Manuel. Silencio en tus labios ( 2-1)

Septiembre 2003

A principios de mes me llamó y propuso que nos apuntáramos juntos al Encuentro Nacional, a finales de mes dado que era una buena excusa para vernos y dónde íbamos a rezar juntos, por su parte no tenía inconveniente en que estuviésemos en el mismo grupo ni a que no me separase de su lado, salvo para ir al servicio o dormir. La participación era importante, como una manera de vivir nuestra fe con y como los demás jóvenes del Apostolado. Sin embargo, a ella no le importaba confesarme que, aparte de ese sentido y espíritu de fraternidad, estaba la oportunidad de pasar el fin de semana juntos y que se acortase nuestra separación. Era una excusa para que sus padres no se mostrasen tan recelosos por lo nuestro. No estaríamos solos y mientras convivíamos, lo más que íbamos a hacer sería hablar y ahorrar fuerzas para no agotarnos antes de alcanzar la meta. A diferencia de la convivencia en la Casa de Ejercicios, comodidades íbamos a tener pocas, la convivencia la organizaba el Apostolado Nacional y no el Movimiento, por lo cual poco o nada podíamos influir.

Aunque su plan fuese aceptable y, en lo referente a nuestra relación, tentador y positivo, y a pesar de que por nada hubiera querido darle plantón, después de lo ocurrido la vez anterior, me encontré en el compromiso de hacerlo, no tanto por una cuestión personal como familiar para ese fin de semana. Mis padres ya tenían planes y me correspondía a mí ocuparme del perro, para no pedirle ese favor a ningún vecino, ninguno de mis hermanos podía asumir esa tarea. Lo cual podía decirse que yo asumía encantado, aunque la disyuntiva que se planteaba era evidente. El perro se podía morir de hambre, pero esa responsabilidad suponía que se complicase mi relación con Ana por segunda vez. Sin embargo, ella lo entendió y no se lo tomó a mal. Me dijo que se apuntaría a la convivencia de todas maneras y que haría lo posible porque nos viéramos antes o después para que el viaje fuera completo, aunque no disfrutase de mi compañía todo lo que hubiera querido. En su casa no se quedaría, aunque sus planes no salieran.

También recibí un e-mail de mi amiga, lo cual me hizo temer que después de las muchas calabazas recibidas a lo largo de mi vida que hubiera dos chicas interesadas por mí resultaba toda una ironía del destino, aunque en lo referente a esa amistad estaba la tranquilidad de pensar que su interés por mí era amistoso y que cada cual tenía su respectiva pareja. De hecho, su e-mail fue para decirme que ya había superado las diferencias con su novio y que todo seguía su curso normal. Ella estaba enamorada y, de algún modo, se sentía culpable porque mantenía esa amistad conmigo y esas confidencias que ni siquiera tenía con la almohada. La verdad es que no me contaba nada, sólo me había dado ideas bastante superficiales de su vida sentimental, pero prefería no entrar en muchos detalles para preservar ese anonimato y nuestra amistad. Sólo me consideraba un amigo y confiaba que yo no me hubiera creado una impresión distinta.

Le contesté para confirmarle que compartía su punto de vista, yo también tenía pareja y no tenía intención de renunciar a esa relación ni estropearla por una tontería como aquella. Sólo éramos amigos y cada uno tenía su vida y un futuro maravilloso por vivir. Los dos nos habíamos conectado a ese chat en busca de una amistad y eso es lo que habíamos encontrado y lo que debíamos conservar mientras quisiéramos seguir en contacto, dado que por mi parte tampoco había mayor interés en llevar esa amistad a otros extremos.