Manuel. Silencio en tus labios (1)

Agosto 2002

Para mi sorpresa y asombro, después de más de un año sin recibir un solo email de mi amiga de Internet, a la cual ya tenía bastante olvidada por el tiempo trascurrido, dado que, a pesar de nuestros buenos propósitos de entonces, no había demostrado más interés por mí, se rompió aquel silencio. No quería que le respondiera, como me decía en su mensaje, tan solo intentaba alejar de sí los malos pensamientos y no se le había ocurrido a nadie mejor a quien enviárselos. Me confirmó que había roto definitivamente con su novio y que éste había tardado poco en reemplazarla, lo cual no le estaba sentando nada bien, dado que se quedaba con la sensación de que la había dejado por otra, en vez de hacer un esfuerzo por entenderse y conservar esa relación que tantos años había durado.

Sus malos pensamientos se debían a que uno de sus amigos había intentado ligar con ella o, más bien, dado a entender al grupo de amigos que ella se había rendido a sus encantos, lo cual era del todo falso y absurdo. Ella seguía enamorada de su novio o, al menos, no tenía interés por iniciar una relación sentimental con ese chico en cuestión, aunque me confesó que le había llamado la atención por ser un chico un tanto solitario, lo cual le hacía menos atractivo. Es decir, que apenas mantenía trato con él; era uno más dentro de su numeroso círculo de conocidos, dado que, según ella, su círculo de amistades era menor. Tenía buenas amigas y, en aquellos momentos, no muy buen concepto del género masculino. A mí me consideraba una excepción, porque no me conocía en persona y, dado que no esperaba respuesta a su mensaje, prefería que eso no cambiara y me convirtiera en la excepción.

Como es lógico no le contesté, aunque estaba claro que esa chica necesitaba ayuda y, hasta cierto punto, me sentía obligado a ofrecérsela, pero para mí era un honor que me considerase una excepción a ese mal concepto que tenía del género masculino. La verdad es que no conocía su grado de implicación en temas de religión y, ante una situación como aquella, mi recomendación hubiera sido que lo hablase con un sacerdote, si las amigas no sabían ser el apoyo que ella necesitaba. Sin embargo, también reconocía que, como tal, esa solución a mí no me había ayudado en su momento, pero porque por aquel entonces me encontraba bastante contrariado y no supe atender a aquellos consejos con la suficiente tranquilidad. Lo que mi amiga necesitaba era desahogarse y, en lugar de soltar sus pensamientos en la red, debía encontrar a alguien que la escuchase y supiera contestar. Yo no era esa persona, más cuando me pedía silencio y discreción.

A mediados de mes tuve la oportunidad de reunirme con la gente del Movimiento, a la vuelta de éstos del campamento, al que yo no había ido porque no me sentía muy animado ni motivado. Aquella hubiera sido una típica reunión más de no ser porque, entre las anécdotas que se contaban de lo acontecido, el nombre de Ana salió en varias ocasiones, como se aludió a los demás, pero en su caso destacó de manera particular. Ella sí había ido y, por lo que se me dijo, fue algo que aprovechó al máximo desde el primer día. No hizo falta que nadie me dijera que había sido todo un descanso para ella que yo no asomara las narices por allí. En comparación con mi amiga de Internet, Ana había encontrado un lugar de descanso y desahogo a sus males. Fue un alivio saber que no había renunciado a su trato con el grupo por sus discrepancias conmigo ni con cualquier otro.

A aquella reunión de la parroquia de Ana acudieron algunos, pero no ella. Preferí no preguntar los motivos y pensé que tan solo trataba de no tomarse más días de vacaciones en el trabajo. Después de la semana y media que había estado de campamento, tendría mucho que hacer y sobre todo que agradecer tras disfrutar de la tranquilidad de saberse en casa sin que nadie le agobiara. Por mi parte admito que eché en falta su presencia. Sin embargo, valorándolo con una cierta objetividad, fue un alivio, un día para disfrutar de la compañía de los hermanos sin sentirme condicionado por mis sentimientos o problemas.