Ana. Silencio en tus labios (1)*4

Continuación del 19 de abril

Sin embargo, frente su actitud fría y distante, me animé y llevé la iniciativa. Temí que quizá me precipitara, pero, después de los acontecimientos de los meses y días previos, era lo lógico. Se terminarían los comentarios y las dudas respecto a nosotros, la gracia de mis amigas cuando aseguraban que le tenía en el bote y cosas similares, como una manera de reírle la gracia, que no a mi costa. Era el momento de que me sincerase y diera respuesta a una pregunta que él no me había planteado ni directa ni abiertamente, lo cual hacía que mi iniciativa resultase un tanto absurda e inoportuna. Los demás sí me lo habían planteado, sin que yo hubiera dicho nada entonces, pero allí nos encontrábamos los dos, solos, y me daba igual si las chicas nos observaban por la ventana o si llegaba alguna otra pareja y se encontraba con aquel panorama. No necesitaba más de dos segundos, lo justo para que se diera por aludido y se atreviera, me hiciera la gran pregunta, si es que alguna vez se lo había pensado en serio. De lo contrario, ya sabía cómo sería nuestra relación cada vez que nos encontrásemos, a mi lado no habría sitio para él y mi corazón se le cerraría para abrirse a otro más enamorado y atrevido.

Di tres pasos largos desde la puerta hasta que llegué a su lado, ni uno más ni uno menos, porque un paso más hubiera supuesto que me echase sobré él y uno menos que me quedase tan alejada que mis palabras se escuchasen por todo el pueblo, cuando se trataba de algo tan personal. Mi intención era que me mirase a los ojos y se fijase en mi sonrisa. No se esperaba mi reacción y por eso se turbó ante mi comportamiento. Más que paralizarse, le sentí asustado, incapaz de reaccionar ante lo que no sabía que se le venía encima. Su suerte fue que no diera ni necesitara más que esos tres pasos para acortar la distancia que se interponía entre los dos, como si le fuera a abrazar, pero fueron los pasos justos para que las puntas de mis pies se rozasen con los suyos y mi boca se acercase a su oreja para decirle aquello que tenía pensado y que al final me salió más natural de lo esperado. Aquel “Te quiero, tonto. Luego hablamos” me salió del corazón y no tanto de la cabeza, hasta el punto de que yo misma me asusté, porque tan solo esperaba que hablara conmigo cuando tuviera un momento, no que aquello fuera una confesión de mis sentimientos. Tras lo cual retrocedí sobre mis pasos y me encerré en la casa con más vergüenza que prisa. Es decir, que si hui fue más por cobardía y no porque no deseara una respuesta en aquel momento.

Hasta entonces no me había considerado una chica tan atrevida con un chico ni con la confesión de mis sentimientos. Le dije que le quería y le di la espalda para esconderme en la casa para no morir de la vergüenza, dado que era lo último que hubiera esperado que oyese de mis labios después de lo sucedido aquella tarde. En realidad ni siquiera me espere a saber si se había enterado de mis palabras. Preferí que no hiciera ninguna tontería que nos pusieran en un compromiso a los dos. Ya había chicas en la casa y la gente seguía llegando por lo que su presencia en mitad de la calle resultaba un tanto chocante e inoportuna después de la actitud demostrada en los días previos. Quedarse allí por mí hubiera sido una estupidez y entonces sí que le habrían llamado la atención, sin que importara demasiado que a su edad ese comportamiento enamoradizo resultara un tanto inapropiado. Estábamos allí para vivir la Pascua y no para actuar como adolescentes ni como dos tontos enamorados. Había que demostrar un poco más de seriedad y formalidad.

Cuando entré en la casa, el gesto en la cara de las demás era un poema, reflejo de mi propia incredulidad ante lo que acababa de suceder. En seguida me di cuenta de que a ninguna le había pasado por alto lo sucedido en la calle y les picaba la curiosidad por enterarse de primera mano e incluso si lo sucedido tenía alguna relación con el Emaús. Era la primera vez en toda la Pascua que me habían visto tener un trato tan directo con Manuel y les había llamado la atención. Sin embargo, no hice comentarios muy abiertos, opté por la discreción. Se trataba de una cuestión personal entre Manuel y yo. No había nada más que comentar al respecto, mientras todo siguiera en el aire. Además, no era ningún secreto para mis amigas que esa noche, después de la Vigilia, Carlos se presentaría allí para hablar conmigo, de modo que lo de Manuel resultaba poco relevante. En caso de que me hubieran preguntado sobre lo que tenía que hablar con Carlos, les hubiera contestado que le dejaría clara nuestra ruptura, que ya no éramos novios era algo sabido por todos, de igual modo el hecho de que éste ya saliera con otra chica y yo no tenía cabida en su vida. Lo cierto era que se trataba de un asunto personal ajeno a esas cuestiones sentimentales.

Les hablé con entera libertad sobre mi experiencia del Emaús, que no había sido peor ni mejor que las suyas, por lo que me comentaron, no desentonaba con la impresión general, por mucho que tampoco tuviera algo que contar al respecto. Manuel y yo no nos habíamos dirigido la palabra y la tensión se había notado en el ambiente desde el primer paso. El final de aquel paseo no significaba tanto, mis palabras, mi susurro en su oreja, no habían sido más que un paso más dentro de la vivencia la Pascua para mí, porque sabía de antemano que él y yo coincidiríamos. Tenía la expectativa y propósito de hablar con él antes de que nos separásemos y el tiempo se acababa por momentos. El caso es, que al igual que todas, tenía sobrados motivos para ilusionarme tanto con la última cena como con la Vigilia. De hecho, me gustó la sugerencia que me plantearon algunas de las chicas sobre que la cena fuera por parejas, como una continuidad del “Emaús”, lo que no rompía con el sentido de tal paseo. Ante tal propuesta sería difícil que los chicos pusieran objeciones.

Como me encontraba allí y era una de las responsables de la pascua, me preguntaron por si me parecía bien o lo veía una tontería. De hecho, después de cómo había sido mi actitud durante las comidas y cenas de aquellos días, casi era obligado que les diera mi opinión, por si evitaba a Manuel o me daba lo mismo. Como tal no puse inconveniente, pero tampoco mucho entusiasmo. Les dije que lo organizaran cómo quisieran y que me sentaría dónde me dejasen, sin condiciones ni límites para nadie. Me agradase o no, Manuel no se quedaría sin cena aquella noche y tenía el mismo derecho que el resto a celebrar la última. En realidad, después de que le hubiera confesado mis sentimientos, tenía el capricho de que acortáramos distancias, que la gente empezase a vernos juntos y asumiera que entre nosotros empezaba a haber algo serio, siempre y cuando mis sentimientos se vieran correspondidos, dado que lo seguro hasta ese momento era que Manuel había sido un poco molesto en sus intentos de acercarse y que yo no había admitido que le quería. Lo que sucediera durante la cena o después aún estaba por determinar y esperaba un poco más de decisión e iniciativa por su parte, una respuesta clara y directa, más que un simple estar a mi lado porque pensara que se lo consentiría sin reparos.

Según llegaban las demás chicas a la casa les comentamos el plan y todas estuvieron de acuerdo con la idea, era una manera distinta de sentarse a la mesa, no sería por grupos ni por libre. “El Emaús” había sabido a poco, aunque todas tenían claro que aquellas que en suerte habían sido pareja de algún chico con el que no tuvieran nada serio antes no lo tendría después, lo cual tal vez fuera adelantarse mucho a los acontecimientos o poco espíritu de abandono a la providencia, pero estaba claro que ninguna había acudido a la Pascua con intención de encontrar al amor de su vida y los días que llevábamos allí les habían reafirmado en esa decisión. De hecho, quienes ya tenían novio se sentían mucho más unidas a éste y no se planteaba un cambio de pareja ni la ruptura. La única que en ese sentido me sentía diferente era yo, pero, como a todas, la vivencia de la Pascua me cambiaba el corazón, me hacía menos egoísta. Sin embargo, todo el planteamiento de mi historia parecía un juego sin mucho romanticismo. Al principio porque me negué a que Manuel se tomase muchas confianza y después porque me moriría, si él se mostraba frío e indiferente conmigo.

Tal y como les dije a mis amigas, esperé a que hubieran salido todas de la casa y cerré la puerta con llave, no porque me sintiera responsable, hubiera delegado en cualquiera de ellas, pero quise que todas dispusieran de tiempo para el aseo y se encontrasen con su pareja del “Emaús” antes de la cena, que el sitio donde me sentara aquella noche no dependiera de mi lección, sino de donde me dejaran. Incluso temí que Manuel se lo hubiera pensado y no se sentara conmigo, pero no quería que se le diera esa opción, porque, después de mi confesión, ese desplante me sentaría un poco mal. Le había dado permiso para que me conquistase en serio y esperaba que lo hiciera. Si se sentía tan hombre, no consentiría que la conquista se limitase a mi confesión para considerar que todo estaba dicho. Tan solo había dado el primer paso y creía que me merecía una conquista en condiciones: ¡un “te quiero” que se me clavase en el corazón e hiciera que me olvidara que alguna vez lo había escuchado de otros labios! Quizá fuese muy exigente, pero después de todo lo sucedido una respuesta fría y no sentida resultaba poco apropiada. Asumía que los comienzos serían difíciles, que en aquellos momentos él se sentiría perdido, que yo era la causa de esa desorientación y no quería que me dejase al margen. Esa vez no le había pedido que me dejase en paz ni que me olvidara.

Cuando me asomé por la puerta de nuestro improvisado comedor de aquellos días, se sentía la fraternidad en cada rincón. Estaba claro que a los chicos tampoco les había parecido tan mal la idea que se cenara por parejas y, dado que las mesas eran de seis personas, no cabía confusión ni vergüenza por parte de nadie. Era como si cenáramos por grupos, más cuando había más chicas que chicos y estaba claro que el romanticismo no aparecería más allá de las parejas de novios formadas con anterioridad e incluso eso quedó en un segundo plano porque allí estábamos entre hermanos y nos olvidábamos un poco de nosotros mismos. Sin duda los únicos que desentonamos fuimos Manuel y yo, pero aquel panorama no hizo que cambiase mi planteamiento; ¡no le dejaría que se escapase!, siempre y cuando los demás me lo permitieran. Entendía que seguíamos en la Pascua y no era correcto que se alterase ese clima de fraternidad y oración por algo así, de manera que lo único admisible era que actuara con discreción, que sentara las bases de lo que habría entre los dos y que cobraría sentido a partir del día siguiente, cuando nos marcháramos a casa. Es decir, el romanticismo no tenía cabida en aquella cena, pero no por ello dejé mis sentimientos en la calle para que se congelaran de frío, los llevé conmigo.

Como al grupo de Manuel le correspondía servir la cena, éste aún no se había sentado. De hecho casi me pareció premeditado, por los nervios y la confusión que le recorría todo el cuerpo, expectante ante mi llegada. Creo que fue el único que se percató de que yo era la última. Los demás estaban demasiado concentrados en que no se perdiera el hilo de su conversación y en que se bendijera la cena. Supongo que el hecho de que tan solo quedasen dos sillas libres era motivo más que suficiente para que él se mostrase indeciso, allí nos tendríamos que sentar los dos, pero no estaba seguro de sí a mí me convencería la idea, en vista de los precedentes, aunque aquella noche ya de por sí fuera distinta. La cuestión es que me senté y no le hice caso, dado que se mostró bastante frío cuando se percató de que estaba en la puerta y, por el ambiente que había, comprendí que el recibimiento de los demás había sido mucho más cálido. Sin embargo, él no se atrevió ni tomó ejemplo. No le di mayor importancia a su frialdad, para mí era más que suficiente confirmar que le tendría sentado a mi lado durante la cena y que disfrutaría de su compañía como una enana.

La diversión comenzó en cuanto se sentó, en cuanto le tuve tan cerca de mí que no me reprimí ni lo intenté, sentí el impulso de demostrarle que me gustaba que se sentara a mi lado y temiera una mala reacción por mi parte. Le hubiera dado un beso, pero me pareció un tanto descarado y aún no se lo merecía. Me acerqué a él, me apoyé en su hombro y le susurré al oído lo que antes le había dicho en la calle, esta vez con pleno conocimiento y sin que se me escaparan las palabras. Fue para que entendiera que, a pesar de que compartíamos la mesa con otras cuatro personas, para mí era más importante su compañía, que no me hubiera importado que nos dejaran solos, si se hubiera dado el caso; que a diferencia de lo sucedido en aquella cena tras el retiro, en esa ocasión mi interés se centraría en él y no en mis amigas, de manera que esperaba que su actitud fuera la misma, si correspondía a mis sentimientos. De hecho, esperaba que me demostrase que me quería, que mis palabras y confesiones tenían algún valor y sentido en su corazón. No me dijo nada. Se quedó sin palabras.

Aquella noche cené dos veces y no me quedé con hambre, cada bocado que entraba en mi boca era la excusa para que mirase a Manuel e intentase descubrir qué hacía, cómo se comportaba ante mi proximidad y declaración. No me escondí de nadie y supongo que como era la novedad del momento, ya de por si éramos el centro de atención de todo el mundo, más por pensar que Manuel había conseguido su propósito y estaba sentado en la misma mesa que yo y a mi lado, que por mi comportamiento, ante la expectativa de que me dijese algo que rompiera la tensión del ambiente y del momento. Si aquello era como una continuidad de nuestro “Emaús”, la verdad es que nos ponía en evidencia, ya que los demás tenían mucho que decirse y nosotros manteníamos un silencio que sobresalía por encima del bullicio. Dábamos la nota de la manera más descarada, pero no creo que importase demasiado, porque sabía la trascendencia que ese momento tendría en mi vida.

Como los demás se dieron cuenta de que me pasaba algo, que mi comportamiento no era muy normal y, en vez de cometer la indiscreción de preguntármelo, optaron por poner a Manuel en ese compromiso. Sin embargo, éste se encontraba tan confundido como los demás. Si no era capaz de hablar conmigo, menos valor demostró para confesar que se sentía acosado y aturdido por mi declaración de amor y consecuentes demostraciones de afecto no reprimido. Un comportamiento por mi parte que rompía con lo que había sido hasta ahora. Ya no era una chica que le ignoraba ni que se mantenía observante a sus absurdos e inútiles intentos por conseguir mi atención y compañía. Era yo quien tenía el control de la situación y no le dejaba un segundo de tranquilidad, aunque de cara a los demás diera la impresión de que estaba enfadada o desanimada. Estaba, más bien, a la espera de los acontecimientos, de una respuesta que no me llegaba por parte de quién debía.

Aproveché un momento en que Manuel se despistó, me perdió de vista, y me marché, hice que entendiera que no me tenía tan enamorada como quizá pensara. Era momento de jugar al perro y al gato, de provocar su reacción de una manera más clara para que me demostrase sus sentimientos, si es que algo debía decirme en ese sentido. No es que pretendiera que me siguiera, que saliera tras de mí. Tan solo que se pensara lo que me tenía que decir, sin que mi presencia le coaccionara. De hecho, yo también necesitaba tiempo para pensar y recapacitar sobre ello, una historia de amor sobre la que no tenía nada claro y a la hora de la verdad era bastante confusa. Le había dicho que le quería y le hacía caso a mi corazón y no a mi cabeza. La verdad es que sentía que ni siquiera debería haber sido tan osada al expresarle de aquella manera mis sentimientos porque tan enamorada no me encontraba y me agarraba a un clavo ardiendo.

Le dejé un regalito en el plato, media naranja, y me llevé la otra mitad porque me pareció mejor que una terrina de natillas, porque después no hubiera sabido qué hacer con la cuchara ni me quise entretener ni que se quedara a medias, porque lo más fácil hubiera sido que nadie se lo hubiera comido. Ir por la calle con aquellos gajos de naranja tampoco fue algo que llamara la atención, además me dirigía al alojamiento de las chicas y allí me podría lavar las manos. Dejarle la otra mitad no sé si fue muy romántico, pero me pareció toda una sutileza, una declaración de sentimientos. Mi intención fue dejar claro que no me escapaba, que aquello era un pequeño descanso o paréntesis en nuestro juego para dar prioridad a la Pascua por encima de consideraciones personales. Después de la Vigilia reclamaría toda su atención y no permitiría que se despistase ni librara de mí demasiado pronto. Él no sabía que Carlos se presentaría allí, de manera que dispondría de menos tiempo del que se imaginaba para conquistarme. Si no lo hacía, tal vez después no se sintiera tan motivado y sería yo quien lo lamentase.

Estaba más interesada en hablar con él que en esconderme a la expectativa de que me encontrase. Aquella noche, después de la cena, me marché para no seguir a su lado a la espera de una pregunta que tardaba en salir de sus labios y de su corazón. Le di prioridad a la Vigilia y dejé a un lado los romanticismos. Supongo que me alejé de su lado para lamentar su falta de decisión y quizá mi exceso de precipitación, que me ilusioné, aunque no tuviera claro que me correspondiera de igual modo. Sin embargo, esa noche tenía una charla pendiente con Carlos y no quería ir de vacío, como tampoco me parecía muy prudente que acudiera con Manuel. Era un asunto privado donde no debía entrometerse. Su atención estaba en que mi corazón se llenase con su cariño y no con su curiosidad por mi vida. Mi cita con Carlos era para que aclarásemos una última cuestión personal, si es que después del tiempo transcurrido y aún quedaba algún asunto pendiente. Mis sentimientos y proyectos necesitaban un nuevo rumbo y compañero, ese sería Manuel, si éste quería participar de ello.

Estuve a punto de ducharme y no sólo aprovechar para lavarme los dientes. Me sentía bastante nerviosa por la tensión y necesitaba relajarme de algún modo. Al final opté por lavarme la cara y me mojé un poco la cabeza para refrescarme las ideas y acudir más relajada a la iglesia. Tenía que ayudar a mi grupo en la preparación de la Vigilia y la verdad es que no me sentía muy desanimada por ello. Era una excusa para olvidarme de mis problemas y agobios, antes de enfrentarme cara a cara con éstos. La Vigilia ayudaba a que se recargaran las pilas, como suele decirse, que sacara fuerzas de flaqueza de donde no las tenía y tomara la decisión que entonces me pareció la más importante de mi vida y después de estos años aún pienso que no ha perdido su relevancia, aunque haya tomado alguna que otra decisión igual o más trascendental. Aquella noche tenía que decidir qué haría con mi vida sentimental y personal, si lo daba todo por una historia de amor con final incierto o me quedaba sola lamentando mi cobardía, que me cerraba al amor cuando se me ofrecía con los brazos abiertos y sin condiciones. Lo peor de todo es que sentía que todo el peso de esa decisión recaía sobre mí, que Manuel era un elemento pasivo, que, si yo no daba el paso, él no daría por los dos, aunque le provocase o se lo insinuara. La evidencia de ello ya la estaba sufriendo.

Fui de las primeras de mi grupo en llegar a la iglesia. Conté con la ventaja de que fui la primera que terminó de cenar y no esperé a nadie. La iglesia estaba abierta y ya había gente allí ocupada con los últimos detalles de la ceremonia. En principio parecía que no habría que tocar nada, que se dejaría para el lunes todo lo que se había montado para la Pascua, como en Navidad, que el belén, que cada uno monta en su casa con tanto cariño, no se desmonta hasta mediados de enero y sin mucha prisa. Sin embargo, aquella noche, había prisa por retirar todo aquello que recordase a la Pascua, era la Vigilia, la Resurrección, se quitaba todo lo viejo y dejaba lo nuevo. Estaba todo alborotado por el jaleo, aunque la verdad es que la gente del pueblo llevaba la tarea bastante adelantada gracias a que el sábado, como tal, era un día sin liturgia y casi es la excusa perfecta para una limpieza general, sabiendo que se dispone de todo el día, aunque hubiera quien se acercase por allí a rezar, esa para mí era la oración más sencilla y humilde, porque no se quiere molestar ni ser molestado y uno se siente rodeado de una paz que todo lo embarga y lo hace propio.

Me senté en el último banco, donde me pareció que mi presencia no molestaba y sería más fácil que me encontraran los de mi grupo, según llegaran. Necesitaba sentirme en paz conmigo misma. Pero más que dedicarme a reflexionar sobre aquello que me atormentaba, me fijé en el sagrario vacío y abierto de par en par. ¡Qué lleno y cerrado estaba mi corazón! Yo lo quería tener así como el sagrario aquella noche, sabiendo que lo que entrara aquella noche se quedaría para siempre. Así era como quería vivir la Vigilia, abandonada a la esperanza, dispuesta a nacer de nuevo, no a renacer de mis cenizas, sino, más bien, levantada de mis caídas, no para sacudirme el polvo del camino, sino para seguir avanzando con las fuerzas renovadas. Y también me fijé en el banco donde me había sentado, el último, al fondo, casi en la penumbra, alejada del bullicio de quienes terminaban de ponerlo todo en orden. Y no, no me sentí sola y desamparada, sino esperanzada porque esa noche, justo donde yo me encontraba sentada, durante la Vigilia habría alguien cuya identidad desconocía y en quien ni siquiera me fijaría, porque era el lugar más apartado de todo. Para quienes vinieran a participar de la Vigilia, sería un asiento más para no quedarse de pie y pensé que tal vez un chico joven le cediera el asiento a una persona mayor llevado por ese espíritu de entrega. Y la persona mayor se lo agradecería y tal vez se diera cuenta que no todos los jóvenes son tan individualistas ni se limitan a entrar en la iglesia por curiosidad o por respeto a las tradiciones.

Poco después de la llegada de la gente de mi grupo, de que empezásemos a establecer cómo y quién participaría en la celebración, me sorprendió que entrara Manuel, no con intención de buscarme ni porque quisiera el mejor sitio, le noté bastante inquieto, como si buscase una paz interior que no era capaz de hallar en ninguna otra parte. Se dio cuenta que me encontraba allí y le sentí algo indeciso. No tuvo claro si hacía bien entrando, aunque al final lo hiciera. Había la suficiente cantidad de gente que entraba, salía y se movía por la iglesia que la presencia de uno más o menos no llamaba la atención. Me alegré de verle, me dio tranquilidad, que estuviera allí significaba que no era indiferente a lo que me sucedía, a lo que le había dicho. Fue como una respuesta a la pregunta que él aún no me había hecho, como si se la hubiera hecho yo. Tampoco es que tuviera que decidir hasta qué punto estaba enamorado de mí o dispuesto a comprometerse conmigo, solamente si sus sentimientos eran sinceros o se olvidaba todo. A mí se me había escapado un “te quiero” que a los dos nos había dejado helados, porque la primera vez no fue premeditado y la segunda fue una reafirmación de lo dicho para no desmentirlo y reafirmarme en ello, aunque no sonase tan sincero ni natural.

Un poco antes del inicio de la Vigilia, el sacerdote nos indicó que, por favor, le pidiésemos a todo el mundo que saliera fuera porque la iglesia se quedaría a oscuras, ya que todo empezaría fuera, en la plaza, en torno a una hoguera preparada al efecto. Lo cierto es que me sentí un poco rara, ya que aquello no parecía muy coherente con la idea que tenía de la Iglesia, aunque después de todas las Pascuas vividas a lo largo de mi vida entendiera el sentido. La Iglesia, el templo, no dejaba de ser un lugar de acogida, pero se trataba de la Vigilia, del paso de la oscuridad a la luz, de llevar la luz al corazón, la luz que se encendía fuera, sin egoísmos, con humildad y sencillez, aceptando el hecho de que la persona por sí sola no se salva. El caso es que no se trataba de quitar ni dar ventaja a nadie ni de poner un punto de salida para el inicio de una carrera para que los más rápidos ocupasen los mejores sitios, dando a todos las mismas oportunidades. Quienes estaban participarían de la ceremonia como el resto y no era oportuno que se quedasen allí esperando, por mucho que argumentasen que en la calle tampoco verían nada. Lo relevante era el sentido de aquella noche.

No me lo pensé, me fui directa hacia donde estaba Manuel, para que éste supiera que le había visto y le agradecía que estuviera allí, que compartiera conmigo sus dudas y temores, aunque fuera desde la distancia y en silencio. Entendí que en aquellos momentos de confusión nos íbamos a apoyar en uno al otro para aclararnos. En realidad no le dije nada, tan solo las mismas palabras que en las dos ocasiones anteriores, pero esa vez no se las dije al oído ni como un susurro. No pensé que nadie me escuchara. Además, necesitaba mirarle a los ojos mientras esas palabras salían de mis labios, tener algo más que una simple sensación intuitiva para estar segura de que correspondía a mis sentimientos. Fue mi manera de avisarle que necesitaba hablar con él después de la Vigilia, que no esperaría ni un segundo más a que se decidiera y me respondiera. Le daba una última oportunidad para que me conquistara o me perdiera, dado que toda chica y conquista tiene un límite que él empezaba a sobrepasar. Ya conocía la respuesta, me tocaba a mí saber si la pregunta era la que esperaba o seguiría callado.

Durante la ceremonia le perdí de vista. No es que me desentendiera de él o le evitase de manera intencionada, había demasiada gente como para que me centrase en ese detalle, de modo que me preocupé más por el desarrollo de la ceremonia. No tuve una participación demasiado activa a diferencia de mis hermanos de grupo, lo cual se debió a que con la charla de aquella tarde pensaban que ya había hecho bastante y no hacía falta que cobrase tanto protagonismo. La verdad es que agradecí que me dejasen en un segundo plano. De los Oficios de aquellos días fue la primera vez que no me preocupé por si Manuel me observaba o se centraba en la Pascua. Me escondí entre la multitud y disfruté como una enana de lo que allí se celebraba. Me sentía arropada y consolada en mis tensiones, como un soplo de aire fresco que entraba en mi corazón. La verdad es que tenía que estar muy segura del paso dado, no quería equivocarme y que se desvanecieran todas mis dudas. Tal vez Manuel no fuera el chico perfecto para mí, pero quizá sí el único con el que me planteaba mi futuro, iniciar algo en serio, consciente de que se presentarían los problemas casi desde el primer momento, pero le abría las puertas al amor y me sentía llena de vida.