Ana. Silencio en tus labios (1)*4

Acudimos las once chicas al rezo de laudes de aquella mañana. Ninguna se quedó metida en el saco porque la visita de los chicos nos había desvelado a todas y, dado que eran nuestras últimas horas en el pueblo, unas a otras nos convencimos de que había que aprovechar hasta el último momento. En cierto modo, alguna se lo planteó como un reto, ante la sospecha de que los chicos no serían tan responsables como nosotras. Mi motivación, aparte de que como responsable de la pascua me sintiera obligada, fue que tenía curiosidad por ver a Manuel, saber de su reacción ante lo sucedido en la casa, por si alguno de los chicos le había preguntado o él había hablado más de la cuenta. Incluso me preocupaba que estuviera inquieto por mí, porque aquel asunto le daba demasiado protagonismo, aunque de una manera mucho más agradable. Lo único que aprecié cuando crucé la puerta de la iglesia fue que predominaba la misma tranquilidad de cualquier otro día, con la peculiaridad de que era domingo de Resurrección. No me extrañó que Manuel tuviera la mirada puesta en mí, disimulaba, pero estaba pendiente de mi llegada, a la expectativa de dónde me sentara, por si mi postura cambiaba en ese aspecto. Sin embargo, preferí compartir el banco con mis amigas. No me sentía preparada para que nos vieran juntos, que se hiciera público que lo nuestro empezaba a ir en serio.    

Aquella mañana mi grupo sirvió el desayuno, pero la presencia de Carlos provocaba que fuéramos uno más, un mal cálculo en la organización y que faltase asiento para todo el mundo, de manera que los de mi grupo optamos por quedarnos de pie y esperar nuestro turno, así esperábamos un desayuno mucho más relajado. De hecho, la silla del rincón se quedó vacía, como si estuviera reservada para mí, lo que fue el reflejo de lo triste que Manuel se sentiría y me sentí incapaz de no hacerle un poco de caso, como había hecho por la noche con el chocolate. Tenía la oportunidad de demostrarle mis sutilezas. Lo cierto es que me di cuenta de que, si durante la Pascua él se había mostrado un tanto obsesionado conmigo, a su manera, le correspondía a la mía, sin que se sintiera agobiado, aunque en mi caso me atreviera a ser un poco más osada porque confiaba en que contaba con su complicidad, mientras que sus intentos por acercarse a mí habían contado sin que me viera implicada.

Me hice responsable de servir la leche caliente, me ofrecí voluntaria, lo que fuera con tal de tener una excusa para moverme por las mesas con libertad y ese acercamiento a Manuel sin que ello llamara la atención de los demás. Con todo el descaro que la ocasión ofrecía, me acerqué a su mesa con la jarra de leche caliente y me coloqué junto a Manuel con premeditación y alevosía, era mi oportunidad para que supiera que lo sucedido aquella noche no había quedado en el olvido, que, a pesar de lo distantes que estaba desde que me había despertado, aún necesitaba de esa cercanía con él. Como si necesitara colocarme bien, dejé un momento la jarra sobre la mesa, le robé una de las galletas, cuando me pareció que nadie tenía puesta su atención sobre mí, y me la llevé para comérmela cuando fuera mi turno para el desayuno. Me la hubiera comido delante de sus narices, pero pensé que ello me habría delatado y era el pago porque durante la cena del día anterior habíamos compartido el postre.

Después del desayuno se pasó el aviso de que tendríamos poco tiempo para recoger nuestras mochilas antes de misa y de marcharnos, por lo cual no hubo tiempo a que nadie se quedara, quien ya hubiera desayunado se tuvo que marchar. Intuí que Manuel hubiera esperado que le concediera cinco minutos para que hablásemos, porque apenas nos habíamos dicho nada desde mi declaración de amor. Todo se había quedado reducido a esos pequeños gestos de cariño, pero dado que yo aún tenía que desayunar, y prefería la compañía de la gente de mi grupo, le dejé un poco abandonado, con el consuelo de que por lo menos compartiríamos el desayuno, porque entre mis galletas contaba la que le había robado. Además, como todavía no le había confesado a nadie que él y yo ya habíamos superado nuestras discrepancias, tampoco me pareció muy prudente que esa conversación nos dejara en evidencia. Aún nos quedaba mucho día por delante hasta la despedida y confiaba en que encontraríamos nuestro momento, porque al menos yo no tenía intención de permitir que se marchara sin haber escuchado de sus labios que me quería, como él lo había oído de los míos en tres ocasiones.

Con la mirada le pedí que me dejase sola y tuviera un poco de paciencia, que lo importante en aquellos momentos era la organización de la pascua, que lo nuestro podía esperar, porque, si no era de una manera, sería de otra, pero nos mantendríamos en contacto, dado que mi interés por él, como el suyo por mí, no concluirían cuando nos marchásemos cada uno a nuestra casa. Sin embargo, debía comprender que yo era una de las responsables de la pascua y en aquellos momentos tenía mis prioridades. Tampoco es que le considerase alguien secundario en mi vida, pero no había acudido a aquella pascua en busca de novio, como mucho preocupada por el hecho de que coincidiríamos y mis sentimientos no estaban demasiado claros. En caso de que me hubiera encontrado de peor humor, el final de aquellos días no sería tan feliz para ninguno de los dos. Sin embargo, me sentía contagiada de la felicidad de la Pascua y lo compartía con aquel a quien consideraba más relevante en mi vida.

Volvimos a vernos durante la misa y de nuevo vio cómo prefería la compañía de mis amigas a la suya, como mantenía mi distanciamiento con él, como si nada hubiera cambiado entre nosotros, pero no era tanto por evitarle o mantener la compostura, sino, más bien, porque lo nuestro quedase un poco diluido y nadie hablara del tema. Lo importante era la Resurrección y no el hecho de que estuviera de nuevo enamorada. De hecho, entre mis amigas y, en consecuencia, entre toda la gente del grupo, se había difundido el falso rumor de que tal vez el afortunado se encontrara en la otra pascua, en el otro pueblo, al que iríamos después de la misa, como si aquella visita hubiera sido una excusa para reunirme con él, cuando la verdad es que, si hubiera tenido pareja antes del comienzo de la Pascua, no me hubiera sentado demasiado bien aquella separación y menos aún que me viniera impuesta. Después de mis tres años de relación con Carlos tenía las ideas bastante claras sobre lo que esperaba de esa nueva relación y como tal no había ninguna razón para que mi pareja y yo nos escondiéramos ni ocultásemos de ese modo lo que había entre los dos. Que con Manuel no fuera tan abierta en ese sentido se debía a que consideraba que se lo merecía. Era mi pequeña venganza, con la tranquilidad y complicidad de saber que no había ninguna maldad en ello. Lo hacía con todo el cariño y aprecio que sentía hacia él.

Después de la misa, dado que había que marcharse al otro pueblo y yo era una de las conductoras, tuve que abreviar el rato de oración para que me diera tiempo a terminar de recoger mis pertenencias y mover el coche hasta la plaza para recoger a quienes fueran conmigo. Que Carlos pusiera su coche a disposición de quien lo necesitara, evitaba que hubiera gente que se quedase en tierra o que apretarse más para que cupiéramos todos. En aquella ocasión, de manera un tanto egoísta, hubiera pretendido que me permitieran hacer la distribución de los coches y que Manuel hubiera ido conmigo, aunque tan solo hasta el otro pueblo porque nuestros caminos se separaban aquella tarde. Sin embargo, tal posibilidad implicaba que alguna de mis amigas se buscara otro coche y, sobre todo, se pusiera en evidencia algo que de momento no era público. Dado que el rumor y la curiosidad por el tema estaban en el ambiente, me pareció mejor que evitásemos situaciones comprometidas. Lo importante en aquellos momentos era la Pascua, el hecho de que nos marchábamos al encuentro con los hermanos de la otra pascua. Mi historia de amor era un asunto privado y personal. La inquietud de algunas yo lo compensaba con el hecho de que no tenía que esforzarme mucho para tener cerca a quien le había dado un nuevo sentido a mi vida.

Cuando llegué con el coche a la plaza, ya se había reunido allí casi todo el mundo, en especial los chicos que no tenían coche y esperaban a quien les llevara, entre los cuáles se encontraba Manuel. Me hubiera gustado encontrarle distraído, de charla con los demás, pero lo primero que descubrí era que tenía la mirada puesta sobre mí, que después de la frialdad con la que le había tratado a lo largo de la mañana aún esperaba alguna evidencia clara de mis sentimientos hacia él, como si el hecho de que le hubiera robado una galleta no hubiera sido suficiente. Eran nuestros últimos momentos en el pueblo, casi el final de la Pascua y el comienzo de nuestra separación hasta que surgiera otra ocasión para vernos. A su manera me reclamaba un poco de atención, porque se sentía perdido y confuso con mis sentimientos e intenciones con respecto a lo que se suponía se había iniciado entre los dos, ya que, si toda nuestra historia se quedaba en eso, nada tenía sentido. Él no estaba muy dispuesto a ponerse en evidencia, porque sentía que ya había abusado de la paciencia de casi todo el mundo y a su manera aquel silencio era su modo de agradecerme el cariño y voto de confianza que le había dado. Entendí que hubiera bastado cualquier gesto por mi parte, para que se hubiera subido a mi coche o al menos acercado, para que hablásemos antes de que fuera hora de ponerse en marcha, pero no hice ni dije nada en ese sentido.

Cuando ya estábamos todos allí y llegó el momento de que cada cual se montase en el coche que le correspondiera, me acordé de lo sucedido el día anterior, durante el Emaús. Si Manuel esperaba algún gesto de complicidad por mi parte, aquel era el momento ideal. Confiaba en que lo entendería igual que yo. No me reprimí y le llamé, pronuncié su nombre. No me cohibí ante el hecho de que me oyeran todos, porque no pensé que le fueran a dar mayor importancia. En el Emaús él me había mandado por delante, se había hecho el valiente y desaprovechado la oportunidad de que fuésemos juntos, por lo que de algún modo me sentía en la obligación de resarcirme, con la pena de que en aquella ocasión no había cambio de pareja por mucho que un coche corriese más que el otro. Como le llamé, no se lo pensó demasiado antes de acercarse. Si me lo hubiera pensado dos veces, en el asiento del copiloto aún no se había sentado nadie, aunque ya lo tenía reservado. Sin embargo, me limité a sonreírle para que las miradas de confusión del Emaús quedasen en el olvido. No nos dijimos nada, porque me sentí un tanto cohibida y observada por todo el mundo, pero aquello bastó para que se diera cuenta que no le tenía tan olvidado como tal vez se sintiera. Percibí su contrariedad y a la par su alivio.