Manuel. Silencio en tus labios ( 2-1)

Dedicamos la tarde a pasear por la ciudad. Ana no quiso que nos quedásemos encerrados en el piso, no tenía tanto interés por ver si alguno de mis hermanos se presentaba por allí. Después de haberle mostrado mi casa, tenía curiosidad por conocer mi vida más en profundidad. Ella me había llevado en coche a recorrer los lugares más significativos de su ciudad y esperaba que hiciera lo mismo, sin importarle tanto que diéramos un paseo, a pesar del calor. Tenía que darle algún motivo para retrasar su marcha lo más posible y que aquella visita estuviera bien aprovechada. Demostrarle que mi vida iba más allá del portal de mi casa o de los límites del patio, que de verdad abarcaba más de lo que se apreciaba a simple vista.

Su primera desilusión fue descubrir que el colegio donde había estudiado estaba prácticamente al otro lado de la calle, a no más de cien metros, de manera que se veía desde la ventana, aunque lo que entonces había sido un colegio ya fuera un instituto de cuyo patio habían desaparecido lo que para mí era más característico, de modo que mis historias y anécdotas requerían un poco de imaginación por su parte. Hablarle del porche donde sólo había un muro o de la jaula, donde sólo quedaba el bordillo era como estar fantaseando sobre algo que podía no haber sido cierto o tan falso como se me considerara a mí, con la diferencia de que aquello que yo le contaba había existido y desapareció con el paso de los años y las reformas que se habían hecho.

La siguiente frustración fue llevarla al parque donde yo había dado mis primeros pasos, por lo que le había justificado que no siempre habíamos vivido en el piso. De aquella casa de campo no quedaba ni rastro, aquel terreno era un parque con columpios, uno de los pulmones verdes de la ciudad con sus áreas de deporte, que era de lo poco que no había cambiado tanto en esos años. Visto con la objetividad con la que Ana se le presentaba, podía parecer que me las estaba dando de importante. Sin embargo, no le estaba mintiendo, sólo se había convertido un recinto militar en un parque público. Las vacas y los soldados se habían cambiado por niños y adultos. Pero, por irónico que pareciera, como Ana me dijo, parecía que de manera premeditada se quisieran borrar las huellas de mi pasado, como si no hubiera existido o vivido en la ciudad.

Le mostré la iglesia donde había recibido los sacramentos y le aclaré que me habían bautizado en otro sitio. Está iglesia estaba cerca del parque, tan cerca como el colegio de mi casa, de donde cada vez nos estábamos alejando más. Interesarse por la capilla donde me habían bautizado y pretender ir a verla era tan inútil como pretender encontrar rastros del porche en el colegio, la capilla entonces aún existía, pero cerrada y con aviso de derribo. Lo que a Ana le empezó a hacer creer que a gafe no había quien me ganase. Sitio por el que yo había estado, sitio que antes o después era pasto de las máquinas para que no quedase ni rastro. Como me advirtió a modo de burla, se estaba pensando no volver a invitarme a su casa no fuera a suceder lo mismo que con todo lo demás. Sus padres no tenían por qué acabar viviendo bajo un puente y ella tenía interés en conservar sus recuerdos.

Cuando le mostré el instituto pareció creer que le iba a decir que por aquel entonces mi gafe había cambiado, especialmente cuando le comenté que de mi infancia me quedaba el recuerdo de ver a lo lejos aquellos edificios y que por aquel entonces ya estaba allí el instituto. Lo que había cambiado era la avenida. Estábamos en el otro lado del parque. Y sí, le tuve que confesar que aquel panorama había cambiado durante mi época de instituto, lo que entonces era campo abierto se había convertido en un montón de calles asfaltadas y edificios de varias plantas. No había rastro de mis recuerdos de infancia ni adolescencia, salvo el hecho de que había sido testigo de aquella transformación.

Fue en ese punto, en ese momento cuando me miró fijamente a la cara y, pidiéndome sinceridad, quiso que le hablase de mis amores del pasado. Ella había sido sincera con todo lo referente a Carlos y se consideraba con derecho a que hiciera lo propio. Estábamos al principio de la avenida y hasta llegar al otro lado iba a tener tiempo de confesarle todo; quería conocer mi biografía sentimental, al menos aquella parte de la que ella no había tenido noticia, no fuera a confundirme de nombre al referirme a ella y le hiciera pensar que me estaba siendo infiel. Me pidió, nombres, fechas y cuanta información considerase que debiera conocer, para confirmar que se había enamorado de un tonto y no de un cuentista, ya que, como me solía recriminar, todos los hombres somos iguales y esperaba que le contase veinte cuando no me había comido ni una rosca. Lo suyo con Carlos había ido muy en serio hasta que rompieron por falta de entendimiento.

Ante la tesitura en la que me puso, la verdad es que no supe cómo responderle. No estaba muy seguro de que fuera muy correcto hablarle de mis amores del pasado, por mucho que aquellas chicas hubieran dejado su huella en mis poemas e historias, dado que, como Ana sabía, yo no contaba veinte, las escribía, que si cabe era peor, aunque dichos escritos no salieran de la privacidad de mi habitación, a pesar de que con los poemas sí me diera más a conocer. Para salir del apuro y que no pensara que intentaba esquivar la pregunta, le di una visión un tanto poética de esos amores como partes de un todo, haciéndole ver que algunas de aquellas chicas habían llegado a ser mi esencia de poeta, en los años en que más había escrito. Más allá de eso no había nada en realidad, salvo desencuentros o llegar al punto de darme cuenta que estaba persiguiendo una ilusión sin ninguna lógica, nada que Ana no supiera ya.

Lo que le dejé bien claro fue que ella era la primera que me había correspondido, con quien había llegado a iniciar de verdad una relación. Eso quise que le quedara claro para que no pensara que tenía ningún otro amor a oculto por ahí o que presumiera de ser un conquistador nato. De hecho, era consciente que ella ya sabía de mis torpezas en ese tipo de situaciones y era yo quien me sorprendía que ella se hubiera dejado conquistar. Había habido otras, a algunas las conocía porque eran chicas del Movimiento, pero mi desentendimiento con éstas no había sido muy distinto al que había tenido inicialmente con Ana, los comienzos no habían sido muy distintos, salvo que Ana ya había tenido una relación anterior y eso ya la convertía en una chica inalcanzable. Sin embargo, a diferencia de alguna de aquellas chicas, no se había dejado condicionar por mi frialdad aparente, había llevado la iniciativa para conquistarme y no me había dejado escapar ante una posible negativa por mi parte; había sido ella quien no había admitido un no por respuesta, con ese que yo ya daba por sentado de haber sido quien tomara la iniciativa.

Entrar en más detalles respecto a mi biografía sentimental era preguntar demasiado o tener un arranque de sinceridad que en aquellos instantes no me parecía muy oportuno, por vanidad prefería que hablásemos de mis éxitos y no de mis fracasos. Sin embargo, según me dijo, yo era de los que contaban veinte y no me comía una rosca, prefería mi sinceridad, aunque para ella fuera como escuchar de mis labios lo que ya le había llegado a sus oídos por otras vías, en conversaciones de las que yo no había participado. Si esperaba encontrar alguna lógica a lo ilógico de nuestra relación, en realidad debía ser ella quien me lo explicase, dado que yo estaba totalmente confundido. Si no me estaba utilizando para darle celos a Carlos, debía estar muy enamorada y sobre todo muy ciega y sorda ante nuestras incompatibilidades y diferencias, contradiciendo de raíz a sus padres y a todo aquel que con dos dedos de frente le hubiera querido hacer ver que se merecía a alguien mejor, aunque yo no pudiera estar más encantado con aquella locura.

No se quedó muy conforme con mi respuesta, pero no insistió mucho más. No había necesidad de insistir sobre un tema del que no había nada que ocultar y del que ella ya contaba con la versión de alguna de las afectadas. Además, yo no sabía de su relación con Carlos más que lo que ella me había contado y algún que otro rumor que había escuchado por casualidad. En definitiva, mi vida sentimental estaba reflejada en mis poemas, mientras que Ana ni siquiera tenía un diario o un montón de cartas de amor que enseñarme. Lo suyo con Carlos ya era parte del pasado, mientras que mis poemas estaban a su alcance con sólo pedírmelos o preguntarle a quien hubiera recibido alguno.

Cuando llegamos casi al final de la avenida no hizo falta que me preguntara nada, ella ya sabía dónde estábamos y lo que le podía contar de mi vida. Aquella zona ya se la conocía. En febrero, allí mismo, había tenido la osadía de sincerarse conmigo, mantener conmigo una primera conversación en privado y con total sinceridad. No es que en aquel momento hubiera sentido el flechazo y de haber sido así, hay cuestiones que una chica ha de mantener en secreto. Son sus armas ocultas, para que cada día sea una nueva conquista, un nuevo flechazo. Lo que estaba claro era que lo acontecido aquella tarde de febrero había sido un paso más para llegar a donde estábamos en esos momentos. Si la hubiera dejado sola entonces, habría perdido todo lo que después de ocho meses llevaba ganado y ni siquiera me podría plantear llegar a conseguirlo.

El paseo turístico por los lugares de mi vida podría haber continuado, pero Ana pareció perder el interés, no tanto por el pesimismo de descubrir que tras de mí parecía que todo el mundo se empeñase en borrar u ocultar las huellas de mi pasado, sino, más bien, porque aquel paseo se haría interminable y la parte de la ciudad que quedaba por visitar se dejaba para otra ocasión, así tendría una excusa para volver otro día. Lo relevante, en todo caso, es que ella ya se sentía parte de mi vida y esperaba que mi historia con ella no corriera la misma suerte que mi casa de campo, el colegio o el aspecto de aquella avenida, que si cambiaba en algún sentido fuera para reafirmarse y no para desaparecer. Nuestra historia en común habría de tener un final feliz, una continuidad en el tiempo.