Manuel, Silencio en tus labios (1)*4

Las once chicas, ya convenientemente vestidas y aseadas, acudieron al rezo de laúdes. De los chicos alguno mantuvo su intención de acostarse otra vez y tampoco se le intentó hacer cambiar de parecer. Yo, más que en su número, me fijé en sus caras, por si Ana les hubiera dicho algo, pero me dio la sensación de que ninguna había llegado a tal sutileza como para sonsacarle el nombre. Ninguna me lanzó una mirada acusadora ni noté que me sonrieran de manera sospechosa, ni siquiera sentí un leve murmullo acusador. Ana no estaba muy dispuesta a soltar prenda sobre ese tema, como si quisiera mantener la tensión hasta el último momento. Lo que no se me pasó por alto fue la mirada que ésta me echó, consciente de mi inquietud. No sé si alguien más se llegó a dar cuenta de ello, pero descubrí en sus ojos un brillo especial. Carlos conocía mejor que yo esas miradas de complicidad que para mí aún eran una novedad, pero me conformé con eso porque Ana estaba siendo prudente y reservada con ese asunto. No se sentó a mi lado e incluso reprimió un impulso irrefrenable a rezar conmigo.

Aquella mañana hubo desayuno para veinte y sirvió el grupo de Ana. Y dado que no había sitio para todos, éstos se quedaron de pie y esperaron al segundo turno, lo que para Ana fue un motivo de alivio, dado que no tuvo que escoger asiento para disimular o confirmar nada, aunque yo estuviera privado de su compañía, no así de sus sutilezas, que se callaba mi nombre porque había demasiado eco en su corazón y no le salía. Ella había ido a vivir la Pascua y no buscaba novio; el mismo planteamiento esperaba que yo tuviera, al menos esa parecía la impresión que pretendía que diéramos a los demás, aunque, por otro lado, marcharnos de allí sin una respuesta a sus sentimientos era algo que no se planteaba, por lo cual, dado que mis intentos de conquista se entendían como otras de mis tonterías, prefirió ser ella quien lanzase sus flechas de amor a mi corazón, segura de que acertaba en la diana. Era una lucha contra los elementos para no cometer los mismos errores que los míos de entonces, aunque su discreción, bien vista, fuera demasiado descarada

Su descaro durante aquel desayuno lo puso de manifiesto cuando me sirvió la leche caliente y se llevó una de las galletas que previamente me había cogido para tener algo que mojar. La cogió con toda naturalidad, no dijo nada ni antes ni después, no se delató ante los demás. Se sabía en desventaja. Me conformé con su falta de discreción, su silencio premeditado y la caricia de su pelo sobre mi mejilla, dado que, por primera vez en toda la Pascua, me di cuenta que no se reprimía cuando la ocasión le favorecía y se acercaba a mí.

Carlos estaba allí, la conocía y sin duda la habría convertido en objetivo de sus miradas, intrigado por la identidad del afortunado, en caso de hallarse entre los presentes, aunque de los ocho posibles, uno era él, tres estaban allí con sus respectivas parejas y entre los cuatro restantes podía decirse que cada cual tenía menos opciones que los anteriores, cuarteto en el que se me incluía a mí, por supuesto. Pero frente las apariencias o creencia general, Ana tenía las ideas claras y no estaba dispuesta descubrirse ni a cambiar de actitud. Lo malo era que quien estaba sufriendo ese silencio era yo, dado que me veía forzado a mantener la boca cerrada y soportaba sus sutilezas cuando prefería demostrarle esa complicidad de una manera más abierta porque no tenía nada que esconder y me sentía demasiado feliz.

Después del desayuno, con tiempo suficiente, recogimos la mochila y el saco, dado que nos marchábamos después de la misa, con intención de comer con los de la otra pascua, allí tendríamos una asamblea final entre todos. No se me dio opción a esperar en el comedor ni encontré un momento que Ana y yo hablásemos. Ella tampoco me dio la menor oportunidad. Aquel era nuestro pequeño secreto y ella seguía prefiriendo que todos creyesen que entre nosotros no había nada, aunque fuese ella misma quien con sus sutilezas lo estaba desmintiendo. De nuevo me dejaba con la miel en los labios y casi con la advertencia de que cualquier tontería por mi parte acabaría haciendo realidad lo que para todos parecía estar fuera de toda duda. Acabaríamos la Pascua siendo pareja o amigos irreconciliables, más cuando Carlos estaba allí y cabía la posibilidad de que en unos días ella se dejase reconquistar, si yo no estaba a la altura de sus expectativas. Tan solo me pedía paciencia y que tuviera la boca cerrada.

Tras la misa, nos juntamos con las mochilas en la plaza y se organizó la distribución de los coches, no sólo de cara al traslado al otro pueblo, sino pensando en la vuelta a casa aquella tarde, aunque la noticia de que Ana viera con su chico aquella tarde no cupiera en ningún maletero ni se le confiase a nadie, aunque una de sus amigas y compañeras de grupo la difundiera, porque eso era lo único que le habían logrado que confesase desde el desayuno. Esa confidencia hizo que más de uno dedujese que el afortunado se encontraba en el otro pueblo; lo cual, en vista de las expectativas creadas, tenía bastante sentido, descartaba a los presentes. De hecho, Ana se reiteró en esa confesión ante todos para quitarse ese acoso de encima, dado que las chicas estaban poniéndose un tanto pesadas con todo ese asunto y ya no encontraba el modo de desmentirlo ni desviar su atención y todo porque guardaba silencio sobre la verdad. Yo estaba allí y no hacía falta ir a ninguna parte para que nos vieran juntos, pero nadie nos veía como pareja.

Dado que íbamos todos al otro pueblo, se planteó la cuestión de que había quienes querían ir juntos, aunque en principio no les correspondiera compartir coche. Si se accedía a la pretensión de unos, debía hacerse con los otros, de manera que no acabásemos todos en el mismo coche ni hubiera coches en los que no fuera a ir nadie. Se montó aquel rompecabezas de manera que nadie se quedara en tierra ni fuera en el coche con alguien con quien no le apeteciera. A diferencia del día anterior, con la composición de parejas para el paseo de regreso al pueblo, yo no quería desaprovechar la ocasión de ir con Ana, para lo cual, en esa ocasión, no pondría ningún obstáculo ni repetiría la misma torpeza. Había cinco coches y uno era el de Ana y, si la suerte se ponía de mi lado, nada impediría que fuésemos juntos, más cuando presuponía que ella compartiría ese anhelo conmigo, salvo que siguiera empeñada en mantener ese secretismo respecto a lo nuestro, que, de todas maneras, aquella tarde se haría público.

Se unirán
Llegará un día cualquiera,
estaré entre la gente como uno más,
pero todos se echarán a un lado,
para que tus pies puedan pasar,
sabré ya lo que buscan tus manos,
lo que ellos no te permiten alcanzar,
y por complacerte se reducirá la tierra
tan pequeña como una gota del mar,
y con un soplido ya no habrá tierra,
y nuestras manos se podrán juntar,
se unirán como un día cualquiera,
pero aquel día no se separarán.

Al final no tuve suerte, pero no fue algo que a ella le resultase indiferente y, a su manera, me lo compensó con otra de sus sutilezas. Se aprovechó de aquel barullo para llamarme a gritos desde su coche, como si me llamara para que me acercase, aunque ella se quedase en el coche. No se esforzó para atraer mi atención porque la tenía toda, en espera de la menor indicación por su parte para que me subiera al coche, lo cual no me propuso. Lo que pretendía era gritar mi nombre porque no podía callarlo durante más tiempo. Sobre todo quería que le respondiera, como si aquel acercamiento fuera una aclaración sobre cualquier duda respecto a mis sentimientos hacia ella y lo que aún no le había confesado abiertamente, a falta de una oportunidad para hablar con tranquilidad, aquella tampoco lo fue. Sin embargo, me encontré con una sonrisa de complicidad que alivió mi inquietud y temores, seguía siendo su chico, a pesar de lo que pensara todo el mundo, opinión creada de la cual era en parte responsable por la ocultación de sus sentimientos.