Manuel. Silencio en tus labios ( 2-1)

De regreso al piso, me anunció que se marchaba a casa. Era media tarde y de haber sido día de retiro posiblemente se hubiera olvidado de la hora, pero, aunque disfrutaba de mi compañía y no fuera muy agradable tener que separarse, no le quedaba otro remedio. No se quedaba a dormir y alargar la visita suponía retrasar su marcha y encontrarse con la noche cuando fuera a coger el coche. Aquella había sido una visita inesperada por mi parte y, en consecuencia, no tenía ninguna justificación lo bastante válida como para retenerla. No se iba a quedar y, en caso de plantearse esa posibilidad, descartaba hacerlo en mi casa. Novios o no, prefería no llegar a tal grado de confianza conmigo, aunque estuviera segura que no tendría que preocuparse por nada. De encontrarse en la ciudad alguna de sus amigas, tal vez se lo hubiera podido pensar dos veces, pero ni siquiera estaban mis padres.

Lo que sí me aceptó como excusa para retrasar su marcha un poco, fue mi invitación a subir al piso y merendar juntos, y evitásemos con ello que la despedida resultase demasiado fría, que en vez de marcharse a las cinco y media lo hiciera a las siete, con algo menos de calor y la conciencia más tranquila. Le prometí que no haría nada por retenerla más tiempo, que la dejaría marchar cuando quisiera. El caso es que al aceptar demostró que no tenía tanta prisa como me había dado a entender, que simplemente se sentía algo incómoda por el hecho de pensar que estábamos los dos solos y era toda una novedad.

Cuando entramos en el piso aprovechó para ir al servicio, lo que de todas maneras tenía intención de hacer antes de marcharse, dado que nuestro paseo no iba a terminar en su coche, tenía que subir al piso a por sus cosas y dejar claro que aquello no era una huida. De algún modo, sentí como si se escondiera de mí como lo había hecho tras recibirla en el chalé, lo cual en principio no tenía mayor importancia. No era más que la evidencia de su naturalidad, que estaba enamorada de una chica de carne y hueso y no de una ilusión, pero no se me iba de la cabeza la idea de esa doble intencionalidad. No tenía ni había otra excusa, aquella era la más creíble para marcar las distancias, a diferencia de otros días, en aquellos momentos, no tenía el refugio de sus amigas.

Por no dar la impresión que la vigilaba, aproveché esa situación para encender el ordenador, intuí que quizá ella pudiera pensar que me había olvidado de su presencia, pero sólo intentaba darle una excusa para que retrasase su marcha lo más posible. Desde que éramos novios el asunto de mis poemas y mis escritos habían sido una constante en nuestras conversaciones, pero hasta entonces ella no había tenido la oportunidad de valorarlo en serio, sobre algo real, más allá de los comentarios de los demás. Si debía hacerme alguna crítica objetiva e interesada, debía tener algo sobre lo que fundamentarse, a mí no me bastaba con que lo hiciera sobre suposiciones. Ella era mi novia y aquello era algo que deseaba compartiéramos, era lo único que verdaderamente mío que podía aportar a nuestra relación.

Cuando me quise dar cuenta, la tenía detrás de mí con sus brazos apoyados sobre mis hombros y sus ojos leían en silencio lo que aparecía en la pantalla del ordenador, silencio que sus labios no rompieron. Mantuvo una actitud casi de respeto, se conformó con saber que lo allí escrito no tenía por qué molestarle, que, al menos, en eso le hacía caso y tenía muy presente su última carta, que no había allí razón para tener prisa por dejarme solo, aunque quizá tampoco argumentos suficientes para retenerla más tiempo del que ella se quisiera quedar. Allí estaban escritas las últimas palabras que me había susurrado al oído en la Pascua, antes de poner su coche en marcha para alejarse de mí y que yo había querido guardar en el ordenador para que no olvidarlas.

Su reacción, sin decir nada, fue adueñarse del teclado y del ratón, tomar el control del ordenador para acceder a Internet, a la página Web de su servidor de correo electrónico, para compartir algo más conmigo y afianzar más nuestra relación, para que no hubiera que recurrir al teléfono móvil ni al correo ordinario para comunicarnos en la distancia, había que adaptarse a los nuevos tiempos. No me permitió conocer su contraseña, para evitar que curiosease en sus mensajes, si no estaba ella presente, pero fui testigo de cómo accedía a la dirección de correo, abría su lista de contactos y me devolvía el control del ordenador para que introdujese mis datos, que para mí iba ser más cómodo porque me los sabía y ya estaba sentado.

Aproveché la circunstancia para comprobar cuántos contactos tenía registrados, por si entre éstos había alguno que me interesara y que no me pareció que le molestase compartir conmigo. Por mi parte no había objeción a que le echase un vistazo a mi lista de contactos, donde sólo se encontraría con la dirección de algunos miembros del Movimiento y de mi familia. La única dirección que en su caso le preocuparía era la de mi amiga de Internet, de la que no le había hablado ni creía que tuviera que hacerlo, tan solo era un amiga sin nombre con la que apenas tenía relación. Aquella chica no era nadie en mi vida y yo tenía muy claros mis sentimientos e intenciones respeto a Ana.

Lo que me llamó la atención fue comprobar que ella ya tenía mi dirección de correo, la que utilizaba para recibir los mensajes más personales y que no tanta gente conocía. Sin embargo, dicho descubrimiento no tenía nada de particular, si como Ana me había dicho, se había interesado por conocerme. Era hasta cierto punto comprensible que no recordase tenerla porque a veces yo también me guardaba las direcciones que aparecían en los mensajes que me llegaban. Entre la gente del Movimiento solía ser bastante frecuentes mandarlos a la vez a distintas personas, especialmente si eran comunicados referentes a las actividades del Movimiento. En este caso, mi dirección de correo no estaba identificada bajo ningún nombre, sólo bajo el login “amigo”, evidenciaba que Ana se debía haber guardado esa dirección en espera de poder identificar a su destinatario en futuros mensajes, si es que alguna vez le llegaba alguno.

Manuel: ¡Mira, ya tienes mi dirección!- Le dije para resaltar mi descubrimiento.

Ana se quedó un tanto sorprendida por mi descubrimiento, como si ni ella misma supiera en realidad las direcciones que tenía en su lista de contactos o al menos que entre ellas no creía que se encontrara la mía. Me pareció que este descubrimiento para ella resultaba un tanto comprometedor, pero no había nada que explicar, éramos miembros del Movimiento, hermanos y era lógico que hubiera ese contacto entre nosotros, aparte de que ya llevábamos tiempo siendo pareja y no tenía nada de particular que ella se hubiera interesado por encontrar todas las vías posibles para comunicarse conmigo, especialmente para evitar que se produjera otra nueva falta de comunicación por causa de un mal entendido, enviando un e-mail no cabía duda que antes o después lo leeríamos, que no podríamos poner excusas para alegar no haberlo recibido.

Ana: Entonces completa los datos.- Me contestó.- Así sabré que eres tú.

Manuel: Si me das tu dirección, chatearemos algún día.- Le sugerí.

Ana: Ya te mandaré un mensaje un día de estos y chatearemos.- Me contestó con evasivas.- Pero prefiero que vengas a visitarme y podamos estar juntos con más frecuencia.

Manuel: La próxima visita te la haré.- Le respondí.- Espero poder acudir a la boda de Carlos, dado que no me vas a dejar muchas alternativas.- Me justifiqué con cierto sarcasmo.

Ana: ¡Más vale que no se te pase! – Me advirtió.- Si te quieres evitar el autobús, te vengo a buscar con el coche.- Me propuso.- Pero, como no vayas, quizá cuando quieras pedirme perdón no sea tan comprensiva como la otra vez.- Advirtió con complicidad.

Manuel: ¡Te van a acabar llamando “rompecorazones”!- Repliqué.

Ana: ¡La culpa será tuya por no estar a la altura!- Se defendió.