que en medio de la confusión por las felicitaciones de la Pascua los dos segundos de margen fueran dos minutos. No necesitaba más para estar segura de abrirle el corazón y demostrarle de verdad que se lo decía en serio, que quería que viera lo enamorada e ilusionada que estaba con nuestra relación, como me quitaba la careta de chica fría y le mimaba hasta más no poder, mientras buscaba y fomentaba esa complicidad entre los dos, creyendo que eso sería justo lo que esperaba de mí, aparte de no querer que se asustara cuando Carlos apareciera por la puerta y viera que me marchaba con éste. Mejor que los celos y las dudas no estropeasen tan dulce momento de nuestra vida. Dejaba atrás mi pasado para tener un futuro mucho más alentador.

Le planté un beso en cada mejilla sin cohibirme, puse en cada uno todo el sentimiento y la intención, le felicité la Pascua y le animé a que me hiciera esa pregunta que tanto anhelaba escuchar de sus labios. Esa noche, si me ofrecía la luna como prueba de amor, me lo creería. Sin embargo, mis aspiraciones eran mucho más simples y sencillas, quería que me hiciera una pregunta para que mi respuesta tuviera todo el sentido que le estaba dando. Su contestación, fue bastante más original de lo que me esperaba, me devolvió los besos, no porque los rechazase, sino porque los míos le supieron a poco. Quiso repetir la experiencia, comprobar mi reacción ante su osadía, que mi actitud no era ninguna burla ni espejismo propio de la felicidad pascual. Se aseguró que no estaba borracha y sí muy segura de lo que tramaba. Para mí aquellos dos besos tuvieron un sabor especial, más románticos que fraternales y casi me di por satisfecha porque por fin había conseguido lo que pretendía.

La pena fue que los segundos se pasaron pronto y no hubo tiempo para decir nada. Nuestros hermanos no dejaron que Manuel acaparase toda mi atención y no pude hacer nada por demostrarles que se equivocaban. Sin embargo, en esa ocasión la separación no me sentó tal mal, ya tenía la tranquilidad y confianza para desplegar toda mi sutileza y expresar todo lo que llevaba dentro sin necesidad de hablar, de dar la nota delante de nadie. Sería algo sólo entre Manuel y yo, con discreción, como si llevásemos mucho tiempo siendo pareja y a nadie le importara demasiado lo que hiciésemos mientras no destacásemos con intención. Fue la ocasión para demostrarle a Manuel cómo quería que fuese nuestra relación a partir de ese momento, sin que proclamásemos a los cuatro vientos que nos queríamos, sería algo de lo que la gente se daría cuenta con el tiempo, cuando entendieran que estábamos juntos y no porque Manuel pareciera no querer estar con nadie más.

Como una de las responsables del reparto del chocolate, estuve pendiente de que Manuel se acercara a mí, que nuestros besos de antes no quedaran en el olvido y se atreviera a hacer público lo que para mí ya era una evidencia, que se creyera que mi declaración de amor era en serio. Lo normal era que llenásemos los vasos y los dejásemos sobre la mesa que se había dispuesto para ello y que la gente no se amontonara en torno a la cacerola, habría chocolate para todo el mundo, incluso se preveía que sobrara. Sin embargo, cuando Manuel se acercó, de los últimos, antes de que echara mano a uno de los vasos de la mesa, me adelanté a él, llené un vaso, le di un pequeño sorbo y se lo entregué junto con una sonrisa de complicidad. Nadie más se percató de mi sutileza porque todo el mundo estaba distraído con la conversación y la música. Quise que Manuel entendiera que le hacía entrega de una prueba de amor, de lo mucho que esperaba que compartiéramos desde aquella noche.  De hecho, confiaba en que nadie se pensara que aquello era como mi venganza, como si le castigara al hacerle entrega de un vaso más vacío que él de los demás. Tan solo intercambiaba un poco de chocolate por su amor sin condiciones. En aquellos momentos y circunstancias no se me ocurrió otra manera de que compartiéramos la felicidad que me embargaba, ante el temor de que los demás se entrometieran porque pensaran que Manuel de nuevo me molestaba.

Se quedó cerca de mí mientras se bebía el vaso de chocolate porque en aquellos momentos no le apetecía estar con nadie más ni yo quería que se fuera muy lejos. Me sentía acaparadora de su atención, aunque no hablásemos ni nos hiciéramos mucho caso porque estaba ocupada con el chocolate y temía que se perdiera y aquellos momentos no fueran más que un dulce sueño que se acabara de un momento a otro, que despertaría cuando menos me lo esperase y me daría cuenta de que nada de aquello tenía sentido. Tenía la atención en los demás, pero los cinco sentidos puestos en Manuel. Me resarcía por la frialdad que había encontrado durante nuestro camino de Emaús, que el silencio de aquella tarde no había sido más que una explosión de amor reprimido. Necesitaba compartir con Manuel la felicidad por la Resurrección, por ese nuevo corazón que sentía dentro de mí. Necesitaba la seguridad de que daba el paso correcto en mi vida y que aquello no era más que una mentira para justificar el nerviosismo y las incomodidades de los últimos meses, que no se trataba de una rendición ante la evidencia de que tal vez no me quedara otra salida.

En medio de aquellas divagaciones, de aquellos cazos de chocolate que salían de la cacerola y llenaban los vasos vacíos que me ponían delante, se abrió la puerta del comedor y apareció Carlos tan encantador como siempre, con claras evidencias de que traía en el rostro la felicidad pascual y su deseo de compartirlo con quienes nos encontrábamos allí. Se presentaba solo y dado que uno de los motivos de aquella visita era su charla conmigo, fue inevitable que me buscase con la mirada, que sin necesidad de que nos dijésemos nada, le confirmara o desmintiera si aún estaba dispuesta a que mantuviéramos aquella conversación, que, una vez hubiera saludado a todo el mundo, le tendría a mi entera disposición porque él tenía tanto o más interés que yo en que resolviéramos aquel asunto cuanto antes. Acudía a la pascua en actitud conciliadora. Confiado en que de verdad la Resurrección me hubiera cambiado el corazón, ya que él no se sentía en paz consigo mismo mientras a mí me quedase esa pena y dolor en el corazón. Lo cierto es que sin que hubiera requerido mucho esfuerzo por mi parte, ya que apenas me había preocupado por el tema, aquella noche, en aquellos momentos, estaba dispuesta a superar las heridas del pasado. Lo cierto era que la decisión ya la tenía tomada desde hacía algún tiempo, pero hasta aquella noche me la había reservado.

En cuanto conseguí que una de mis amigas me reemplazase en el reparto del chocolate, y Carlos se sintió liberado de la atención de los demás, salimos a la calle. Era preferible que mantuviéramos aquella conversación en privado, el tema lo conocía mi director espiritual y no era un asunto del que me gustase que se enterase todo el mundo. En cierto modo, había sido una de las causas por las que Carlos y yo habíamos dado por terminada nuestra relación. Sin embargo, mientras que él lo había superado y aceptado, yo mantenía mis reticencias porque ya era evidente que un cambio de actitud por mi parte no cambiaría lo sucedido. Me dolía y molestaba justo eso, que no hubiera posibilidad de borrarlo y echar marcha atrás, como si jamás hubiera sucedido. Lo nuevo y distinto de aquella noche, lo que, en cierto modo, justificaba que ya no volviera la vista atrás con recelo era que sentía que mi corazón había cambiado, que mi felicidad se viera truncada por aquel asunto. Tenía más que ganar que perder y aquella noche lo apropiado y coherente era que me planteara la vida con otras expectativas más positivas en todos los sentidos.

No me olvidé de Manuel, aunque tampoco le avisé de que me marchaba ni me paré a pensar que se sentiría un poco confundido ante el hecho de que me fuera con Carlos cuando ya me tenía conquistado el corazón y confiaba en que no le abandonaría aquella noche ni el resto de nuestras vidas. Sin embargo, en aquellos momentos el asunto a tratar con Carlos era mucho más relevante que mis sentimientos, que mi propia vida. De hecho, fue a Carlos al primero que le comenté que de nuevo me sentía enamorada, que le había abierto el corazón a alguien, por lo cual me sentía justificada para soltar el lastre que aún me ataba al pasado. Se lo confesé para que entendiera que no había motivos para que se sintiera preocupado por mí o cómo me afectara que hubiera rehecho su vida. Lo que había habido entre nosotros se quedaba como algo del pasado que ya no me afectaba porque había encontrado quien llenase el vacío dejado en mi corazón. Por supuesto Carlos se alegró con la noticia. En realidad todo lo que hablamos durante aquella conversación resultaba positivo y favorable para los dos y para aquellos que de una manera más o menos directa se vieran afectados por aquellas cuestiones.

Una vez que consideramos que ya estaba todo hablado, Carlos me propuso que volviéramos a la reunión con los demás, pero en vista de que no me sentía animada, que ya estaba agotada por los acontecimientos de todo el día, no puso objeción a que me fuera por mi cuenta. Lo que me apetecía era volver junto a Manuel, que éste no se inquietase por mi marcha, pero me dio un poco de vergüenza que Carlos nos viera juntos o que todas las miradas se fijasen sobre mí por nuestra escapada. No me sentía con ánimos para dar explicaciones a nadie y confiaba en que Manuel lo entendería cuando encontrase el momento de hablarlo con él. Ya le había dado pruebas de mi cariño y pensé que, si las suyas eran tan sinceras como las había sentido, no pasaría nada, si esperábamos hasta la mañana siguiente para continuar con nuestras demostraciones de complicidad.