Manuel. Silencio en tus labios (1)

Sábado, 16 de febrero 2002

Ana y yo coincidimos de nuevo, nos reencontramos, cuando la ruptura con Carlos ya era prácticamente un hecho consumado, o al menos conocido por la mayoría, porque éste ya estaba empezando a tontear con otra chica menos reservada que Ana, sin que ésta se mostrase recelosa, aunque se sintiera resentida al comprobar cómo se desvanecía ese noviazgo sobre el que había puesto todas sus ilusiones. Volvía a ser una chica soltera y sin compromiso, pero también con una herida en el corazón, sufría porque Carlos y ella no eran capaces de entenderse ni superar aquel bache, a pesar de que su relación personal hubiera sido aceptable. Él estaba con otra porque lo había dejado con ella, aunque la posibilidad de intentarlo de nuevo se hacía cada vez más lejana. Carlos había perdido el interés por Ana y no había posibilidad de echar la vista atrás e intentar comenzar de nuevo.

Como me comentó en su momento, cuando la situación ya se había normalizado para nosotros, ella no sería menos reservada por conservar el cariño de Carlos, si éste no sabía comprenderla o respetarla. No pedía tanto. Sin embargo, para Carlos era difícil de asumir. Así no era posible que tuvieran un futuro. Antes que hacerse daño era mejor dejarlo estar y no insistir sobre ello. Respetar su libertad y que cada cual siguiera con su vida por separado. A ella se le planteaba la posibilidad de rehacer su vida, como lo estaba haciendo Carlos, aunque no se lo tomase con tanta prisa ni en principio estuviera interesada por ningún chico en particular, salvo por Carlos, pero con éste ya no tenía futuro. Los demás no parecían aspirar a llenar ese vacío porque no había nadie que estuviera a la altura.

Coincidíamos en otro retiro, al que ella había acudido acompañada de Carlos y más gente su parroquia, dado que de haber estado sólo ellos dos ninguno se lo hubiera planteado. Es decir, acudió al retiro con el peor ánimo posible, en medio de una crisis personal bastante importante, intentaba agarrarse a lo único que tenía para no dejar el grupo, para no sentirse condicionada por esa ruptura ni la presencia de Carlos. En su caso, lo lógico hubiera sido obrar en consecuencia y distanciarse también del grupo, si ese noviazgo era lo único que le unía al Movimiento. Sin embargo, había comprendido que ella era parte éste por decisión propia y no tanto por su novio, de manera que no perdía nada por reforzar otros lazos y vínculos fraternales con las chicas a quienes considerase más amigas. Ya tenía mucho andado en su vida como para mirar atrás y pretender partir de cero. En el grupo ella no era sólo la novia de alguien, era Ana, ella misma, y lo había demostrado por méritos propios.

Había ido al retiro a fortalecer sus lazos y conocer un poco mejor al resto de la gente, era inevitable que ello también me incluyera, aunque su interés estuviera más en las chicas que en los chicos, por marcar distancias con Carlos y que nadie pensara que había ido hasta allí buscando un nuevo ligue. Consideraba que su mayor trato con las chicas le abriría un amplio abanico de actividades, en las que participar sin tener que contar con su novio, porque éste ya no la necesitaba en ese aspecto como había sucedido hasta entonces. Habiendo chicas con las que relacionarse, los chicos seríamos una carga inútil en su vida, aunque, como tal, no descartara enamorarse de nuevo, pero sus miras estaban puestas en recuperar esa relación que se estaba perdiendo, antes que iniciar otra nueva que no sabía cómo acabaría. Es decir, al pasar de los chicos y confundirse entre las chicas se quiso hacer la interesante, la fría, disimular su propia impotencia y sentimientos.

El caso es que se fijó en mí, más bien, recordó que ya nos habían presentado y dado que en la primera ocasión no me había prestado ninguna atención, porque había tenido puesto los ojos en Carlos, en aquel segundo retiro pasé de ser uno de tantos a ser alguien con nombre. Y, como nos habían presentado, dedujo que era de los que no tenían pareja y que en mi relación con el grupo tampoco era de los que destacaban, dado que, si vivía en Toledo, no era lógico que no tuviera planes para después del retiro como el resto. Tampoco es que se interesase más por mí ni preguntase a los demás para conocer su opinión, tan solo encontró en mi presencia un motivo de distracción a su quebradero de cabeza. Podía decirse que para ella fui la mosca que la distrajo mientras rezaba y que era mejor que contar las baldosas del suelo o dedicarse a observar alguna de las esculturas de la iglesia. Su mente encontró una excusa tonta para evadirse de todo. Era uno de los chicos en los que se podía fijar sin sentirse culpable, dado que ninguna otra chica se interesaba por mí de manera oficial.

Como suele ser habitual en ese tipo de encuentros, en los que se reúne un considerable número de personas, se termina hablando con quienes se tiene más trato. En nuestro caso, durante aquel retiro, apenas cruzamos un par de palabras, dado que el desinterés era mutuo y ella, en ningún caso, quiso dar muestras de debilidad, admitir que mi presencia le distraía y desconcertaba. No era muy lógico que alguien como yo, con tantas facilidades para relacionarme con la gente del grupo, no tuviera con nadie tal grado de afinidad como para que se contara conmigo a la hora de hacer planes y, sin embargo, estuviera allí como si ese desplante no fuera importante a la hora de valorar mi relación con el grupo, más cuando se dio cuenta que tampoco hacía grandes esfuerzos por mejorar esa relación. Es decir, había encontrado en mi persona el quebradero de cabeza perfecto para olvidarse de su novio y de sus propios problemas. Era el perfecto desconocido con el que no implicarse.

En definitiva, aquel segundo encuentro fue tan fructífero como el primero. Y si yo la ignoré durante todo el retiro, ella se olvidó de mí en cuanto se subió al coche para regresar a casa, con la confianza, en todo caso, de tener más claros sus sentimientos y futuro a nivel sentimental y de relación con el grupo. Carlos empezaba a ser sólo un amigo y el Movimiento le ofrecía una lista tan amplia de actividades que le faltaría tiempo para lamentar ese giro en su vida. Viviría su soltería con total plenitud, sabiendo que allá donde fuera las chicas le acogerían con los brazos abiertos, como a una más y que, si los chicos la rondaba aprovechando la ocasión, no se lo debía tomar muy en serio, dado que eso formaba parte el clima del fraternidad que se vivía dentro del Movimiento, donde no todo es oración ni todo es estar serios. Había que demostrar la alegría que se llevaba en el corazón y a ella no le iba a faltar. Es más, necesitaba recuperarla para superar aquella historia personal que se estaba acabando.